Ninguna ciudad es tan bella, tan decadente, tan perfecta e imperfecta a la vez. Es tan inabarcable que agobia y tan seductora que causa adicción. Es Roma, cuya sola mención produce epifanías que atesoran tiempos de guerras, conquistas y caídas. Tal vez uno de los mejores caminos para acercarse es el cine, que ha explorado sus entrañas con la belleza de un lenguaje que se niega a morir. Veamos algunos casos.

La Grande Belleza

(Paolo Sorrentino, 2013)

Jep Gambardella es un escritor envejecido que pasa sus días entre fiestas chic y caminatas por una Roma sacra y profana. Pero el protagonista oculta un amargo desencanto, que lo lleva a sentir una repulsión a sí mismo. Esta es una película barroca, altamente estética y de encuadres simétricos que maridan con la arquitectura de la ciudad. Si usted busca una experiencia artística en Roma, este es su filme.

En una de las escenas icónicas, vemos a Gambardella frente a un gigante: la estatua de Marforio, hoy residente del Museo Capitalino (uno de los más antiguos del mundo). Esta obra forma parte de las seis esculturas parlantes que hubo en Roma junto a Pasquino, Madama Lucrezia, Abate Luigi, Il Babuino e Il Facchino. ¿Por qué parlantes? En siglos pasados, el pueblo romano dejaba en ellas mensajes rabiosos en contra del gobierno, los papas y las élites, para ser leídos públicamente. O sea, algo así como el tatarabuelo de Twitter.

El museo donde habita Marforio se compone de dos edificios situados en la Plaza del Campidoglio, rediseñada por el mismísimo Miguel Ángel Buonarroti en 1536. Para los “miguelangellovers”, en Roma existen solo tres esculturas del autor de la Capilla Sixtina: El Moisés (Iglesia de San Pietro in Vincoli), El Cristo de la Minerva (Iglesia Santa Maria Sopra Minerva) y La Piedad (Basílica de San Pedro). No visitarlas sería un pecado.

La Grande Belleza nos traslada por la Roma majestuosa y ruinosa, la del Coliseo, el Monte Aventino, la Fontana Dell'Acqua Paola, el río Tíber y la que Fellini nos reveló mucho antes en “Roma” (1972).

Comer, Rezar, Amar

(Ryan Murphy, 2010)

Julia Roberts es una cronista de viaje que decide renunciar a su marido, su casa y su carrera, para emprender un viaje existencial que la lleva a Roma, India e Indonesia. Una primera advertencia: no vea esta película con hambre, puede ser fatal. Esta cinta retrata con maestría un pilar fundamental de Roma: la comida. Si usted busca una experiencia culinaria, este es su filme. En una de las escenas más apetitosas de la cinta, Roberts le pide al garzón una procesión de irresistibles platos romanos, donde desfilan alcachofas a la judía, prosciutto con melón y berenjenas con ricota ahumada. Cada plato es acariciado por un primerísimo primer plano, que despierta un apetito voraz por estar ahí.

El restorán de esta película existe y está a un costado de la Piazza Navona. Se llama “Santa Lucía” y usted podrá sentirse tan plena como la protagonista. A propósito de comida, un dato importante: la capital de Italia es la cuna del “slowfood”, un movimiento culinario cuya historia es doblemente sabrosa. Corría el año 1986 y McDonald's había inaugurado una sucursal en el corazón de la Piazza España. De inmediato, activistas gastronómicos organizaron una manifestación en su contra, promoviendo la alimentación sana y pausada. Muchos pensaron que “esto no prendió”, pero lo cierto es que hoy este movimiento está presente en más de 160 países. ¿Cómo reconocer un restorán “slowfood”? Por su logo: un caracol rojo.

En Roma los restoranes adheridos a la comida lenta son muchos, pero este cronista recomienda el virtuoso “Spirito Divino”, apostado en el seductor barrio del Trastevere (se llama así porque está detrás del río Tíber). El restorán está en una vieja casona judía del siglo 11 y la experiencia de comer aquí es lenta, adictiva y cumple con los dictados del slowfood: comida orgánica fresca, sin freír, sin congelar y proveniente de pequeños productores italianos.

La Dolce Vita

(Federico Fellini, 1960)

Esta película es la historia de una ciudad ambientada en los 50, que durante una semana es testigo de las aventuras de un periodista en busca de noticias y mujeres. Si usted busca una experiencia gozadora en Roma, este es su filme. En esta desestructurada cinta, Anita Ekberg y Marcello Mastroianni nos regalan una de las escenas más icónicas del cine italiano.

Una noche, ambos personajes comparten un baño surrealista y hedonista en la Fontana di Trevi, una de las postales más típicas de Roma. Todos los días y a cada momento, hay algún turista tirando monedas de espaldas al agua y pidiendo un deseo. La escena principal de este monumento es Neptuno (dios del mar) intentando domar las aguas, flanqueado por la estatua de la Abundancia (que porta una cesta de frutas) y la escultura de la Salud (que sostiene una taza desde donde bebe una serpiente). Debajo de ellos, dos tritones tratando de dominar a sus caballos marinos alados, que se mezclan con especies de plantas, ángeles, columnas y otros dioses esculpidos alrededor de la fuente. Su tamaño sorprende: 20 metros de ancho y 26 de alto. Y aún así, la Fontana di Trevi tiene una extraña capacidad para esconderse entre sus edificios, “piazzas” y callecitas. ¿Por qué se llama di Trevi? Viene de la expresión “tre vie”, que significa tres vías, puesto que esta fuente era el punto de encuentro de tres calles.

Ya sea para tener un romance con el arte, la comida o el hedonismo (o todas las anteriores), Roma enamora. Es luminosa y decadente. Fría como el mármol de sus esculturas y cálida como el oro del Vaticano. Su historia política, teñida de sangre y traiciones, ha sido testigo de victorias, conquistas, brutalidades y decadencias. Pero esta ciudad sigue ahí, como el dinosaurio de Monterroso o la canción del Dúo Dinámico. Porque a pesar de todo, Roma resiste erguida frente a todo, como el junco que se dobla pero siempre sigue en pie.

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