De a poco se empieza a recuperar el compartir, el hacer deporte juntos”.

Literal y metafóricamente, Cristian Pradenas está en el futuro, si su vida se mira desde Chile. El abogado, ariqueño de 37 años, vive en Wuhan, ciudad china donde se inició el coronavirus y no solo va adelante en 12 horas por los husos horarios; también en relación a la pandemia. Como el virus partió allá, a comienzos de diciembre, Pradenas ya pasó por todo lo que acá está recién comenzando: cuarentenas estrictas, aislamiento social e incertidumbres. Hoy, de hecho, está saliendo de todo eso, algo que en Chile las autoridades han calculado que no ocurrirá antes de primavera.

El fin de la cuarentena que decretaron las autoridades locales (estuvo 67 días encerrado), se debe a que allá, con el covid-19 más controlado, la ciudad está volviendo a reactivarse. Cuenta que Wuhan está operativa en 70% u 80%: “Está disponible el transporte público y gran parte del comercio”, ejemplifica, y asegura que los nuevos contagios son una excepción.

—¿Cómo fue vivir la cuarentena en Wuhan y siendo extranjero?

—Hay percepciones distintas. Mi universidad cerró las puertas cuando no había ningún contagiado, entonces nos transformamos en una zona limpia. Paradójicamente la situación me empezó a generar preocupación cuando comenzó a propagarse en Chile. Acá nunca me sentí en riesgo, estábamos seguros, la universidad nos entregaba mascarillas, nos tomaban la temperatura, nos pasaban los alimentos. Pero veía que los chilenos se comportaban como si esto fuera el H1N1; las medidas tomadas no fueron bien recibidas por la comunidad y después las autoridades decían que no era necesario usar mascarillas, cuando todo el mundo las usaba. Eso me preocupó.

—¿Allá las medidas fueron más estrictas desde el comienzo?

—Más que estrictas, necesarias. Una reacción rápida permite la contención rápida. Acá se produjo el cierre de la ciudad porque estábamos en el período de Año Nuevo chino y vendría un éxodo de personas. La cuarentena total permitió identificar más casos, porque el gobierno hizo un censo identificando los contagiados. Fue una fórmula efectiva, dura porque hubo sacrificios económicos, pero se priorizó la salud y el bien común.

—Chile aún no pasa el peak, pero las autoridades ya hablan de una nueva normalidad.

—Creo que hay dos visiones para enfrentar el virus: el camino de China y otro el planteado por países más occidentales. China, país de origen, es donde se puede decretar la apertura al cabo de pocos meses, versus lo que está pasando en EE.UU., Italia, España. Intentar volver a instaurar la actividad económica en medio de la crisis sanitaria te lleva a un riesgo. Adelantar la normalidad no creo que sea el camino.

“Salir a la calle es extraño”

Su regreso al mundo exterior ha sido parcial. Si bien Wuhan ya está operativo, el recinto universitario donde vive (y estudia un doctorado en política internacional) mantiene sus puertas cerradas. Puede pasear libremente por el campus “que debe ser del doble del tamaño que la Usach”, pero no salir a la calle. Es como una ciudad dentro de la ciudad, con canchas de fútbol, tiendas y todo para vivir.

—¿Cómo es retomar la vida después del coronavirus?

—Salir a la calle es una situación extraña. Lo primero que hice fue ir a abastecerme, no fue la gran salida al bar. Sales con precauciones y atento a las circunstancias. La cuarentena te enseña a pensar en lo verdaderamente importante: la salud, tu familia. Eso de que se abra la ciudad y explote la diversión, no es así.

—Acá puede que coincida el relajo de las medidas con Fiestas Patrias.

—Septiembre debería ser una fiesta distinta, más familiar. A esa altura todos vamos a haber vivido la experiencia en plenitud y consecuencias.

—¿Qué impacta del nuevo Wuhan?

—Hay códigos nuevos. En el metro puede ir un número determinado de personas; cuando fui a abastecerme, había marcas pintadas en el suelo con los espacios permitidos, ya no es un supermercado que se llena. Muchos dejaron de fumar o de beber, porque no podían salir a comprar. Mucha gente decía: “Termina la cuarentena y me voy de fiesta”; pero eso no ha pasado. No creo que haya vida nocturna ni ánimo de exponerse.

—¿Cómo interactúan las personas que se conocen?

—El día uno de apertura había dos personas jugando fútbol en una cancha de la universidad; al día siguiente más, pero dándose pases a distancia, nadie se acerca mucho a quitarse la pelota. De a poco se empieza a recuperar el compartir, el hacer deporte juntos.

—¿Y tus reencuentros cara a cara?

—La sensación de volver a ver a gente es de alegría y optimismo. Estaban todos iguales, quizás un poco más flacos. Nos saludamos de lejos con la mayoría, moviendo la mano, es llamativo ver a gente que no habías visto hace dos meses. Con otros nos fuimos de abrazos, con mucha carga emocional.

—¿Se habla del riesgos de rebrotes?

—Creo que si pasa eso se va a cerrar la ciudad de nuevo.

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Uno de los países que el mundo ha observado positivamente es Alemania. En Lilienthal, un pueblo del norte en las afueras de Bremen, vive hace doce años la familia de Victoria Dannemann, periodista freelance, su esposo Pablo Azócar, médico, y sus cinco hijos (tres en el colegio y dos en la universidad).

Victoria remarca que dentro de Alemania hay realidades muy diferentes, pues unas regiones están muy afectadas por el coronavirus y en su pueblo no ha habido cuarentena ni conoce a nadie que haya tenido la enfermedad. Pero, enfatiza, el que el covid-19 se haya mantenido a raya en su localidad ha sido posible por el estricto respeto a las medidas que rigen a nivel nacional.

“La gente no sale de la casa, todos los que pueden hacen teletrabajo”, enfatiza. Asimismo, la forma en que se acata el impedimento a reunirse con más de una persona, a menos que sea familiar; que restaurantes, malls, museos y lugares de vacaciones están cerrados; que los supermercados están abiertos, pero con desinfección de carros, control de cantidad de personas, protecciones de mica para los cajeros y petición de pago con tarjeta sin contacto; mientras que el comercio local puede atender, pero con ingreso controlado. Por prevención y vacaciones, los colegios fueron cerrados el 16 de marzo y no han regresado a clases. Hoy se están armando calendarios para los alumnos que tienen prioridad de volver, en el caso de quienes terminan la enseñanza y deben dar el examen para la universidad, o los que cambian de colegio. “Mis hijos que están en quinto y séptimo probablemente vuelvan en mayo o junio, todavía no lo sabemos (…) No es que me dé lo mismo que mis hijos estén sin clases, pero trato de mantener el estrés bajo”, cuenta. Cuando le pedimos un ejemplo cotidiano de los controles, Victoria señala: “Mi hijo tiene frenillos, se le soltó un fierro y lo llevé (al dentista), pero tuve que esperarlo en la calle mientras lo atendían; hasta la sala de espera está cerrada, porque es chica. Cuando veo las imágenes de Chile, se me aprieta la guata, porque la gente está toda pegada”. Desde su consulta en psiquiatría, Pablo agrega: “Lo más importante es que hay un fuerte compromiso a todo nivel de la sociedad y una estructura que ayuda a que todo siga funcionando”, con todos los trámites online. Añade que hay mucho hincapié en evitar contactos innecesarios y que incluso para ir al médico por una licencia “basta llamar” por teléfono.

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