Un tema inédito para el paseo invernal es salir en busca de las frutas olvidadas, esas cuyos árboles permanecieron casi escondidos y que nadie arrancó pues se les tenía un cariño familiar. No se trata de visitar huertos, sino que, por sorpresa, descubrir desde los caminos rur-urbanos algún frutal que se ofrezca a la vista.

En invierno podemos ver las grandes ramazones —desde Calera a La Cruz— de racimos de paltas, ‘parronales' de chirimoyas, el verdor sereno de los lúcumos, la intimidad amarilla de los papayos asomados sobre los muros de adobe. A la orilla de un canal, sobrecoge la humildad sufriente de los membrillos.

No es solo ver frutales antiguos. También un hallazgo es volver a oler sus perfumes, probar su sabor, re-encontrar sus verdaderos colores.

Todo, casi un juego de niños y grandes. No se necesita ser botánico para reconocer que estos árboles son lúdicos, compañeros de años de historia; sobre todo de la que antecede a la industria frutícola chilena, la que recién apareció tras la primera treintena del siglo XX.

Por eso es que estos frutales sólo se encuentran al fondo de las quintas, en algunos conventos. Por ejemplo, pródigos en especies antiguas son algunos huertos de Huentelauquén/Mincha, encerrados entre muros de piedra (los cármenes). En verano allí se cosechan dulces y coloridas ciruelas. Ahora, hay papayas.

Variedades de peras, casi olvidadas, aparecen entre La Retuca y Colliguay. Los campesinos las distinguen y las nombran: las peras joaquinas, las del buen cristiano, las bergamotas, las portuguesas… Para qué hablar de las manzanas, son muchas: las jabolinas, lucas, camuesas.

Paltos y lúcumos, un enigma

La palta ya es una gran agroindustria. Y aunque la hass y la fuerte (entre 1937 y 1947) desplazaron a las paltas llamadas chilenas, estas “negritas” todavía persisten sobreviviendo o cultivándose entre La Ligua y Peumo. El enigma es su antigüedad. Existe una fuente que fecha la existencia de “selvas de paltos” en las cercanías de Quillota que, se deduce, fueron cultivadas en el siglo XVIII.

También al interior de Petorca se ven algunos árboles centenarios, con frutos morados o azules. Más paltas antiguas hay por callejones de El Monte, Copequén… y, sobre todo, en los alrededores de Peumo, donde se encuentra gran variedad de paltas negras, incluida la “de palo”, cuya primitiva particularidad hace pensar que es fruto muy antiguo. El prestigio que tiene su árbol, la veneración hacia él y todos los elementos etnobotánicos así lo dicen.

Los lúcumos que se ven hacia la entrada de Quillota, desde La Cruz, son inolvidables. Sorprende lo perenne de su color verde oscuro brillante. Basta mirarlos y energizarse; no en vano su fruto tiene vitamina B3 y se comprende que sea un antidepresivo. Fue erradicado, pues es lento para crecer y producir, aunque todo el año da flores y frutas en primavera y otoño.

Variedades más precoces han sido cultivadas en las cercanías de La Ligua y Huentelauquén. Sin embargo, son los árboles solitarios y antiguos los capaces de conectarnos con su apelativo de “oro de los incas”, con el que fue llamado cuando llegó del Perú.

Granadas y papayos

La granada es un tema aparte. Delicada, quebradiza, y agridulce cuando se la come. En Quinta de Tilcoco existen dos árboles espectaculares.

Hasta hace unos años fue un frutal solitario en alguna casa. Ahora, pueden verse en Petorca (Santa Julia) en donde de doméstico devino a cultivo industrial. Esto lo aconsejó la falta de agua: si el palto necesita cientos de litros para sobrevivir, el granado requiere muy poca. Antiguamente, las cáscaras secas de las granadas se guardaban pues son remedio para detener la diarrea infantil y, en los adultos, útil contra la gota.

La chirimoya, nativa de las regiones andinas entre Ecuador y Perú, es otra sobreviviente de nuestros frutos antiguos. Habría llegado (1792) como regalo de un capitán de barco a Santiago Irarrázaval, el marqués de la Pica. En los años 60 aún quedaban troncos de ese árbol al frente de la plaza de Quillota.

En climas suaves, sin heladas, se pueden ver chirimoyos si se viaja por Azapa, La Serena, La Cruz, La Ligua… Son tan bellos. Sin embargo, por competirle su territorio a la palta, que rinde más y da mejor ganancia, fueron desplazados y ahora sólo sobrevivirán si regresan al huerto familiar.

Papayas y membrillos al viajero sensible le llegarán a la vena. Las primeras, porque deben estar abrigaditas, protegidas de los vientos, de la humedad, de las heladas… Es un árbol regalón, doméstico a ultranza. Su amarillo, como el de los membrillos, alude a una riqueza humilde. En la papaya esta se traduce en el confite o el jugo. En el membrillo, el sentimiento es menos tangible: tiene que ver con la infancia y el dulce amoldado. Tiempo atrás, antes de los furgones escolares, se veía a los niños caminando por las calles machucando membrillos en los muros de las casas.

La comercialización a gran escala, el tiempo corto de los transportes y almacenamiento, la premura por vender… han hecho desaparecer ciertas especies. Se valorizan los frutos más vistosos, grandes y resistentes a la maduración; aunque sean menos sabrosos, sin perfume y fuera de época.

A pesar de todo, ahora, saliendo al encuentro de las frutas antiguas, las pioneras, es seguro que las reconoceremos patrimoniales, testigos de un tiempo feliz en que se vivía dentro de una escala económica más justa y jugosa, además de fragante.

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