“Uno se iba a encontrar ahí con la misma gente de siempre”.

María José Cumplido, historiadora

CESAR SILVA

El 23 de diciembre cerró sus puertas el emblemático Café Colonia, que abrió en 1963 y se transformó en un referente. Esta mañana, figuraban las cortinas abajo del local de Mac-Iver 133. Seguía funcionando la sucursal en el número 161, en la misma calle, pero nadie quería hablar.

Su dueña, Lina Oñate, se negó a revelar las razones del cierre a La Segunda.

En Twitter circulaban los carteles de los trabajadores que se manifestaron el 24 en las afueras del local. “Se inventan una quiebra para no pagar meses de sueldo”, “Lina Oñate, presidenta del Colegio de Contadores, nos deja sin 1 peso”. Arturo Navarro, director del Centro Cultural Estación Mapocho, publicó en Twitter: “Quise tomar once en el Café Colonia y me encontré con esto”, junto a la foto de carteles que decían “40 años de trabajo y me voy sin $1 peso”, “Gracias a los Oñate no tendremos una Navidad digna”.

En el sistema judicial, la empresa figura con causas laborales por no pago de cotizaciones y demandas por cobros ejecutivos de deudas con proveedores.

Hoy, las sillas apiladas en un costado del recinto eran ordenadas por unos pocos trabajadores que aún están a oscuras dentro del local. “Desde el estallido social que abrían por unas horas, pero les daba miedo que pasara algo. Ya no se producía nada”, indicó uno de ellos.

“Si no producían, ¿cómo nos iban a pagar?”, agrega.

Rondando el lugar, un hombre se pasea entre los dos locales. Sin querer decir su nombre, el ahora ex proveedor, viene en búsqueda de respuestas. “Tengo 60 años y temas pendientes. Me deben plata, pero no es tanta”, comenta, sin identificarse. Afirma tener una buena relación con la familia Oñate y que el cierre le afectará considerando que era la empresa que más ingresos le daba desde el 2011. “Es una pena, me da mucha lástima que el local cierre, no sólo porque es mi fuente de trabajo sino porque es un lugar histórico y de esfuerzo”, añade. “Esta es una familia de esfuerzo que vio su negocio decaer hasta su cierre. Yo no soy el más afectado, son los trabajadores. Pero claramente intentan buscar respuestas a su conflicto con rumores”.

Huyendo de la guerra

La historia del café comienza cuando Wilhelm Schlösser, pastelero nacido en plena Primera Guerra Mundial en Colonia, Alemania, que en los años 40 se trasladó a Chile con la idea de fundar en Santiago algo similar al majestuoso café Reichard que visitaba en su ciudad natal.

Abrió su primer salón de té en un noveno piso en Calle Huérfanos, en 1952. Pero su estilo de decoración y cocina alemana se hicieron tan populares entre la aristocracia local que pronto tuvo que mudarse a un local más grande. Así, en 1963, el Café Colonia llegó a su ubicación actual en Mac-Iver; en 1977 abrieron el segundo local, a pocos pasos.

En base a kuchenes y strudels de manzana, por décadas el Colonia era punto fijo para una conversación íntima, en pleno centro de Santiago. Con el tiempo, el único hijo de Wilhelm tomó la posta, Horst, manteniendo el mismo estilo que lo hizo lugar de visita obligado para una amplia gama de comensales, desde empleados públicos, escritores y artistas hasta ministros y militares.

“Es uno de los pocos lugares donde se puede descansar en el centro”, reconocía Horst hace unos años, mientras se veía con preocupación cómo otros cafés santiaguinos tradicionales, como el Santos y el Paula, comenzaban a cerrar. Su personal, además era de la tercera edad. “El personal mayor es mucho más responsable y además es nuestro sello”, apuntaba Horst en 2005. “No queremos tener lolas con minifalda, porque de eso hay mucho en el centro”.

Pero para el Colonia, dicen que el comienzo del fin comenzó en 2007, cuando el heredero de la dinastía se cansó y le vendió el local a su contadora, Lina Oñate.

“Era una resistencia al Starbucks”

“El Café Colonia era el sobreviviente en su estilo del centro de Santiago, tras la desaparición de los clásicos de la hora del té como el Paula y el Santos. Con su repostería tradicional y una decoración vintage, era el sobreviviente en su estilo . En esta categoría del salón de té retro de verdad, va quedando el puro Villa Real de Pedro de Valdivia”, dice Esteban Cabezas, crítico gastronómico y conocedor hace años del Colonia.

María José Cumplido, historiadora y editora de Memoria Chilena, era otra habitué del lugar. “Es uno de los pocos cafés tradicionales que quedan de mediados del siglo XX. Tenía toda esta onda de sitios alemanes que uno puede encontrar en Valdivia o Frutillar. Iban muchos funcionarios de la Biblioteca, historiadores, gente del Teatro Municipal, tenía este sello de que uno se iba a encontrar ahí con la misma gente de siempre. Era mantener la vida de barrio en pleno centro. Una resistencia al mundo Starbucks y al café solo de paso. Hay cierta nostalgia de un café como el Colonia, donde uno puede vivir un poco más situado, en una ciudad”.

Pasó más de 10 años como visitante al almuerzo, al café o a comprar tortas. “El viernes pasado había muy poco gente y me llamó la atención que ya no había Transbank. Solo efectivo. Es curioso que, después de tantos años, hayan quebrado por estos meses de crisis, no creo que haya sido solo eso”.

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