Desde la perspectiva actual, llegar a Taiwán procedente de China en la década de 1940 era entrar en un país extranjero”.

Muchos de los taiwaneses nativos, cuyas familias habían abandonado China generaciones antes y vivido la era japonesa, llegaron a considerar a los continentales como nuevos colonizadores”.

Wang Ya-june no tenía muy buena opinión de la ciudad a la que llegó en el otoño de 1949. Cuando bajó de un buque de guerra Nacionalista chino cargado de refugiados y soldados heridos y muertos aquel día lluvioso, el puerto de Keelung del extremo norte de Taiwán era para ella una ciudad china más, un lugar más donde buscar refugio temporal.

Durante 14 de los 16 años de su vida, Wang había seguido a su madre y a sus tres hermanas mayores por toda China, huyendo primero de las fuerzas invasoras japonesas y luego del ejército comunista. Tuvieron suerte de conseguir un sitio en uno de los últimos barcos que evacuaban hacia Taiwán los restos de los desmoronados gobierno y ejército Nacionalistas chinos — o Kuomintang (KMT) — mientras las fuerzas comunistas se acercaban.

"Parecía desolada y retrógrada", dice Wang, quien ahora tiene 90 años, sobre la primera visión que tuvo de la isla, mientras reconstruye sus recuerdos con dificultad. No se imaginaba que se estaba uniendo a una lista de siglos de emigrantes, refugiados y colonizadores en estas costas, o que pasaría el resto de su vida aquí y formaría parte de una nación muy distinta de la que el Partido Comunista Chino (PCCh) construyó al otro lado del estrecho de Taiwán.

Desde el momento de la huida del KMT hacia Taiwán hace 75 años, el PCCh ha reclamado la isla como parte de su territorio y amenazado con tomarla por la fuerza si Taipéi se resiste indefinidamente a la unificación. Mientras los ciudadanos de Taiwán se preparan para elegir a su próximo presidente el 13 de enero, Beijing les está enviando tajantes recordatorios de esa amenaza. Un funcionario chino les advirtió el mes pasado que no mantuvieran en el poder al Partido Progresista Democrático (PPD), la fuerza política autóctona que Beijing denuncia como separatista porque se niega a definir el país como parte de China: "Creemos que los compatriotas de Taiwán tomarán la decisión correcta entre 'la paz y la guerra'". En un mensaje de Año Nuevo, el líder chino Xi Jinping repitió su afirmación de que la "reunificación" era una "inevitabilidad histórica".

“Nunca ha pertenecido a China”

La retórica beligerante, unida a las frecuentes demostraciones del Ejército Popular de Liberación (EPL) de su creciente poderío en los cielos y aguas próximas a Taiwán, ha desatado la preocupación de que Beijing pueda cumplir su amenaza y atacar al país. Esto está intensificando la competencia política entre el PPD y el KMT más de lo habitual: la oposición acusa al candidato del PPD, Lai Ching-te, de arriesgarse a una guerra con China, mientras que el partido gobernante sugiere que la intención de Hou Yu-ih, aspirante del KMT, de buscar más compromisos con Beijing pondría en peligro la soberanía y la seguridad de Taiwán.

La mayoría de los taiwaneses aprecian los llamamientos de gobiernos extranjeros y analistas a la moderación para evitar un conflicto abierto. Pero muchos lamentan que las potencias extranjeras sólo vean al Taiwán actual como un producto del enfrentamiento de 1949 entre el PCCh y su régimen predecesor. Esto no puede resolver la cuestión sobre el futuro de la isla y no llega a explicar por qué la disputa es tan inextricable.

"Taiwán nunca le ha pertenecido a China", dice Hsieh Jolan, profesora de estudios indígenas del pueblo autóctono siraya. "Hemos llegado a estar en dos caminos diferentes de forma bastante natural. Es más, si abrazamos nuestra identidad autóctona, es imposible que busquemos la unificación con China". Ella y muchos otros taiwaneses ven su historia como una sucesión de regímenes coloniales que ha dejado múltiples fallas en la identidad nacional.

Aunque los chinos étnicos forman más del 95 por ciento de la población actual de Taiwán, los pueblos austronesios fueron sus únicos habitantes durante siglos antes de su llegada. A principios del siglo XVII, España estableció una colonia en el norte de la isla y la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales colonizó las llanuras del suroeste. Aquí se encontraron a los siraya, antepasados de Hsieh. Se cree que la versión holandesa del nombre siraya del lugar donde se asentaron, Tayovan, es el origen del nombre actual de la isla.

El dominio holandés facilitó la inmigración china: tras construir fuertes, someter a algunas tribus autóctonas y negociar el acceso a la tierra con otras, la población china de Taiwán pasó de poco más de 1.000 habitantes temporales a más de 30,000 residentes permanentes en la década de 1660.

El líder pirata Zheng Chenggong fue el primer chino en gobernar Taiwán, cuando expulsó a los holandeses en 1662. Pero en lugar de incorporar la isla a China, Zheng, también conocido como Koxinga, la convirtió en su base para luchar contra la dinastía Qing de Manchuria, que había conquistado China en 1644. Incluso después de anexionarse Taiwán en 1684, los Qing la mantuvieron a distancia, restringiendo la migración a la isla y enfocándose en sofocar las rebeliones. Taiwán no se convirtió en provincia china hasta 1887; menos de diez años después, los Qing la cedieron a Japón como indemnización de guerra.

Japón se convirtió en la primera potencia colonial en tomar el control de todo Taiwán. Para extraer recursos naturales como madera tropical, caña de azúcar, carbón, oro y cobre, los colonizadores japoneses construyeron ferrocarriles y una red eléctrica. Sus 50 años de dominio también dejaron en Taiwán un sistema escolar estatal, universidades, hospitales y un sistema jurídico y un código de construcción basados de los japoneses.

"Mirándolo desde la perspectiva actual, llegar a Taiwán procedente de China en la década de 1940 era entrar en un país extranjero", dice Dominic Meng-hsuan Yang, historiador de la Universidad de Missouri. "En aquel entonces, los taiwaneses se identificaban como chinos culturalmente y como taiwaneses localmente, mientras que se veían a sí mismos como súbditos coloniales japoneses, una identidad híbrida alejada de una identidad nacional china".

Ninguno de los líderes políticos chinos pareció considerar siquiera la posibilidad de recuperar el control sobre Taiwán hasta bien entrada la segunda guerra mundial.

Ahora reclaman

Los comunistas — que ahora llaman a Taiwán "parte inalienable" del país "desde tiempos inmemoriales" — la trataron durante mucho tiempo como un territorio extranjero. En una resolución de 1935, el PCCh apoyó la independencia de Taiwán. Hasta 1943, siguió refiriéndose al pueblo taiwanés junto a otras naciones extranjeras. No fue hasta marzo de 1949 que el partido declaró por primera vez su objetivo de "liberar Taiwán".

El caudillo Nacionalista, Chiang Kai-shek, empezó a fijarse en la isla cuando mejoraron las perspectivas de una victoria china sobre Japón en 1942, según Steve Tsang, director del Instituto de China de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de la Universidad de Londres.

En la Conferencia de El Cairo de noviembre de 1943, EE.UU. y sus aliados aceptaron la exigencia de Chiang de que Taiwán le fuera "devuelta" a la República de China (RDC) tras la derrota japonesa. Esto se debió en parte a que el presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt le preocupaba que el líder chino pudiera negociar por su cuenta un acuerdo de paz con Japón. Aunque el tratado de paz de 1951 con Japón no mencionaba una transferencia de soberanía, los aliados hicieron que las fuerzas japonesas entregaran la isla a las tropas de Chiang en 1945. Desde 1949, cuando el partido comunista fundó la República Popular China (RPC), la RDC siguió existiendo sólo en Taiwán, que utiliza su nombre, bandera y constitución hasta el día de hoy.

Pero gobierno militar que Chiang instaló en Taipéi saqueó los recursos de la isla para destinarlos a la guerra civil en China, lo que provocó una inflación galopante y escasez de alimentos. La corrupción, la mala gestión y una campaña de presiones para que los taiwaneses abandonaran sus costumbres japonesas y se convirtieran en chinos desencadenaron protestas el 28 de febrero de 1947, que el KMT reprimió sangrientamente.

Falta de identidad

La ola de inmigración procedente de China trastornó a la sociedad taiwanesa. Según los datos del censo taiwanés, tan sólo entre 1945 y 1956 llegaron a la isla unos 640.000 civiles chinos. Junto con las fuerzas armadas nacionalistas, la afluencia se estima en más de 2 millones de personas, más de un tercio de la población de Taiwán en 1945.

Bajo la fuerte insistencia de EE.UU., el gobierno del KMT promulgó reformas agrarias y más tarde amplios programas de inversión en infraestructuras, educación e industria que desencadenaron un auge económico a partir de la década de 1960.

Pero muchos de los taiwaneses nativos, cuyas familias habían abandonado China generaciones antes y vivido la era japonesa, llegaron a considerar a los continentales como nuevos colonizadores. Después de que el régimen de Chiang impusiera la ley marcial en mayo de 1949, que se mantendría durante 38 años, la policía realizaba controles mensuales de registro de hogares.

En las décadas de 1970 y 1980, muchos de los que se habían quedado atrás empezaron a protestar contra el régimen del KMT, formando un movimiento de derechos civiles. Miles de personas se convirtieron en presos políticos, pero sus acciones llevaron al KMT a levantar la ley marcial en 1987, dieron origen al PPD y contribuyeron, con el tiempo, a transformar Taiwán en una de las democracias más vibrantes de Asia.

Envalentonados por la democracia, muchos de los taiwaneses cuyos antepasados llegaron de China hace siglos han empezado a criticar a Chiang Kai-shek y a exigir la sustitución de la RDC por una república taiwanesa. Sus sentimientos deben equilibrarse con los de los inmigrantes de 1949 y sus descendientes, que también se consideran víctimas por haber perdido sus hogares en China.

Pero es ahí donde la reivindicación de Beijing sobre Taiwán y su amenaza de anexionarse la isla por la fuerza imponen límites estrictos. El gobierno chino ha dejado claro que las iniciativas para cambiar el nombre oficial de la República de China, la bandera y la constitución y otros actos simbólicos cruzarían sus líneas rojas. También ha denunciado los cambios introducidos en los libros de texto de Taiwán como parte de una campaña de "des-sinicización" del "separatista" PPD.

Yang, el historiador, se muestra optimista y cree que la democracia y el cambio generacional están reduciendo gradualmente la brecha de la memoria entre los distintos grupos de colonizadores y colonizados de Taiwán. "Lo que estamos viendo son dos nacionalismos, el de Taiwán y el de la RDC, que se están uniendo gradualmente", dice. "El rumbo inflexible de China no hace más que acelerarlo".

Wang Ya-june podría ser un buen ejemplo. Ella dice que Taiwán, y no China, es ahora su hogar, y que rechaza a cualquiera que considere alterar la paz.

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