Catalina Parot, la candidata de Chile Vamos, apareció en La Segunda la semana pasada porque no figuraba con financiamiento para su campaña para gobernadora de la Región Metropolitana, en una campaña en la que enfrenta a Claudio Orrego (DC), Karina Oliva (Comunes), Rojo Edwards (P. Republicano), Nathalie Joignant (Ecologista Verde) y Pablo Maltés (PH).

“Mi jefe de campaña, Luciano Cruz-Coke, está a cargo de eso, no conozco mucho el detalle. Pero es verdad que el tema financiamiento ha sido bastante lento. Acabamos de recibir el crédito a mi nombre. Espero que realmente las personas se comprometan, porque esto tiene que ver con el país de los próximos años. Me habría encantado tener más tiempo para haber hecho una campaña dedicada al pequeño aporte”, sostiene.

Abogada y cientista política, es militante de Evópoli, exministra de Bienes Nacionales (2010-2012) y expresidenta del CNTV, donde estuvo hasta que tomó este nuevo desafío.

Parot acaba de hacer un largo recorrido por sectores claves la RM junto a Iván Poduje. “Llegamos a una toma en Colina donde se instalaron más de mil familias, peruanos, haitianos, bolivianos y otros. Me impresionó que en una comunidad como esa, con redes y tareas comunes, sin pavimento ni agua, todas las mediaguas están enrejadas. Nunca ha pasado por ahí una patrulla de Seguridad Ciudadana, nunca ha llegado una asistente social; entonces ahí el Estado no está, es como si no existieran. La sensación para ellos es atroz”, relata.

“Desde la gobernación vamos a crear La Seguridad Metropolitana, con un gran fondo para igualar la cancha entre las comunas. Si ves el centro de seguridad del alcalde Lavín es enorme, de gran tecnología, ¡y en otras comunas no tiene nada! Queremos intervenir las comisarías, porque en los barrios más vulnerables deben estar los mejores carabineros, los mejores en habilidades blandas y también los que más saben sobre seguridad”.

En cuanto al ordenamiento territorial, su primera ocupación será el tratamiento de la basura. “No quiero nunca más rellenos sanitarios, sino plantas de tratamiento”.

“Ganar la gobernación es una oportunidad única para ganar la presidencial —añade—. La RM tiene más de 8 millones de habitantes, más del 43% de la población del país. Es una región que refleja los problemas del Chile de hoy”.

—¿En los recorridos en terreno con qué se ha encontrado que la ha removido?

—Primero, las diferencias que existen en la RM. Yo, que vivo en Lo Barnechea, me muevo hasta esa toma en Colina, o a ciertas zonas de Quilicura ¡y es otro país! No es posible que esto sea desarrollo. Y es el mismo Estado el que demuele ciertas zonas que se transforman en sitios eriazos, basurales, llenos de infecciones. Sitios fiscales como ese se repiten en muchas partes. Cómo no hacer plazas, parques, viviendas integradas. Lo primero que voy a hacer es pedirle al Presidente el traspaso del Serviu, porque no puede ser que la gente se demore entre 7 y 12 años en tener su vivienda. ¡Es una vergüenza! Y es un olvido de muchos años... Yo me veo frágil, lo soy físicamente, pero soy súper potente de espíritu. Estas cuestiones no las resisto.

—¿Eso la moviliza para enfrentar otra vez una campaña difícil?

—Sí. Cuando hay ciertas cuestiones que me golpean el alma, no puedo quedar indiferente. Corro el riesgo de tener otra derrota, de que me tiren un piedrazo, de que me griten “coja”… No me importa porque me duele la guata, me dan rabia estas injusticias. Por alguna decisión del destino me tocó estar aquí, porque no lo busqué, así que voy a hacer la diferencia. Tenemos que hacer algo con las luminarias también, porque sabemos que hay corrupción, yo no digo dónde ni quién, no conozco los detalles, pero hay corrupción. Y tenemos que recurrir a los conocimientos que hay en el mundo para aprovechar las aguas, ¡no puede ser que muchos parques todavía se estén regando con agua potable!

—Perdió tres veces sus campañas a diputada, ¿Por qué esta vez sí podría triunfar?

—Dices que “perdí” tres veces, pero después fui ministra. ¿Perdí o gané? Desde mi perspectiva, gané, porque yo he recorrido el país entero, pude estar con todos los chilenos post terremoto. Pude trabajar en la regularización de los títulos de dominio del Maule, fui la primera ministra que llegó a Juan Fernández a abrazar a los padres que habían perdido a sus hijos, llegué a Isla de Pascua, Puerto Williams… Desde mi vocación de servicio público, yo gané. Entiendo que alguien pueda decir “esta es una perdedora”, pero no, he sido tremendamente ganadora en la vida.

“He vivido desde muy niña la discriminación”

Catalina Parot nació en Talca, hija de un padre agricultor y una madre dueña de una pastelería, dedicados la mayor parte del tiempo a sus ocho hijos. A los 6 meses de edad, sufrió una poliomelitis que la dejó caminando con muletas hasta hoy.

Ella sueña hoy con que avance el proceso de vacunación contra el covid para poder viajar a abrazar a sus padres. “Recién supe cuántos años va a cumplir mi papá… no lo voy a decir porque soy contraria a la edad, me carga. ¡La mía menos! Sufro de edadismo, sé que es una antigüedad, que está pasado de moda, pero sufro”.

—Leí que, justo antes de este nombramiento en el CNTV, su nombre sonaba para la embajada de Chile en EE.UU., pero que cambiaron de idea porque la casa no estaba preparada para una persona con discapacidad. ¿Fue así?

—Eso me dolió. No tengo idea si será verdad, porque nunca nadie habló conmigo, pero es muy injusto quedar al margen de una representación tan importante por esas razones. La inclusión allá es un tema importante, acá todavía nos falta muchísimo. Me dolió porque yo he vivido desde muy niña la discriminación y es muy doloroso. No voy a hablar de eso, porque afecta a personas muy cercanas, pero ha significado un esfuerzo para mí. Yo quiero abrir caminos. Estoy luchando por otras personas, no solamente con discapacidades físicas, porque en la diferencia hay una riqueza maravillosa.

—¿Su discapacidad ha sido importante en las campañas políticas que requieren tanta calle y esfuerzo?

—Estoy orgullosa y agradezco a la vida porque me ha enseñado mucho para entender otras realidades. Sin esta discapacidad, yo hubiera sido una loca desatada, porque siempre me han gustado las plumas, el tablado y el canto (risas). Ya no tengo tan buena voz, porque se me han dañado las cuerdas vocales, pero andaría haciendo un show de aquellos. Esto ha sido como un “párate aquí y mira la vida desde aquí”. Ha habido momentos difíciles sí, muy duros.

—¿Siente que la deja en desventaja frente a otros candidatos?

—Sí, mucho. A mí nunca se me ha dado fácil. Nunca voy a ser la candidata privilegiada de nadie, siempre me tocan las tareas más difíciles, me tocan los distritos más difíciles, los más grandes, los que tengo que recorrer más, los que hay que subir y bajar más cerros. Además, soy de región, vengo del Colegio Integrado de Talca…

—No pertenece, por origen, al círculo de la élite tradicional.

—No y no tengo nada contra ese círculo, porque ahí están mis grandes amigos, personas a quienes admiro y quiero mucho. Yo me he hecho sola y ha sido duro, porque no soy la protegida de nadie. Mi amigo más generoso ha sido el presidente Piñera.

—¿Son muy amigos?

—Ni tan amigos, porque yo no le cuento mis pecados y él tampoco a mí (risas). Pero hay un cariño y un respeto muy grande. Respeto sus valores, independiente de sus errores. Yo he cometido muchos errores en mi vida, pero él ha sido el amigo que me ha tendido la mano y que ha creído en mí y eso me emociona...

A Catalina se le caen las lágrimas cuando habla de lealtades. “En la política uno está para servir y no anda buscando amigos. Tengo una familia que me ha querido mucho, esa parte la tengo resuelta. No busco saldar ningún problema emocional, pero me han emocionado sus gestos. Me dice ‘Ya poh, Cata Parot, salga antes usted porque se demora mucho' (risas). Me entiende y le pone humor. Me ha dado mucha fuerza en momentos duros”.

—Como ministra de Bienes Nacionales, en pleno discurso, usted levantó su muleta y dijo “estoy orgullosa de mi diferencia”. ¿Sentía que Piñera la puso ahí como símbolo de inclusión?

—No fue conversado así, pero ese día se promulgaba la Ley de Inclusión y de repente me dijeron “el presidente quiere que usted hable”. No tenía nada preparado y dije lo que me salió de corazón. Para mí la diferencia es hoy día un plus, yo agradezco a la vida esto porque me ha puesto un cable a tierra.

—La poliomelitis en su infancia fue por la falta de vacuna; la vacunación debe ser un tema para usted, ¿no?

—Claro. Existe este movimiento anti-vacunas que yo encuentro de locos. Yo cada vez que no me vacuno de algo, me enfermo. Mi vida ha sido así. Soy una muestra viviente de lo que sucede. La gente tiene que entender que ahora las vacunas para detener el covid están hechas por los mejores laboratorios, por los mejores científicos, con la mejor tecnología y en muy poco tiempo. Hay que hacer un llamado potente a la gente a vacunarse.

“Ya tienen los ojos secos”

Catalina está casada con el ingeniero comercial Guillermo Toro, tiene cuatro hijos y dos nietos. “Vengo de una familia muy unida y bonita, muy vinculada a la vida de campo, con unas mujeres potentísimas, todas mis tías, mis sobrinas, mis primas, hermanas… Tenemos un chat y hacemos un zoom cada cierto tiempo para tomarnos una copita, comentar libros y contarnos nuestras vidas”, comenta.

“En mi casa yo tenía que hacer mi cama, barrer, lavar y nos íbamos caminando al colegio. Pasamos por momentos buenos y malos. Era una vida sin lujos, pero buena. Mi mamá me acompañaba a la rehabilitación, aunque fui poco, no le daba mucha importancia. El asunto se vino a poner un poquito más complicado en la adolescencia. Yo daba por sentado de que mi manera de verme era la manera en que me veían todos. Y no. Me fui a estudiar a Valparaíso, pese a los miedos de mis padres, que nunca me quisieron transmitir”.

—Evidentemente, hasta hoy no sabemos enfrentarnos a la diferencia…

—Yo entiendo a las personas, no las juzgo. Culturalmente tenemos que acostumbrarnos a la diferencia, no podemos tenerle miedo. Cuando yo era chica, había gente que cruzaba la calle cuando me veía. Y no era por mí, era por ellos mismos. Hoy día hay gente que cruza la calle cuando ve un haitiano, ¿me entiendes? Las cosas que vivía diariamente eran muy fuertes, entonces hubo en momento en que necesité ayuda. Pero en mi corazón tenía sembrada la alegría de vivir.

—Supongo que la primera reacción es enojarse ante tantas trabas.

—Ahora me da rabia no haber puesto límites, no haber dicho “oye, córtenla, para qué me mandan por allá lejos si saben que me implica tres veces más esfuerzo”. Pero no lo hice, porque pensé que me la podía. Hay gente que se amarga porque las cosas no salen como quieren. Yo tengo mucha fe en la vida. Mi corazón no se ha marchitado y eso es una gran cosa. Hay algunos a quienes veo y digo “chuta, ya tienen los ojos secos. Ya no creen”.

—Usted conoció a su marido en la universidad, ¿Cómo fue?

—Haciendo dedo en Valparaíso. Yo tenía un Volkswagen amarillo y muchas veces me quedaba sin plata para bencina. Entonces, ese día hice dedo. Él vivía en el mismo edificio y estudiaba en otra universidad. Tenía una camioneta gigante y lo primero que pensé fue: “¡¿cómo me voy a subir?!”. Me tuvo que ayudar. Ahí empezamos a ser amigos. Lo encontré súper buenmozo, yo decía “me encanta John Wayne”, porque lo encontraba parecido.

—Él fue uno de los miembros del directorio de la Fundación Pinochet. Diferencias políticas, imagino, han tenido.

—Muchas, muchas. Pensamos muy distinto, yo soy colocolina y él es de la Chile. Él es muy deportista; yo no puedo hacer deportes. A él le gusta la música chilena tradicional, a mí me encanta la cumbia villera (risas). Pero él es un hombre tan bueno y noble. Le tengo una profunda admiración y cariño, y tenemos un gran proyecto en común que es nuestra familia. Para mí él ha sido el gran pilar, como poder apoyar mi espalda en un edificio.

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