Por la vitalidad de sus materiales, un muro de adobes o un enquinchado revocado con barro, trascienden lo utilitario. Aun cuando su función sea el de separar dos espacios o encerrar otros, sus imágenes se hacen perfectas cuando se mimetizan al paisaje. Tanto, que hay villorrios y campos que no podrían pensarse o identificarse sin ellos.

Sucede en Calle Larga (cerca de Los Andes) donde la sucesión de tapiales es lo que construye la calle. En Peumo, los muros perimetrales entre casa y casa, en sus lomos, reciben la carga de las buganvilias y los jazmines del Cabo… que desde allí se muestran para ser olidas. Su complicidad visual, en Pocuro o La Cruz, es tan estrecha que se hace claro el concepto de quinta cuando el ramaje de un centenario palto deja ver su altura en el interior. En Alicahue, un largo muro en tapial se hace telón de fondo para una jineteada, un arreo, cuando su maciza mole da horizontalidad cinematográfica y nitidez al acto campesino.

No solo los muros se hacen parte de un paisaje al imponer su volumetría, sino también cuando en su altura el viajero reconoce una medida nacional. Además, en su textura entrevé el agua, la paja de trigo y la tierra local mullida que son la materia prima de la edificación. Las piedras de los sobrecimientos, al ser las mismas que las del entorno agreste, imponen una identidad que va más allá del color del paisaje.

Una masa vital

El adobe es un bloque de tierra o greda húmedas que consigue su forma dentro de un molde de madera. No se cuece como el ladrillo, ese rojizo. Este se seca al sol. Su base es tierra, más paja y agua… que hacen la masa. Un artilugio siempre crudo, cuya nobleza y resistencia al paso del tiempo están hechos desde la maestría artesanal que se pone en su construcción.

Aun cuando los hay, no son muchos los cierros hechos con adobes. Su producción tan fina los aconsejó para construir viviendas o muros cercanos a “las casas”, corralones, cierres de las huertas o de aquellos patios del fundo, y allí se llamaron “murallones”. Para esta crónica recordamos el murallón de adobes que recorre por unos dos kilómetros el pie de monte del cerrito Las Herreras, en Santa María (cerca de San Felipe). Alguna vez protegió campos de frutillas y ají; hoy, abandonado, sigue señalando el lugar de los sembradíos, aunque ya no se hagan.

El tapial es un sistema constructivo que necesita de unidades más grandes que un adobe. Es de idénticas materias primas: tierra fina con pedruscos y materia orgánica que se compactan dentro de un moldaje; algo parecido al hormigón armado. Son como adobes descomunales que dentro de un molde se van colocando encima de cimientos y sobrecimientos de piedra. Al fin, es un cajón al que se le echa tierra y agua y se hace un muro. Puede tener, cada bloque, un metro de alto sobre el cual se pone otro, y ya hay dos metros de altura. En un día —como decía el maestro Erasmo, de Santa María— se hacen cuatro tapias; algo como 1,50 de largo por 50, 60, o 40 centímetros de ancho, y unos dos metros de alto.

Cierres y casas se construyeron con tapiales. Ejemplos maravillosos de esta técnica perduran en Santa María: su calle Jahuel fue construida íntegra con tapiales de 80 centímetros de ancho, y la mayoría aún persiste.

El enquinchado es una técnica que se está volviendo a retomar. Se trata de panderetas, muros, cierres que se estructuran desde varas de madera, cañas o ramas, y que luego se enlucen con barro.

Se construye un esqueleto de varas entrelazadas, que luego de amarradas se rellenan de barro mezclado con una gran cantidad de paja; todo resulta muy liviano y flexible. La deforestación y sobre todo la pérdida de su tradición constructiva hizo que por los años 60 se fuese perdiendo. Ejemplos ruinosos de muros enquinchados existen en Valle Hermoso (cerca de La Ligua) y aún una hermosa casita en Pucalán.

Felizmente, por su liviandad antisísmica, su bajo costo y, sobre todo, su amabilidad, limpieza y eficiencia orgánica, están volviendo a construirse en muchos lugares.

Una arquitectura limpia

Hay cosas básicas que hacen eterno a un murallón. Buenos cimientos que detengan la humedad; una cubierta en “lomo de toro” techada con tejas o vegetales (curahuilla, paja de trigo o teatinas vivas)… La cosa es que el muro nunca se moje, ni chorree agua por su superficie vertical.

Adobones, tapiales, enquinchados no producen desperdicios ni impactos ambientales irreversibles. A ellos concurre el conocimiento popular, generando desde el trabajo colectivo una obra “sentida” que logra identidad local.

Al fin, pura maestría, nobleza y resistencia al tiempo tiene esta arquitectura. Aún con terremotos. No hay que temer al barro cuando se conocen y respetan sus posibilidades constructivas.

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