Magdalena Antosz (36) dice que todo fue por casualidad. Jung diría que lo que no hacemos consciente se manifiesta como destino. Como sea, esta traductora polaca, criada cerca de la frontera con Ucrania, con un magíster en Austria y experta en alemán, hace seis años se instaló en Chile sin planearlo —simplemente no tomó un vuelo de vuelta y se quedó en Santiago— y hace dos comenzó a hacer un libro que nunca había pensado y que hoy está en todas las vitrinas: la primera traducción al español de Johanna Elberskirchen, feminista alemana de fines de siglo XIX, pionera en el activismo homosexual y militante del partido socialdemócrata de los trabajadores, todo en un imperio monárquico y conservador.

“Me topé por casualidad con ella”, insiste Magdalena, que traduce textos para la embajada de Polonia y que, durante un curso de teorías críticas en la Universidad de Chile, investigó a las feministas alemanas y se encontró con el nombre de Elberskirchen. “Empecé a guglearla y lo único que vi fueron artículos universitarios en inglés o alemán en los que la citaban, pero nada más. Después encontré un par de sus textos en bibliotecas digitales de Alemania, y me encantaron. Me fascinó que fueran escritos hace 120 años y que todavía estuvieran vigentes, con argumentos que podemos usar hoy, prácticamente”.

Ya en 1896 hablaba de la explotación sexual de la mujer, un año después de los abusos de poder masculinos y de los derechos homosexuales en 1904. “Cuando la leí pensé que me encantaría traducirla”, dice Antosz. Al comienzo lo hizo por gusto, luego se lo ofreció a la editorial Planeta y así, después de rescatar sus olvidados textos de archivos alemanes, hace una semana se publicó Anarquía sexual, feminismo y homosexualidad.

¿Cómo crees que Johanna Elberskirchen estaría participando del movimiento feminista actual, tan masivo y transversal?

Estaría en la primera línea, obviamente muy a favor de todo lo que está pasando, pero se me hace difícil decir si estaría feliz.

¿Por qué?

Creo que podría angustiarle ver que estamos luchando por las mismas cosas que ella luchaba hace más de un siglo. Porque también es angustiante para una leer a autoras de ese tiempo y darse cuenta de que hemos conseguido muchas cosas, pero hay otras muy básicas que siguen casi igual. Ella fue muy pionera en la lucha contra la violencia doméstica hacia las mujeres, un tema que no hemos superado. Se habla cada vez más pero todavía hay circuitos donde es tabú, lo seguimos negando mucho y aún se justifica. Lo que pasó ayer (N. de la R.: este lunes, cuando el Presidente Piñera se refirió a la “posición de las mujeres de ser abusadas”), sin ir más lejos, demuestra cuán arraigada sigue estando la violencia doméstica en nuestro inconsciente.

Las ideas de Elberskirchen, por la fecha en que fueron escritas, parecen muy anticipadas, pero según Edward Dickinson, historiador norteamericano, fue una mujer de su tiempo, porque ahí es cuando surgen los primeros movimientos feministas y homosexuales. ¿Coincides con él?

Ella pertenecía a varios movimientos, como la socialdemocracia, el feminismo y el homosexual, y algunos funcionaban bastante bien. Pero lo destacable es que ella no pegaba mucho con ninguno. El movimiento feminista de ese tiempo luchaba por el voto femenino, para que la mujer tuviera derecho a la educación, pero ahí su pensamiento nunca fue acogido en realidad, porque jamás levantaron la voz en contra de la violencia doméstica o para hablar de la sexualidad. Ese era un tema totalmente tabú y vergonzoso para las feministas de entonces, pero no para Johanna. También había un movimiento homosexual en Alemania: en 1897 se creó el Comité Científico Humanitario, la primera organización que luchaba a favor de la despenalización de la homosexualidad. Los médicos que fundaron este comité consideraban que la homosexualidad era un producto cultural, que debía ser tolerado y aceptado, pero que no era natural. Ella, en cambio, pensaba mucho más allá: para Johanna era parte de la naturaleza. Y lo argumentaba desde sus conocimientos de medicina y biología. No son textos científicos, son incluso panfletarios, pero tienen un sustento.

Tienen mucha exclamación, están escritos como para ser leídos a viva voz en la plaza.

Esos son textos en los que ella contesta de forma inmediata a algún evento o acontecimiento. “La socialdemocracia y la anarquía sexual”, por ejemplo, lo escribió en respuesta a una noticia que le perturbó: un médico socialdemócrata violó a una niña proletaria. Lo juzgaron dentro del partido y en los tribunales, y al final fue absuelto. En su testimonio, el médico dijo que los hombres solteros necesitan satisfacer sus impulsos sexuales. Johanna contestó denunciando la hipocresía y la inconsecuencia en el discurso del partido, que supuestamente luchaba contra la explotación económica pero no hacía nada contra la explotación sexual. Esos textos son muy emocionales, incluso agresivos con mucho pathos, mucho dolor. Pero hay que entender que en esa época las feministas, al comenzar sus discursos y antes de explicar sus ideas, tenían que decir que la mujer era un ser humano con plenos derechos, algo que no se daba por sentado entonces. Nosotros ya lo asumimos, aunque a veces todavía cuesta que algunos lo entiendan.

¿Por qué crees que Elberskirchen sigue siendo un personaje más o menos olvidado por la historia?

Ella era conocida como oradora política, pero las feministas que vinieron después, que empezaron a hablar sobre sexualidad, nunca la mencionaron como precursora en estos temas. Luego, durante el nazismo, muchos de sus textos se quemaron. Hablé con su biógrafa para comprender esto. Quizás si solo hubiese sido feminista la hubiesen rescatado como referente, pero también era activista homosexual. Y si aún hoy hay hostilidad hacia las personas gays, en ese entonces era todavía más. Pienso que esa es la razón.

¿Su libertad de pensamiento le jugó en contra?

Sí, y eso es algo que hoy todavía sucede. Tenemos la necesidad de inscribirnos, de definirnos y encasillarnos, y de hacer lo mismo con los demás. Cuando alguien se escapa de ciertas normas o convenciones, te confunde no saber dónde ponerlo, por lo que de algún modo lo apartas. Pienso que esa libertad de pensamiento, que fuera rebelde, gritona e inconformista, hizo que a nadie le conviniera mucho tenerla de referente.

Es lo que también pasa cuando alguien, ejerciendo su autonomía, no actúa u opina como la mayoría de su entorno político o social. La gente lo critica, lo funa o lo cancela.

Muchas veces yo misma me sentía confundida respecto a mi ideología política y sentía la presión de no ser ni chicha ni limonada, porque es mal visto. Callaba cosas que sí pensaba, pero no me atrevía a decirlas. Al leer a Johanna me sentí identificada, sin tener el valor que tuvo para exponerse. Ella estaba comprometida con la lucha contra todo tipo de discriminación, y si se daba dentro del movimiento feminista o de la social democracia a la que pertenecía, o del movimiento homosexual, le daba lo mismo. Para mí eso es lo más valioso: tenía la valentía de traspasar los límites constantemente. Porque critica desde adentro, que es lo opuesto a preferir callar para pertenecer. Es lo que más cuesta.

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