No se siente un rockstar, sino que un “aspirante a cuecastar”, responde al preguntarle cómo enfrenta la fama en estos meses en que el boom del eclipse solar del 2 de julio está copando la agenda.

La discreción parece ser una de las características de este Premio Nacional de Ciencias Exactas, quien no percibe que, a medida que avanza por la concurrida calle José Victorino Lastarria (donde acordamos reunirnos para esta entrevista), más de una persona se da vuelta y comenta: “Es el astrónomo de los eclipses”.

Esa relativa popularidad lo tiene sin cuidado, asegura Mario Hamuy, hijo del diputado DC de quien heredó su nombre y quien muriera en 2011.

Autor de varios libros, lleva a la caza de las supernovas por más de tres décadas, después de enamorarse de ellas a primera vista y a través de uno de los telescopios del cerro Tololo, cuando tenía recién 27 años. Había llegado en 1987 a trabajar a ese observatorio astronómico en el norte con solo un bolso de tenis, un par de raquetas y muy poca ropa.

Desde entonces no paró más su relación con las supernovas, porque por coincidencia dos días antes de ingresar al Tololo explotó una estrella que era la más brillante en cuatro siglos.

El entonces joven astrofísico no podía creer que le llegara ese regalo caído del cielo y permaneció varios meses auscultando cada detalle de la supernova, sin pensar que décadas después esos estudios serían el inicio para comprobar la expansión acelerada del universo, teoría que le significó a su colega Brian Schmidt el Premio Nobel de Física en 2011.

Desde niño, el espacio fue su gran curiosidad y el contexto internacional desatado por la carrera entre la Unión Soviética y Estados Unidos por llegar a la Luna, hace casi 50 años, determinaron la vida y pasión de Mario Hamuy, quien en un televisor blanco y negro siguió la misión del Apolo 11 y la llegada del hombre a la Luna.

—¿Cómo te proyectas en el futuro?

—Estoy a punto de cumplir 60 años, por lo que proyecciones de largo plazo no son pertinentes.

—¿Por qué no? Hoy vivimos más tiempo.

—No, hay que ser realista. Me imagino de aquí a un par de años publicando un nuevo libro de divulgación científica. El último, “El sol negro”, se lanzó a comienzos de junio por razones muy circunstanciales, ya que estamos ad portas del eclipse del 2019 y del 2020 en el sur de Chile. Muy democrática la Luna, nos regala un eclipse en el norte y otro en el sur.

—A propósito, ¿cuál es el mejor punto para ver el eclipse del 2 de julio?

—Hay distintas variables para elegir un buen punto de observación para un cazador de eclipses: su duración, la meteorología y que a la hora del eclipse no hayan obstáculos de cerros topográficos. Así que habiendo hecho un análisis muy detallado a lo largo de la Panamericana Norte, durante marzo pasado y habiendo visto los datos históricos meteorológicos para ese territorio, mi conclusión es que Incahuasi reúne las mejores condiciones.

Este eclipse está generando mucho impacto, pero no será el mismo que tuvo el cometa Halley, bajo la manipulación mediática de Francisco Javier Cuadra.

—Este fenómeno convocará a una gran masa de ciudadanos, tanto de Chile como del extranjero a las regiones de Atacama y Coquimbo. Pero, a diferencia del Halley, que lo podrías haber observado desde Arica a Punta Arenas, aquí el fenómeno está concentrado territorialmente y acotado a una franja de 150 km durante solo 2 minutos, lo que lo hace más emocionante. En cambio, el cometa Halley se paseó por la Tierra durante varios meses, entre fines de 1985 y comienzo de 1986.

—Cuando empezaste a estudiar astronomía, ¿admirabas a Carl Sagan, el conductor del programa “Cosmos”?

—Claro, fui un fiel admirador de Carl Sagan en los 80 y como en esa década no había tanta oferta de divulgación científica por la TV, sagradamente esperaba la emisión de esta serie que resultó muy inspiradora para mi profesión.

—Sagan afirmaba que el estudio del universo es un viaje al autodescubrimiento.

—Sí, absolutamente. Así lo siento, porque ahora en retrospectiva me doy cuenta de que me metí a la astronomía como una manera de autodescubrirme, en mis orígenes cósmicos, en mis orígenes físicos, atómicos, materiales. Pero también tratando de buscarle una explicación más profunda a la razón por la cual estamos aquí en la Tierra.

—Cuando pequeño fantaseabas con ver un OVNI y conocer un extraterrestre. ¿Lo sigues esperando?

—Sin duda que la pregunta de si existe vida más allá de las fronteras de la Tierra sigue siendo una pregunta permanente y fundamental y esencial de la humanidad, y la comunidad astronómica la ha abrazado fuertemente y se han ido desarrollando telescopios espaciales específicos para la búsqueda de vida extraterrestre. Yo sueño con poder ver de aquí a unos 20 años si es que hay al menos formas de vida, aunque no sean inteligentes, pero alguna expresión de vida en otros lugares del universo.

—¿Qué capacidad de alcance deberían tener esos telescopios espaciales para determinar si existe vida fuera de la Tierra?

—En la próxima década del 2020 van a llegar a Chile dos telescopios gigantes: el gran gigante en Pranayana, de 24 metros en cuanto al diámetro del espejo, y el extremadamente grande europeo de 38 metros. El más grande en Chile tiene poco más de 8 metros, por lo que pasar de 8 a 38 metros es como un factor cinco en diámetro, pero en área es 25.

—¿Qué significa?

—Es decir el telescopio de 38 metros recolectará 25 veces más de luz. Así podremos comenzar a analizar los llamados exoplanetas en el sistema solar o estudiar esa delgadita piel que tienen los planetas en su alrededor que son las atmósferas. Será un desafío tecnológico épico. Y en ese momento es cuando los telescopios tendrán un rol clave: poder analizar la composición de estas atmósferas. Si hay actividad biológica se manifestará a través de la composición de los gases de esos planetas. El oxígeno que tú respiras no es el resultado natural de un planeta como la Tierra, si no tuviera vida. El oxígeno lo producen las algas en el mar. Entonces, el hecho de tener una composición alta en oxígeno en nuestra atmósfera es evidencia de que hay actividad biológica.

—En 2018 la NASA publicó un artículo que daba cuenta de que la Tierra podría haber sido visitada por extraterrestres.

—No, no creo en esas teorías conspirativas para nada. Son solo buenas excusas para Hollywood.

“He cambiado mucho”

—¿Te gustaría viajar al pasado y encontrarte con tu padre? ¿Qué le preguntarías?

—Sin duda, me gustaría tener la experiencia de viajar en el tiempo al pasado y me encantaría conocer el Valle de El Mapocho antes de la llegada de los españoles para ver cómo era ese lugar prístino sin contaminación. Ahora si tuviera la posibilidad de conversar con mi padre, me gustaría preguntarle qué opina sobre lo que estoy haciendo; qué le parece esta nueva faceta que me tocó desarrollar; qué siente, qué piensa de este hijo que inesperadamente dejó el mundo académico para acercarse al mundo que a él le apasionaba. Eso ni lo sospechaba en 2011 cuando nos dejó.

—¿Por qué lo piensas? ¿Crees que no estaría orgulloso?

—Es que yo he cambiado mucho. Hace ocho años atrás cuando él falleció yo era un académico de tomo y lomo. Él valoraba mucho mi trabajo científico y todas mis contribuciones, incluso alcanzó a leer “Supernovas: El explosivo final de una estrella”, mi primer libro de divulgación astronómica que publiqué en 2008 y se lo leyó con total detalle y descubrió el único error tipográfico. Siempre me decía: “Tú tienes que dedicarte siempre a la investigación”.

—¿Te gustaría involucrarte en la política y seguir la ruta de tu padre, siendo diputado?

—No lo tengo para nada contemplado. Sí me gusta la política pública y valoro mucho mi paso por Conicyt. Hay muy pocos investigadores del mundo académico que se han metido al barro y han tenido que arremangarse la camisa para construir política pública en ciencia, tecnología e innovación. Haber tenido la posibilidad de pasar al otro lado de la mesa, desde el usuario a la agencia que financia la investigación, fue una tremenda escuela que me permitió empezar a pensar fuera de la caja.

—Entonces, ¿por qué renunciaste?

—A mí me pidieron en marzo de 2016 que trabajara en diseñar el proyecto de ley para la declaración de un Ministerio de Ciencias y que además acompañara ese proceso legislativo. La meta que me puso la Presidenta Bachelet fue que el proyecto lo sacáramos durante su gobierno. Volqué todas mis energías en aquello y estuvimos muy cerca de que ese deseo se cumpliera antes del fin de su mandato. Pero no ocurrió y el proyecto quedó prácticamente aprobado. En ese momento hice la reflexión de qué era lo mejor para el país y decidí finalmente permanecer en Conicyt hasta publicar la ley en el Diario Oficial.

—Planteaste que ojalá este ministerio no viniera con un freno de mano de parte del actual Gobierno. ¿Has advertido un cambio hasta ahora?

—Me gustaría creer que lo que se dice en el discurso efectivamente se condice con la realidad, así es que démosle un tiempo al ministro de Ciencias (Andrés Couve). Todavía es muy prematuro emitir un juicio, prefiero esperar a que el ministro y el Gobierno hayan echado andar el ministerio. Hay que recordar que hoy hay ministro pero no hay ministerio.

—¿Hasta cuándo sería lo sensato esperar?

—Lo que espera la comunidad científica es que el ministerio parta a fines de este año o comienzos del próximo y no a fines del siglo.

—¿Qué piensas de las Becas Chile, que han permitido a muchos jóvenes irse a estudiar afuera?

—Becas Chile ha operado desde hace casi 10 años por la libre demanda del investigador. Es decir, los jóvenes que querían ir a estudiar al extranjero podían elegir cualquier tema que estimaran interesante y eso es irresponsable desde el punto de vista de parte del Estado. No hubo un diseño preestablecido antes de echar a andar el instrumento.

—Si no hubieras sido astrofísico, ¿qué hubieras estudiado?

—Me habría gustado probablemente ser arqueólogo, investigar en nuestra historia, buscando vestigios de nuestros antepasados.

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