Uno no puede ir a ver a su familiar (a la UCI) ni hablar cara a cara con los médicos. Es fundamental cómo le informan a uno lo que pasa”.

“Es súper importante el apoyo psicológico y psiquiátrico a las familias (que pierden a uno de los suyos por el covid-19). Son comunes las crisis de pánico, la angustia, ansiedad, desesperación, rabia, impotencia, sentir injusticia, sentir por qué se va gente buena y que nada tiene sentido”. Marcela Espinoza Vidal sabe de eso. Su padre falleció hace menos de una semana luego de batallar 56 días en la clínica: primero con mascarilla, luego intubado y los últimos 10 días con una traqueotomía.

“Mi mamá está con psicólogo. Ella también tuvo covid-19. Mi tía estuvo con riesgo vital y mi tío muy mal. Los cuatro se contagiaron. Esto ha sido, lejos, lo más fuerte que hemos vivido”, dice.

-¡Imagínate! Mi papá falleció a las 5:35 de la mañana y las 2 de la tarde ya estaba enterrado. No poder abrazar a mi mamá, verla así y no poder darle un abrazo... todo esto es una montaña rusa de emociones. Es difícil de creer.

La joven cuenta que “esto nos trastocó la vida a todos, la dio vuelta completamente. Nadie está preparado. Es tremendamente duro”.

Partiendo, detalla, por la comunicación que reciben de parte de los médicos. “Uno no puede ir a ver a su familiar, no puede estar ahí, no puede hablar cara a cara con los médicos. Entonces es fundamental cómo le informan a uno lo que pasa. Te hablan que está grave, gravísimo, que el panorama es sombrío, que está en riesgo vital. Pero ¿qué significa eso?, ¿que se va a morir mañana?, ¿que no evolucionará?, ¿nada más que hacer?”.

Sin poder abrazarlos

Dice que es vital la empatía del equipo médico. “Uno no sabe de terminología, no entiende, no puede estar adivinando. ¿Y si la comunicación la recibe mi mamá? ¿Y si a ella le da un infarto? Deben entender que lo que nos dicen a los familiares es vital. Las palabras son oro, tienen que explicarnos qué significa cada término, no los términos médicos, sino lo que eso significaba realmente”.

Es tanta la ansiedad, explica, que “basta con que a uno le digan un día que está un poquito mejor y uno se hace ilusiones. Hubo un minuto que no aguantamos más, no pudimos, y con mi hermano y mi cuñada fuimos a la clínica a hablar con el médico. Ahí nos dijo que el pronóstico era muy, muy malo”. Destrozados, cuenta, se fueron manejando hasta la casa de su hermana, donde estaba su mamá. “Contarles, ver a tu mamá, con tu hermana, sus niños y su esposo... todos llorando en el antejardín y yo, con una mascarilla desde el auto en la acera de enfrente sin poder abrazarla, sin poder abrazar a ninguno ¡Imagina la impotencia! Solo pude gritarles que los amaba, que debíamos ser fuertes porque el papá seguía vivo. Y mi hermana y mi mamá lloraban y yo tenía que manejar... obvio que al otro día me dio una crisis de pánico”, detalla.

Y aunque se está tratando, ha tenido problemas para renovar sus medicamentos porque son con receta retenida. “Mi doctora está en Santiago en cuarentena y yo vivo en la costa. (En la farmacia) no me validan la que me manda vía WhatsApp, aunque esté impresa. ¿En serio tengo que volver a pagar la consulta y exponerme al contagio para llevar la original?”.

LEER MÁS
 

¿Por qué me dio tan fuerte? Aún no lo sé, y la sensación de vulnerabilidad

no pasa”.

Esta semana Sebastián Godoy cumplió un mes en su casa, recuperándose de los 28 días en que estuvo internado en una clínica (12 de ellos intubado) por el coronavirus que casi lo mató. Aún le cuesta respirar. No porque sus pulmones quedaran con secuelas, sino porque la musculatura del diafragma sigue resentida. “La recuperación física, ahora, pasó a segundo plano. Tengo fatiga física y me duelen las articulaciones, pero es recuperable”, dice el profesor de 39 años del Saint George.

-Es una secuela mínima, me puede haber muerto. Lo complicado sigue siendo lo emocional, construir el relato de lo que pasó. Me genera asombro, ansiedad, rabia. Me complica ver como sube y sube la cantidad de contagiados y de intubados. Me da una pena negra. Sobre todo cuando veo imágenes de gente entubada, personas pronadas (boca abajo). Yo fui uno de ellos, sé lo que están pasando y lo que pasan sus familias. Y se necesita apoyo sicológico, que te acompañen en cada hito. Uno debiera estar en una psicoterapia al menos un año.

Todavía tiene las imágenes con las que despertó luego de la intubación. “Es como un shock visual, imágenes muy feas, como que veía el virus. Aún me pasa. Tengo problemas con el sueño. Despierto sudoroso, asustado. Aún estoy con medicamentos para dormir, cosa rara porque nunca antes los necesité”.

De hecho, usa el «espanta-cucos» de su hijo. “Necesito tener una luz, aunque sea tenue. La enciendo y eso me ayuda conciliar el sueño.

-¿Y sueñas?

-Mucho, mucho más que antes. Sueño con familiares que ya partieron (murieron), converso con ellos. Sueño mucho con una tía, y he llegado a pensar que ella me ayudó a seguir acá. Trato de buscar respuestas, supongo que busco calma. Aunque uno esté inconsciente, creo que el alma sufre con esto, no solo el cuerpo.

De la tristeza al enojo

Uno de sus mayores conflictos es lo mal que la pasó su familia. “Entre que me intubaron y volví, fueron 19 días en que no me acuerdo de nada. A la Claudia, mi señora, le pidieron que rezara porque no sabían si pasaba la noche. Y eso no fue solo una vez. Uno va entre la tristeza de haberlos hecho pasar por esto y el enojo con uno mismo. No viví todas las emociones de que un ser querido se podía morir... pero las causé”, dice.

-La Clau, en cuatro días, tuvo que enfrentar la posibilidad de quedar viuda, y con una guagua chica (de un año y 8 meses). Ha sido súper fuerte para ella, y no es gratis. Porque además la enfermedad te conecta con la soledad, tanto a quien la vive, como a la familia.

A fin de mes se le termina su licencia. Y aunque tiene muchas ganas de volver, le ronda cierta inseguridad. “Después de tanto rato de no hacer lo que hacía habitualmente, me pregunto si voy a estar bien en ese ámbito, si voy a rendir como tengo que hacerlo. Igual me cuestiono «¿cómo yo, que soy joven, 39 años, sano, me agarró esto y casi me morí?»”.

Y aunque no ha tenido ninguna crisis fuerte, hubo un episodio que lo mantuvo un par de días aislado. “Fue tristeza y rabia. Hace dos semanas, tuve un cuadro de falta de oxígeno en la cocina al punto de desvanecerme. Me acosté y quedé planchado. ¡Me dio mucha rabia! Estaba furibundo. No quería hablar con nadie. Apague el celular. Estuve cinco días ensimismado. Estaba enojado con todo y como sabía eso, no quería hablar con nadie, porque no tenía nada que aportarle al resto. Me puse muy gruñón y buscaba explicarme por qué me dio tan fuerte. Aún no lo sé. Y la sensación de vulnerabilidad no pasa. Cuando me faltaba el aire, me costaba dormir, y me preguntaba ¿y si duermo y no me despierto? ¿Y si me duermo y despierto en dos semanas más?”.

LEER MÁS