Desearía que hubiera un poco más de activismo político (en la música actual). Estoy esperando que el Reichstag se queme, ¿sabes?”.

Linda Ronstadt está de vuelta. En realidad, nunca se fue.

No actúa en vivo hace diez años, luego de que, en 2012, se le diagnosticara Parkinson, enfermedad que le impidió seguir cantando en público.

Pero su voz no se apaga, y su legado sigue vivo. Con 73 años, esta semana se estrena “El sonido de mi voz”, un documental que recorre su vida y su trayectoria, dirigido por los galardonados Rob Epstein y Jeffrey Friedman.

Una pieza que ya fue exhibida en abril en el Festival de Cine de Tribeca. “Este documental te hará volver a enamorarte de ella”, escribió el Hollywood Reporter. “Fascinará a sus fanáticos más antiguos y probablemente también hará que otros más jóvenes se encanten”.

Además, en diciembre será una de las galardonadas en la edición 2019 de los Kennedy Center Honors, el máximo reconocimiento artístico que otorga el Gobierno de Estados Unidos. Y recibirá su estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood, junto a Dolly Parton y Emmylou Harris, sus compañeras en el mítico disco de country “Trío”.

Ganadora de 10 Premios Grammy y con más de 30 álbumes de estudio ha vendido más de 100 millones de copias, Ronstadt no sólo es una de las cantantes más importantes de las últimas décadas por sus canciones.

Antes de que estuviera en boga, ella hablaba contra el poder y no se casaba con las normas establecidas para “una estrella de rock”.

“Llena de una rabia impotente”

“Hice lo puede para ayudar, pero no creo que mi enfoque fuera particularmente político. Pero si alguien preguntaba, estaba perfectamente feliz en dar mi opinión”, dice hoy en una entrevista con el New Yorker.

Eso le trajo polémicas. En 1983, por ejemplo, decidió actuar en la Sudáfrica del Apartheid. “Si se tratara de no tocar en lugares donde hay racismo, entonces tampoco podría hacerlo en América del Sur… o Boston”, dijo entonces, criticando también las políticas de Ronald Reagan.

Tiempo después, en 2004, trató a George W. Bush como “un idiota en la Casa Blanca” y, ahora, dice que Donald Trump tiene todos los ingredientes para convertirse en “un dictador”.

“Desearía que hubiera un poco más de activismo político (en la música actual)”, reconoce. “Estoy esperando que el Reichstag se queme, ¿sabes? Como estaba interesada en la República de Weimar, siempre he sido consciente de que la cultura puede ser abrumada en muy poco tiempo. Toda la historia intelectual alemana —Goethe y Beethoven— fue subvertida por los nazis. Sucedió en un lapso de treinta años y puso de rodillas a la cultura alemana. Y está sucediendo aquí. Existe una verdadera conspiración del fascismo internacional que quiere derrotar a la democracia. Quieren todo el poder para ellos, y creo que eso se adapta a Donald Trump en este momento”.

Siempre poco convencional, en los 80 Ronstadt grabó un álbum de música folk mexicana. Y hoy escucha radios latinas, y a artistas como Natalia Lafourcade.

“Estoy llena de una rabia impotente”, reconoce sobre las medidas migratorias de la actual administración. “Crecí en el Desierto de Sonora, que cruza ambos lados de la frontera. Ahora hay una cerca que lo divide, pero sigue siendo la misma cultura (…) Comemos burritos y tacos, y nuestra música es muy influenciada por la música mexicana”.

Cantando con la mente

Sólo las vueltas de la vida impidieron que estuviera en Woodstock, hace medio siglo exacto. Pero eso no le complica.

“Me alegra no haber estado ahí. Baños inundados y sin comida no es mi idea de felicidad”, apunta.

Pero hubo otra cosa con la que no coincidió, ese mismo año. Diez días antes de que la familia Manson matara a Sharon Tate en 1969, atacó a un músico en California llamado Gary Hinman, que era su amigo y vecino. “Tuve suerte de no haber estado en mi casa esa noche… probablemente habrían venido por mí”.

Recuerdos de una artista completa, aunque hoy, por el Parkinson, dice que sólo puede cantar con su mente.

“Puedo escuchar la canción. Puedo escuchar lo que estaría haciendo con ella. Puedo escuchar el acompañamiento. A veces no recuerdo las letras, así que tengo que leerlas”, reconoce al New Yorker. “Pero por lo general no son mis canciones las que canto. No escucho mucho mi propia música… nunca sentí que fuera buena cantando”.

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