Desde la reciente intervención del colectivo feminista Lastesis, cuya performance “Un violador en tu camino” fue replicada por mujeres de todo el mundo, se está viviendo una ola masiva de funas por violencia de género en las redes sociales. Ya la agrupación de Abogadas Feministas de Chile se pronunció sobre este fenómeno. Por un lado, reconocieron que esto prueba que la violencia sexual hacia las mujeres es una práctica generalizada y que la funa es una reacción ante la falta de respuesta del sistema judicial. Pero al mismo tiempo, las abogadas emitieron un instructivo por las mismas redes advirtiendo que esta acción puede constituir delito de injuria o calumnia y transgredir el respeto a la vida privada y la honra de las personas, así como el derecho a ser considerado inocente si no hay una condena por sentencia judicial.

El asunto trae de vuelta el fenómeno del #MeToo, cuando a finales del 2017 las mujeres de Hollywood hicieron caer al productor de cine Harvey Weinstein, denunciando en cadena sus abusos sexuales. El movimiento prendió como pasto seco en todo el mundo y las funas se masificaron, dando gran popularidad a las víctimas. Cayeron así muchos abusadores, pero también hubo mujeres que se subieron al carro con denuncias sin mucho sustento: entre tanta indignación emocional parecía que era lo mismo un piropo que una violación. Ante el asesinato de imagen, muchos hombres tuvieron que abandonar su trabajo, su ciudad y hasta el país acusados de delitos que no llegaron a probarse.

En medio de la confusión reinante, las intelectuales feministas francesas intentaron poner racionalidad. Entre ellas apareció la escritora, curadora y crítica de arte Catherine Millet (71), que acusó el peligro de una “caza de brujas”, señalando que esto podía convertirse en un regreso al puritanismo, una forma de represión del humor, el coqueteo y el erotismo, un retroceso en las libertades sexuales que las mujeres de su generación conquistaron en los años 60 y 70, y un peligro de censura cultural. No estuvo lejos. En los últimos años se ha visto censura a películas y obras de arte, porque el autor o el contenido son señalados como machistas y abusivos.

En la oportunidad, Millet se mandó una frase muy polémica, cuando defendió “el derecho a importunar” de los varones y a no condenar los juegos de seducción. Y es que esta respetada intelectual –que, entre otras cosas, ha dado charlas en distintos espacios académicos de Chile y Latinoamérica— es una férrea opositora a toda forma de censura y, por ello, se ha expuesto a más de una controversia. Fundadora y directora de una influyente revista de arte, Art Press, ha sido curadora del Museo de Arte Moderno de París y de la Bienal de Venecia, y también ha escrito libros que nada tienen que ver con el arte. En 2001 presentó “La vida sexual de Catherine M.”, que vendió 3 millones de ejemplares, se tradujo a 40 idiomas y obtuvo varios premios. Allí describe con lujo de detalles encuentros sexuales y orgías que involucran a desconocidos en una gran variedad de escenarios. El libro dividió a los críticos entre los que celebraron su gesto emancipatorio y los que la acusaron de pornográfica. Ocho años después publicó el libro “Celos”, donde confiesa cómo cayó en el infierno de la celopatía cuando descubrió que su marido, el escritor Jacques Henric, con quien lleva 30 años de casada, tenía también una rica vida sexual con otras mujeres.

“Los movimientos de masas pueden ser mortíferos”

—¿Qué le parecen las recientes censuras a manifestaciones artísticas o culturales que son consideradas patriarcales?

—Desde su creación, en 1972, Art Press ha luchado contra la censura. Eso para nosotros es un principio fundamental. Si hubiera que juzgar las obras según criterios morales, habría que vaciar los tres cuartos de nuestros museos, bibliotecas y cinematecas. Y quisiera insistir en un punto: antes, cuando luchábamos a favor de la libertad de expresión, nuestros adversarios podían ser un ministro, una comisión de censura o una liga defensora de la virtud. Pero ahora los censores son grupos de extrema izquierda, feministas radicales o, hace poco, asociaciones comunitarias que piden el retiro de cuadros o que impiden la proyección de una película. Para mí la situación es muy rara, porque siempre hemos estado a favor de una perfecta igualdad entre hombres y mujeres y contra cualquier forma de racismo. Y hoy, algunos de los que se muestran más intolerantes son aquellos cuyos derechos nosotros defendimos antes.

—¿Cómo imagina el escenario cultural si esta mentalidad prevalece y domina la cultura?

—Las sociedades democráticas admiten la palabra y la voz de todos, y también la contradicción. Si algunos ciudadanos usan su libertad para limitar la libertad de los demás entonces están intoxicando nuestras democracias. De los peligros internos que nos acechan, este es uno de los mayores. El enemigo de la democracia dejó de ser un individuo o un grupo que quiere tomarse el poder e imponer una dictadura; hoy es una masa más o menos anónima.

—Últimamente, en Chile ha habido una ola de funas por violencia de género y abuso sexual en las redes sociales. ¿Qué opinión le merece?

—¿Recuerdas esos westerns que veíamos cuando jóvenes? La muchedumbre tomaba al sospechoso de un crimen y amarraba una cuerda para colgarlo de un árbol. Luego llegaba el sheriff y había dos opciones: o demostraba la inocencia y lo soltaba, o lo metía preso para que fuera juzgado por un verdadero tribunal. Esto ahora se salta los tribunales y actúa a través de las redes sociales. Los movimientos de masa pueden ser mortíferos.

—Pero una razón muy esgrimida es que las denuncias legales no reciben respuesta del sistema de justicia. ¿Ocurre también eso en Francia?

—Sí, ¡y es el único mérito que le reconozco al movimiento #MeToo! Tras ese suceso, el gobierno dio indicaciones a la policía para que acoja con mayor consideración las denuncias de mujeres víctimas de violaciones y violencias. Y también la justicia está más diligente al tratar estos asuntos. Dicho eso, demasiados procesos terminan en sobreseimiento. Y en efecto, en muchos de los procesos de acoso sexual, muy mediáticos, se demostró que los hombres acusados eran inocentes. La justicia no siempre se equivoca, ¡ocurre a veces que la justicia es justa!

—En las redes se tiende a empatizar automáticamente con el lugar de la víctima.

—Lo que me surge espontáneamente es pensar que se trata de un narcisismo extremadamente desarrollado de los individuos de nuestras sociedades. Pero al mismo tiempo, observo que esta “subjetividad” generalmente se expresa de manera muy estereotipada, con palabras y formulaciones que son siempre las mismas. En realidad, dan la impresión de expresar menos una verdad individual y profunda que una identificación con un grupo y una voluntad de fundirse en él. Lamentablemente, muchos de nuestros semejantes tienen miedo de mirar sus propios sentimientos y prefieren adoptar los sentimientos compartidos por una comunidad, que necesariamente son más superficiales.

—También los medios de comunicación muchas veces se hacen parte de la funa.

—Sí. Es muy extraño que los medios tiendan a valorizar a las víctimas como tales, como si el hecho de ser una víctima fuera algún tipo de proeza, un estatuto que nos convierte en héroes o heroínas. Andy Warhol predijo que gracias a los medios de comunicación cada uno tendría derecho a sus quince minutos de fama. Y vemos ahora que cualquiera puede conquistar una celebridad efímera —mínima en Facebook, mucho mayor en medios de prensa— denunciando a alguien de haberlo convertido en víctima. Pero es peligroso que, apoyada en el mito de la pureza y la inocencia, la víctima transgreda las normas. Yo no niego que realmente existen muchas víctimas inocentes y puras, pero eso no las autoriza a pasar por encima del Derecho.

—¿Cuáles son los temas de la lucha feminista que más le preocupan personalmente?

—Desde luego, todo lo que se refiere a la igualdad social. Incluso en la sociedad francesa, donde las mujeres han conquistado muchos derechos, la igualdad de salarios está en la ley, pero no es respetada en la práctica. Una mujer que recibe un sueldo correcto, que ve que su trabajo es respetado, también será una mujer más libre, más fuerte y seguramente mejor armada para enfrentarse a los hombres, incluso en su vida personal.

—¿Está usted al tanto de la explosión social chilena? ¿Qué influencia cree que tuvo la movilización feminista de mayo de 2018 en la actual crisis?

—Mayo del 2018 me hizo pensar en Mayo del 68. En las revueltas sociales de los siglos XIX y XX, las mujeres han estado muchas veces en los puestos de avanzada, sin que, lamentablemente, las conquistas se hayan repartido equitativamente entre ellas y los hombres. Pero hay un contraejemplo. ¿Sabías que uno de los detonadores del movimiento estudiantil francés se produjo en marzo de 1967, cuando las mujeres jóvenes del campus universitario de Nanterre dejaron entrar a los hombres a sus habitaciones? Estaba absolutamente prohibido y hasta intervino la policía. Y bueno, meses después, en diciembre de ese año, la Asamblea Nacional liberalizó la contracepción.

—Usted ha venido varias veces a Chile. ¿Cómo ve la situación de las mujeres chilenas en comparación con las francesas?

—Cada vez que vuelvo de algún viaje a América Latina, me digo a mí misma que las francesas no sabemos la suerte que tenemos. Sé que en Chile la ley de aborto es extremadamente restrictiva, mientras que en Francia la interrupción voluntaria existe desde 1975, e incluso es reembolsada por la Seguridad Social. Soy muy consciente, cuando hablo con amigas o compañeras argentinas, chilenas o brasileñas, de que existe una gran brecha entre ellas y yo, aunque me sienta completamente cercana a ellas en el plano de las ideas, los deseos y en el modo de vida. Tengo una libertad que ellas están lejos de haber alcanzado. Lamento mucho que en el mundo “globalizado” en el que vivimos, en el que viajamos e intercambiamos e-mails con personas del otro lado de la Tierra, nos olvidemos tanto de eso.

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