Samy Benmayor suele esconderse por un tiempo de la opinión pública. Si no tiene nada que mostrar, se sumerge en su amplio y luminoso taller en avenida Italia y se lanza a experimentar. Pintura y fotografía por partes iguales.

La última vez que apareció fue en 2017, cuando presentó su retrospectiva de 30 años de carrera en la Galería Gabriela Mistral.

“Por un lado, cada vez más tengo el sentimiento de que ya hice lo que hice. Se hizo lo que se pudo. Por otro lado, mi proceso creativo es cada vez más íntimo, más profundo y más interesante. Cada vez me importa menos lo que piensan los demás. Igual me encanta mostrar mis cosas, los artistas queremos ser queridos por lo que hacemos”, dice Samy.

Con 63 años, sigue compartiendo intensamente con Bororo y con Matías Pinto D'Aguiar, con quienes —junto al fallecido Pablo Domínguez— hizo historia como la Generación de los 80.

En la sala habitan varios cubos de colores, algunos con textos del filósofo Paul Ricoeur, que serán parte de la muestra que presentará a fin de año en el MAVI. “Yo soy medio esotérico. No creo ni dejo de creer”, se ríe. “Me puse a estudiarlo y me quedó como poncho, obviamente. Pero siempre he tenido la ilusión de ser un intelectual”.

Hace casi dos años trabaja con palabras y colores en los cubos —“para mí el color es de una expresividad absoluta, como las notas de la música”—. También pintó largas tiras de papel como acordeones con las que ha intervenido calles de Santiago, Nueva York y que luego fotografía. Y que pretende llevar al río Ganges como viaje final.

“Hoy me interesa más lo esencial. Cuando era joven había mucha historia en mi pintura, que ha ido desapareciendo. Me gusta navegar por territorios desconocidos”.

Además, trabaja en el diseño de joyas junto a Gabriela Harsanyi, las que pretende presentar prontamente. “En un viaje a la India hace un par de años, me dieron ganas de diseñar joyas y ser fotógrafo. Allá se me acabaron todos los prejuicios. Realmente fue para mi un bombazo en la cabeza”.

Y asiste religiosamente a sus clases de fotografía. “Humildemente, quiero aprender. No me gusta la mirada temática. Fotografío lo que me da la gana”.

—¿Y con tus pinturas quedas conforme?

—No. A veces. Hoy quedo más contento que antes. Yo quedaba siempre con mucha vergüenza.

—¿Qué queda en ti de la Generación de los 80?

—La libertad. Fue una conquista de esa época, porque uno hace lo que uno quiere. Los artistas conceptuales tienen razones para hacer lo que hacen, pero a mí no me entretiene trabajar con una idea preconcebida. Si quiero pintar un burro y me sale un piano, lo acepto. Si ya sé lo que va a pasar, ¿para qué lo hago?

“El aburrimiento es el infierno”

“Me carga la palabra ‘cuadro'”, dice y se mata de la risa porque la palabra viene de su boca. “Porque ‘cuadro' podría ser cualquier cosa”.

Benmayor asegura que su proceso creativo hoy es más sereno. “Lo fundamental es sentir que realmente amas tu trabajo. Yo lo siento a ratos; a ratos se te olvida y se pone banal todo, hasta que una tarde cualquiera estás poniendo los colores y veo que eso es lo que me gusta. El proceso cuando joven es más desesperado, hay una urgencia por expresar, existir, que te aplaudan. Ya no. Por suerte”.

Fue su mujer, la economista Susana Mansilla, quien le sugirió para su última retrospectiva a un teórico de experiencia. Por eso le pidió a Nelly Richard escribir el texto, la misma que lo criticó desde la Escena de Avanzada. “Hace mucho tiempo que todos ellos me caen súper bien. Yo les agradezco porque le dieron sal a la vida. Lo peor es cuando no pasa nada. Creo que el aburrimiento es el infierno. Todas las críticas, peleas, me parecen muy interesantes. Siempre es mejor sentir que no sentir. Aunque sea dolor. El dolor significa que estás vivo”.

—Pero en tu juventud terminaste en el psiquiatra con un “desorden total de la personalidad”.

—Es verdad. Los críticos ayudaron a eso, pero fue un proceso personal. Se me movió el piso. Ahora sé lo mismo que antes, pero puedo tranquilamente decir que no tengo idea qué es lo que hago. Yo sentía que se me exigía tener teorías sobre lo que hacía. Tuve una crisis de vida.

—Siempre generaste anticuerpos. ¿Hay envidia porque vendes caro y vendes igual?

—Puede ser. Como solo veo a mis amigos no me entero demasiado (risas). A mí también me carga el éxito ajeno porque te muestra tu propio fracaso. Uno es un chiste. La envidia es un sentimiento muy inútil. La única envidia que encuentro maravillosa es por la obra. Lo sentí muchas veces cuando joven, con Pablo, con Matías, con todos mis amigos. Cuando el Boro hizo “El pájaro loco” yo pensé: “Este desgraciao, mira lo que hizo”.

—Recuerdo las críticas por las tacitas de Redcompra que diseñaste.

—Hay un momento en que es necesario ganarse la vida, no veo ningún conflicto en ello. Yo no pesco.

—¿Ha cambiado la dinámica entre los artistas?

—Yo a los artistas jóvenes los encuentro muy entretenidos. Ellos están investigando áreas diferentes, ven la imagen de otra manera. Les ha tocado una época muy tecnológica, con muchas más influencias desde todos lados. Al final, un artista bueno es un artista honesto consigo mismo, que se entrega a lo que hace, que lo ama.

—Hay artistas que aman lo que hacen, muy honestamente y nadie les abriría una puerta.

—Ahí entra la suerte. Hay estrategia y suerte. Para mí, la estrategia fue trabajar mucho y pasarlo bomba. Igual que en el colegio: Si hay un grupo que en el patio lo está pasando bomba, todos se acercan.

—¿Ayudó la bohemia y la vida licenciosa?

—Mucho (risas). Nuestra amistad fue muy potente; nunca estuvimos solos, puedes resistir cualquier cosa con amigos poderosísimos como estos.

—Y tu mujer, que fue fundamental.

—Ella creía mucho en nuestro trabajo. Salió a promovernos con una clara conciencia económica, pero a la vez creyendo genuinamente en nosotros. Ella siempre pensó que les estaba haciendo un favor a los compradores. Nos tocó una época muy potente. Fin de la dictadura, cuando todo el mundo quería ir a las exposiciones y comprar arte, era una época de mucha felicidad. Hoy la gente se saturó un poco, pero siguen habiendo exposiciones fantásticas.

—El interés del público no es el mismo de antes.

—El público es medio leso, hay que guiarlo. Pero como tampoco es tonto, si sabes manejarlo, llega. Hay que conquistarlo. Yo he visto gente transformarse con el arte, porque te lleva a una dimensión más profunda de la vida. Mientras la gente crea que el arte es un adorno, estamos sonados. Yo soy coleccionista y gozo. Ya no tengo dónde meter cosas. Es muy valioso: tú tienes algo del espíritu de ese artista ahí. Falta educar sobre lo maravilloso que es ser coleccionista.

—A propósito de tus 30 años de carrera, decías que pasaste de ser “una persona desesperada, furiosa, torpe”, a ser alguien “más divertido y en paz”.

—Sí. Me gustaría ser mejor no más. Soy muy agradecido de lo que hice. Fue lo que fue. Yo fui súper feliz. Hice exposiciones muy importantes, tuve mi programa de música con mi amigo Rip (Keller). No espero nada más. Lo he pasado estupendo. Ahora gozo mucho más de lo que hacen mis hijos.

País de tontos graves

El sentido del humor es clave en su trabajo y en la comunicación con sus amigos.

—¿Te ríes en momentos de dolor?

—Sí. A mí me dicen: “Alguien se murió” y me dan ataques de risa. Por la cara que ponen las personas. Ahora, cuando se murió mi cuñado que era como mi papá, sufrí mucho. Pero no tengo una dimensión trágica de la vida, me parece bastante absurda. Chile es un país de tontos graves, en general.

—En tu exposición “La condición humana” hablabas de la falta de humor de nuestra sociedad.

—Del tontogravismo. Yo me río porque quiero que la gente se ría también. Yo sufrí en mi infancia, como cualquiera. Fui huérfano de padre y eso fue muy doloroso. Lo perdí a los 2 años y me hizo mucha falta. Se murió mi abuela, mi padre, mi madre viaja mucho con las amigas y yo en mi departamento, al lado de un circo. Viví mucha soledad. Me crió la nana, como a tantos. Tengo una media hermana mucho mayor y sobrinos que son como mis hermanos. Supe muy tempranamente que era importante hacer lazos. Mi madre murió con alzhéimer a los 80 y algo, estuvo seis años sin hablar y murió. Un amigo me decía: “Éramos gente sin importancia, no merecíamos ser recordados” (risas).

—¿Tu biografía, de alguna manera, marcó tu pintura?

—El arte era una herramienta de supervivencia. Cuando alguien está contento con el mundo que le toca no es artista. Uno construye su mundo. Como yo tenía el circo al lado vivía en un ambiente fantástico. Y mi edificio tenía un mercado abajo, impensable en estos días.

—Tus dos hijos, Matilde y José, son artistas. No les quedaba otra.

—¡Amo a mis hijos! Pero Susana quería regalarle a mi nieta un estetoscopio (risas). Tiene 1 año y 5 meses y ayer la llevé a su primera exposición. Estoy profundamente orgulloso de mis dos hijos. No les ayudaba mucho el apellido (risas). Por suerte, ya estoy viejo. No sé si haga una exposición después de esta, creo que es la última. Ya fue suficiente. Hay gente que sigue tonteando hasta el final y no es tan interesante. Yo soy feliz con mi Instagram. Y lo que me llena es trabajar.

—¿Tu ego cómo ha mutado con los años?

—Mi ego está cada vez peor, insoportable (risas). Debo tener un ego tremendo. Mira, el peor ególatra es el que se cree humilde. Ese soy yo.

foto alejandro balart

LEER MÁS