En Kiev, en medio del retumbar de la artillería pesada de Rusia, muchas cosas parecen familiares. En particular, un terrible sentimiento de pavor.

Hace casi 30 años, me encontraba en Grozni, la capital de Chechenia, un territorio al sur de Rusia que se atrevió a declarar su independencia de Moscú cuando la Unión Soviética se estaba desintegrando. Los chechenos pagaron un enorme precio. El Ejército ruso invadió dos veces y en ambas ocasiones arrasó con la ciudad, un ejemplo del que se ha convertido en un manual de Rusia para imponer control sobre regiones periféricas del otrora imperio ruso y aplastar pueblos hasta la sumisión.

Vale la pena recordar la experiencia chechena, pues fue la primera vez que vimos a Vladimir Putin desarrollar su estrategia para reafirmar el dominio ruso donde quiera que lo deseara. Sus métodos son la fuerza bruta y el terror: bombardear y sitiar ciudades, usar a civiles como blancos a propósito y secuestrar y encarcelar a los líderes y periodistas locales para remplazarlos con colaboracionistas fieles. Las tácticas están tomadas directamente del manual de Iósif Stalin, como lo escribió la exsecretaria de Estado Madeleine Albright poco antes de morir.

La guerra en Chechenia comenzó con un despliegue impactante de incompetencia rusa. En 1994, durante la víspera de Año Nuevo, las tropas rusas fueron enviadas con torpeza a Grozni. La fuerza, compuesta en su mayor parte por soldados conscriptos que no sabían qué esperar, ingresó a la ciudad con tanques y vehículos blindados en el que se esperaba que fuera un derrocamiento veloz.

Estos fueron recibidos por unidades muy motivadas de combatientes chechenos, armados con cohetes antitanques, que los emboscaron, atraparon y quemaron a cientos de soldados y vehículos blindados en una noche.

En los días que siguieron, una estupefacción silenció a Rusia mientras el liderazgo evaluaba lo ocurrido y el ejército enviaba refuerzos. Los chechenos celebraron su victoria, pero la calma no duró.

El Ejército ruso se movilizó para flanquear Grozni por tres lados y desató una arremetida violenta y aterradora. Sus fuerzas destrozaron los suburbios, los parques industriales y luego los distritos residenciales, movilizándose por tierra poco a poco mientras forzaban la retirada de los combatientes chechenos bajo un bombardeo abrumador.

Yo lo vi de cerca desde ambos lados, reportando tras las líneas rusas mientras sus enormes armas azotaban la ciudad y pasaban por toda la gama de bombas y proyectiles para llegar a los búnkeres donde civiles vivían sitiados.

Los combatientes chechenos se convirtieron en maestros de las guerrillas urbanas y resistieron durante semanas. Tenían el apoyo generalizado de la población civil, furiosa por el uso de la fuerza bruta de parte de Moscú. Los chechenos, un pueblo musulmán, habían sufrido opresión y deportación durante el mandato de Stalin y tenían un largo historial de resistencia frente al control ruso.

Cuando los rusos se encontraban con una defensa más obstinada de lo normal, dejaban caer racimos letales de bombas que suprimían a cualquier persona que circulara por las calles, ya fueran combatientes o civiles que huían.

Después de tres meses, las fuerzas rusas tomaron el centro de la ciudad. La lucha se trasladó a los suburbios del sur, donde las fuerzas rusas destruyeron la última resistencia con bombas para colapsar búnkeres, las cuales atravesaban edificios de ocho pisos hasta los sótanos llenos de civiles, y bombas termobáricas, que explotaban en los techos y propagaban poderosas ondas sísmicas.

Buena parte de esa experiencia es evocada en Ucrania hoy. Aunque han transcurrido casi 30 años, es asombroso ver a Rusia emplear muchas de las mismas tácticas —y cometer los mismos errores— en Ucrania. A pesar de las duras lecciones aprendidas en Chechenia y Afganistán, las tropas rusas recorrieron las principales autopistas con sus tanques y camiones de combustible en un intento por tomar el control de la capital ucraniana en las primeras semanas.

Los soldados ucranianos ya se lo esperaban y organizaron varias emboscadas. Destruyeron tanques y vehículos blindados, bloqueando el avance ruso. Muchos soldados rusos fueron asesinados o tomados prisioneros. Los sobrevivientes fueron forzados a escapar. Otras columnas de tanques fueron destruidas al acercarse a Kiev por el este.

Luego siguió una especie de calma. La ciudad respiró de nuevo.

Ahora, en el segundo mes de guerra, las autoridades ucranianas aseguran que por el momento los rusos han dejado de centrar su atención en la capital. No obstante, los analistas de Occidente advierten que Kiev sigue siendo un blanco y ya estamos atestiguando espantosos bombardeos contra otras ciudades del país.

Aunque muchas fuerzas rusas se han retirado de Kiev para reorganizarse, otras se han propagado para empezar a flanquear la ciudad. Los combates intensos son constantes en suburbios del norte y la ciudad ha sufrido ataques de misiles teledirigidos y artillería casi todas las noches y, desde hace poco, todos los días.

Un comandante checheno, Muslim Cheberloevsky, que peleó contra el Ejército ruso durante más de una década, conoce a la perfección los métodos rusos. Cheberloevsky llegó con algunos de sus combatientes a apoyar a Ucrania cuando Putin se movilizó para anexar Crimea en 2014. Ahora comanda un batallón de voluntarios chechenos cerca de Kiev.

Describió el combate a las afueras de Kiev como un juego del gato y el ratón y se burló de las fuerzas armadas rusas. “Tienen tácticas estúpidas desde la época del imperio ruso; no han cambiado”, opinó. “La más importante es mandar a la gente a morir en el campo de batalla. No les interesan sus propios soldados”.

Hay un siguiente nivel en el manual de Putin que es muy conocido entre los chechenos. Cuando las tropas rusas obtuvieron el control por tierra de Chechenia, destrozaron todo el disentimiento restante con arrestos, campos de filtración y la persuasión de lugareños para volverlos protegidos y colaboradores.

Después de dar rienda suelta a un arsenal terrible, el golpe decisivo en contra de Chechenia fue usar a los chechenos leales a Rusia para imponer el control. Seis años después de iniciada la guerra, Putin persuadió al jefe muftí de Chechenia para que traicionara la causa rebelde. El hijo del muftí se convirtió en el principal esbirro de Putin y ha facilitado combatientes chechenos para apoyar a las fuerzas rusas en Siria y ahora en Ucrania.

Ya hay señales de estos métodos en Ucrania: el arresto y desaparición de autoridades, las detenciones y amenazas en contra de periodistas y la supuesta evacuación masiva de civiles a Rusia.

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