A las diez de la mañana de este lunes, la imagen en todos los noticieros era la misma: un centenar de manifestantes en San Bernardo bloqueaban el tránsito con cacerolazos y barricadas. En la villa Margarita y en el Campamento Dignidad, los vecinos aseguraban en vivo que la falta de trabajo, recursos, vivienda y alimentos, los obligaba a romper la cuarentena para salir a demandar ayuda a gritos.

Esta es la escena que busca evitar Eduardo “Toño” Zúñiga en la población Cinco Pinos, también en San Bernardo. Llegó a vivir ahí cuando se formó, en 1981, con 3 años. Hoy es dueño de un almacén y presidente de la junta de vecinos que agrupa a 530 familias. Es, además, quien organiza la olla común que hoy abastece a la población, una iniciativa que, cree, es la que mantiene a los vecinos en calma, enfocados en cuidar su salud.“Uno ve que la situación está muy mala, pero con esto hemos evitado la explosión social, que la gente salga a manifestarse. Aquí están satisfechos porque están recibiendo este apoyo, por eso lo seguiremos haciendo”, afirma.

Aunque no existe un catastro oficial de cuántas ollas comunes y centros de acopio se están llevando a cabo en la Región Metropolitana, debido al carácter intermitente que tienen, la iniciativa Cuchara de Palo –que busca generar un registro de medidas de apoyo comunitario–contabilizaba en su último listado 334 en todo el país.Una realidad que con las últimas cifras de desempleo y las proyecciones para los índices de pobreza –que según la Cepal podría alcanzar hasta un 13,7% este año– sólo seguirá multiplicándose.

EL ORIGEN DE LA OLLA COMÚN

Antecedida por una crisis económica y siempre como respuesta al hambre, los primeros registros históricos de las ollas comunes en Chile datan de fines del siglo XIX, con el explosivo aumento de la población por la migración del campo a las ciudades. Así fue también en 1929 tras la crisis del salitre y en 1982 luego de la crisis económica, con organizaciones vecinales de las zonas periféricas que se coordinaron en medio de la dictadura. En esta oportunidad, tras el estallido social y la pandemia más agresiva de los últimos cien años, y con cifras de desempleo sobre los dos dígitos, las ollas comunes vuelven, esta vez en un país OCDE.

“Quizás la única diferencia entre las ollas de fines del siglo XIX con las de ahora tiene que ver con el mayor acceso a la mercadería y a la refrigeración”, dice Cristóbal García Huidobro, historiador y profesor de derecho UC. “El arroz, que hoy es un ingrediente muy utilizado, antes era carísimo y no se usaba, y esto sumado a la conservación en frío de la carne, por ejemplo, permite variedad en las preparaciones y un mayor aporte alimenticio”, agrega.

Más allá de entender su origen, al historiador le llama la atención el resurgimiento de estas acciones, sobre todo en un Estado con una red alimentaria grande como la chilena. “Esto es tan expansivo que no estamos dando abasto y no lo lograríamos ni con el mejor Estado de bienestar”, reflexiona. Por lo mismo, cree necesarias iniciativas como la de Chile Ayuda a Chile, que se realizó tras los terremotos de 1985 y 2010 porque la olla común da cuenta de algo indeseable. “Es el símbolo de la pobreza de la crisis, no es sentido de barrio, y por lo mismo no hay que romantizarlo ni politizarlo. Es un llamado de alerta para que la sociedad se mueva, más allá de si lo hace el Estado o no”, dice.

COMUNAS MOVILIZADAS

María Valderas (57) vive hace 16 años en la comuna de El Bosque. Es madre de seis hijos –vive con dos de ellos—, abuela de ocho nietos, trabaja en la feria y es una de las organizadoras de la olla común del barrio, que permite alimentar a 340 personas. Su rol: recepcionar y conseguir las colaboraciones para preparar las comidas.

La primera olla común, explica María, surgió mucho antes de la crisis sanitaria. En diciembre celebraron un carnaval y organizaron una, “post estallido social y como una forma de juntar a la gente”, cuenta. Pero en medio de la pandemia, con vecinos afectados por el desempleo y la interrupción de los trabajos, la necesidad se hizo cada vez más latente. Así, junto a una de sus amigas de la feria, comenzaron a organizarse y a convocar a más vecinos. Hoy son 10 personas que, sin ayuda municipal y apoyadas en la autogestión, consiguen donaciones con gente del sector. Para recibir la comida, los vecinos se inscriben en una lista y los platos llegan a sus casas, así evitan la aglomeración. “Contamos con un grupo de voluntarios jóvenes que hacen esa pega a pie, en bicicleta o en auto, dependiendo de sus medios”, dice María.

De la misma forma han repartido cuatro “cajas covid” para los vecinos contagiados. Cada una incluye útiles de aseo y alimentos no perecibles para 15 días, que les entregan además del almuerzo diario. “No tiene que ver con la caja del gobierno, esa no va a llegar nunca. No entienden que no estamos pidiendo limosnas, es lo que nos corresponde. En la comuna todo está muy mal, mucha gente cesante, sin plata para el día, con hambre. Mi trabajo también quedó en stand by y ya debo la cuenta de la luz porque no tengo cómo pagarla. Los que sobrevivan a esta pandemia lo harán tremendamente endeudados y ahí vendrá otro estallido social”, dice preocupada. Su vaticinio se apoya en el descontento que la semana pasada hizo evidente un grupo de vecinos de la comuna, quienes a pesar de la cuarentena salieron a manifestarse para exigir ayuda gubernamental. La protesta terminó con un enfrentamiento con Carabineros.

María teme por la seguridad de sus vecinos de la misma forma que Eduardo Zúñiga en la población Cinco Pinos San Bernardo. Es esa misma necesidad, y la motivación de la gente, la que los impulsa a mantener una iniciativa que no pretendía ser permanente.

“Somos 12 personas”, dice Toño, como todos lo conocen. “Las chiquillas se consiguieron un refrigerador, cuatro fondos, tres cocinillas y si el primer día hicimos comida para 100 personas, hoy estamos ayudando a casi 250. Seguimos recibiendo muchas donaciones y así varía el menú”, afirma. La planificación se sostiene en lo que reciben. El miércoles, por ejemplo, tenían un fondo de papas y una ensalada de cebollas, pero un carnicero llegó con 240 prietas y el plato mutó.

La dinámica es simple: en la sede se cocina, raciona la comida y cada familia tiene que enviar a un representante. Sin lista, sólo anotan cuantas personas llegan al día. Mantienen un estricto cuidado sanitario, que incluye dos metros de distancia en la fila, el uso del alcohol gel y mascarillas, que ellos también donan a quien no tenga. “Me saco el sombrero con cómo se han portado los vecinos”, asegura Toño. “Acá hay muchos adultos mayores, hacinamiento, sobre todo los haitianos y venezolanos que tienen a dos o tres familias por casa, y muchos solo comen esto. La gente está muy agradecida. Ese el objetivo”.

LA OLLA DEL CERRO 18

Myriam Meza Ancatén (37) va a ser abuela en una semana más, pero no podrá conocer a su nieta. No sólo por la emergencia sanitaria, sino porque diariamente tiene contacto con más de 180 personas que llegan hasta la olla común que organiza en el Cerro 18 sur de Lo Barnechea.

“En esta toma viven hartas nanas y jardineros, y muchos estaban en sus casas sin trabajo y sin plata. A mediados de marzo ya había empezado a crear un acopio de alimentos. Primero repartimos cajas y bolsas con mercadería a quienes necesitaban y a las familias contagiadas, pero después, con una amiga que es cocinera de un colegio, nos organizamos para hacer una olla común. Sólo el primer día llegaron 100 personas”, cuenta la también dirigente vecinal.

Nacida y criada en la villa El Rodeo de Lo Barnechea, Myriam fue la segunda persona que, hace cinco años, llegó a instalarse a un terreno municipal que entonces era un basural. Limpiaron el espacio y lo hermosearon con árboles. Hoy ya son 20 familias. “Nos instalamos aquí porque tenemos nuestra vida en esta comuna, están nuestras familias, pero también hay mucha necesidad de vivienda y hacinamiento. Nunca pedimos nada, pero siempre hemos tenido conflicto con la municipalidad. Antes de la pandemia, incluso, teníamos orden de desalojo. Yo creo que por eso ahora tampoco nos llega ayuda”, dice.

Su centro de operaciones está en la calle Circunvalación Sur, entre la senda 8 y la 9, en la segunda parada del ascensor. Guardan todo en una bodega cedida por un vecino, en donde instalaron el refrigerador y la congeladora que les prestaron, y cocinan en la salida de autos de la casa de al lado. El día comienza a las 8 de la mañana y a la una ya está listo el almuerzo, que incluye una ensalada, plato de fondo y pan. El martes, por ejemplo, cocinaron espaguetis con salsa boloñesa: ocuparon 30 paquetes de tallarines, 40 bolsas de salsa de tomate, siete kilos de carne molida, 20 cebollas y 10 zanahorias.

“Nos preocupamos de que sea una comida rica, con harta dignidad. Esto ha sido posible gracias a los verduleros, panaderos, carniceros y vecinos que nos ayudan. En esta comuna las diferencias son brutales, pero también, como estamos cerca del Nido de Águilas, hay vecinas más abc1 que nos han donado mercadería”, cuenta.

Por más que extreman las medidas de cuidado con guantes, mascarillas y cobertor facial, Myriam llega todos los días a su casa y se baña. Hace dos meses que no ve a su familia y ha restringido el contacto físico con las hijas que viven con ella. A la de 19, que va a ser mamá, ha evitado verla, aunque esté en el fin de su embarazo. “Todos los días estoy con la incertidumbre de si llegué con el virus a mi casa, pero sigo haciendo esto porque la gente lo necesita. Incluso si me enfermo tendría que seguir coordinando desde el teléfono, porque es la única ayuda para muchos. Están tan agradecidos que me quieren abrazar, pero les digo que no, que es mejor mantener la distancia social”.

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