¿Qué extraña de Chile?

–Mis amigos, la familia, las noches frescas de verano y los erizos. Pero lo que más añoro es el Pacífico; ese mar tan agresivo de aguas turbulentas.

Desde el piso quince de su departamento en el barrio Chevy Chase de Maryland, a tres cuadras Washington DC, José Miguel Vivanco (61) se asoma al balcón y comenta: “Desde aquí puedo ver la ciudad con una vista esplendida”. Casado con una abogada india y con un hijo (22) recién graduado del College de Yale, el abogado de la Universidad de Chile está radicado en la capital estadounidense hace más de tres décadas. “La última vez que estuve en mi país fue en marzo de 2020; tengo pensado ir a Santiago a fines del verano”, comenta.

En febrero próximo, el abogado ya no estará a la cabeza de Human Rights Watch (HRW). Tras 28 años liderando la División de las Américas de esta organización internacional dedicada a la defensa de los Derechos Humanos, a fines de 2021 anunció su retiro. “Quiero explorar nuevas formas de hacer esta tarea. No quiero seguir dedicado a denunciar abusos, sino más bien a una labor de tipo preventiva. Espero ampliar mi trabajo en este ámbito con gobiernos y corporaciones privadas que estén dispuestos a mejorar su rendimiento en esta materia”.

Vivanco, quien ha protagonizado públicos desencuentros con mandatarios como Castro, Chávez y Uribe, repasa sus casi 30 años al mando de esta organización no gubernamental. Y se detiene en Chile. Entre sus “hazañas” recuerda cuando abogó por la libertad de expresión en su país natal. “En los noventa estuve directamente involucrado en la derogación de la figura del desacato que se utilizaba para censurar la circulación de libros y películas”. También destaca su apoyo a la reforma de la Ley Anti Terrorista, con la cual se procesaba a mapuches que habían cometido delitos comunes. “Me entrevisté con todos los presidentes de los noventa y 2000 explicándoles que Chile contaba con los instrumentos jurídicos en el Código Penal para que estas personas no fueran juzgadas selectivamente y finalmente se logró”.

Además de ejercer un rol clave en la extradición de Fujimori, desde Chile a Perú, y apoyar en Londres a que Pinochet fuera procesado por graves atropellos a los derechos humanos, habla de Venezuela. “Hace tres años nos rompíamos la cabeza para encontrar maneras de mostrarle al mundo lo que ocurría en ese país por la escasez de alimentos y medicinas. Decidimos elaborar un estudio sobre la catástrofe humanitaria con médicos especializados en conflictos armados del hospital Johns Hopkins. Exhibimos las precarias y nefastas condiciones de los hospitales públicos, la falta de vacunas y los altos niveles de desnutrición de niños pobres. Este informe tuvo tal repercusión que lo presentamos ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas; fue un hito sin precedentes, pues nunca había testificado formalmente ante el Consejo un organismo de derechos humanos”.

También hace hincapié en la política migratoria chilena. Hace unos meses HRW publicó un informe sobre la deportación de los venezolanos indicando que gran parte de las expulsiones incurrían en violaciones al debido proceso. “Si Boric me pidiera una sugerencia en política migratoria le diría que revisara los fallos de la Corte Suprema chilena; que se guiara por ellos”.

–En estas décadas usted llegó a la Casa Blanca, al Congreso y al Departamento de Estado de Estados Unidos ¿se considera un hombre poderoso?

–Ciertamente he tenido influencia, pero estoy muy consciente que todo lo que logré lo hice pensando en quienes no han podido hacer valer sus derechos, en los más vulnerables. Al llegar a Washington en 1986 entendí que para ser creíble había que estar dispuesto a pisar callos y a criticar, incluso, a gobernantes con quien simpatizaras, si la evidencia lo exigía. Conservadores y liberales, aunque no coincidieran contigo, valoraban que mantuvieras una argumentación rigurosa, predecible y consistente.

–En el diario “El Tiempo” de Colombia dijo que está consciente de ser “un personaje incómodo”.

–Sí, lo soy, esto no es un concurso de popularidad. Me he reunido con la mayoría de los presidentes y dictadores de América Latina en los últimos treinta años; de todos los colores políticos. Pero sé que algunos de ellos se reúnen conmigo no porque me consideren un tipo simpático, sino por nuestra influencia. En mi cargo, además de un diagnóstico objetivo, es necesario formular propuestas prácticas y realistas. Sin embargo, para lograr impacto es imprescindible la credibilidad; y creo que gracias al profesionalismo de quienes han colaborado conmigo la hemos preservado.

–Ha declarado que es un momento muy difícil para los derechos humanos en la región, que atravesaría su peor momento, ¿Por qué renunciar ahora?

–Es solo una pésima coincidencia. Tengo una opinión muy crítica sobre la situación de América Latina actualmente, especialmente sobre la crisis de valores democráticos, pero mi retiro no es una decisión repentina. Lo vengo reflexionando hace algunos años. La pandemia me generó una enorme incertidumbre. Eso me obligó a repensar si quería seguir haciendo mi tarea de la misma manera y en la misma organización que tanto respaldo me ha dado.

“Creo en la justicia terrenal”

El abogado, ex alumno del liceo Manuel de Salas, en los años setenta fue acólito del Cardenal Raúl Silva Henríquez (arzobispo de Santiago entre 1961 y 1983). “Estuve en misas y tedeums con el Cardenal. Yo era un niño de 13 años sentado en un rincón, le llevaba el misal, el incienso y lo escuchaba atentamente. Él lanzaba unas homilías impresionantes, hablando de los atropellos a los derechos humanos frente a Pinochet; a quien no se le movía un músculo”.

–¿Cómo marcaron esos años su vocación por los derechos humanos?

–Era muy impactante ver el coraje, la nobleza y la convicción del Cardenal. Él, sin un ejército detrás, solo con sus creencias, era capaz de acusar a la junta militar de crímenes atroces; resultaba conmovedor.

–¿Algún principio católico que lo acompañó en su misión en Human Rights Watch?

–Lo más importante en esta dura tarea, donde estás expuesto a constantes injusticias, es aprender a no odiar. A pesar de todo lo que he visto no tengo rencores. Yo creo en la justicia terrenal; pero a mí no me mueve la venganza. Y además te voy a decir algo muy importante respecto a quienes están escribiendo la Constitución en Chile. Sí como constituyente quieres comprender a plenitud el tema de derechos humanos, debes ponerte siempre en los zapatos de la minoría, no en el de las mayorías temporales.

–¿La Convención está trabajando desde ahí?

–No lo sé, me preocupan los acuerdos sobre negacionismo, que reflejan el deseo de la mayoría por imponer una verdad oficial, limitando el ejercicio de la libertad de expresión a los integrantes de una entidad encargada de escribir la Constitución. Ellos podrían ser víctimas de ese mismo criterio restrictivo si mañana pasan a ser minoría. La clave es diseñar reglas del juego permanentes y universales que subsistan las próximas generaciones.

–Hablando de abusos, cuando vino a Chile para el estallido social dijo que era necesario “mostrar la película completa”.

–Sí, era nuestra obligación. Pudimos demostrar que se habían cometido graves violaciones a los derechos humanos por parte de agentes policiales. Así como estuve en la Posta Central y en el Hospital del Salvador, pasé por el Hospital de Carabineros. Allí verifiqué situaciones médicas de funcionarios que también sufrieron lesiones oculares, testiculares y quemaduras graves.

–La diputada comunista Camila Serrano sostuvo en este medio que su partido se restó del histórico acuerdo que Boric firmó con el oficialismo en noviembre de 2019, porque había grandes “escollos” que no se abordaron como la reparación en derechos humanos.

–No creo que aquellos que votaron por ese pacto estuvieran porque no se reparara a las víctimas de la violencia policial. Es la primera vez que escucho ese argumento. Todas las víctimas de abusos, como quienes sufrieron daños irreparables a la vista, merecen justicia y reparación. Este punto no debería generar discrepancia en ningún sector político.

–Por su parte, usted ha planteado que no hay prisioneros políticos en Chile.

–Exacto, eso ocurre cuando quienes, en disidencia pacífica con el tirano, son perseguidos mediante un proceso penal y encarcelados. Eso pasa en Cuba, Nicaragua y Venezuela, pero no en el Chile de hoy. Además, si se considerara un indulto para resolver una irregularidad específica, debería ser caso a caso y no genéricamente. Si el problema es el abuso de la prisión preventiva, eso debería abrir un debate sobre todos los presos en esa condición; no solo los de octubre y noviembre de 2019.

–Hay medios de Estados Unidos que han vinculado a Boric, por su coalición de extrema izquierda, con un populismo autoritario.

–Felizmente muy pocos lo han intentado asimilar a aquellos populistas que creen que, por haber sido elegidos democráticamente, pueden gobernar cómo se les da la gana. Pero no hay absolutamente nada en su programa de gobierno que sugiera amenazas a las libertades públicas, la independencia de poderes, y la democracia representativa. Es más, en política exterior a Boric no le ha temblado la mano para condenar a las dictaduras de Venezuela, Nicaragua y Cuba.

–Pero el PC, de su coalición, respaldó públicamente la elección de Daniel Ortega en Nicaragua.

–No es de extrañar, el Partido Comunista chileno considera que hay que denunciar violaciones a los derechos humanos cuando los responsables son sus enemigos ideológicos. Pero si quienes ordenan esas violaciones coinciden con ellos, como el régimen cubano o el de Maduro, no tienen el más mínimo inconveniente en hacer la vista gorda y aplicar un doble rasero.

–¿Teme sobre la influencia del comunismo chileno en el gobierno de Boric en materia de derechos humanos?

–Espero que no, ni en el plano interno ni en política exterior, pero es preocupante que Jadue, el líder más carismático que ha tenido el Partido Comunista en mucho tiempo, públicamente haya descalificado el informe de Michelle Bachelet sobre las gravísimas atrocidades en Venezuela. Los desafíos del Presidente Boric no solo son enormes en lo social y económico, sino también respecto al liderazgo que pueda ejercer sobre los sectores más radicales de su coalición.

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