La formación de una corriente político-religiosa

Entre 1962 y 1972 la Iglesia Católica experimentó cambios importantes en Chile, en parte motivados por la situación política nacional y en parte por razones internas de la evolución religiosa en el país y en el mundo.

En efecto, 1962 se transformó en un año decisivo y prolífico en acontecimientos de alto impacto en la evolución institucional. Ese año el arzobispo de Santiago, Raúl Silva Henríquez, fue creado cardenal, y la Conferencia Episcopal publicó dos documentos que simbolizaban los nuevos tiempos: “La Iglesia y el problema del campesinado chileno” (aparecida en Cuaresma) y “El deber social y político en la hora presente” (18 de septiembre). Además apareció un interesante y completo estudio liderado por Joseph H. Fichter, que mostraba la percepción sobre el cambio y la revolución entre los católicos. Por otra parte, la revista Mensaje publicó un número especial (N° 115, diciembre de 1962), sobre el tema de la “Revolución en América Latina”. La publicación jesuita concluía: “No vemos cómo pueda conciliarse una actitud auténticamente cristiana con una actitud cerradamente anti-revolucionaria, opuesta al cambio radical y urgente de estructuras. Inmensamente más cristiana nos parece la actitud que enfrenta el hecho de la revolución en marcha y se esfuerza en dirigirla por canales cristianos”.

Los años siguientes transcurrieron en la misma dirección, en parte por la recepción que tuvo el Concilio Vaticano II, el liderazgo del cardenal Silva Henríquez y la llegada de la Democracia Cristiana a La Moneda. Dos acontecimientos impactaron al mundo católico: las tomas de la Universidad Católica, el 11 de agosto de 1967, y de la Catedral, exactamente el mismo día, pero en 1968. Paralelamente, en diferentes ámbitos comenzaba a desarrollarse un diálogo cristiano-marxista, en un contexto en el cual América Latina incluso veía el surgimiento de los curas guerrilleros.

Durante el gobierno de la Unidad Popular la situación cambió. Muchos sacerdotes y laicos se entusiasmaron con la llamada “vía chilena al socialismo” y se sumaron, en la práctica, a ese proyecto. En esa línea se inscribe el surgimiento del grupo de “los 80”, luego grupo de “los 200”, que darían vida a los Cristianos para el Socialismo, en una clara manifestación de la radicalización del clero chileno (tema analizado críticamente por Teresa Donoso Loero en un libro publicado en 1976, por editorial Vaitea). Durante la visita de Fidel Castro a Chile, los sacerdotes se reunieron con el dictador cubano: si bien tenían diferencias doctrinarias —los cristianos y los marxistas— los unía la común adhesión a la revolución.

En ese contexto debemos analizar la realización del Primer Encuentro Latinoamericano de los Cristianos por el Socialismo.

Encuentro Latinoamericano

Entre el 23 y el 29 de abril se reunieron más de cuatrocientas personas, que compartían el compromiso revolucionario, pero desde una perspectiva inicial cristiana. En la reunión había obispos, sacerdotes, religiosos y laicos, de diversos países de la región: Argentina, Colombia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, Puerto Rico, República Dominicana, Uruguay y Venezuela, si bien también participaron personas de Estados Unidos, España, Francia y Hungría. La mitad de los participantes eran chilenos, en tanto se ausentaron los representantes de Bolivia, Brasil y Haití, por la situación política existente en esos países (Esteban Miranda Chávez, “Cristianos por el Socialismo”, Concepción, Ediciones Escaparate, 2020).

En los meses previos al evento hubo comunicaciones constantes entre los organizadores y el episcopado, especialmente con Carlos Oviedo, secretario general de la Conferencia Episcopal. También existieron cartas y una petición de reunión al cardenal Silva Henríquez. En general, se puede decir que no existía comunidad de ideas entre ambas instancias, como tampoco una comprensión similar acerca del papel de los cristianos en política y de la función sacerdotal. Los organizadores del encuentro sostenían que se trataba de una instancia autónoma, de carácter cristiano y que tenía un fin político específico, no partidista, sino que partía de una praxis política (Pablo Richard, “Cristianos por el socialismo. Historia y documentación”, Salamanca, Ediciones Sígueme, 1976).

En marzo de 1972, el arzobispo de Santiago envió una carta a la comisión organizadora del encuentro en la que manifestó su desacuerdo frente al documento de trabajo: “Del estudio del documento he llegado a la convicción que ustedes harán una reunión política, con el deseo de lanzar a la iglesia y a los cristianos en la lucha en pro del marxismo y de la revolución marxista en América Latina”. El cardenal valoraba el compromiso con los pobres y con el cambio social, de “los 80” y de “los 200”, pero estaba seguro que “la ideología los había capturado totalmente” y no comprendían “el tremendo daño que podían producir” (Ascanio Cavallo, “Memorias Cardenal Raúl Silva Henríquez”, Tomo II, Santiago, Ediciones Copygraph, 1991).

En la sesión inaugural asistieron unas dos mil personas, y contó con la presencia del ministro de Relaciones Exteriores Clodomiro Almeyda y del obispo de Cuernavaca, México, Miguel Méndez Aceo. Este último aseguró que en América Latina y en los países subdesarrollados “no hay otra salida que el socialismo”. El discurso de inauguración estuvo a cargo del jesuita Gonzalo Arroyo, y fue ilustrativo del espíritu que se vivió en la reunión. Si bien sostuvo que no se trataba de una reunión política, se había querido hacer coincidir la fecha con la celebración de la Unctad III en Santiago, con la finalidad de “mostrar la actitud revolucionaria de los cristianos frente a las injusticias del imperialismo mundial”, así como manifestar la solidaridad hacia los pueblos de Asia, África y América. La primera tarea de los cristianos debía ser luchar por la liberación de los trabajadores y pueblos explotados por el capitalismo. En el proceso revolucionario pedía que los cristianos fueran respetados por los marxistas: “De la colaboración eficaz entre cristianos y marxistas puede surgir una síntesis fecunda de posiciones teóricas que contribuyan a la unidad real de la clase trabajadora y de la izquierda latinoamericana” (Discurso inaugural, 23 de abril de 1972).

Conclusiones y futuro

El encuentro tuvo muchas mesas de trabajo, tomas de posición y discusiones, en la línea general que hemos mencionado. También hubo un par de reuniones importantes con autoridades, que dejaron distinto sabor a los cristianos por el socialismo.

La primera fue con el cardenal Raúl Silva Henríquez, el 25 de abril, en el salón de Caritas, que se hizo necesario por la cantidad de personas que llegaron. La conversación comenzó de manera fría a juicio de algunos asistentes: “Yo he recibido a muchas personas que no son cristianas, y con mayor razón debo recibirlos a ustedes”, habría manifestado el arzobispo. Precisó que podían hacer este tipo de actos, pero que los obispos les dirían si lo estaban haciendo bien o mal (en Esteban Miranda, “Cristianos por el Socialismo”). “No fue una reunión grata, recordaría el cardenal (Memorias, Tomo II). De hecho, invitado a asistir al encuentro, el arzobispo de Santiago se había excusado con diversos argumentos: que no estaba organizado por la jerarquía, que no le habían consultado su parecer sobre la programación y que así como él respetaba la libertad para realizar la reunión, pedía lo mismo respecto de la libertad para no asistir al evento (Ercilla, “Los apellidos del socialismo”, N° 1.920, 3 al 9 de mayo de 1972).

Más entusiasmo generó en los asistentes la entrevista con el presidente Salvador Allende, quien señaló el 28 de abril: “Me parecería una falta de respeto si yo siquiera argumentara para señalar cómo es de consecuente que los que son auténticamente cristianos, estén junto al pueblo en su grande y permanente lucha… Ustedes no pueden estar en otra barricada que no sea aquella que señaló con su sacrificio el predicador del Gólgota” (Pablo Richard, “Cristianos por el socialismo”).

Al finalizar el encuentro se mandaron saludos y mensajes a distintos lugares del mundo. Desde luego, a Fidel Castro, al pueblo de Vietnam, a las autoridades de Chile y a su pueblo, así como a las víctimas de las dictaduras de Argentina, Bolivia y Brasil. Asimismo, se presentó un Documento Final del Primer Encuentro, que tenía la particularidad de desarrollar en 73 puntos aquellos aspectos dominantes de la discusión y de las posiciones de los Cristianos por el Socialismo.

El texto abundaba en conceptos de raigambre revolucionaria —principalmente marxista, pero también desarrollista— y llegaba a conclusiones que mezclaban las convicciones de la comprensión que tenían sobre el cristianismo y su vinculación con el comunismo. De esta manera, condenaba el “capitalismo imperialista” y la violencia que ejercen los explotadores; reconocía que América Latina vivía un proceso revolucionario y que su compromiso se inscribía en “la obra liberadora de Cristo” y se sumaban a la construcción del socialismo. Sostenían que en el continente se gestaba “un común proceso de liberación, en la línea de Bolívar, San Martín, O'Higgins, Hidalgo, José Martí, Sandino, Camilo Torres, el Che Guevara, Néstor Paz y otros”.

La matriz de análisis se explica porque entendían que los cristianos estaban tomando conciencia que su realidad “no está afuera del enfrentamiento entre explotados y explotadores”. Reconocían la lucha de clases como un hecho fundamental en la realidad latinoamericana, así como consideraban que el socialismo era “la única alternativa aceptable para la superación de la sociedad clasista”. Para ello se requería “una práctica revolucionaria del proletariado” y debía valorarse la lucha ideológica como un aspecto central y necesario.

El documento concluía con un llamado intenso de Ernesto Che Guevara, quien había sostenido que los cristianos debían “optar definitivamente por la revolución”, pero sin la voluntad de imponer sus dogmas o evangelizar a los marxistas: “Cuando los cristianos se atrevan a dar un testimonio revolucionario integral, la revolución latinoamericana será invencible”, era la conclusión del argentino —triunfante en Cuba y fallecido en Bolivia— cuyas enseñanzas servían de guía a los Cristianos por el Socialismo.

La revista Punto Final destacó esta conclusión del encuentro, enfatizando diferentes aspectos relacionados con la lucha revolucionaria y el compromiso de los cristianos, cuya conciencia estaría desafiada por la “situación de violencia institucionalizada” como la que vivía América Latina (“Cristianos reafirman su compromiso”, Punto Final, N° 157, 9 de mayo de 1972). En revista Mensaje, el sacerdote Fernando Montes sostenía que el documento final señalaba “un salto cualitativo en la conciencia de los cristianos”, aportaba “material valioso para un nuevo tipo de reflexión teológica”, si bien quedaba mucho “por precisar y por profundizar” (“Primer Encuentro Latinoamericano de Cristianos por el Socialismo”, N° 209, junio de 1972).

Como contrapartida, Política y Espíritu—revista de la Democracia Cristiana— advirtió la presencia de un nuevo integrismo en los Cristianos por el Socialismo, con verdades simples, con respuestas a todos los problemas, una simplificación que incluso llega a la caricatura, espíritu triunfalista, una dosis de maniqueísmo y fariseísmo, así como un carácter defensivo, que tema a la confrontación (“Los Marxistas-Cristianos o la nostalgia del integrismo”, N° 333, junio de 1972).

Sin embargo, podemos observar dos conclusiones de fondo que merecen ser destacadas. La primera es que, desde su nacimiento, los Cristianos por el Socialismo representaron un problema de desafío hacia la jerarquía de la Iglesia Católica en Chile, por su toma de posturas y actitudes que muchas veces reñían o superaban los límites de la obediencia (ver Brian H. Smith, “The Church and the politics in Chile. Challengesto Modern Catholicism”, Princeton, New Jersey, Princeton UniversityPress, 1982). Hay un segundo elemento que también vale la pena considerar y tiene un alcance mayor: si en algún momento existió un clericalismo conservador, que evolucionó hacia un clericalismo democratacristiano pasado la mitad del siglo, a fines de la década de 1960 y comienzos de la de 1970 se podía observar un clericalismo marxista. Este operaba a nivel intelectual y práctico, actuaba convencido y creía tener el futuro en sus manos. Ciertamente, la mayor parte de esa discusión era de naturaleza histórica y política, sobre la revolución en América Latina y en Chile.

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