La llegada del covid-19 es una de las catástrofes más grandes que ha enfrentado Chile y el mundo entero en los últimos 40 años. Ha tenido, y sigue teniendo, impactos sin precedentes en salud, educación, economía, y tantas otras materias que deben ser abordadas con responsabilidad y urgencia. Pero más importante aún, nuestra sociedad está sumida en una gran depresión. La esperanza de los chilenos también está siendo brutalmente afectada.

Como Desafío Levantemos Chile hemos estado en distintas emergencias, incluyendo el terremoto social, y hemos visto el sufrimiento de miles de compatriotas en primera persona. Y si bien a veces no había comida que compartir, o un techo con el cual cubrirse, lo que nunca faltó fueron las ganas de volver a ponerse de pie, y la convicción de que íbamos a salir adelante.

Hoy necesitamos recuperar la confianza en nosotros. Y la forma de lograrlo es fomentando una mayor conciencia, en donde si bien debe haber una distancia física, no debe haber una distancia social, y, en rigor, debemos sentir la fuerza de estar todos unidos. Es por esto que celebramos el respaldo que han entregado diversos empresarios a sus empleados y los planes que el Estado ha implementado. Y sobre todo nos ponemos de pie y aplaudimos con fuerza, a esos héroes anónimos que están trabajando por levantar el país: funcionarios de la salud, choferes de transporte público, recolectores de basura, personal de supermercados y tantos otros que se postergan a sí mismos por la responsabilidad que conllevan.

A la vez, como fundación estamos poniendo a disposición de la comunidad distintas alternativas para la detección del covid-19 a través de la importación masiva de autotest. Además, estamos implementando herramientas y metodologías para ayudar a los emprendedores a salir adelante, junto con una campaña de prevención de la propagación del virus a través de nuestras redes sociales. Vemos con optimismo que tal como nosotros, hay muchas organizaciones trabajando en estas circunstancias. Aquí, nadie sobra.

Sabemos que son tiempos inciertos, pero estamos seguros que, tal como hemos superado en el pasado distintas adversidades, esta no será la excepción. Por eso, hoy, más que nunca, necesitamos mostrar nuestra mejor cara; esto es la solidaridad, la empatía y sobre todo la unidad. Este desafío es de todos.

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“La normalidad es paz y, aun si hubiésemos estado engañados o evadidos, la paz valía la pena”.

La crisis sanitaria se suma a la crisis política de octubre. A ellas se añadirá la crisis económica. El cúmulo de crisis se parecerá en algo a haber pasado por una guerra. Ojalá no lleguemos al hambre, el frío y la desnutrición (males extendidos hace solo unas décadas); tampoco a las muertes masivas.

Muerte, violencia, hambre, enfermedad, tratamos de evitarlas al punto que se nos hace difícil pensarlas. Probablemente no sea tarea de todos mantener con insistencia la atención en ellas, pero sí de los liderazgos políticos.

La política se relaciona inescindiblemente con ellas. En la medida en que la polis emerge inicialmente, como decía Aristóteles, para satisfacer las necesidades de la vida, para ponernos a resguardo del hambre, la violencia, la muerte, ella está siempre afectada por esas amenazas. No querer reparar en ello por miedo o en aras de las visiones de emancipación (revolucionario-moral o económico-técnica) es evasión.

Somos vida, o sea, mortales y vulnerables. Quien no quiera entenderlo y operar todavía en la política es irresponsable.

Muerte, violencia, hambre, enfermedad, esos serán los desafíos a los que se enfrentarán nuestras élites políticas, a los que ya están enfrentados. ¿Qué discurso político puede resistir tamañas amenazas? Las palabras parecen carecer de sentido ante ellas, los discursos volverse palabrería. ¿Hay, puede haber, una política que haga sentido en medio de las crisis y cuando ellas se intensifican? ¿Caben palabras o acciones dotadas de significado todavía en el aciago momento por el que, probablemente, estemos comenzando a atravesar?

De no haberlas, no solo nos hallaríamos desamparados, sino que lo que vivimos en las épocas de normalidad se develaría como ilusorio.

El asunto, sin embargo, no es tan sencillo. La normalidad es paz y, aun si hubiésemos estado engañados o evadidos, la paz valía la pena y en su tiempo mismo experimentamos sentido, cumplimos algunas metas, nos demostramos afecto, vivenciamos estéticamente.

Los jardineros pueden ser una buena guía. Saben que al final de todas sus atenciones, por esmeradas que sean, sus jardines perecerán. Esa conciencia no les quita, sino que renueva el impulso a cuidar lo que cuidan, como valorándolo con más intensidad, con la intensidad de quienes se saben conectados con un significado que muere y aún así, como que reverbera.

Una serena esperanza parecida es la que ha de conmover a los políticos que podrán sacarnos de esta acumulación de crisis, probablemente la más peligrosa en un siglo: la esperanza de quien, a la vez que guarda plena conciencia de las amenazas que se ciernen sobre la unidad política y sus conciudadanos, y no se evade, aprecia un delicado y espeso sentido que merece ser cuidado, de tal guisa que se renueva en su tarea.

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“Sabemos, por estudios anteriores, que la adopción

de cuarentenas voluntarias es

muy baja, en algunos casos cercanas al 0%”.

Es una muy buena noticia que el Gobierno decida implementar acciones para asegurar que las cuarentenas se cumplan, y seguir estas y otras recomendaciones de los expertos convocados. Con esto da una señal importante. Sabemos, por estudios anteriores, que la adopción de cuarentenas voluntarias es muy baja, en algunos casos cercanas al 0%. Si las personas se sienten bien, es poco probable que las mantengan y su implementación varía de persona en persona. Mientras que para algunos significa no salir de su casa, para otros estar confinado en una pieza. Otro porcentaje simplemente no la cumple o lo hace por un período menor de lo recomendado. Esto pone innecesariamente en riesgo a otras personas.

En Canadá, durante la epidemia del SARS, la cuarentena voluntaria fue interpretada como una medida cuya implementación era discrecional y a criterio de cada persona; cada uno podía decidir cómo adoptarla. La falta de protocolos claros y estrictos, que diferían entre servicios de salud, una comunicación de riesgo deficiente, y un seguimiento pobre o casi nulo de estas personas, contribuyeron a aumentar el número de personas contagiadas como resultado de una adhesión menor a la esperada.

Las personas podían tomarse un recreo de la cuarentena, para comprar alimentos o realizar otras actividades, sin sentir que estaban en riesgo de ser pilladas. En definitiva, la manera como se implementaron estas medidas contribuyó a que algunas personas percibieran que la situación no era grave, que no era necesario cumplir la cuarentena, y tampoco tenían claro si eran efectivas. Las amenazas para obligar que cumplieran con la cuarentena fueron menos efectivas que la credibilidad asociada a que el monitoreo de la cuarentena iba a ocurrir (que es algo que podemos aprender de las isapres). Las multas tuvieron un efecto como castigo. Razones éticas y el control social contribuyeron a que las personas adhirieran a esta, así como el apoyo entregado por el Estado para enfrentar pérdidas económicas y organizar su vida cotidiana y así asegurar alimentación y recibir suministros básicos.

Canadá aprendió de esta experiencia y se hicieron cambios importantes en los protocolos y la manera como se comunica el riesgo, durante la epidemia de SARS y luego más adelante. Además de esas experiencias y otras disponibles, la OMS entrega orientaciones claras y específicas a seguir. Tenemos expertos a disposición y con experiencia. Podemos aprender de esta experiencia, cuando salgamos de esta crisis, y durante el proceso para ajustar y mejorar lo que hacemos cada día. Revisemos lo que hemos hecho para implementar los cambios necesarios y planifiquemos las acciones. Pero por ahora, tengamos claro que las cuarentenas voluntarias no existen, y solamente existen las cuarentenas.

Margarita Bernales

Escuela de Enfermería, P. U. Católica

Manuel Ortiz

Departamento de Psicología, U. de La Frontera

Paula Repetto

Escuela de Psicología P. U. Católica, investigadora Cigiden

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