Rocío Sánchez Aliaga

A los 78 años, Carlos Cardoen levanta la jarra de schop y brinda.

“Con lo del coronavirus no se puede festejar mucho. Pero cuando llegue el momento lo vamos a celebrar con ganas”, asegura desde la cocina de su casa en Colchagua, mientras su mujer, Pilar Jorquera, ha puesto a enfriar un par de champañas.

La pasada semana, la segunda sala de la Corte Suprema ratificó su decisión al rechazar la extradición del empresario, acción solicitada en abril de 2019 por la justicia norteamericana, acusando a Cardoen de violar un embargo de venta de armas a Irak entre 1982 y 1989.

Desde abril de 2019 (cuando EEUU decidió reactivar sus acciones judiciales) hasta marzo de 2020 (una vez que el máximo tribunal emitió su primer fallo en contra de la demanda norteamericana), Cardoen se mantuvo bajo arresto domiciliario. Sólo contaba con cuatro horas para dirigirse a su oficina en Santa Cruz, donde está dedicado a la cultura y el turismo, con 5 museos, dos hoteles y un casino.

Esto, mientras algunos de sus hijos (tiene 8) se encargan de sus inversiones en el área metalúrgica, química, agroindustrial y turística.

“Cuando volvía a mi casa era vigilado por funcionario de la PDI. Era incómodo Pero si te sientes acorralado, entonces estás preso. No hay peor prisión que la propia mente”, señala.

En todo ese tiempo se concentró en su defensa. “A veces el honor es caro, pero vale la pena pelear por defenderlo. Fui acusado por una potencia de una capacidad increíble que ya todos conocemos. Sin embargo, nunca se presentaron cargos concretos ante la justicia y por eso exigí en innumerables ocasiones la extradición. Era la única manera de poder presentarme a un tribunal para que me juzgaran, con los hechos al frente y pruebas en la mano”.

Cardoen explica que fue gracias a las gestiones del Senado de Chile y la Comisión de DD.HH. que se pudo reactivar el caso después de casi 30 años. “Sólo así recién pude enfrentar al tribunal y demostrar que las acusaciones eran absolutamente falsas. Tan débiles e injustas que lo que partió como imputaciones de "tráfico ilegal de armas a Irak" terminó en "engaño en la compra de circonio", y ante esa acusación la justicia determinó que Estados Unidos nunca fue engañado".

Añade:

“Lo más insólito es que la contraparte no ofreció ninguna prueba, ni siquiera testigos, sólo la instrucción al poder judicial chileno para que me extraditaran. La Corte Suprema ha hecho justicia y queda totalmente clara mi completa inocencia frente a las imputaciones falsas que se me han hecho”.

“El fallo determinó por unanimidad de la sala que no hubo delito, que soy inocente y las pruebas así lo demostraron. Y añadió que el caso había prescrito. Pero en los medios sólo se informó esto último. Es importante para mí hacer esta distinción porque una cosa es ser inocente y otra un delincuente cuyo delito ha expirado. Todo lo que me imputan fue siempre conocido por el gobierno norteamericano. Ahora, la próxima gestión será el levantamiento de la alerta roja”, explica sobre el mecanismo que aún rige para Cardoen y que le impide salir del país, tarea a la que ahora se dedica su abogada, Joanna Heskia.

“He tenido que soportar un sinfín de bajezas”

Con un pañuelo rojo anudado al cuello, chaqueta de gamuza café y un sweater claro, Cardoen afirma: “Yo exportaba bombas de racimo a Irak con la autorización y conocimiento de los estadounidenses. Pero iniciada la Guerra del Golfo en 1990, me convertí en un delincuente para la administración de Bush padre”.

Cardoen dice que es un admirador de EE.UU.: “Dos de mis hijos nacieron allá. Me doctoré en la Universidad de Utah, donde estudié cuatro años… Pero se equivocaron conmigo; no sabían la chicha con la que se estaban curando. Me defendí como gato de espaldas y también me dañaron no te digo cómo. En todo este tiempo he tenido que soportar un sinfín de bajezas, por ejemplo, fui invitado a una conferencia donde asistiría un presidente de EEUU y me vetaron la entrada; en un banco a mi mujer le quitaron la tarjeta de crédito, una American Express, hace miles de años. La embajada inglesa, con quienes tenía una excelente relación, me declaró persona non grata. La lista de vejaciones que tuve que soportar es eterna”.

—Al buscar su nombre en Google, se le menciona como “traficante de armas”, “viuda negra de la muerte”, entre otros.

—Me hago cargo de todas esas imputaciones y respondo. Un traficante es una persona que ilegalmente hace negociaciones para que armamento que se fabrican acá se venda en otro lugar. Yo soy un fabricante de explosivos. Tal como Ford Motors, Mercedes Benz y otras compañías automotrices que también se dedican a este negocio.

—En redes aparece la escena cuando Raquel Correa le preguntó si pensaba en las personas muertas a causa de sus bombas.

— Me siento muy orgulloso de haber creado estos armamentos. Ayudaron a salvar a Chile cuando Estados Unidos aplicó la “enmienda Kennedy” que impedía la venta de armas a nuestro país a causa de la dictadura. Eso en momentos en que vivíamos una fuerte tensión con Argentina. La guerra era inminente y el gobierno llamó a una serie de empresarios a ayudar a armar al país. Yo estaba en este negocio y, como buen patriota que soy, aporté con mis conocimientos y con nuestro trabajo. Si mañana ocurre la misma situación, volvería a fabricarlos en defensa de mi país.

—¿Cómo fue para sus 8 hijos, su mujer y 20 nietos convivir con esta historia?

—Somos una familia absolutamente normal; cercanos, aclanados, nos queremos mucho y sobre todo aspiramos a ser libres. Espero que mis nietos tengan su propio análisis y forma de pensar, pero jamás se han visto negativamente afectados.

—Libre en plena pandemia, ¿no le parece paradójico?

—Uno es uno y su circunstancia. Nos movemos en esta nave llamada Tierra, con todo lo que nos rodea y entrega el destino, y yo enfrento cada día como quien abre el refrigerador y dice ¿a ver, qué tengo aquí, con qué me las arreglo para preparar un plato rico? Gozo el presente. Mi lema es simple: Carpe diem.

—¿Lo aprendió después de pasar por el cáncer?

—Mucho antes, cuando era muy pequeño. Me considero un chileno típico: fui a la escuela pública en este pueblo aquí en Santa Cruz y tuve una linda infancia. Luego estuve interno 6 años en el Barros Arana, con una educación de excelencia, maravillosa, aunque el régimen era duro para un niño. Luego me titulé de técnico metalúrgico de la Universidad Técnica del Estado y más tarde como ingeniero civil en Minas en la Universidad de Chile. Además obtuve una beca para un master e inmediatamente un doctorado en metalurgia en la Universidad de Utah, donde mi maestro fue Melvin A. Cook, que recibió la Nitro Nobel Gold Medal. En todo este tiempo me he rascado con mis propias uñas y estoy muy orgulloso. Nunca he visto el dinero como un fin en sí mismo sino como una herramienta. No he puesto un centavo en la Bolsa, toda mi plata la he invertido en elementos productivos.

Hace una pausa.

—Aunque confieso que me anduve mareando, porque todo me salía bien; empecé a comprar empresas en EE.UU, Argentina, España, Grecia, Irak. Tenía un avión intercontinental, un jet. Era un cabro chico jugando con fichas grandes. Pero descuidé a mi familia. Mis hijos crecieron sin mucha presencia mía durante un par de años, relación que afortunadamente he recuperado.

“Con mis nietos gozamos la vida”

“A la injusticia a la que fui sometido le he sacado un provecho maravilloso; tengo este escuadrón de nietos con los que somos compinches. Nos vamos a Vichuquén, a Chiloé. Gozamos la vida. Con mis hijos somos muy amigos. Tanto es así que ellos manejan mis empresas y yo me dedico a lo que más me gusta, que son mis museos. Quiero dejar un legado en la región donde vivo… Tal vez si no hubiese existido este largo encierro, no habría hecho nada de esto”. Afirma a propósito de los museos de Colchagua, de Vichuquén y recientemente uno dedicado al vino, que inauguró el 4 de octubre de 2019.

—¿Cuánto ha afectado la pandemia a sus negocios?

—Tengo cerrados los hoteles, el casino, la viña Santa Cruz, mis museos. Pero como soy un hombre inquieto, afortunadamente tengo negocios repartidos en distintas canastas. A algunos les ha ido de lo más bien, como la producción de energía eléctrica, donde administramos el 60% de la potencia renovable del país, eólica y fotovoltaica; o en el rubro de la minería, donde somos fabricantes de piezas de acero; sumado a los productos fitosanitarios para la agricultura que también están funcionando, nos ha permitido sostener a nuestros miles de trabajadores que podrían haberse visto afectados.

—¿Cómo considera que el gobierno ha manejado la crisis sanitaria? .

—La pandemia es un fenómeno mundial que nadie aún ha logrado comprender en su totalidad y, en ese sentido, el gobierno ha hecho lo mejor posible. Tengo una buena opinión, tanto de lo que hizo Mañalich y Paris. Cada uno en su momento.

—¿En el plebiscito estará por el Apruebo o por el Rechazo?

—Creo que hay que hacer cambios, sin duda, pero no estoy seguro si es el momento. Hemos vivido ya una experiencia atroz, que ningún chileno imaginó, con una explosión social que para mí fue sobre todo “delicto-social”. Los valores están trastocados; no puede ser que los delincuentes salgan de la cárcel al día siguiente, que se hable de sus derechos cuando ni siquiera han cumplido sus deberes; valóricamente es una aberración.

—¿Se siente más libre ahora?

—Siempre he sido libre, la diferencia es que ahora me siento menos atacado. He tenido cáncer (grado 4 y un 20% de posibilidades de sobrevivir), he sido perseguido por la mayor potencia del mundo, vapuleado, me han puesto nombres como “la araña de la muerte” y otras tonteras… En esta vida hay cosas que son para los valientes y donde los cobardes no se atreven. Digo lo que pienso, lo que siento, soy políticamente incorrecto y aunque a veces eso me traiga problemas, duermo como un niño porque siempre he sido libre.

—¿Qué es lo que le gustaría hacer una vez que las gestiones de su abogada permitan levantar la alerta roja que pesa sobre usted?

—No pienso viajar. ¿Acaso esperabas que dijera que quiero pegarme una farra en París? No pues. Estoy tan aguachado acá. He conocido a mi país entero, de punta a cabo, lo he gozado. Tengo una casa cerca de Dalcahue en un sector que llamamos Chamanhue (lugar del chamán, como sus vinos), una tierra preciosa. En estas islas la gente es linda, sencilla sabia; la comida es buena, me encantan los mariscos.

—Aunque su mujer lo único que quiere es ir con usted a París.

—No lo digas muy fuerte (dice bajando la voz). Pero esto de no poder viajar tiene sus ventajas porque ella parte a sus viajes por el mundo y yo feliz. Será que estoy más viejo, más bruto o es que ya le agarré el gusto. Aún cuando esté libre, prefiero disfrutarlo en mi tierra y viajar, pero a Chiloé.

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