Noviembre de 1973 es crucial para esta historia. Eran las once de la mañana, el sol pegaba fuerte en Los Perales y mientras Luis trabajaba en su huerto, su soledad fue interrumpida. Un joven con acento argentino le suplicó ayuda.

Se llamaba Bernardo Lejderman. Era alto, delgado, de piel blanca y pelo castaño. Vestía pantalones oscuros, una camisa a cuadros y mocasines, todo a mal traer. Con un apremio que se colaba en su voz firme, le pidió que lo ayudara a conseguir un arriero para lograr cruzar por la cordillera hasta Argentina por algún paso clandestino junto a su familia.

Le contó que llevaba más de dos meses escondido junto a su esposa Rosario y su pequeño hijo Ernesto, que corrían peligro, que eran perseguidos por motivos políticos y que debían salir del país tan pronto como fuera posible. Luis conocía a Bernardo a lo lejos: sabía que había sido asesor del gobernador de Vicuña y también dirigente sindical, pero hizo caso omiso.

La situación del matrimonio Lejderman Ávalos era crítica. Casi no les quedaba comida, las frazadas con las que se tendían directo en la tierra no los salvaban del frío y, por si fuera poco, andaban con su hijo de dos años.

La complejidad de la misión era evidente: solo hasta el paso fronterizo de Aguas Negras eran más de cincuenta kilómetros. Desde allí, había más de veinticinco kilómetros hasta el campamento de Arrequintin, primer lugar habitado del lado argentino. Llegar hasta ese lugar, significaba varios días de camino, prácticamente sin alimentos y sin la ropa adecuada para el implacable frío nocturno de la montaña. La mayor dificultad era eludir las patrullas militares de la frontera.

A pesar de su conmoción ante el relato, Luis se negó a prestarle ayuda. Tenía miedo, esa perturbación que compartían tantos habitantes de la zona desde la seguidilla de asesinatos y desapariciones de civiles en manos de la justicia militar.

Transcribo la entrevista de Ana tipeando a toda velocidad. Otra vez me agarra la noche en estos quehaceres y hago un alto para revisar el Informe Rettig. Necesito dimensionar el calibre de la represión en la región de Coquimbo y me encuentro con veintidós personas ejecutadas en los primeros cuatro meses de la dictadura militar. Los últimos asesinados, a fines de 1973, fueron Bernardo y María del Rosario, en tierras cercanas a la localidad de Vicuña.

Retrocedo, me detengo, escribo, vuelvo a retroceder, retomo el hilo y la historia se completa mientras navego en un expediente judicial de más de dos mil páginas: Bernardo le insistió a Luis que lo ayudara y pese a la constante negativa del campesino, lo invitó a conocer su refugio apelando, como último recurso, a su compasión.

Juntos caminaron casi un kilómetro desde la aguada hasta los hornos carboníferos. Era un camino empinado y rocoso, lleno de arbustos y de barro, que subieron apoyados cada uno de un grueso palo de madera. Apenas llegaron a los hornos, que estaban abandonados desde hacía varios años, Luis vio al pequeño Ernesto en los brazos de su madre, María del Rosario Ávalos, refugiados en una estrecha cueva. Esa sola imagen lo desmoronó y no le permitió algo distinto que ceder y ayudarlos.

Cuando digo cueva me refiero a eso en específico; una estructura rocosa, con una hendidura del tamaño justo, que permitía a los tres integrantes refugiarse de la lluvia o del sol, dependiendo del cambiante clima del Valle del Elqui. Tenían un par de objetos: una pequeña olla, una taza de aluminio, un par de cubiertos, algunas prendas de vestir, frazadas y fotos familiares que lograron ubicar en las irregulares paredes de la guarida.

Luis modificó su rutina. Ya no subía el cerro con el puro fin de trabajar la tierra, sino que incluyó en su trayecto la visita regular a la familia Lejderman Ávalos. Fueron pasando los días y se encariñaron muchísimo. Para entonces, Luis tenía cuarenta y cinco años, Bernardo treinta y Rosario veinticuatro.

Les compartía víveres para su sobrevivencia cada vez que podía y en paralelo y con mucha discreción, comenzó las gestiones para conseguir un arriero que los ayudara en la travesía de cruzar hacia Argentina, pero en ese intento fracasó una y otra vez, pues los pocos que había en la zona argumentaban que el camino era muy difícil y que con un niño tan pequeño a cuestas era inviable.

Nadie en casa de Luis sospechaba de la existencia de esta familia oculta en la cueva. Mantuvo un estricto secreto y así pasó un mes de breves encuentros, conversaciones y, por sobre todo, mucha planificación y cálculos para lograr el objetivo de dejar el país. Conjuntamente fueron haciendo el mapa de la travesía y confiaban en un final feliz.

“Cruz pal cielo”

El 4 de diciembre, el pequeño Ernesto había perdido un zapato en el largo camino hacia la cueva y se quejaba de frío por sus pies descalzos. Bernardo le pidió a Luis que le consiguiera un par ya que eran indispensables para cruzar la cordillera. Ese día se despidieron con el compromiso de que volvería con el calzado y algunos víveres lo más pronto posible.

El campesino volvió a trabajar en la siembra que había dejado pendiente y no podía sacarse de la cabeza a la familia Lejderman Ávalos. Sentía preocupación por ellos y esa misma tarde, decidió ir hasta la Escuela N°21 de Gualliguaica en busca de ayuda.

La escuela era el centro de reunión del pueblo. Había sido fundada en 1966, llegaba hasta sexto básico y fue la primera en tener una cancha de básquetbol, de modo que llegaba gente de todo el valle a practicar. Ahí, donde los vecinos compartían y se organizaban.

El director y uno de los fundadores era Carlos Ramos, profesor normalista de veintiocho años, muy querido por la comunidad, reconocido como un educador de excelencia. Era oriundo de Paihuano y hace siete años había llegado a ese pueblo que lo había enamorado. Era diecisiete años menor que Luis, pero la diferencia de edad no había sido impedimento para que entablaran amistad.

Luis golpeó la puerta de su oficina, Carlos lo recibió con un abrazo cariñoso. De inmediato notó su apremio.

—¿Qué te pasa, Luchito?

Él respondió con silencio y entonces, Carlos lo encaminó hasta el patio y se sentaron sobre un tronco a conversar.

—Le voy a contar un secreto, pero me jura que me lo guarda y que no le cuenta a nadie —dijo Luis.

—Cruz pal cielo —contestó Carlos y Luis, sin dar nombres, le contó sobre la situación del matrimonio escondido en la montaña.

—La señora tiene la ropa hecha pedazos, al niñito le falta un zapatito... debe tener la misma edad de tu Carlitos. ¿Por qué no me pasa unas cositas pa ayudarlos?

El profesor no dudó ni un segundo y sin preguntar nombres ni detalles, le dijo que lo acompañara a su casa, que quedaba a pasos de la escuela. Era una hacienda de adobe con seis enormes habitaciones y un patio frondoso, con chirimoyos y papayos. Los cuidadores, Jorge e Ida, le prestaban una habitación allí desde hacía años.

Clara, su esposa, era profesora también y trabajaba en el liceo de niñas de La Serena, de modo que se turnaban para pasar juntos los fines de semana, a veces en la casa de los suegros en la ciudad y otras ahí, en Gualliguaica. El fin de semana anterior, le había tocado a Clara viajar y de manera fortuita, había dejado olvidado un bolsito con ropa y un par de zapatos del pequeño Carlitos René, su hijo, que tenía pocos meses de diferencia con Ernesto.

En una caja guardó el par de zapatitos, puso también una chaqueta, un kilo de arroz, azúcar, un litro de leche y un poco de harina. Mientras empacaba, le dijo que en dos días más debía viajar a La Serena. De allí iba a traer algunas cosas para ayudar.

Se despidieron y el campesino caminó hasta su casa con el paquete a cuestas. Ya era tarde para subir hasta la cueva y decidió postergar el viaje para el día siguiente.

Toda la familia de Luis vivía en Gualliguaica. Padres, hermanos, tíos y primos, cada uno con su respectiva descendencia. Eran casi todos campesinos dedicados a la tierra y a la crianza de animales.

Esa tarde se cruzó con Fidelina del Tránsito Pastén, una de sus hermanas, quien regresaba de supervisar sus siembras de maíz y de alimentar a sus cinco chanchos. Fue un cruce breve y Luis aprovechó de advertirle que, de ahí en adelante, no subiera sola a las tierras de cultivo. Era peligroso. Le insistió, sobre todo, que no hablara con ningún desconocido. Lo mismo hizo con su tío Lorenzo Pastén, más conocido en la zona como “Modesto”, con quien también se cruzó de manera fortuita unos minutos más tarde.

Ninguno de los dos prestó atención a sus alarmas.

El Zunco Castillo

El 5 de diciembre Luis despertó temprano y caminó hasta la siembra, cuando el sol aún no terminaba de salir. Iba distraído y a paso lento avanzando por el cerro cuando se topó con Bernardo. Se había hecho habitual que el argentino le ayudara con algunas labores del campo. Era fuerte, hábil con las manos y de ese modo le demostraba su gratitud. Además, Lejderman siempre había admirado el trabajo campesino y su mayor anhelo era estar junto al pueblo trabajador. Ese había sido el motor que, tiempo atrás, lo había impulsado a dejar su cómoda vida en Buenos Aires.

El trabajo conjunto entre los dos hombres fue profundizando la amistad. Compartían la esperanza de lograr el objetivo. Esa mañana, Luis le entregó el paquete que había obtenido del profesor Ramos. Bernardo le agradeció y volvió a la cueva, donde encontró a su pequeño y a Rosario jugando a la intemperie, con los pies enchumbados en barro.

El sol pegaba fuerte. Un kilómetro más abajo, Luis paró para refugiarse en la sombra de un palto. Muy cerca, otra historia que lo envolvía a él y a la familia Lejderman Ávalos comenzaba a tejerse.

Jorge Polanco era profesor de la Escuela N° 1 de La Serena, ubicada en la calle Cantournet, frente a la Recova. Esa mañana, pasó por ahí a dejar unos materiales y luego cruzó al mercado.

Era uno de sus lugares favoritos, un edificio rodeado de arquerías, que siguen los cánones coloniales de la época de su construcción. Se vio envuelto en un clima bullanguero, dado por los pregones de los vendedores y los aromas de las cocinerías. Recorría los pasillos donde se ofertan distintos productos locales como papayas, fruta confitada, mermelada, higos, frutos secos y artesanía, mientras en su cabeza planificaba el paseo de curso. Quería llevar a sus alumnos a conocer el Valle del Elqui el fin de semana siguiente.

Se entusiasmó tanto con la idea que decidió viajar al valle en ese mismo instante y dejarlo todo bien organizado. La primera parada fue en la casa de su padre, Julio, que vivía en Gualliguaica. Estuvo ahí poco rato, pero lo suficiente como para salir bien regalado, con un cajón de damascos y una malla grande de cebollas. Caminó un par de cuadras hasta la escuela y se juntó con el director, su amigo Carlos Ramos.

Jorge no solo quería verlo y conversar, sino que iba con la misión de solicitarle las dependencias de la escuela para llevar a cabo el paseo con sus alumnos. Juntos planificaron el evento y luego de ponerse al día, cuando dieron las seis de la tarde, ambos profesores caminaron hasta la estación. Antes de despedirse, Carlos recordó el encargo que Luis le había hecho y le pidió que lo ayudara con alimentos y ropa para la familia argentina que estaba viviendo en la cordillera. Le pidió discreción y Jorge, muy solidario, prometió que haría su aporte.

Llegó de vuelta a La Serena a las ocho de la noche y como estaba muy cansado, paró un taxi en la estación frente al parque Pedro de Valdivia. Al subir, se percató de que el conductor era el Zunco Castillo, a quien había conocido tiempo atrás a través de su suegro, que también era taxista. Lo reconoció por el brazo que le faltaba.

El viaje fue grato, en el auto sonaba Nino Bravo y Jorge, al llegar a su casa, se percató de que no le alcanzaba el dinero para pagar la carrera y le pidió a su mujer que lo ayudara a juntar los escudos que faltaban.

Conversaron un rato en la vereda y Jorge aprovechó de pedirle ayuda para trasladar algunos víveres y ropa para una familia argentina. El Zunco se mostró muy interesado en la historia, pero él no manejaba detalles. Se despidieron con cariño, Jorge entró en su casa y supongo que habrá comido junto a su familia o quizás se duchó y se acostó en la cama a descansar. Esta historia tiene muchos vacíos que tiendo a rellenar con mi imaginación.

El Zunco enrumbó su taxi hacia al Regimiento Arica. Era un informante reclutado por los servicios represivos de la dictadura, cuyos tentáculos operaban en todos los segmentos de la sociedad. Los informantes, más conocidos como “sapos”, se infiltraban en la sociedad civil, con oficios aparentes, para poder llevar a cabo la delación y así entregar a cientos de personas a un régimen que torturaba, mataba y hacía desaparecer. La mayoría de quienes ejercían esta labor recibían un pago por ello y todos operaban bajo una identidad falsa. En este caso, el Zunco Castillo nunca logró ser individualizado en las múltiples investigaciones judiciales posteriores.

El profesor Jorge Polanco dormía plácidamente cuando golpearon su puerta a medianoche. Su mujer abrió y, para su sorpresa, se encontró con una patrulla militar numerosa que entró hasta la habitación principal.

—Vístase rápido. Tiene que acompañarnos —dijo uno de los uniformados, mientras que la mujer, entre sollozos, suplicaba que no se llevaran a su marido.

Jorge se puso la ropa y los siguió hasta la salida. Algunos soldados abordaron un camión militar y a él le tocó subir a una camioneta artillada. Notó las tres estrellas que relucían en el uniforme de uno de los hombres que iba a su lado y supo que se trataba de un capitán.

A la llegada al Regimiento Arica fue dejado en la sala de guardia. No lo esposaron y tampoco lo vendaron, como suponía iba a ocurrir. Según los rumores esa era la conducta general con los presos. Estaba muy confundido, no entendía el motivo de su arresto.

El profesor Destino

A las ocho y media de la mañana se produjo la situación que Jorge Polanco temía. Le cubrieron la vista con una venda y lo trasladaron al sector suroriente del regimiento. Era un lugar sórdido, varios garajes acondicionados como salas de tortura con las conocidas “parrillas”. Pero Jorge no podía ver aquello, como tampoco reconocer la cara de quienes serían sus verdugos. Gracias al rechinar del piso supo que era de madera.

Lo acusaron de ser enlace y proveedor de guerrillas internacionales. Le pedían que confesara, pero Jorge se negaba a declarar algo tan alejado de su realidad.

Ante su negativa, fue acostado en un catre metálico y desnudado. Ataron sus muñecas y tobillos. Reconoció en la sala la voz de Osvaldo Pincetti. Era un famoso locutor de la radio Occidente de La Serena que tenía un programa líder en sintonía. Con su voz profunda y monofónica entregaba el horóscopo, daba consejos amorosos, establecía contactos en vivo con auditores y hasta recetaba medicamentos. El Profesor Destino o Doctor Tormento promocionaba sus dotes de hipnotizador y poseedor de poderes paranormales.

Hice algunas averiguaciones sobre este hombre y encontré que, a pocos meses del golpe de Estado, Marcelo Moren Brito lo habría reclutado para participar en la DINA, buscando obtener información de los detenidos a través de sus hipnosis, para ablandar a los torturados y que estos confesaran. Los detenidos en el Regimiento Arica han señalado que, para tales fines, solía poner como música de fondo El lago de los cisnes.

“Como hipnotizador era un poco chapucero. Es cuestión de que encuentres la persona adecuada y se te duerme sola”, recordaba el periodista y director de la radio, Fernando Moraga. Eliseo González, prisionero político del Regimiento Arica para aquel entonces, coincide al declarar: Nosotros nos cagábamos de la risa con sus sesiones de hipnosis. Algunos lo engañaban y se hacían los dormidos, y Pincetti decía “está listo, está listo”.

El propio Profesor Destino señalaría luego, en los múltiples procesos judiciales por casos de violaciones a los derechos humanos: “Es importante considerar el signo del zodíaco al que se pertenece, en atención a que de acuerdo a él se puede determinar si una persona es hipnotizable”.

Sus guiños a la astrología son un detalle al lado de otros recursos que solía emplear con los detenidos y que resultan espeluznantes. Sabemos que participó activamente en los distintos centros de detención y tortura Villa Grimaldi, Londres 38, José Domingo Cañas, la Venda Sexy y Colonia Dignidad. Solía administrar la poderosa droga conocida como pentotal a los detenidos para interrogarlos. En su recorrido aparece como cómplice de Álvaro Corbalán en el asesinato al carpintero Juan Alegría Mundaca. Lo hipnotizó para que escribiera una carta autoinculpándose del crimen de Tucapel Jiménez, como se señala en la propia sentencia judicial.

Esto último fue lo que, muchos años después, lo llevó a ser condenado a diez años de cárcel en Punta Peuco, pero pasó gran parte de la condena solo y abandonado en el Hospital de Gendarmería, con demencia senil. Falleció en la Posta Central tras pasar un mes internado grave en 2007.

Jorge, a pesar de todas las torturas que recibió en el Regimiento Arica, se negó a reconocer los cargos que se le imputaban como enlace de guerrillas internacionales. A su colega y amigo del Valle del Elqui no le esperaba un mejor destino.

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