“Aprendimos a darle órdenes de manera firme pero no violenta, para que las cumpliera apenas se lo pedíamos y no en un rato más o nunca. Cuando lo hacía la felicitábamos mucho, incluso exagerábamos, pero entendí que el refuerzo positivo es clave para que sepa qué esperamos de ella”, dice Laura.

Una maternidad caóticamente hermosa

Laura * (34), madre de Gabriela *(7). Pudahuel

“Mi plan al principio no era ser mamá. Sentía que no había culminado una etapa razonable en mi trabajo. Había terminado hace poco de estudiar, tenía un empleo y la esperanza de seguir estudiando, de viajar, de vivir en nuestra casa propia con Patricio, mi marido, primero. Vengo de una familia de clase media, de papá obrero y mamá dueña de casa muy aperrada y fuerte, pero siento que se postergó mucho por nosotros. Si yo había logrado ser la primera profesional de mi familia era para hacer algo más. Pero Patricio tenía muchas ganas de ser padre y como su apoyo es incondicional no me fue difícil romper mi estructura.

Mi embarazo fue hermoso, estaba muy feliz de sentir que nuestra hija era amada y esperada. Gabriela nació en 2012 y creo que tuve depresión posparto porque muchas veces me dieron ganas de tirarme por la ventana cuando ella lloraba. Me costó mucho amamantarla y el desorden hormonal tampoco ayudó; algunas veces decía ‘esto no va a resultar, no estoy preparada', pero me acordaba que mi mamá había criado a cuatro hijos sola y me sentía reclamando por nada. Pese a todo, siempre me sentí enamorada de mi hija.

Cuando se acabó el posnatal volví a mi trabajo. Se me rompía el corazón tener que dejarla con solo seis meses y Patricio no quería sala cuna, entonces mi mamá accedió a cuidarla. Yo sabía que quedaba muy bien, pero desde ahí generé la sensación de estar en deuda con mi hija. Ese fue el comienzo de los problemas. Me sentía culpable y le daba todo lo que quería, pero como ella estaba todo el día con su abuela, yo sobraba. Quedamos relegados y no nos pescaba.

A los 3 años, cuando entró al jardín, la Gaby empezó con unas pataletas incontrolables. Se tiraba al piso, lloraba, gritaba y siempre llegaba mi papá o mis tíos preguntando ‘qué le hicieron a la niña'. Intentamos todo, pero nos superó. Mi mamá, que dice que la Gaby es como su hija aunque no la haya parido, también se cansó. Fuimos a una psicóloga y nos dijo que ella estaba exigiendo atención y que teníamos que hacernos cargo. Como Patricio no podía dejar de trabajar, tendría que hacerlo yo.

No quiero sonar egoísta, pero ahí empezó a pelear el ego de mujer contra el de mamá. Me había sacado la cresta estudiando para ser profesional y terminar en la casa era muy frustrante. Andaba mal genio, menos tolerante, prepotente. Cuando fui a renunciar, mi jefe me ofreció quedarme media jornada para estar en las tardes con la niña. Ahí me puse la capa de súper mamá y corría todo el día, pero no era suficiente: ella me sacaba en cara que no la iba a buscar al colegio, y que por eso no la quería. Nunca se conformaba, quería toda la atención y eso era muy desgastante.

Conmigo en la casa las pataletas pararon un poco, pero volvieron cuando pasó a primero básico. Entendíamos que eran porque mi hija es muy demandante emocionalmente y los cambios le afectan mucho, pero nuevamente no sabíamos qué hacer. Un día me llamaron del colegio y me ofrecieron la posibilidad de participar en un programa para que los niños aprendieran a recibir órdenes y los papás a manejar y entender sus emociones. Pregunté si era porque había hecho algo, pero me dijeron que no, que era al azar. Y accedimos.

El cambio fue rotundo. Nos dimos cuenta de que le estábamos dando todo en bandeja, que no le estábamos enseñando que las cosas cuestan y que si uno quiere lograrlas debe esforzarse. Aprendimos a darle órdenes de manera firme pero no violenta, para que las cumpliera apenas se lo pedíamos y no en un rato más o nunca. Cuando lo hacía la felicitábamos mucho, incluso exagerábamos, pero entendí que el refuerzo positivo es clave para que sepa qué esperamos de ella. Ahora hace todo a la primera: obedece, se baña sola, hace su cama. Yo también me saqué la culpa gracias a que cambiamos la relación que teníamos con mis papás, porque todos opinaban, y con Patricio nos alineamos, porque ella sabía con quién lograr lo que quería. Ahora somos infranqueables.

Hoy en mi casa hay una corona y yo no se la cedo a nadie, ni a mi hija, porque la que pone las reglas soy yo. Me daba rabia que se la cedieran siempre y no es una cuestión de competencia. Ella necesita una autoridad y eso se lo debemos dar sus padres. Mi maternidad es caóticamente hermosa, y si tuviera que pasar por todo de nuevo para sentirme como estoy ahora, lo pasaría mil veces más”.

Laura y su familia participaron el 2019 en la versión piloto del programa Parenting Management Training Oregon Model (PMTO). Creado a fines de los 70 en Oregon, Estados Unidos, fue adaptado en Chile por la Fundación San Carlos de Maipo y está enfocado en prevenir y abordar dificultades de comportamiento en niños, niñas y adolescentes de 4 a 12 años. Esto, a través del posicionamiento de los padres como agentes de cambio de sus familias y expertos en crianza positiva, lo que fomenta el desarrollo integral de los hijos y disminuye el estrés parental y las prácticas agresivas.

*Los nombres de esta historia fueron cambiados a petición de los entrevistados.

Criar sin culpas

Oly González (39), mamá de Diego (4). San Miguel.

Con mi hijo llegamos a Chile desde Venezuela un día antes de su primer cumpleaños, en julio del 2016. Acá nos esperaba su papá, que llevaba probando suerte un año. Venimos de una cultura de crianza estricta, muy rígida, donde la palabra de los padres es, y punto final. Así fueron mis papás conmigo, mis abuelos con ellos, así que era como yo entendía la educación. Pero si bien todos los niños son un desafío, con Diego se suma que tiene trastorno específico del lenguaje, lo que le dificulta comunicar lo que siente. Cuando estaba por cumplir los dos años, en comparación con sus compañeros de jardín, no hablaba nada. Era muy preocupante, así que le hicieron exámenes y nos derivaron con un especialista.

Frente a su incapacidad de comunicar muchas veces yo no sabía cómo reaccionar y el estrés te empuja a responder mal, a hacer las cosas con rabia y no ver que los niños no tienen la madurez ni las herramientas de un adulto. Diego estaba yendo a las salas de estimulación en el Cesfam, y también formó parte del programa de Chile Crece Contigo —del Ministerio de Desarrollo Social—, donde lo atendía un fonoaudiólogo. Ellos me invitaron a participar en el programa Triple P. En el jardín me dijeron que nos haría bien como familia, que me ayudaría a manejar mis emociones y me hizo sentido porque me estaba costando. Me pasaba que cuando lo reprendía y era dura, me juzgaba y me sentía culpable.

Comenzamos hace un mes con las intervenciones, justo en cuarentena. Nos hicieron llegar un manual con actividades. Una de ellas es observar las conductas del niño y enumerarlas. Si cuando enfrenta un problema se tira al piso, por ejemplo, eso se anota. Nos preguntamos qué pasó antes de eso, si hubo algún detonante y si hay alguna continuidad en sus reacciones. Nos conectamos con la fonoaudióloga por internet y en cada sesión revisamos las actitudes de Diego, sus miedos, el tema de la rabia y las recompensas. Y al mismo tiempo reforzamos cómo yo tengo que entender todo esto. Después de la segunda sesión ya sentía que había cambios: entendía que él movía las manos y los pies cuando no le entregabas las cosas inmediatamente y podía ver el mundo en sus ojos. En la casa, cada vez que él hace algo bien, le doy una carita feliz y si suma tres, nos juntamos todos a ver su película favorita que es Toy Story.

Por mi parte, he aprendido lo importante que es el tiempo de calidad y escuchar sus necesidades, que son distintas, a otro ritmo. Hay que ponerse al nivel del niño y de sus tiempos, no al revés. Con el programa uno ve las cosas desde otro lugar y entiende también que poner límites es parte del amor y que no muchas familias lo hacen. Mi desafío ha sido aprender a contar con la opinión de Diego en las decisiones, darle una voz a pesar de la edad que tiene. Uno les dedica mucho tiempo a los niños y en eso también uno se pierde, toda tu energía pasa a ser suya y ahí entra el estrés, porque nadie te enseñó que esto sería así, y uno pierde el control creyendo que no puede.

Con mi marido hemos visto comentarios en redes sociales sobre parejas que se quieren divorciar porque no pueden lidiar con sus niños, acá la convivencia es sana afortunadamente. Podemos manejar los problemas cotidianos y aunque nos da angustia, sobre todo ahora porque somos independientes y llevamos un mes sin trabajo, también estamos felices y agradecidos de tenernos los tres. Y en medio del desastre de juguetes que dan vuelta por la casa todo el día es lindo verlo crecer, ser independiente y que estamos desarrollando una relación unida”.

Triple P (Programa de parentalidad positiva) es una iniciativa internacional que el Ministerio de Desarrollo Social promueve en familias chilenas para que los papás y mamás tengan estrategias e ideas para mejorar la crianza de sus hijos. El propósito es que los niños se sientan felices y seguros, que se desenvuelvan en un ambiente familiar estimulante y que sus progenitores confíen en que están haciendo bien su labor.

Una mamá introvertida

María Cristina Beltrán (36), mamá de Samuel (15). Concepción.

“Siempre he tenido una personalidad hacia adentro. Me costaba exponer lo que sentía, no sé si es por las malas experiencias que tuve cuando chica, porque confié en muchos amigos que me traicionaron y eso me transformó en una mujer desconfiada. El 2005, cuando tuve a Samuel, fue un año tan intenso, que yo creo que me volví más introvertida todavía.

Tenía 19 años y vivía con mi pareja en una pequeña casa incómoda junto a mis papás y mi hermana. Cuando finalmente logramos mudarnos a la que es nuestra casa hasta el día de hoy, se murió mi mamá. Fue en enero y es uno de los golpes más duros que he vivido. Triste y deprimida, en abril me enteré de que tenía cuatro meses de embarazo. Aunque no lo esperábamos, fue una linda sorpresa, así que en julio me casé y en octubre nació mi guagua.

Cuando lo pienso, fueron muchas emociones en un período muy corto, podría escribir un libro. Para mí fue terrible perder a mi mamá y enfrentar un embarazo sin sus consejos, y después la crianza de un niño sin su sabiduría. Me sentía sola y creo que eso se lo transmití al Samuel. Con mi hijo siempre hemos sido cercanos, pero había poca comunicación. Yo vengo de una familia donde se grita, para mí es natural, y por lo mismo influía en cómo me comunicaba. Yo replicaba eso con él y con todo el mundo. La gente que no me conocía podía pensar que andaba enojada, pero no, yo hablaba así. Pero un día Samuel me dijo que no le gustaba como yo le decía algunas cosas, aunque tuviera la razón. Me pilló de sorpresa, pero me agradó que tuviera la confianza para decírmelo. Y me di cuenta que teníamos que buscar opciones para mejorar nuestro vínculo.

Nunca habíamos ido a una psicóloga y cuando apareció el programa Familias Unidas, en octubre de 2019, que se les ofreció a varias mamás en el colegio, nos preguntamos si nos gustaría tomarlo. Y pensé: ‘No está mal, nadie te enseña a ser mamá'.

Lo primero que reconocí es que me era difícil ponerme en su lugar y ahí se generaban los roces. Él está en una edad compleja. Cuando yo era chica era distinto, eran otros tiempos: una de un solo grito entendía. Bastaba una pura mirada, ante la autoridad uno agachaba el moño y cumplía las órdenes de sus papás, pero las generaciones nuevas tienen otra perspectiva y entienden que levantar la voz es violento.

En el curso aprendí sobre mis emociones y mi propia historia, y empecé a modificar mis reacciones para llegar a él: hablarle con pausa y no ser tan dura de una. Mi gran desafío fue aprender a ponerme en su lugar y ver las cosas desde ahí. Él, en tanto, aprendió a comprometerse con responsabilidades, por ejemplo: sabe que tiene que hacer su pieza si quiere usar el computador para jugar. Son cosas chicas, pero importantes.

Somos distintos y parecidos a la vez. Los dos somos introvertidos, nos cuesta hablar y decir lo que sentimos. A los dos nos encanta escuchar música: él es fanático del K-pop y yo de Pablo Alborán. Pero también tenemos momentos de conexión lindos, como cuando íbamos al mall a comprar pan en la tarde para la once, jugando Pokemón Go mientras caminábamos. Lo pasábamos súper bien los tres con mi esposo. Esos son momentos que echo de menos y que recuerdo con nostalgia desde que comenzó la cuarentena.

Siendo mamá ahora yo entiendo a la mía. Cuando le preguntaba algo o le pedía un permiso y respondía “hija, hay otras cosas”. Ahora yo lo veo, ¿cómo lo hacían los papás para pagar los gastos y tener para comer? Pero a uno no le enseñan todo lo que se viene después. Hoy ese ejercicio de tratar de ver las cosas a través de los ojos de mi hijo ha cambiado nuestra manera de llevarnos. No me lo ha dicho, pero lo manifiesta en acciones. Ayuda en la casa, toma la iniciativa porque le nace, no espera que yo se lo diga. Yo le doy las gracias por hacerlo y por estar”.

El peso de la mamá perfecta

Veronices Santana (32), mamá de Constanza (14), Yarella (13) y Scarlett (8). Coyhaique.

“A los 17 años quedé embarazada. Cuando supe me lo lloré todo, nadie espera ser mamá tan joven porque es responsabilidad. Tenía miedo de lo que venía y pensaba que mi familia me iba a dar una buena pateadura. Mi mamá era estricta, pero cuando supo me apoyó. Habló conmigo y mi marido, que entonces era mi pololo, y nos dijo ‘ya, hicieron cosas de adultos; hay que hacerse cargo de lo que viene en camino'.

Dejé el colegio cuando iba en primero medio. Me aburría y preferí trabajar para tener plata para mis cosas. Cuando quedé embarazada cuidaba a dos niñas de 4 y 5 años, pero nació Constanza y me dediqué a cuidarla mientras mi marido trabajaba. Un día me sentí mal y fui al doctor por una gastritis, y resulta que estaba embarazada de nuevo. Tenía cuatro meses. Me fui a la casa con esa tremenda noticia y mi marido también se sorprendió, pero siempre me apoyó y aunque estábamos cansados había que seguir para adelante no más. Para cuando la Coni cumplió un año, la Yarella ya había nacido. La Scarlett, la tercera, llegó después de unos años y por eso es nuestro conchito.

Soy una persona muy responsable y muy aprensiva con mis hijas. Las cuido mucho, me involucro y participo de sus cosas en el colegio, estoy súper pendiente de dónde están, no me gusta dejarlas solas, las vamos a dejar y a buscar cada vez que podemos y tratamos de estar siempre los cinco en todas. Yo les digo que no quiero que sean perfectas, pero que quiero que disfruten lo que yo no pude hacer. Tienen sus reglas, sus horarios y nos preocupamos de que sean respetuosas. Yo creo que lo mejor es que ninguna tiene celular, la verdad es que siento que el internet es muy dañino y no me gustaría ver a mis niñas todo el día metidas ahí. A ratos les hemos pasado un teléfono, pero ya me pasó que a una la pillé con una cuenta en Instagram a escondidas. Siempre trato de ir unos pasos antes que ellas, porque yo también fui joven, por eso les digo que prefiero que me cuenten las cosas antes de pillarlas o enterarme por otras personas. Si es así, será peor el reto porque se pierde la confianza.

Un día en el colegio me avisaron que habría un programa para evitar el embarazo adolescente, se llamaba Familias Unidas. Como a mí me pasó, era un tema que me importaba tratar con mis hijas, así que decidimos participar. Al poco andar me di cuenta de que las reuniones eran para hablar de ese y varios problemas de los chicos en esta edad, como drogadicción, alcoholismo y delincuencia, y que además servía para que nosotros como papás nos relacionáramos mejor con los hijos.

Si hubiese sabido que era para ser mejores papás no me habría metido, porque yo creía que lo hacía excelente, pero en el camino me di cuenta de que lo que para mí era habitual no era bueno: gritaba todo el día, creía que porque era mamá las niñas tenían que correr cuando les daba órdenes y andaba siempre estresada, me echaba el trabajo de la casa encima, me creía superhéroe y nunca decía si estaba cansada o si me dolía algo. Ahí nos explicaron que todo eso es normal, pero que si lo hablamos con los hijos podemos tener mejores resultados que si andamos gritando. Muchas veces uno les pone las reglas que deben cumplir, pero no les da el espacio para que se expresen. Yo gritaba porque era lo que vi de mi mamá y de mi abuela, que no andaban a los abrazos con nosotros; tampoco las juzgo porque vaya a saber uno cómo fueron sus crianzas, pero sí les expliqué a mis hijas que yo era así porque creía que estaba bien.

Ahora siento que no tengo ese peso de ser una mamá perfecta, que puedo pedir ayuda cuando la necesito y que puedo entenderme mejor con mis hijas. Era tan autoritaria que estaba logrando todo lo contrario a lo que quería; las chicas no me contaban sus cosas por miedo a mi reacción y eso al final es mucho peor. Ahora dicen lo que sienten, lo que les gusta y lo que no. No soy mucho de andar abrazando, pero nos demostramos cariño cocinando, saliendo a pasear, bailando o riéndonos. Siento que ahora somos mucho más cómplices.

María Cristina, en Concepción, y Veronices, en Coyhaique, participaron del programa Familias Unidas, creado por la Universidad de Miami hace más de 20 años y adaptado a Chile por la Fundación San Carlos de Maipo. Su objetivo es mejorar el funcionamiento familiar, involucrar a los padres en el mundo de los hijos y potenciar relaciones cálidas y de apoyo. Lo anterior con el fin de prevenir conductas de riesgo, tales como el consumo de drogas y alcohol, y los comportamientos sexuales de riesgo.

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