Soy flacuchenta, pero aguanté como roble. Tuve intensos dolores de cabeza, como si me trataran de sacar los ojos”.

Cuando uno ha tenido oportunidades, hay que devolver la mano; duele quedarse de brazos cruzados”.

¿Qué sintió cuando salió por primera vez a la calle?

Que podía contagiar a alguien, estaba apanicada.

Hace un par de semanas, Anne Traub (41) volvió a la oficina de la fundación Niños Primero que dirige y fundó hace cinco años. Está instalada en su escritorio en el piso siete de un moderno edificio del sector oriente. “Con esta pandemia los cielos de Santiago se ven más despejados”, comenta.

A principios de marzo la abogada de la PUC fue víctima del covid-19. El virus la tuvo resguardada en su departamento de Vitacura un mes con su marido, Matías Claro, gerente general del holding Grupo Prisma y sus hijas mellizas de 3 años. “El coronavirus te llena de incertidumbre y angustia. En nuestra fundación trabajamos con la pobreza y las carencias emocionales. Esta enfermedad te hace pensar aún más en cómo lo estarán pasando esas familias vulnerables”, dice.

Oriunda de Puerto Montt y descendiente de alemanes, cuando la epidemia la golpeó revivió su infancia sureña. Expresiva en gestos, sus intensos ojos verdes resaltan ante la cámara de la aplicación Zoom. Durante su cuarentena pensó en los paisajes donde se crio. “Recordé el lago Llanquihue y el olor de los árboles mojados. Me imaginaba manejando camino a Ensenada mirando esas praderas infinitas”, cuenta.

Distinguida como una de las 100 mujeres líderes (2019), Traub también pasó por el sector público. Entre sus cargos, fue asesora legislativa del ministerio de Hacienda (2007) y tres años después del ministerio de Desarrollo Social. “Tengo vocación social. Mira esta imagen que me llegó. Es una muralla con alambres de púa. A un lado se ve una ciudad de ricos y al otro una de pobres y dice: ‘No todas las cuarentenas son iguales'”, comenta.

—Sin duda, esta pandemia, no llega a todos por igual.

Cuando me contagié tuve el privilegio de acceder a centros de salud de rápido diagnóstico. En cambio, a muchos, pucha que les toca duro. Tener a tus cabros encerrados haciendo cuarentena en una mediagua de 18 metros cuadrados versus una casa espaciosa, es terrible. Cuando estaba en mi departamento pensaba en todos quienes no tenían ayuda médica oportuna, en quienes viven hacinados.

—¿Volvió a su oficina, además para activar la economía?

Soy súper alemana y estricta; acato todas las indicaciones del ministerio. Uno debe ayudar a levantar el país. Si está aprobado que podemos salir a la calle debemos hacerlo aportando lo mejor de nosotros que ya nos recuperamos. Podemos seguir contribuyendo para que grupos vulnerables no queden desatendidos; esa es la misión de muestra fundación.

“Debemos ponernos al servicio del coronavirus”

La abogada, quien fue uno de los primeros cien casos de covid-19 en Chile, está recuperada. “Soy flacuchenta, pero aguanté como roble. Tuve intensos dolores de cabeza, como si me trataran de sacar los ojos. Sentí mi cuerpo apaleado como si una micro pasara por encima. Al octavo día me comenzó a faltar la respiración. Perdí el olfato y el gusto por una semana, no diferenciaba entre el azúcar y la sal”, relata.

El viernes 13 de marzo a las dos de la tarde la llamó una funcionaria de su fundación. Le contó que quizás tenía coronavirus. Cuando Anne le cortó se remontó una semana. Pero atando cabos, por los tiempos de los síntomas, cree que se infectó por otra profesional de su organización con quien se reunió “largamente” ese mismo viernes.

Dos días después, el domingo, Traub fue a la Clínica Las Condes para hacerse el examen PCR por covid-19. Recientemente había estado con una amiga que debía operarse de un cáncer al hueso. “Me bajó la angustia, pero como estaba asintomática no me lo querían hacer”. Tras insistir accedieron a realizárselo a las doce del día. Cinco horas después le entregaron el resultado positivo. “No lo podía creer, veía el coronavirus tan lejano”, comenta.

Apenas supo el resultado comenzó un “exhaustivo seguimiento” de su cadena de contagio. “Lejos de esconderme, me puse el parche más allá de la herida. Sentía que andaba con la pinta, quería proteger a los demás”, dice.

Lo primero que hizo fue llamar a los siete integrantes de su fundación. El jueves anterior todos habían estado en un karaoke. “Imagínate lo que pudo ser el contagio con la pasada de micrófonos”. Alertó a los vecinos de su departamento en Candelaria Goyenechea. Y le avisó al equipo del grupo Prisma que tiene oficinas en el mismo edificio de su fundación. Cuando se encendieron las alarmas, el edificio entero se clausuró y 22 funcionarios se fueron a cuarentena.

Han pasado casi dos meses y Anne todavía no sabe si su marido y sus dos hijas se infectaron. Ninguno se hizo el examen. Como ella resultó positivo lo más probable es que su familia también lo fuera. “Estoy investigando si tuvieron coronavirus”, cuenta.

Explica:

Los que nos vamos sanando tenemos una tremenda responsabilidad en ayudar a investigar sobre esta enfermedad. Yo estoy 100% disponible para que me usen para esos fines. Debemos ponernos al servicio del coronavirus, de la medicina y de la ciencia para ver cómo contribuimos a acelerar los procesos de mejoría. Estamos esperando que lleguen en a Chile los exámenes de anticuerpos. Es importante, porque son muy útiles para detectar casos inmunes al virus. Si a mi marido el examen de anticuerpos le sale negativo, habría algo que estudiar. Es muy raro que haya estado un mes conmigo, compartiendo en la misma pieza y no se haya enfermado.

—Cuando se enfermó a principios de marzo había menos información.

Y menos conciencia. Todos hablábamos de que no había que saludarse de beso, pero igual lo hacíamos. Ese viernes, en que quizás me contagié, tuve varias reuniones más después y saludé a todos de beso.

“La condena de la cuna en Chile es muy dura”

Anne pasaba los veranos de su infancia en Llanquihue en el campo de su abuelo, el conocido empresario alemán Ewaldo Modinger, quien fundó junto a sus hermanos Cecinas Llanquihue. “Cuando chica me dejaba estar en la caja de su carnicería “Don Ewaldo”, que él atendió hasta sus 95 años”, recuerda.

Modinger, quien fuera el primer alcalde de Llanquihue en 1968, murió hace un mes a los cien años. “Mi abuelo creó la primera compañía alemana de Bomberos del pueblo; era un empresario que le daba empleo a toda su gente. Hubo tres días de duelo comunal, pero fue muy duro no poder ir a su funeral. Heredé de él su optimismo y perseverancia”, comenta. “Tengo un gen alemán de la estructura de que siempre las cosas hay que hacerlas lo mejor posible. Y en mi lado del corazón está muy fuerte la fundación. Siempre estoy buscando alcanzar a más niños para que tengan más oportunidades como las que tienen mis niñitas”.

Con su marido, Matías, ingeniero comercial de la U. Católica, en 2014 se fueron a Boston por un año. Él estudió un máster en Administración Pública en Harvard. “Los dos veníamos del sector público y queríamos aportar a la sociedad. Cuando uno ha tenido oportunidades, hay que devolver la mano; duele quedarse de brazos cruzados”, opina.

En el otoño de 2015 el matrimonio se reunió en Nueva York con los directores de la organización Parent Child Home Plus, con más de 50 años apoyando a familias de escasos recursos en EE.UU. “Las investigaciones dicen que cada peso que se invierte en la primera infancia retorna a la sociedad más que cualquier otra inversión. Nos basamos en este programa que trabaja en casas. Un lugar de intimidad donde si logras ganarte los corazones de la gente puedes aportar infinitamente”, sostiene.

En 2016 los Claro Traub trajeron el modelo educativo a Chile. El primer financista fue su suegro, Jorge Claro, a través del Grupo Prisma. El empresario apoyó un programa piloto de 25 niños en Cerro Navia. Hoy, la fundación atiende a más de 600 niños. Entre sus aportantes figuran las familias de Juan Cúneo (Falabella), Pedro Ibáñez (Explora), Cristóbal Kaufmann (representante Mercedes-Benz), Horacio Pávez (Sigdo Koppers), Jorge Pacheco (Oxxean) y Jorge Schmidt (Desarrollo Agrario).

A mediados de marzo la fundación frenó su trabajo en terreno en 18 comunas (desde Iquique a Chiloé). Con el programa de educación virtual “Familias Power”, las 50 monitoras que antes visitaban las casas de 515 familias vulnerables hoy las atienden por video llamada. “Seguimos realizando sesiones de estimulación temprana a niños de dos a cuatro años. Nuestro lema es que los padres son los principales educadores de sus hijos”, cuenta.

—Con la pandemia, la violencia en los hogares se disparó; ¿eso complica el rol educador de los padres al que ustedes aspiran?

En nuestras visitas a las familias a diario vemos estos casos. Pero hemos constatado que si trabajas de forma personalizada y rigurosa con los padres y sus hijos se estrechan los vínculos. Aunque en estos contextos hay graves carencias, ellos se interesan por sus niños y terminan siendo protagonistas de sus retos educativos y emocionales. Con esto se puede bajar la deserción escolar y la delincuencia juvenil.

—En una entrevista a Pulso, en 2019, su suegro, Jorge Claro, dijo que en una economía de mercado el Estado debe generar igualdad de oportunidades. Y que eso se produce con equidad en la educación a la temprana edad.

Lo cierto es que hoy la asistencia a las salas cunas y jardines infantiles en los quintiles más pobres es muy baja. Un 66 % de los niños de tres años no van al jardín. Como resultado el futuro de ese pequeño estará marcado por la desigualdad y la falta de oportunidades. Ellos parten 20 metros más atrás en la carrera. La condena de la cuna es Chile es muy dura, donde naciste determina profundamente tu futuro. Eso solo se combate con educación temprana de calidad. No hay cómo cerrar esa brecha si el Estado no pone más recursos en esos pequeños. No solo en infraestructura sino también en programas de educación de calidad y acompañamiento a los padres.

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