Por alguna razón siempre se llega anocheciendo a este puerto. Y en verano, muchas veces con luna. Entonces, al amparo de esa claridad sucede un encuentro sobrecogedor.

Un atardecer de febrero de 2020, un barco, desde el Paso del Indio en el Canal Mesier, entra a esta bahía al oriente de la isla Wellington. Al centro de la bahía está un islote en el que hace 6 mil años estuvo Jetarktetqal, un campamento de nómades del mar que hoy se llama Puerto Edén.

Desde hace 6 mil años que en estos inhóspitos lugares hay seres humanos. Así lo dice la arqueología. Y en verdad, mirando paisaje tan primigenio, pareciera que no han cambiado mucho las cosas.

No es fácil entrar a la bahía, aunque haya luna. Hay varias balizas iluminadas para ubicarla y anclar. En los islotes Edén y Carlos hay faros automáticos. Boyas de amarre. La barcaza avanza lenta, espera, sin atracar. Esta vez, el mar está calmo, tiene una profundidad de 55 metros y, aunque tranquilo, la nave es cautelosa.

Aquí deben desembarcar dos carabineros y embarcar jóvenes y jovencitas que regresan a Puerto Natales después de sus vacaciones. La detención en la bahía es dramáticamente silenciosa, casi con sigilo. Venido desde la costa, se escucha el ladrido de un perro y un chapotear de remos.

El conjunto de casas y su puerto están débilmente iluminados. Si no fuese por la luna, no se vería la sombra de una pequeña embarcación salida desde la costa que avanza y es seguida por un bote con dos tripulantes y el perro que ladró. Cuando el barco termina de acomodarse, la lancha avanza lenta hacia su costado. El bote la sigue.

Uno a uno, suben los estudiantes que se van y, al bote, bajan los carabineros que se quedan. Nadie habla, todo es silencioso y la luna sigue allí, como hace seis mil años.

En cubierta viajeros, turistas franceses y alemanes, canadienses, japoneses… se abalconan en los bordes y miran, exaltados y curiosos, el silencio y su luna.

Desde el siglo XVI que se viene narrando este encuentro entre “salvajes y civilizados”. La diferencia es que ya no hay salvajes ni civilizados, tampoco están los kaweskar puros que vivieron aquí.

Sin embargo, los turistas se agolpan a las amuras en pos de fotografiar a los que agazapados en la lancha y bote, han ido a dejar o a desembarcar a los estudiantes y carabineros del islote.

Y aunque ya no hay salvajes, sigue habiendo morbo e ignorancia. Sin embargo, al poco rato de embarcarse, dos niños descendientes de kaweskar se acercan al taca-taca con Jean Pierre y Lucas, dos pequeños franceses que nada saben de idiomas distintos ni de genocidios. Lucas besa la pelota, la tira al centro y el juego comienza.

Cholgueros y mestizaje

Nuevamente llegamos a Edén, con luna, en sigilo, y sintiendo la “cargada” pulsión territorial de los que aquí murieron (o se dejaron morir): la etnia más antigua de América.

Con todo, estos fiordos siguen siendo el fin de la tierra en Chile.

Son miles y miles de islas. Un mundo sensible modelado por montañas flotantes, hielos, ninguna playa, riscos que se elevan, cientos de canales. Desde el cielo, desaforadas lluvias y vientos; en tierra pantanos y turberas azotados por brumas y tormentas que no se detienen nunca.

A 600 kilómetros de Punta Arenas, otro tanto —unos 400— de Puerto Natales. A dos días de navegación desde Puerto Montt. Y siguen puras cifras terribles: cinco metros de lluvias anuales. Por estos días la marea roja impide la mariscadura de cholgas, el principal producto que comercian sus habitantes.

Se puede visitar Puerto Edén. Hay una hostería y casas en donde se da alojamiento con cariñosa acogida. Pero no hay que perder de vista lo que sucedió en este territorio: la extinción de los alacalufes, y que ello debe dar paso a la reflexión de cómo pudo ser, y cómo lo permitimos.

Hay que averiguar como se “civilizó” este antiguo paradero de nómades del mar desde cuando aquí se estableció (en 1930) una base aérea para apoyar una línea de hidroaviones entre Puerto Montt y Punta Arenas que luego, en 1936, cuando lo anterior fracasó, devino en base meteorológica y (torpemente) en asistencia oficial para los kaweskar que durante siglos vivieron aquí, sin asistencia. El Gobierno ordenó y la Fuerza Aérea se impuso el deber de darles alimentos, vestuario y medicamentos: fue su perdición.

Tras el desenlace de esa experiencia, desde 1960 comenzaron a llegar cuadrillas de cholgueros de Calbuco, pescadores de Guaitecas, de Quellón, y comenzó el mestizaje y poblamiento alrededor de la base militar. Tuvo que intervenir el Gobierno y, como un modo de reglamentar el desamparo, en 1969 se fundó allí un pueblo: Puerto Edén.

Lo puede visitar. Allí, después de dos días de navegación, llegará anocheciendo y a pesar de que llueve 310 días del año, la mar estará calma en frente de un pueblo hecho y derecho; equipado, aunque pobre.

Unos 300 habitantes. Mucho para pensar y comer. Para reflexionar de qué modo podemos reparar tanto dolor causado.

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