No cuesta nada imaginarse a Consuelo Valdés como Dora, La Exploradora. Magíster en Antropología, especializada en Ecología Cultural (materia que estudió en Estados Unidos), cuando hace un año asumió el cargo de ministra de Cultura era directora del MIM (Museo Interactivo Mirador) y en sus tiempos libres se dedicaba a hacer exploraciones científicas y a estudiar la flora y los pájaros de Chile. Estaba escribiendo su segundo libro sobre aves —que ahora dejó en pausa— y participando de una serie de investigaciones ornitológicas, además de ser miembro activo de dos sociedades dedicadas al tema.

La ministra es fanática de la naturaleza, se ríe a carcajadas, le gusta la música (de chica fue baterista), camina rápido sobre zapatos planos y se sube entusiasta a la azotea del edificio ministerial en Valparaíso para que le hagan una foto. Está contenta, porque el día amaneció radiante y desde esa terraza estilo bauhaus se ven la ciudad y el mar. Entre dichos al aire, cuenta que ahora sus amigas le regalan ropa elegante para que su imagen calce con la de una autoridad política. Pero currículo le sobra. Cuando regresó de Estados Unidos participó intensamente en la vida académica y llegó a trabajar en los años 80 en el Consejo de Rectores de las Universidades Chilenas, dirigido por Juan Gómez Millas, un influyente académico y político de ideas nacionalistas que fue ministro de Educación de Carlos Ibáñez del Campo y Eduardo Frei y rector de la Universidad de Chile. Esta experiencia la marcó definitivamente.

Después de eso nunca más paró de trabajar ligada al patrimonio y a los museos. Fue directora del Museo Regional de La Araucanía, creó la Subdirección Nacional de Museos de la Dibam, fue gerenta de proyectos culturales de la Fundación Andes, coordinó la Casa Museo Eduardo Frei Montalva, integró el Consejo Nacional de Televisión de Chile y dirigió el MIM, entre otras cosas.

“El Presidente insistió”

—¿Qué edad tiene? Si no es indiscreta la pregunta…

—¡Pero cómo va a ser indiscreta! Una mujer que no es capaz de decir su edad, no puede hablar de muchas otras cosas. Tengo 71. Como arqueóloga no le tengo ningún complejo a la edad, al contrario. Mientras más edad tengo, más aprecio las cosas.

—¿No se lo cuestionó cuando el Presidente la llamó para ser ministra?

—Claro que me lo cuestioné, no tenía ninguna ambición, porque no tengo nada que ver con el mundo de la política ni tengo condiciones de comunicadora. Pero el Presidente insistió y acepté. Aunque estaba feliz haciendo mis cosas.

—Andaba más relajada...

—Claro. Me vestía distinto, más sport. Ahora tengo que ponerme traje de dos piezas. Mis hermanas y amigas me regalan ropa.

—¿Para que parezca ministra?

—Totalmente.

—Usted no pertenece a ningún partido político. ¿Pero se define como de derecha, de centro o de izquierda?

—Yo creía que no íbamos a hablar de política, que esto era más un perfil humano.

—¿No le gusta hablar de política?

—No, no me gusta.

—¿Por qué?

—Porque sé poco. No he tenido una carrera política. Me siento contribuyendo desde mi especialidad, desde mis conocimientos en el área de cultura y patrimonio, y el mundo político es algo que recién estoy conociendo.

—Ya. Pero hay cosas elementales. Por ejemplo, ¿usted reconoce que en Chile hubo un golpe de Estado, una dictadura y que se violaron los derechos humanos?

—Por supuesto. Eso no se puede negar. Yo estaba estudiando en Estados Unidos cuando fue el golpe. Nunca se me va olvidar ver en primera página de un diario gringo la fotografía de La Moneda en llamas.

—Si la obligaran a definirse, ¿qué dice?

—Me defino como independiente. Comparto ideas y valores de distintas tendencias. En todas hay cosas interesantes, miradas de país, valores de ética social. Yo parto de la base de que la gente que está en política tiene un sentido de servicio público. A lo mejor soy ingenua, pero creo en eso.

—Siempre se dice que en la derecha no hay figuras culturales importantes.

—Eso es un prejuicio. La cultura no tiene ideología. Encajonar la producción cultural como algo de izquierda es un error muy grande. La cultura no son solo obras materiales o creaciones artísticas. Tener sexo, comer, hablar, todo es cultura. La risa, la tecnología, la forma de vestirse… eso no es de izquierda ni de derecha.

—Entonces, ser ministra de Cultura es ser ministra de Todo…

—Yo no he dicho eso, pero sí (se ríe). La cultura atraviesa todo. La ciencia es cultura, la política es cultura, la agricultura es cultura. Yo tengo una visión ecológica, en el sentido de que observo las relaciones entre todas las cosas.

—¿Cuál sería un gran logro para usted en su actual cargo?

—Cultivar en los niños y las niñas el asombro, la curiosidad y la imaginación, para generar creatividad, que es la base de la innovación. Y por eso me interesan especialmente los programas del ministerio que mezclan arte y ciencia, en los centros de creación para niños Cecrea, que están en todas las regiones de Chile. Einstein decía que la imaginación era más importante que la información. Si Chile quiere transitar a ser un país desarrollado, que piense con cabeza propia, tiene que tener ciudadanos capaces de crear e innovar, de buscar caminos distintos, de no seguir repitiendo lo que ya se sabe. La complejidad del mundo exige eso. Y hay que trabajarlo desde la primera infancia. José Maza decía que hay que trabajarles a las neuronas antes de que lleguen las hormonas.

“Arranco de los que creen poseer la verdad”

—Ha vivido mucho fuera y ha estado en temas muy distintos.

—He tenido una vida liberal, independiente. Soy muy respetuosa de las distintas formas de pensar y de vivir. Creo que eso es también por la Antropología, porque uno conoce y valora creencias y manifestaciones culturales muy distintas. Yo pienso que los valores hay que revisarlos permanentemente en función de los cambios y las transformaciones culturales. Y es muy importante siempre respetar la diversidad.

—¿Encuentra que Chile está muy polarizado?

—Sí, desgraciadamente. Hemos perdido la capacidad de dialogar, de escuchar cuál es el sentido profundo de lo que el otro quiere decir. Y eso es un retroceso cultural. La cultura es un diálogo, es la búsqueda de espacios comunes. ¿Quién es poseedor de la verdad? Nadie tiene la verdad. Las verdades son todas revisables.

—Y cuando está frente a alguien que se cree poseedor de la verdad, ¿qué hace usted? ¿Sale arrancando?

—No, arrancando no. Me siento a preguntarle por qué piensa así, ejerzo como la anti-verdad. Pero no me pongo a pelear, utilizo la duda metódica. La ciencia es pura duda…Yo diría que mi actitud es científica, pero es una mezcla entre razón y humanismo. Por ahí se cruza mi personalidad.

—¿Es cristiana?

—De formación católica, estudié en el Villa María, pero soy agnóstica. Yo prometí al asumir como ministra, no juré, y eso llamó la atención. Pero no tengo ningún prejuicio con la religión, la búsqueda de trascendencia es una constante en todas las culturas de todos los tiempos. Y me interesa la espiritualidad, leo a los místicos, pero no me siento parte de una religión. Cuando empecé a estudiar en Antropología la evolución del hombre, me cuestioné muchas cosas. Todo el tema del génesis, de la creación, me pareció poco creíble, porque no hay evidencias. Mi agnosticismo tiene que ver con la duda científica, pero tengo un enorme respeto hacia las personas que tienen fe.

“El amor amarra”

—Usted se ha separado dos veces. ¿Le tiene fe al matrimonio?

—Encuentro maravilloso el estado de enamoramiento. Es un estado de ánimo que hace bien. Todo está andando, hasta las hormonas. Hay energía, hay luz, hay fuerza, hay apoyo. El amor es inspirador.

—Y cuando se ha separado, ¿es porque se le acabó el enamoramiento?

—Sí. He sido muy feliz enamorada, pero si se acaba, ya no. La primera vez se me acabó a mí y la segunda se le acabó a mi marido. Así que empaté (se ríe).

—¿Y ahora tiene pololo?

—No, nada. Estoy enamorada de mi pega. Además, soy muy libre yo. El amor amarra también.

—Pero puede tener un pololo puertas afuera…

—¡De todas maneras! Y sin las llaves de mi casa.

—¿Le gustan los chistes?

—No, me cargan. Me gusta el humor, la talla ingeniosa, la picardía, pero no me gusta la ironía, porque es hiriente.

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