“Se mueven buscando sitios reproductivos”.

Marcela Vidal,

doctora en Biología.

Era lo que parecía una mañana más de cuarentena -todos los días son casi idénticos-, pero este domingo me sorprendió un visitante que ingresó a casa sin tocar el timbre. Mientras lavaba una espinaca que había comprado hace dos días en un supermercado de Los Andes (con mi permiso temporal correspondiente), y al dar vuelta las hojas en el lavaplatos, me sorprendió un extraño movimiento en el agua. Una mariposa, fue lo primero que pensé. ¿Un ratón? Retrocedo, asustada. No… Me acerco a mirar y él también se asoma detrás de un tallo: ¡Hay un sapo en mi ensalada! Es en un pequeño sapito, de no más de 4 centímetros, chapoteando en mi cocina.

Atiné a atraparlo en un vaso con agua y lo pude ver más de cerca: color café, medio verdoso, con largos dedos y ¿cuatro ojos redondos y negros? En su espalda tenía dos manchas, como tatuadas, que parecían ser un par de ojos extra. En honor a un cuento que leí en mi infancia lo bauticé con el nombre de Sepo.

Intrigada por sus cuatro ojos, le escribí un correo electrónico -adjuntando una fotografía de Sepo- a Marcela Vidal, una de las personas que más sabe del tema en nuestro país: es Doctora en Ecología y Biología Evolutiva. Su respuesta me tranquilizó: "Ese sapito se caracteriza por la presencia de dos glándulas lumbares, en la parte posterior de la espalda, que asemejan a dos ojos”. De ahí, de hecho, viene su nombre: Sapito de 4 ojos o Pleurodema thaul. Marcela me contó también que se trata del anfibio “con la distribución más extensa de todas, es una especie muy abundante (…) Se puede encontrar entre las regiones de Atacama y la de Aysén”.

En mis indagaciones por internet me enteré de que en Calama, casi de manera simultánea, un tal Kevin había encontrado también otro sapo mientras lavaba una lechuga. En su caso el sapito había llegado en moto, pues su verdulero hace reparto a domicilio durante la cuarentena. Se contactó con Paulina Carrasco, veterinaria del municipio, quien derivó el caso al Servicio Agrícola y Ganadero [SAG]. “Ellos la llevaron a un sector de San Francisco de Chiu Chiu, donde se veían algunos ejemplares. Ya está en la naturaleza”, cuenta Carrasco con orgullo.

Menú: chanchitos de tierra

¿Cómo se explica la presencia de sapos en las verduras?, ¿las recientes lluvias son la explicación detrás de esta “invasión” anfibia? En su correo, Marcela Vidal me explicaba que “cuando existen muchas precipitaciones, estos sapitos se mueven buscando sitios reproductivos, nuevas pozas, y eso hace que sea más frecuente que lo encontremos en las hortalizas”. Llamé, por cierto, al huerto donde se cosecharon las ricas espinacas donde encontré a Sepo. Ahí me admitieron que “en este tiempo de lluvias, la cosecha de espinaca debe hacerse manual, en lugar de mecanizada”. Por lo mismo, “en esa manipulación se pudo colar algo que luego en el packing no se detectó”, dijeron.

Mis insistentes llamado al SAG nunca obtuvieron respuesta. Me contacté entonces con Francisco Ramírez, especialista en vida silvestre que trabaja con anfibios en el Laboratorio de Genética y Evolución de la Universidad de Chile, quien me ofreció recibir a Sepo, examinar su estado de salud y luego poder reintroducirlo en la naturaleza. Antes de llevárselo, y por recomendación suya, dejé a mi nuevo amigo con un apetitoso menú de chanchitos de tierra. Se los devoró.

Vidal asegura que “los anfibios, y toda las especies endémicas y nativas, deben ser manipuladas sólo con autorización del SAG. Se debe hacer con guantes, ya que podemos contagiar a los animales o porque podemos adquirir nosotros alguna enfermedad”. En caso de encontrar un sapo fuera de su rango de distribución (una ensalada es un buen ejemplo) “es importante contactar al SAG para que ellos tomen las decisiones”.

En mi preocupación por Sepo, tuve la oportunidad de conversar con el herpetólogo Andrés Charrier. Hace años, mientras fotografiaba un ejemplar de la rana de Darwin, vio algo que se movía en su estómago. Pensó que podía ser una larva… pero quedó fascinado cuando supo que se trataba de un macho en pleno proceso reproductivo: la hembra deposita los huevos en el musgo y el macho se los traga, los guarda en su saco bucal y los cuida durante unos 20 o 30 días. Finalmente los libera, como ranitas en miniatura. “Quise investigar más, pero no habían más de 10 artículos sobre el tema”, cuenta Charrier. Y añade: “Queremos generar una estrategia nacional de conservación. Estamos trabajando mucho en la conservación de la rana del río Loa, que es la más amenazada en estos momentos: quedan sólo 50 individuos en todo el mundo”.

¿Un sapo en cuarentena?

En Chile, aproximadamente el 70% de las 61 especies reconocidas de anfibios tiene alguna categoría de conservación, que puede ser “peligro crítico”, “en peligro”, “casi amenazada” o “vulnerable”. El principal problema suele ser la pérdida de biodiversidad, producto de la destrucción de su hábitat. Charrier asegura que en la zona norte son amenazados por las empresas mineras que extraen agua de lagunas y ríos; mientras que en la zona central, lo son los proyectos inmobiliarios y las plantaciones y monocultivo de paltas y de vinos. “Hace tres años, hubo un derrame de más de 20 mil litros de parafina en uno de los ríos que estaba monitoreando y donde hago campañas de educación ambiental con niños, para contarles la importancia de los anfibios. Fue un centro de esquí que falsificó los certificados de mantención de los cilindros donde guardan la parafina para calefacción. El sistema se rompió y escurrió por el río, en desmedro de las poblaciones de anfibios que había, y también de sus alimentos, larvitas y huevos. El ecosistema se reseteó”, cuenta.

¿Cuál es la importancia de los anfibios en nuestro ecosistema? Charrier cree que el aporte es más allá de lo ecológico: “Tienen gran relevancia biomédica, hay sustancias que se extraen de la piel que sirven para confeccionar anestesias mucho más potentes que la morfina y que no generan dependencia. Muchos medicamentos se han elaborado estudiando las toxinas que tienen las ranitas”.

Tras un par de días haciéndome compañía, finalmente Sepo cruzó la ciudad de Santiago gracias a un servicio de repartidores, para llegar a manos de Francisco Ramírez, de la Universidad de Chile. Lo recibieron en un terrario y lo alimentaron con insectos vivos. Deberá hacer cuarentena para descartar un hongo que amenaza a los anfibios y que “ha provocado el declive de 500 especies y la extinción de cerca de 90 en sólo 50 años”, según National Geographic.

LEER MÁS