Porteño, Premio Nacional de Humanidades, profesor de derecho, abogado y escritor, columnista en medios de prensa, constituyente representante por el distrito 7, apasionado del lenguaje, Agustín Squella (78) es una referencia intelectual en nuestro país, y un tipo inquieto que desarrolla una actividad mental incesante.

No obstante, no deja de sorprender que, ya siendo casi un octogenario, etapa en que otros hombres provectos se retiran de la actividad pública para disfrutar de su tiempo libre, Squella haya decidido embarcarse en una aventura política que lo tiene trabajando casi a tiempo completo en una Constitución que puede alterar el curso de nuestra historia.

Sensato, articulado y culto, respetado al interior de la CC por representar valores como el rigor, la moralidad, la prudencia, y la razón, el académico también se destaca por ser uno de los constituyentes más dialogantes, estableciendo puentes entre la derecha y la izquierda, en un escenario político donde reina la estridencia testimonial y la desmesura ideológica.

Pese a que es optimista con el proceso, piensa que vivimos un momento complejo debido al poco tiempo que queda para entregar la propuesta del nuevo ordenamiento jurídico que podría definir el futuro de Chile.

Entre las agotadoras sesiones de la comisión que integra (Principios Constitucionales, Democracia, Nacionalidad, y Ciudadanía), y el volumen agobiante de trabajo que tiene por estos días –incluyendo sábados y domingos–, el autor del ensayo “Dignidad” (Editorial Universidad de Valparaíso, 2021), se hizo un tiempo para reflexionar sobre los desafíos que enfrenta la Convención a pocos meses del plebiscito de salida.

–Usted tiene pasión por el lenguaje. ¿Qué palabra definiría el estado actual de la Convención Constituyente?

–Incertidumbre. Nada ni nadie puede escapar de ella. Nos movemos sin certezas, y a veces ni siquiera con simple seguridad, y es por eso que la responsabilidad que mostremos en lo que hacemos es más exigible que nunca.

–En las normas generales aprobadas últimamente hay reglas de toda índole: un Congreso unicameral, la eliminación de la libertad económica, hasta otras más curiosas como el derecho a nuestro propio cuerpo.

–Ya nos pasó cuando nuestras comisiones transitorias, en vez de aportar a un solo reglamento, se fueron casi todas por la libre y acabamos teniendo cinco reglamentos. Ese fue un mal augurio que espero no se repita en el caso de las actuales comisiones temáticas. Estaría muy mal si cada comisión llegara a pensar solo en el metro cuadrado que le tocó.

–¿No le da la impresión de que, por momentos, cada comisión está creando su propia Constitución? ¿Que este nuevo documento estará demasiado involucrado en la contingencia, y menos preocupado de redactar una proposición útil para el futuro?

–También es cierto que la contingencia nos ha ganado a veces la partida, en circunstancia de que lo que el país puso en nuestras manos fue el futuro de Chile. Ni más ni menos que el futuro. ¿Es poco eso como para andar inmiscuyéndonos en temas actuales de gobierno, del parlamento o del poder judicial?

“La virtud de la prudencia”

–¿Le preocupan la cantidad de normas generales aprobadas en el último tiempo? ¿Existe una grafomanía por parte de algunos constituyentes al querer poner todo en la Constitución?

–Es preciso evitar dos extremos: grafomanía constitucional, es decir, exceso de escritura, y telegrafía constitucional: déficit de escritura. ¿Cómo alejarse de esos dos extremos? Aristóteles dio la respuesta hace dos mil quinientos años: practicando la virtud de la prudencia. Pero no más mencionar esa palabra –prudencia– y siento que me expongo a la ira y a la fiebre actual de la estridencia y la desmesura. ¿Quién valora hoy la prudencia? Si usted intenta ser prudente políticamente hoy en Chile, lo más probable es que lo acusen de tibio, de indefinido, de amarillo. Pedir algo de contención en nuestros juicios y emociones se ha vuelto una tarea casi imposible.

–La CC parece ser un lugar donde priman las minorías identitarias. ¿Cree que la Convención últimamente, sobre todo luego de la elección de Boric, le habla a las minorías y se olvidó del centro?

–Las obsesiones identitarias colectivas son hoy un fenómeno mundial. Se pueden entender, pero por favor sin exagerar. La individualidad es ante todo, no digo el individualismo, pero muchas veces nos mostramos más que interesados en formarla, en descubrir cuál o cuáles son nuestras manadas. Los humanos tenemos mucho más en común que las particularidades que nos diferencian, partiendo por una compartida y misma dignidad. Todos tenemos un similar valor como personas y nadie es más que nadie. En la antigüedad preguntaron a Diógenes quién era, y respondió: kosmpolités. No dijo filósofo, griego ni ateniense, lo que dijo fue: soy del mundo. Ahora bien, en el plano local, la Convención todavía no habla, y va a hablar por medio de su propuesta constitucional definitiva. Uno, dos, algunos o muchos constituyentes no somos la voz de la Convención, aunque algunos de nosotros puedan tratar de mostrarse como tales. Puestos de súbito en el espacio público, en ocasiones parecemos más interesados en proclamar quiénes somos antes que pensar bien dónde y para qué estamos. Y estamos en una Convención Constitucional para elaborar y proponer una nueva Constitución para Chile. Eso es lo que el país espera de nosotros, no que andemos contando nuestra vida o sueños personales.

–Se propuso la creación de un Consejo Nacional de Medios porque se dice que existe una concentración de estos. Voltaire escribió sobre el periodismo: “No ha habido autenticidad hasta los tiempos en que los periódicos, contradiciéndose unos a otros, han dado ocasión de examinar los hechos para que luego fueran discutidos por los contemporáneos”. ¿Qué opina al respecto?

–Lo de ese Consejo es menos que una propuesta de norma constitucional, se trata solo de una bravata. Sujetar los medios a comisarios es propio de las dictaduras que conocemos aquí y allá, y que se parecen mucho unas a otras, cualquiera sea su color o la figura del dictador que se ponga al frente: persecución de adversarios políticos y control de los medios con la consiguiente asfixia de la libertad de expresión y de prensa. Tuvimos eso aquí durante 17 años y lo vemos a diario en otras naciones. Nunca más entonces.

–En “Dignidad”, usted dice: “(es) una expresión fofa, vaga, vaporosa, de contornos más bien imprecisos, que se resiste a ser enmarcada”. Junto a otros convencionales, presentó una iniciativa que tiene como elemento central la dignidad de todas las personas, ¿por qué definir la palabra resulta tan difícil en una nueva Constitución?

–Sí, no es fácil definir dignidad humana, pero se la puede entender como el común, parejo e invariable valor en que nos reconocemos recíprocamente como personas. Un mismo valor en el que se funda la titularidad de esos derechos universales que llamamos derechos humanos, que justifica también que nos debamos todos una similar consideración y respeto, y que hace exigible que nos tratemos como fines y no como medios al servicio de otros o del Estado. ¿Por qué derechos de todos, respeto para todos y estimación de todos como fines y no como medios? Porque todas las personas nacemos y permanecemos iguales en dignidad, una conclusión que a la humanidad le llevó milenios aceptar y practicar.

–La semana pasada renunció la directora de comunicaciones. Según dijo, no existe presupuesto, cohesión interna, ni la voluntad para desplegar una estrategia comunicacional profesional. Además, responsabilizó a la Presidenta. ¿Qué le parecen sus argumentos y qué pierde la Convención con lo ocurrido?

–Pierde ante todo a una persona, a una buena profesional, aunque su pregunta me permite añadir algo más: todos los gobiernos y muchas organizaciones humanas recurren al ardid de señalar que sus problemas son solo comunicacionales, en circunstancia de que la mayoría de las veces no es así. Una ya muy manida forma de evitar la responsabilidad por problemas de fondo es aparentar ante el público que lo único que hay son problemas comunicacionales. Espero que la Convención no pise ese palito, esa trampa que ciega la autocrítica ante los verdaderos problemas y nos sume en la autocomplacencia. Si se quiere mejorar como persona o como grupo, la receta está siempre en el auto examen y no en al auto elogio.

“Hablar y escribir de manera horizontal”

–En una Convención cuyo promedio de edad de sus miembros es de 45 años, usted es uno de los mayores. ¿Cómo ve el desempeño del grupo? ¿Qué capacidad ve para conseguir acuerdos?

–Me gusta mucho la edad promedio de la Convención, quizás porque hace más de 50 años que vengo trabajando con jóvenes en la universidad. Pero ojo: en la Convención no doy clases ni tampoco me lo permitirían. He tratado de poner de lado al profesor y de hablar y escribir de una manera horizontal. Mire, hay dos maneras catastróficas de envejecer: la efebofobia, o sea, el desprecio a los jóvenes, y la efebofilia, esto es, la rendición incondicional ante ellos. La primera es indigna y la segunda es patética. Si usted ve por detrás a un joven que lleva una pancarta, no puede empezar a insultarlo y tampoco aplaudirlo antes de leer lo que lleva escrito en la pancarta.

–¿Qué constituyentes le han sorprendido gratamente por su trabajo? ¿Identifica ciertos liderazgos que sean desconocidos para la ciudadanía?

–¿Puedo decirle una cosa? Siempre he tenido reservas con la palabra líder y con el término liderazgo. Me suenan autoritarios. En cuanto a la Convención, hay en ella, como en todas partes, una buena cantidad de egos e incluso algunos francos narcicismos, de modo que si a la hora de nombrar líderes dejara de mencionar a alguien que tenga o crea tener esa condición, podría incurrir por omisión en una afrenta que prefiero evitar.

–Parafraseando a Adriana Valdés: ¿Cree que, en estos momentos, y a pocos meses del plebiscito de salida, el optimismo es un deber moral?

–Claro que sí, y se trata de un gran punto de Adriana. Siempre hay buenos motivos para el pesimismo, para creer que las cosas irán mal o no todo lo bien que desearíamos, pero no por ello tenemos que cruzarnos de brazos y sentarnos a esperar a que ocurra lo peor. Todo lo contrario: debemos ponernos de pie y preguntarnos qué podemos hacer para que las cosas vayan lo mejor posible.

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