La carrera por encontrar una vacuna contra el covid-19 continúa con 132 prototipos candidatos, de los cuales 40 se encuentran en fase de pruebas clínicas en humanos, mientras que otros 92 siguen en investigación y testeo en animales. Entre algunas de estas, aparece un componente que puede ser clave en su formulación y que es extraído directamente desde Chile o, más bien, desde el quillaja saponaria, más conocido como el quillay.

El árbol, endémico de los bosques esclerófilos de la zona central -típico de los cerros y que se adapta bien al clima seco y caluroso-, es productor de saponinas, un conjunto de moléculas cuyas propiedades se asemejan a las del jabón, según explica el académico del Departamento de Desarrollo de Productos Forestales de la Universidad de Chile, René Carmona. “Son un tensoactivo natural, eso significa que genera mucha espuma, por lo que es utilizado en extintores, bebidas de fantasía, cervezas no alcohólicas, incluso se dice que se usa como propelente en cohetes”, añade.

Si bien las saponinas tienen cierta similitud con otras hormonas vegetales que se encuentran en diversas especies, “en el quillay, aparecen en una cantidad notablemente alta”. Eso, indica Carmona, es lo que ha hecho que “se genere un mercado del cual Chile es exportador”.

La empresa nacional Natural Response, una filial de la estadounidense Desert King, procesa más de 10 mil toneladas de extractos de quillay, las que son exportadas a 15 países del continente, Europa y Asia, a mercados que van desde la salud y alimentos, para humanos y animales, a la agro industria, minería, cosmética y farmacéutica.

El variado uso del quillay -y su saponina- es lo que le vale a la especie el apelativo de “multipropósito”, entre los expertos. “Además de servir como fuente de energía, es decir, leña y carbón; también sirve a las abejas para hacer miel, o se utiliza para una tierra de hoja de muy buena calidad”, sostiene el académico.

Esimulante del sistema inmune

El estudio de las saponinas y sus diversos usos tiene más de 60 años, dice el investigador del Instituto Milenio de Neurociencia Biomédica (BNI), Alfredo Sagredo. Aunque, según Carmona, fue en los años 30 que se descubrieron sus propiedades adyuvantes. Es decir, ayuda a estimular la respuesta del sistema inmunológico ante un virus.

Las vacunas que basaban su formulación en adyuvantes de saponinas, sin embargo, no habián logrado prosperar para humanos –el VIH, ébola, influenza pandémica, siguen a la espera de una–. Esto, entre otras razones, por el alto nivel de toxicidad que presenta el componente y que genera reacciones adversas, como inflamaciones e irritaciones. Por ello es que los laboratorios optan por otros tipos de productos inmunoestimulantes, a saber, las sales de aluminio o el MS59.

Recién en 2017 una vacuna con adyuvantes en base a saponinas fue aprobada por la Administración de Medicamentos y Alimentos (FDA) de Estados Unidos. Se trata de la Shingrix, del laboratorio británico GSK, que protege a mayores de 50 años frente a la herpes zóster.

"Eso es importante, porque ya no es loco pensar que se puede obtener una vacuna de este tipo para el coronavirus. El antecedente ya existe", dice Sagredo.

Ante el coronavirus

Son, principalmente, tres tipos de tecnología las que hoy se utilizan en la búsqueda de una vacuna contra el coronavirus. Una de ellas, se basa en el uso del virus inactivado (como la china Sinovac). Otras, más modernas, experimentan con vectores de adenovirus (Oxford), lo que ha causado alta expectación en el mundo de la ciencia, ya que no cuenta con antecedentes de uso en humanos. “Es como un caballo de troya con el que inyectan un virus que no hace nada, para que el sistema inmune crea que está infectado y actúe”, dice Sagredo.

Pero es en la tercera alternativa, la de proteínas recombinantes, donde adyuvantes como las saponinas, entran en acción. Esta se basa en obtener la secuencia genética del virus, para luego separarlo en piezas con el fin de utilizar predictivamente una de éstas. “Por ejemplo, la pieza que podría producir la proteína Spike, que es la más relevante hoy, porque es la que le permite al coronavirus unirse a las células y entrar a ellas como una especie de llave”, explica el doctor en biotecnología Nicolás Muena, de Fundación Ciencia & Vida. De reproducirla de buena manera, el sistema inmune “debiera ser capaz de reconocerla y generar anticuerpos y células específicas para defenderse”.

Sagredo, por su parte, afirma que si bien esta técnica es de fácil reproducción, tiene el problema de que "no es muy inmunogénica", es decir, no despierta al sistema inmune. “Ahí es donde entra el adyuvante, para ayudar a que éste reaccione más fuerte ante un antígeno”, acota Muena, quien además agrega que esta tecnología ofrece aún más seguridad que la del virus inactivado –“porque sólo es una parte de éste”–.

Entre los laboratorios que se encuentran investigando y ensayando, es el estadounidense Novavax el que se encuentra desarrollando vacunas de proteínas recombinantes. Éstas, que se encuentran en fase 2, basan su formulación en el denominado Matrix-M, el avance más reciente de los adyuvantes de saponinas, según Muena. “Son dos extractos del quillay que se mezclan con lípidos y colesterol”, lo que balancea su efecto tóxico. “Busca reclutar más células del sistema inmune hacia los ganglios linfáticos. Además genera una respuesta mixta en lo humoral -anticuerpos- y celular -linfocitos-, lo que es súper bueno en el contexto del coronavirus”, ya que, “puede ser muy importante en la protección a largo plazo”, asegura el virólogo.

LEER MÁS