No se ponen de acuerdo, los porteños, con la ubicación de El Almendral.

Unos dicen que es todo el Plan, desde la Plaza Victoria hasta los cerros del Oriente. Otros, que va desde la avenida Francia hasta la avenida Argentina. La verdad es que este topónimo nunca estuvo dentro de estos límites. Es que el único almendral de Valparaíso creció en La Cabritería, una quebrada que separa los cerros Placeres y Barón. Estos terrenos fueron cedidos al soldado Martín García —en el siglo XVI— quien plantó los almendros que dieron origen al nombre.

En lo que no hay dudas es que por aquí pasó “el camino hacia El Almendral” y, cuando se terminó el huerto de Martín, este lugar heredó el nombre sin perder la gran cantidad de personas que transitaron por sus senderos y hoy por sus calles. El sector, siempre bullente, genera sus propios actos y eso hace que haya incesante concentración de gente.

Clave es el Rodoviario de buses interurbanos y la llegada y distribución de pasajeros. Además de los que vienen desde Viña del Mar por la Vía Elevada. A una cuadra está todo: el Mercado El Cardonal, la Feria de Verduras de la avenida Argentina, y la Feria de las Pulgas y Libros Usados que nace en la Plaza O'Higgins y cada vez se prolonga más por la avenida Uruguay hacia la avenida Colón y el cerro La Cruz.

Clave también es el edificio del Congreso. Su hermético cierre perimetral, su altura “desproporcionada” con la del Valparaíso histórico, y su actividad volcada hacia el interior impiden que participe del dinámico concierto urbano. Más entregada a la ciudad, y compartiendo espacios comunes, está la Universidad Católica de Valparaíso y sus enclaves. Estos mezclan la algarabía de sus estudiantes —en los bandejones apalmerados de la avenida Brasil y en las callejuelas de Uruguay, Rawson, Yungay, 12 de Febrero— con el comercio de frutos, pescados y flores.

Se corta el pelo

Otros dos edificios monumentales —uno por el oriente y otro por el poniente— son la Iglesia de los Doce Apóstoles y el Teatro Municipal que hacen los hitos que deben orientar una visita. Las cuatro grandes calles más importantes que recorren el largo del barrio, su casco antiguo, son la avenida Pedro Montt, Victoria, Independencia y Colón.

A la espalda de este plano comienzan las que suben por las laderas hacia los cerros La Cruz, El Litre, Las Cañas, La Merced y, más arriba, La Virgen.

Una visión patética es la de las ruinas del ascensor del cerro La Cruz. Es un espacio momificado en la pendiente, enmarcado por antiguos rieles y un abandono absoluto, salvo por algunas flores de basural.

Por el Camino de Cintura se pueden recorrer estos cerros. A veces a intervalos, con mucho cuidado, pues son altos, con pendientes abruptas y cerradas curvas. En la intersección del cerro La Cruz con el cerro El Litre un absurdo aviso grafica el delirio de este recorrido: con forma de flecha apuntando hacia la cumbre, un cartel anuncia “se corta el pelo”.

Recorrer este almendral, su costanera y sus cerros, es casi un ejercicio solitario y más para la reflexión grave que para compartir su jolgorio. Se vive, el barrio, en sus más evidentes contradicciones: el pasado rico y el presente tan pobre. Es el pasado rico el que trata de ayudar, ya sea desde la historia o desde los objetos y libros que quedaron y se ponen sobre una controvertida belleza actual.

Aprender de los porteños

El Almendral no tiene horizonte hacia el mar. El plan y los cerros de su recorrido son distintos a los del Valparaíso patrimonial. En estos no alcanzó a inscribirse el antiguo esplendor del Puerto; acaso porque fueron los últimos lugares en poblarse; acaso porque el sector de la avenida de Las Delicias (hoy avenida Argentina) fue un antiguo y marginal lugar de gente de paso. Es muestra de un Valparaíso sin auges, pero que igual supo —por pobre— hacer desesperada arquitectura en los cerros, comercio mínimo en sus veredas, y llenar de flores y perros sus quebradas.

La holgura y magnitud de sus calles, sus aún coloridas dobles alturas en las fachadas y la gran cantidad de carteles invitan a un recorrido muy pausado. Se establece una relación de tú a tú entre el caminante y el edificio; entre la topografía de altibajos de las laderas y las visiones que depara cada callejuela que aparece: como Canciani, Hontaneda, Rancagua, Pocuro… y que suben a los cerros.

De los antiguos lugares de encuentro diario aún quedan La Tentazione, la Pizzería Bepe, el concurrido Café Hesperia. De pronto, una nueva pena: La Riviera, el local que vendía la mejor pizza, está cerrado. Un letrero puesto la semana pasada dice: se arrienda. Afuera, hay gente que se mira perpleja: ¿qué será de Valparaíso sin el Riviera?

Habrá que animarse y aprender de los porteños. El afán del Plan y El Almendral de Valparaíso siempre fue el de ganarle terreno al mar para acopiar mercaderías, reparar naves, construir bodegas que ya no están… aunque el barrio sigue siendo bello. Así, el afán de un viajero, hoy, quizás sea soñar que el antiguo huerto de Martín García se puede replantar con renovadas semillas que reemplacen a los almendros.

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