Cuando Paulina del Río recibió el Premio Mujer Impacta, en septiembre pasado, estuvo presente Francisco Villarroel, el primer joven al que ella había atendido. “¿Y tú qué sabes lo que uno siente?”, le dijo él en 2013. Se juntaban en la plaza, ella lo escuchaba, lo abrazaba y le compraba un helado. Con el tiempo, él abandonó las ganas de morir y terminó siendo un fiel colaborador de su proyecto. “Se transformó en mi niño símbolo”, dice ella, que lloró cuando lo vio sobre el escenario.

La presidenta de la Fundación José Ignacio —que funciona oficialmente hace 5 años en la prevención del suicidio con niños y jóvenes— comenzó hace más de una década a estudiar y trabajar en las metodologías de contención.

Paulina comenzó a intervenir en varios blogs donde jóvenes manifestaban ideación suicida (presencia de los deseos de muerte). Fue casi sin querer, cuando seguía el rastro de la búsqueda que había hecho su hijo José Ignacio, quien se suicidó en 2005, apenas cumplió los 20 años.

En Chile, un joven de entre 20 y 29 años se suicida cada día, y en ese rango es la primera causa de muerte externa. “Lloré con el premio porque empecé trabajando sola. Nada de lo que hago hoy lo haría si no fuera por José Ignacio. Con él y por él”, dice esta traductora de profesión, madre de tres hijos. Comenzó dos años después de que murió su primogénito.

—¿Qué pasó esos dos años anteriores?

—Están casi borrados. Esos años fueron puro dolor. Mi hijo chico siempre dice: “La mamá lloró tres años sin parar”. Él tiene 27 años, es mi conchito (risas). Me acuerdo poco, la verdad.

—¿Quién se hizo cargo de ti?

—Nadie. Mi hijo menor, con 11 años, se hizo cargo de la familia, de alguna manera. El otro tenía 17. Todos estábamos muy mal. Yo necesité un tiempo fuera para reconstruirme.

Su otra vida

Paulina se casó a los 27 años y a los 30 tuvo su primer hijo. “Fue tremendamente buscado, recibido con enorme alegría, pero yo tuve depresión posparto, por lo que no pudimos hacer el apego. Yo había tenido depresión varias veces. Tuve una vida difícil”, confiesa.

Con José Ignacio fueron muy “compinches”, como dice. “Yo trabajaba con él sentado en mis piernas mientras escribía. Y ya más grande, conversábamos hasta las 4:00 de la mañana, de religión, filosofía, política, lo que fuera. Yo juraba que teníamos una comunicación maravillosa. Una vez, a los 19 años, me dijo ‘tú no tienes idea de lo que yo pienso'”.

El suicidio tiene una multiplicidad de causas y es necesario entenderlo. “Antes, yo me flagelaba porque pensaba que era todo culpa mía. La sociedad es muy buena para culpar a las mamás. Yo en el funeral estuve muy tranquila, primero, porque estaba dopada, y segundo, por el shock. Era la anfitriona, no cumplí con la imagen de mamá en el suelo llorando. Fue muy doloroso cuando supe que gente dijo cosas horribles de mí, mucho después. No es mala intención, es ignorancia”, asegura.

“José Ignacio creció en una familia no muy funcional... él me iba a ver cuando yo estuve internada con depresión y siempre pensé que él no quería caer en ese mismo lugar. No alcanzó a verme bien. Yo era otra persona”.

Cuando Paulina habla de su “otra vida” es esa: antes de la muerte de José Ignacio. Alguna vez escribió (para la revista Paula) que a los 14 años fue la primera vez que su hijo evidenció los síntomas. Estudió Ingeniería Comercial y le fue muy bien. A fines de 2004, su polola terminó con él. “El suicidio nunca es culpa de una sola persona”, advierte. Dormía, no comía, fue diagnosticado con depresión. Después de conversarlo con los médicos, Paulina viajó a Orlando para cumplir con un viaje que le tenía prometido a su hijo menor. El día en que regresaban, ella sintió una profunda angustia camino al aeropuerto. Se perdió en una ruta que conocía de memoria, se descontroló, se bajó varias veces del auto y tuvo que aplazar el vuelo desde un teléfono público. “Ya en Santiago, mi marido me estaba esperando en Policía Internacional junto con mi sobrina psiquiatra; ella me daba pastillas al mismo tiempo que me contaban la noticia. Llegué justo a tiempo para ver a mi hijo en el Instituto Médico Legal... Cuando reconstruimos la historia, hablamos con los maestros que lo vieron por última vez, y supimos que él apagó su celular a las 2:30 de la tarde, en el momento en que a mí me dio la crisis. Pienso que en ese momento él lo decidió. Cuando yo empecé a recuperar la cordura, cuando el dolor ya no es tan agobiante que no te deja pensar, entendí que el cordón umbilical nos unió a la distancia... Debe haber dicho: ‘mamá, tengo miedo'”.

A Paulina aún se le caen las lágrimas.

—“Estoy aquí para escucharte”, les empezaste a decir a los jóvenes cuando ya te recuperaste.

—Por lo menos respiraba, diría. Tampoco estaba muy bien. Eso es lo que sigo diciendo cada día.

“En Europa no existe la ritalinización de los niños”

La Fundación —cuyo vicepresidente es José Andrés Murillo— que pertenece a la Red de Equipos de Prevención del Suicidio, ha asistido a 4 mil jóvenes y ha capacitado a unas 800 personas. Como no tienen ingresos, no tienen casa.

Paulina comenzó su entrenamiento con un par de diplomados en psicología y cursos de intervención en crisis suicida en EE.UU., donde se certificó como instructora de gatekeepers (personas que aprenden técnicas de detección de señales y factores de riesgo). Como fundación participan también de la mesa de Gabriel Boric para trabajar en salud mental. El 23 de noviembre van a conmemorar el “Día del Sobreviviente”, abierto al público. “Tenemos practicantes de psicología que contestan los mails. Después de la semana de vacaciones del 18, tenemos una tonelada que contestar”, relata.

“Por suerte, los colegios se están preocupando del bullying y del suicidio. No somos conscientes de que los profesores lidian todos los días con intentos de suicidio y niños que se suicidan”, añade, porque también asesoran entidades educacionales.

“Todos podemos prevenir un suicidio”, sostiene. “El suicidio es transversal. Muchas familias no quieren que se sepa porque hay una vergüenza a un estigma asociado. Y por la culpa”.

—Hay muchos mitos, dada la falta de información...

—El chico que se va a suicidar puede ser el alma de la fiesta, por ejemplo. No siempre es el lloroso, cosa que también nos debe preocupar. Lo mismo con el duelo: los padres muchas veces son inexpresivos porque una parte de ti se muere.

—¿Es sano contar lo que sucedió?

—Hoy sabemos que una forma de sanar el trauma es contarlo mil millones de veces. Yo facilitaba grupos de padres y les decía: “Hoy te vas a hablar con tu hermana unas tres horas de Juanito. Cuando se aburra ella, vas donde la vecina y le hablas otras tres horas. Y mañana, vas donde tu tía a conversarle otras tres horas”.

—Te oí decir que “no es cierto que no haya señales, pasa que no las sabemos ver”.

—La inmensa mayoría de las veces las hay. Porque la persona quiere morir para ponerle fin a su dolor, que es insoportable; pero si no sintiera ese dolor, no querría morirse. En el fondo, quieren seguir viviendo. Mi hijo dio señales vagas y señales obvias; ambas fueron ignoradas. Ya dejé de culparme por eso también.

—¿Cuán alerta hay que estar ante la persona que dice abiertamente “me voy a suicidar”?

—Esa persona está en alto riesgo, tiene que estar acompañada, recibir apoyo profesional y mucho cariño. Lo más probable es que sí lo haga. Si un chiquillo ha estado aislado, cambia su conducta, empieza un consumo de alcohol y drogas, son otras señales de alerta.

—Y vemos que se hace cada vez más habitual que personas se suiciden en el mall.

—Hay un sistema que está matando a nuestros niños. Me duele. La competencia, el éxito, la presión por ser felices. Y no es la carga académica, es el costo de la universidad, el tener que trabajar, apartarse de sus familias, el no venir preparados de los colegios...

—Al parecer, colegios normalizan también la depresión en los jóvenes.

—¡No es normal! El otro día conversaba con gente de un prestigioso colegio de La Dehesa, donde más de la mitad de las niñas de tercero y cuarto medio están con antidepresivos. Eso se repite mucho. Nuestros niños lo están pasando muy mal, en los colegios hay un alto bullying. ¡En Europa no existe la ritalinización de los niños! Yo veo a muchos universitarios agachaditos, muchos que aseguran que prefieren suicidarse antes que sus padres se enteren de que van a perder la gratuidad. Es escalofriante.

“El dolor no se va nunca”

Según el último informe de la OMS, en el mundo se suicida una persona cada 40 segundos. “En Chile se suicidan 5,14 personas al día. ¿Dónde está la campaña?”, pregunta Paulina.

—No existe el término para nombrar a una madre que pierde un hijo. En cambio se es viuda o huérfana.

—Yo digo “soy huérfana de hijo”. O sobreviviente. Nadie quiere hablar de eso, porque le podría pasar a cualquiera.

—¿Sentiste rabia por haber tenido que perder a José Ignacio para transformarte en la persona que eres?

—Me dio rabia que él haya sufrido tanto como para llegar a suicidarse. Rabia porque no fuimos capaces de ver su dolor. Hay un libro norteamericano que se llama “Nadie vio mi dolor”. Ahí está la clave: el dolor del otro nos molesta. Tengo esperanza en que vamos a ir poco a poco recuperando nuestra humanidad. Yo hoy abrazo y lloro con los chiquillos.

—¿No es remover tu propio dolor?

—Al contrario. Es lo que me ha permitido salir adelante a pesar del dolor. Porque el dolor no se va nunca. La angustia va desapareciendo y uno aprende que en el suicidio no hay respuesta.

—¿Has pensado qué habría sido de tu vida sin este punto de quiebre?

—Estaría muerta en vida probablemente, medicada. Sé que sin este terremoto yo no sería la que soy, pero preferiría ser una zombi y que él estuviera vivo. Lo importante, como lección, es saber que uno se puede levantar desde más abajo del infierno. Uno sale, a veces, sin ninguna ayuda. La ayuda médica que yo tuve fue contraproducente. Cuando me aparté, empecé a sanar.

* Más información: contacto@fundacionjoseignacio.org

Salud Responde 600 360 7777

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