Tras el 18 de octubre surgieron esfuerzos puntuales por explicar el malestar e incluso la violencia. Ha habido intentos desde diversos ángulos, y uno recurrente ha sido la vinculación con el modelo económico, con la desigualdad. Pero aparte de lo que podríamos considerar más discursivo y político coyuntural, hay dos visiones profundas que si bien pueden complementarse, vale la pena describirlas como polares y que ilustran lo central del debate y lo hacen más relevante.

Carlos Peña, en “Lo que el dinero sí puede comprar”, descarta que el origen del descontento se pueda hallar en el mercado, el que —dice— no es más que un instrumento, ni en la búsqueda del lucro, algo bastante poco original y que en definitiva no surge en la modernización. Esto, que para mentes críticas pudiera parecer innecesario, redundante y hasta obvio, no lo es para la discusión pública en Chile, donde tanto al mercado como al lucro se les ha identificado como elementos esenciales y muy vinculados al modelo, y por tanto, eventuales culpables o justificantes del malestar.

Lo que sí estaría detrás de la incomodidad, según Peña, es propio de la mayor complejidad de sociedades contemporáneas, en las que el poder se difumina y no hay un ente que cubra las demandas, que no son satisfechas por partidos ni por un Estado de bienestar.

[En la búsqueda de una explicación integral del malestar] se descubre que los procesos de modernización capitalista, como los que el país ha experimentado, suelen estar acompañados de movimientos sociales que, en vez de reivindicar mejoras puramente materiales, reclaman también la posibilidad de definirse a sí mismos y definir, culturalmente, el mundo en que se desenvuelven. (C. Peña, 2020, p. 14).

Existiría así una contradicción entre la modernidad, la mejora de las condiciones de vida material y el hecho de que ello requiere desarrollar distintas formas de control.

Los habitantes de las sociedades contemporáneas vivirían tironeados por expectativas inconsistentes y esa inconsistencia (más aguda en las nuevas generaciones) alimentaría la protesta. Ello explicaría que la protesta casi siempre conlleva demandas por controlar la propia vida, por ejercer la autonomía individual y colectiva, y desde luego la creencia que si eso se alcanza nada del bienestar se perderá.Por eso cuando algunas de las demandas (del todo justificadas desde el punto de vista meramente moral) se satisfagan, el combustible del malestar seguirá allí. (Carlos Peña, El Mundo, 7 de febrero de 2020).

En un interesante ensayo, “Dinero, abstracción y crisis de la sociabilidad liberal”, el filósofo Eduardo Sabrovsky comenta a Peña (2017) y resume las dos interpretaciones dominantes sobre el “descontento” o la “incomodidad” que atribuimos como causa de la crisis.

En su recorrido, Peña muestra[...] que esa incomodidad es parte de la misma existencia moderna[...]. Se trataría entonces de un malestar que el individuo moderno no debiera impugnar, sino aceptar con madura entereza.

Hasta ahí, todo bien. No obstante, ¿por qué es tan esquiva esa madurez? Como Peña elocuentemente describe, en nuestro país “las multitudes inundan los malls y pasean entre sus vitrinas, anhelantes de las cosas que miran, como si buscaran en ellas algo que supieran de antemano, desde siempre, y que ahora solo se trataría de encontrar” (43-44). No obstante, ¿ofrece la cultura del consumo la posibilidad de que esas multitudes procesen maduramente el malestar, o las destina a vivirlo como resentimiento? Pues, por alguna razón, sobre la cual es fundamental refexionar, esas multitudes parecen ser refractarias a esa maduración, y pretenden más bien seguir a predicadores de diversas layas: fugaces superstars académicos “de izquierda” —las comillas son aquí imprescindibles— al estilo de Sandel, o, de un modo más profundo y digno de consideración, políticos populistas y evangelizadores que día a día aumentan su arraigo entre la población, y cuyas prédicas encuentran terreno fértil en el malestar, que es la contracara, el “lado b”, de la cultura del mall. (Sabrovsky,2019, p. 236).

Siguiendo a Sabrovsky, si a esto le sumamos la inmediatez de la era digital, de las redes sociales, la desaparición virtual de la “verdad” como hecho verificable y autorizado por algún tipo de autoridad, para quedar sumergidos en una nueva edad de la “ira” (como la que llevó a los quiebres institucionales de principios del siglo XX) en que todo es inmediato, fútil, a la distancia de un click, entonces el descontento es simple furia por la imposibilidad de realizar esta libertad. No es nostalgia por un mundo más solidario y sencillo. Es deseo (pulsión diría Peña) de tenerlo todo y de cualquier manera.

Concluye Sabrovsky:

Desde el Leviatán de Hobbes hasta la religión dentro de los límites de la mera razón de Kant, la era moderna ha estado marcada por tentativas de transmutar en sociabilidad la insociabilidad inscrita en su mismo núcleo de sentido; por abrir espacios al interior de los cuales sea posible inscribir la libertad de elección de la cual disfrutan los individuos modernos en un mundo de cosas, bajo una instancia moral inmanente [...]. No obstante, el mismo progreso del mundo moderno termina por impedir estas complejas construcciones de la subjetividad; así, los modernos “hombres sin atributos”, imposibilitados ya de apropiarse de sus circunstancias, quedan destinados al resentimiento y la ira. Finalmente, se trata de lo que he llamado “segunda edad de la ira”, en la cual, tecnologías de la insociabilidad mediante, la ira y el resentimiento circulan y se potencian globalmente a tiempo completo, y el ya frágil dispositivo de producción de la verdad pública se ve enfrentado a una avalancha de verdades y hechos alternativos. El populismo fascistoide de hoy se alimenta de estos factores, y los potencia a la vez. (Sabrovsky,2019, pp. 257-58).

La visión de Sabrovsky puede ser contrastada con una segunda visión, más bucólica y nostálgica, que es la que encontramos como respuesta en una buena parte de los intelectuales de izquierda en Chile, quienes como Fernando Atria, consideran que la incomodidad y la indignación son el resultado de una reacción “contra” el modelo y no de algo inacabado de su parte. El profesor Atria es, con seguridad, quien más ha representado una manifestación teórica con derivaciones de política pública de este intento por interpretar y racionalizar el “descontento” de las calles y darle un curso ideológico práctico de reacción contra el modelo. En distintas publicaciones ha desarrollado de manera extensa su visión sobre lo que él ha llamado la hegemonía neoliberal imperante en Chile, sus consecuencias y las alternativas viables para superarla, y desde allí se ha convertido en evidente influencia en los políticos de izquierda.

Hubiéramos querido centrar este análisis en la obra más conocida del profesor Atria y colaboradores, “El otro modelo: del orden neoliberal al régimen de lo público”, la que en las palabras de sus autores estaría destinada a sentar las bases de una nueva hegemonía ideológica para Chile. Sin embargo, las críticas y análisis de casos en ese libro se refieren a una variedad de temas tan grandes, que resulta difícil incluso ordenar esas ideas para extraer los elementos ideológicos más relevantes y respecto de los cuales deseamos discutir. Posiblemente, la necesidad de conciliar que esta obra haya sido escrita a cinco manos con puntos de vista ideológicos diversos, lo convirtió en uno menos justificado en su vertiente teórica y más desordenado en su desarrollo general como para ser justos con las ideas que ahí solo se intuyen o adivinan. Por ello, lo más interesante del libro es, a nuestro juicio, lo que menos desarrolla. Sin embargo, para poner en contexto la influencia de la crítica vertida, cabe citar sus objetivos, pues la relevancia de tratar las ideas de Atria en textos anteriores se basa justamente en que esas ideas, aunque a veces no expresadas, son las que en realidad forman, en nuestra opinión, la matriz ideológica de “El otro modelo”.

Los autores señalan que el propósito de su esfuerzo es interpretar el malestar expresado por las diversas manifestaciones sociales iniciadas en Chile en 2011. Con ello, procuran darles a estos hechos una significación unitaria y comprensiva, la que identifican con el agotamiento de la hegemonía neoliberal en Chile y la necesidad de un cambio de paradigma en la organización social y económica.

Según sus autores, se trata de una descripción crítica del modelo ideológico chileno, en virtud de la cual declaran que al adoptar de manera extrema los dictados de las ideas neoliberales, habría sacrificado el rol de lo público, dejándolo sujeto a las leyes del mercado, en lo relativo a la provisión de algunos bienes y derechos básicos y a la propia deliberación política.

El diagnóstico, la situación base a explicar, es la explosión de descontento, un clamor por la dignidad humana, pero ello ocurre en países y situaciones diversas. En la plaza Tahrir, de El Cairo, con el llamado por la Libertad, Pan y Dignidad, y a botar al gobierno del exmilitar y director general de inteligencia; en París, Francia, donde el social liberal presidente Macron, exministro de Economía del socialista Hollande, enfrenta el grito de los jóvenes que quieren vivir con dignidad; en los Estados Unidos, donde el ex asesor de los presidentes Clinton y Obama, Gene Sperling, llama a pensar desde la “dignidad económica” y luego, donde la protesta en contra el racismo a partir del asesinato de George Floyd, es también por la dignidad de los afroamericanos y, como no, en Chile, donde enormes grupos que manifiestan su descontento pretenden sustituir el nombre de una de las plazas icónicas de Santiago por el de Dignidad. Tampoco Chile queda como un caso aislado respecto de ser ícono de las protestas a pesar de tener una posición relativa privilegiada en Latinoamérica. Es así un predecesor de la “paradoja de Minneapolis”, ciudad acomodada y foco del estallido en los Estados Unidos, y la que ha concentrado la mayor ola de violencia en décadas.

En el caso de “El otro modelo”, hay un salto, una relación inexplicada desde lo que sus autores consideran es el “modelo neoliberal” hacia el malestar. Ello se explicita en diversas áreas, que van desde la privatización de servicios públicos hasta la falta de garantías de los derechos sociales.

Por neoliberalismo nos referimos al intento por institucionalizar la vida tratando de crear una “sociedad de mercado”, que significa tres cosas. Primero, una política incapacitada ex ante para intervenir en la economía. Segundo, la transformación de derechos sociales en mercancías, es decir, la organización de la provisión de estos a través de esquemas que no resguardan la primacía del derecho del ciudadano a recibir la prestación, sino que atienden prioritariamente a generar las condiciones para la provisión privada con fines de lucro. Tercero, una estrategia no intervencionista de desarrollo que consiste básicamente en que Chile no ha logrado establecer una política definida de “desarrollo productivo” que le permita diversificar su matriz productiva y exportadora. (Atria et al., El otro modelo..., p. IX).

Reconociendo la dificultad de identificar las razones de las manifestaciones del 2019, en el prólogo de la segunda edición del libro los autores indican al menos saber dos cosas, que de modo explícito estarían asociadas con las “fallas del modelo de desarrollo de naturaleza más estructural” (p. 1). Esas se refieren a una desigualdad multidimensional, “que alimenta la percepción de injusticia”, por distintas vías, siendo “la privatización indiscriminada de los derechos sociales”, el abuso y el trato poco deferente con la dignidad, los medios por los cuales se alimenta dicha percepción.

Dos términos son centrales aquí: percepción y multidimensional, en principio difícilmente cuantificables y, por ende, complejos de rebatir. No es la inequidad de ingresos, que puede medirse a través de índices objetivables, ni es el número ni la profundidad de la pobreza. Es la percepción de inequidad multidimensional, algo que trasciende incluso conceptos como la pobreza multidimensional, que con todas las dificultades tiene al menos una medida. Así, cuando en “El otro modelo...” se plantea que la privatización de las provisiones sociales “predispone”, lo que hace es abonar la idea de percepción de abuso con un argumento terminal que impide rebatir.

En síntesis, “El otro modelo...” sugiere que el petitorio, el clamor nacional expresado en las multitudinarias marchas por una sociedad más justa, alimentada con quejas inespecíficas a responsables, pero llamando a una mejora de la convivencia social, el término de abusos, de malos tratos, de atropello a la dignidad de las personas, y que suelen estar presentes en la cotidianidad de las sociedades más complejas, serían la respuesta a una percepción de injusticia gatillada precisamente por el modelo. Pero ni lo explica ni lo prueba. Se queda en el mundo de las percepciones.

Es en este punto en que preferimos alejarnos de “El otro modelo...”, por su vaguedad argumentativa, y centrarnos en otras obras anteriores del profesor Atria. En 2010, y coincidentemente en una publicación del CEP (enclave liberal por excelencia en Chile), Atria publicó un extenso ensayo denominado “Socialismo hayekiano”. En él, plantea ideas que ya había desarrollado en obras anteriores, como su crítica “al principio de la diferencia de Rawls” y su particular visión sobre la existencia de los “derechos sociales”, reiterando con este motivo varias críticas a las doctrinas liberales y contractualistas.

La tesis central parte de una constatación cercana a las ideas de Mouffe, al señalar que Chile, aunque no sea evidente, ha vivido bajo la hegemonía neoliberal, a tal punto que hemos dejado de ser conscientes de este hecho para terminar aceptando varias de sus ideas como simplemente parte del “sentido común” (Atria, 2010).

El ensayo da diversos ejemplos de cómo esta ideología neoliberal ha permeado nuestro entendimiento acerca de lo razonable, de lo justo y en definitiva de los fines aceptables del Estado, acusando que esta mirada “neoliberal” es responsable de haber eliminado del catálogo de alternativas racionales políticamente defendibles uno de los fines más relevantes del socialismo, cual es la lucha por la igualdad. Así, a efectos de plantear su propia idea sobre lo que es socialismo en contraste con liberalismo, señala:

El socialismo es entonces la consecuencia política de una determinada comprensión de la naturaleza humana o, en otros términos, de la realización humana, es decir, de la manera en que ha de ser vivida una vida plenamente humana. La diferencia entre liberalismo y socialismo es una diferencia entre dos concepciones de qué es lo que constituye una vida realizada. Mientras el liberalismo insiste en que la realización es individual, y por consiguiente, que la contribución que cada uno ha de hacer a la realización de los demás se limita a no interferir con ellos de modos ilícitos, el socialismo insiste en la dimensión recíproca de la realización. El liberalismo entiende que el paradigma de relación humana es la interacción de mercado, en la que cada una de las partes intenta lograr (lo que necesita para) sus fines en la mayor medida posible, dando tan poco como sea estrictamente necesario al otro, mientras que el socialismo entiende que el paradigma de relación humana es la amistad, en la que lo que mueve a cada amigo es el bienestar del otro. (Atria, 2010, p. 58).

Al contrastar las ideas de Atria con las de Peña o Sabrovsky, se puede identificar el punto medular del debate entre quienes consideran que la incomodidad e indignación es fruto de una “falta de realización”, de madurez en la concreción de un modelo de mercado, con más posibilidad individual de elección, con mayor realización de las bondades prometidas en el corto plazo, versus quienes plantean que es exactamente lo contrario. Los chilenos se habrían cansado de un modelo que no les permite su verdadera realización humana, la que no es individual, sino colectiva, solidaria, fraterna. El problema entonces pareciera ser más ideológico —lo que es legítimo— que práctico, en el sentido de la manera en que el “modelo” afecta las condiciones de vida de los ciudadanos.

Ficha de autor

Ricardo Paredes es Economista de la U. de Chile y PhD en Economía de la UCLA. Profesor titular de las universidades de Chile y Católica. Ex Decano de la Facultad de Economía de la U. de Chile, ex Rector del Duoc UC y actual Ministro del Tribunal de Defensa de Libre Competencia.

Rodrigo Castillo es Abogado de la U. de Chile. Director Ejecutivo de la Asociación de Empresas Eléctricas y Abogado Consultor en Telecomunicaciones. Director Académico del Diploma en Regulación, UAI.

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