esde 1794, de una forma u otra, se iniciaron las guerras de independencia en América Latina. Francisco de Miranda, el dirigente venezolano, fue apoyado por Pitt y, más directamente, por el mismo tío de Cochrane, Alexander, cuando se encontraba al mando del escuadrón de las Islas Occidentales. Con la derrota de Miranda en 1812 y su posterior prisión en España, el liderazgo de la lucha pasó a Simón Bolívar. En 1815 se despachó un poderoso ejército español, al mando del General Morillo, para detener la amenaza de Bolívar y los insurgentes. Inicialmente los españoles tuvieron éxito, rechazando a los rebeldes y forzando la huida de Bolívar a Jamaica. Pero en menos de un año Bolívar regresó, saliendo de Trinidad para la costa norte de Sudamérica y llevando a sus ejércitos de triunfo en triunfo por todas partes. Bajo su mando se logró la independencia de Colombia y Bolivia.

El problema esencial de las guerras sudamericanas era ampliamente conocido. El ejército español no podía controlar efectivamente las zonas interiores de ese gran continente, que quedaban en manos de los insurgentes, y podían atacar cuando lo decidieran. Pero la flota española tenía el control del mar y era capaz de abastecer y apoyar las guarniciones costeras más importantes, como El Callao o Valdivia. Mientras esta situación se mantuviera sería difícil culminar la independencia.

En la costa del Pacífico esta situación queda muy clara con respecto a Chile y Perú. Ambos países tenían extensos bordes costeros con guarniciones españolas apoyadas desde el mar; y los buques de guerra se desplazaban más rápido que los ejércitos terrestres usando caminos muy precarios. Los españoles se mantenían en Perú por medio de una poderosa guarnición en Lima, reforzada con la base naval de El Callao a pocas millas de distancia. Sólo en Chile hubo intentos serios de independencia al oeste de los Andes.

Estos movimientos independentistas fueron iniciativas tanto de los descendientes europeos como de los nativos sudamericanos. En Chile comenzaron en 1810 bajo el liderazgo de Bernardo O'Higgins, cuyo padre irlandés había sido Virrey español del Perú. En 1814, O'Higgins y su ejército enfrentaban a los españoles, por una parte y, por la otra, al sector patriota de los hermanos Carrera. En el otoño de ese año los hermanos Carrera retiraron su apoyo a O'Higgins, lo que llevó a la derrota de O'Higgins por los españoles. Él y los sobrevivientes se encerraron en el pueblo de Rancagua, una población a los pies de los Andes. Siguió una memorable batalla de dos días, luchando casa por casa contra el poderoso ejército español, hasta que el pequeño grupo de sobrevivientes —incluso O'Higgins herido—, intentó la última carga. Al momento que la resistencia estaba por colapsar, O'Higgins formó una falange con los que aún vivían y cargó contra los españoles, logrando atravesar las líneas enemigas. Él y sus hombres escaparon y escoltaron a una columna de refugiados, mujeres, niños y ancianos, que cruzaron los Andes hacia la relativa seguridad de Mendoza, 200 millas tierra adentro de Valparaíso.

Los dramáticos y cinematográficos sucesos de Rancagua llamaron la atención en Europa sobre la situación de Chile. En 1817, O'Higgins y José de San Martín derrotaron a los españoles en Chacabuco, a treinta millas de Santiago, y ocuparon la capital. Se nombró a O'Higgins director de la nueva República. Sin embargo, la independencia de Chile sería una mera ilusión mientras la flota y las guarniciones españolas mantuvieran su poder. Por esta razón se envió a José Álvarez a Londres, en busca de recursos financieros y materiales. Luego de ser recibido con entusiasmo por Burdett y sus partidarios, se reunió con Cochrane y le ofreció el gran comando.

En agosto de 1818 Cochrane y Kitty estaban en Boulogne, preparando el viaje a Valparaíso vía Santa Helena. La idea era viajar en el buque a vapor Rising Star, que se construía en Deptford para la marina chilena. Cochrane le había encomendado a su hermano William que recaudara £20.000 para la construcción del buque. Por supuesto existían buques a vapor desde los tiempos del Comet en 1812. Pero la aparición de un buque a vapor de guerra en las costas del Pacífico estaba calculada para atemorizar a los capitanes de la flota española, en la medida que llegara a la zona lo antes posible.

A pesar de todo, los trabajos en el Rising Star iban muy lento. A solicitud urgente de los chilenos, Cochrane y su mujer embarcaron en Boulogne el 15 de agosto en el Rose, un buque a vela convencional. En la primera parte del viaje, según recordaba Kitty, se daba por hecho que “nos dirigíamos a Santa Helena para solicitar una entrevista con Su Majestad y conocer su opinión para asumir el trono de Sudamérica”. Los representantes chilenos a bordo del Rose no tenían inconveniente para seguir esta ruta. Sin embargo, al cruzar el Atlántico se recibieron noticias que el ejército español se estaba preparando en el sur para emprender un nuevo ataque desde Valdivia. Ya no era posible desviarse a Santa Helena pues el capitán tenía órdenes de continuar directamente a Valparaíso. Cochrane no puso objeciones, ya que su sueño napoleónico resultaba imposible si se restablecía el control español en Chile. Pospuso su gran plan, pero no lo abandonó.

La costa salvaje de Tierra del Fuego, las colonias de pingüinos y los albatros planeando sobre la nave, le ofrecieron a Cochrane nuevas distracciones mientras el Rose luchaba por cruzar el Cabo de Hornos contra un constante viento del oeste. Llovía intensamente y las ráfagas de nieve oscurecían las desoladas rocas del Cabo. El viento cambió después de tres días y el Rose logró cruzar el Cabo de Hornos. La nieve y el hielo dieron paso a una amable calma, mar y montañas que sugerían las tierras de Highlands en Escocia. En fin, el 28 de noviembre desembarcaron en el suave y nublado clima de Valparaíso.

En esa etapa de su desarrollo, Valparaíso consistía en unos edificios en semicírculo, siguiendo el contorno de la bahía, construidos en el angosto espacio de tierra entre el mar y los cerros. Por su proximidad a Santiago, la capital, era el más importante y cosmopolita de los puertos chilenos. Existía una gran colonia inglesa, incluyendo comerciantes, mercenarios y oficiales de varias naves de la Marina Real. El H.M.S. Andromachey el H.M.S. Blossom formaron equipos rivales de cricket, encontrando un sitio suficientemente largo y plano en un promontorio junto al Pacífico. Se fundó un club de cricket que aceptaba compartir el lugar con periódicas carreras de caballo. El club se reunía dos veces a la semana para cenar en una carpa. Aunque Cochrane no destacaba en el cricket, la sociedad chilena lo aceptó rápidamente. Entre los oficiales de la Marina Real, en general, era muy admirado en los rangos bajos y, como es de suponer, se lo miraba con desconfianza entre los de mayor antigüedad'.

Picnics y paseos campestres, grandes bailes y recepciones en Santiago o Valparaíso, hicieron agradable la estadía. John Miller, el hermano del comandante mercenario de la marina chilena, recuerda que “las dos belles que presidían eran Lady Cochrane y la señora del Comodoro Blanco, ambas jóvenes, fascinantes y muy agraciadas”. Los ingleses quedaron muy impresionados con la belleza de las mulatas, con su abundante pelo negro cayendo en sus espaldas “adornado con jazmines y otras flores”. En las calurosas tardes del Pacífico las jovencitas se colocaban capullos de jazmín en el pelo “que al paso de las horas se abrían dando la apariencia de una peluca de tupido polvo”.

El Gobernador de Valparaíso y otros personajes ofrecieron cenas y recepciones en honor de Cochrane. Según recuerda William Miller, el Día de San Andrés Cochrane devolvió los cumplidos con un banquete que presidió vestido de gran jefe escocés.

“A las extraordinarias aclamaciones le siguieron brindis de notable entusiasmo con un vino extraordinario. Nadie escapó de su alegre influencia. Se eligió a San Andrés como el patrón del santo champaña y muchas aventuras curiosas de esa noche van a ser recordadas como buenas anécdotas”.

Establecidas las buenas relaciones, Cochrane se ocupó de los asuntos de la guerra. El Comodoro chileno Blanco Encalada renunció su mando a favor de Cochrane, que ahora fue nombrado “Vicealmirante de Chile y Comandante en Jefe de las Fuerzas Navales de la República”. Estas fuerzas consistían en siete naves, algunas capturadas a los españoles y otras compradas en Inglaterra. La nave insignia, característicamente llamada O'Higgins, era una nave de 50 cañones tomada a los españoles. La San Martín y la Lautaro eran antiguas naves de la East India Company de 56 y 44 cañones respectivamente. Las otras cuatro embarcaciones menores –el Galvarino, el Chacabuco, el Araucano y el Puyrredon–, tenían entre 14 y 20 cañones cada una. El Galvarino había sido anteriormente el H.M.S. Hecate, una goleta de 18 cañones. Los capitanes Guise y Spry la compraron a la marina inglesa y la trajeron a Valparaíso para venderla a los chilenos. Estos dos oficiales, comprometidos anticipadamente con empleos en Chile, fueron los peores enemigos de Cochrane durante toda la guerra. Su simple y directo eslogan era “dos comodoros; en ningún caso Cochrane”. Pronto adhirió a ellos el capitán Worcester, un norteamericano que también estaba contratado por la marina chilena.

Contra las fuerzas de Cochrane los españoles reunían catorce naves y veintiocho botes cañoneros. La más formidable de estas embarcaciones era la fragata Esmeralda de 44 cañones. En cualquier circunstancia normal habría sido el objetivo central para Cochrane, pero esa no era su preocupación por ahora.

Decidió comenzar amenazando a los españoles con una navegación hacia el norte, por la costa del Perú. Su destino era la fortaleza de El Callao, la llave de la cercana capital de Lima. Llevó sus cuatro naves más poderosas: el O'Higgins, el San Martín, la Lautaro y la Chacabuco. Muchos miembros de la tripulación eran mercenarios europeos o norteamericanos, pero también incluía una camada de conscriptos chilenos; entre ellos a José de San Martín, un antiguo jefe de bandidos que marchó directo de la cárcel a bordo. Compartía el mismo nombre y disposición que el Comandante del ejército chileno.

Lo más alarmante fue un incidente que involucró a Tom Cochrane, niño de cinco años y su heredero. Luego de despedirse de su marido, Kitty volvió a tierra en el último bote del O'Higgins y se sumó a las personas que los despedían desde la orilla. Para su consternación vio un tumulto de ciudadanos que escoltaban a la playa a los últimos miembros de la tripulación subiéndose al bote con el pequeño Thomas Cochrane sobre sus hombros y gritando “¡Viva la Patria!”. Antes que pudiera alcanzarlo, el niño y los tripulantes ya estaban remando hacia el buque listo para zarpar. Cochrane no tuvo otra alternativa que llevarse al niño. Los marinos confeccionaron la ropa para el pequeño guardiamarina.

El ataque al Callao tuvo poca importancia. Cochrane descubrió que las dos fragatas españolas más poderosas, la Esmeralda y la Venganza, estaban ancladas y decidió abordarlas y capturarlas. El O'Higgins y el Lautaro entrarían enarbolando la bandera de Estados Unidos, capturando las fragatas antes que se descubriera el engaño. Lamentablemente, Callao y sus alrededores estaban cubiertos por la neblina, de modo que resultó imposible atacar. Cochrane tuvo que limitarse a capturar un bote cañonero y su tripulación. Entonces se levantó la neblina, quedando al descubierto que el O'Higgins y el Lautaro flotaban tranquilamente al alcance de las poderosas baterías del Callao.

El Lautaro pudo alejarse, dejando a Cochrane en el O'Higgins enfrentado al poder combinado de los 160 cañones de tierra y 350 cañones más de las naves españolas ancladas circunvalando la bahía. Durante el combate la primera preocupación fue para su hijo, encerrado por precaución en la cabina de popa. Pero el niño no tenía intención de perderse la aventura y de algún modo escapó, trepando por los ventanales de la galería de popa mientras los disparos del Callao bombardeaban la nave. Para desesperación de su padre apareció en la toldilla durante la acción. Cochrane no tuvo tiempo de preocuparse de él, pero el niño decidió ayudar acarreando pólvora a los artilleros de la toldilla. En esos momentos la bala de un cañón español cruzó la cubierta y le arrancó la cabeza a un marino al lado de él. Cochrane, convencido que su hijo había sido impactado, quedó paralizado. Aunque el cerebro desparramado del hombre muerto le golpeó la cara, el niño corrió sano y salvo gritando: “No estoy herido papá; la bala no me alcanzó. Jack dice que no se ha hecho la bala que mate al hijo de mamá”.

Cochrane ordenó que llevaran abajo a su hijo, pero opuso tal resistencia que se abandonó el intento. El O'Higgins salió indemne del enfrentamiento, salvo por daños menores en las jarcias. Cochrane puso rumbo a alta mar y desembarcó en la cercana isla de San Lorenzo, tomando prisioneros a los ocupantes españoles y liberando a treinta y siete soldados chilenos que habían permanecido ocho años encadenados. “Es difícil concebir el júbilo de estos pobres hombres al ser liberados después de haber perdido toda esperanza”, recordaba Cochrane.

Luego comenzó el bloqueo del Callao, ofreciendo intercambio de prisioneros. En el curso de estas negociaciones, bajo bandera de tregua, el Virrey español de Perú, don Joaquín de la Pezuela, le reprochó que un noble británico se hubiese unido a una armada rebelde. “Un noble británico es un hombre libre”, le contestó Cochrane secamente y, en consecuencia, “tiene el derecho de unirse a cualquier país comprometido con restablecer los derechos de la humanidad agraviada”. Agregó que el Duque de San Carlos, embajador español en Londres, le había ofrecido en nombre de Fernando VII el mando de la flota española. Lo rehusó y prefirió unirse a los chilenos. A medida que las noticias se extendían entre las tripulaciones del Callao, dejando claro quién era el adversario, se reavivaron los recuerdos del Speedy y la guerra mediterránea de 1801-1808. Cochrane se enteró que le pusieron un sobrenombre que no era un halago, pero a él le complacía: “el Diablo”. Más de doscientos años atrás, Sir Francis Drake asaltó el Callao y se ganó el título de “el Dragón”. Con posterioridad a la muerte de Cochrane, su hijo Thomas escribió: “Drake el Dragón y Cochrane el Diablo fueron hombres igualmente odiados y castigados por los malos españoles”.

En junio de 1819, antes de regresar a Valparaíso, había dedicado su navegación de seis meses a asaltar los depósitos costeros españoles, capturar los fondos para pagar las tropas españolas e interceptar naves en el mar. En Huacho, la guarnición española le disparó algunas salvas y luego se retiró, dejando los aprovisionamientos abandonados. La fama de Cochrane se divulgó crecientemente por toda la costa, al punto que sus enemigos por lo general ni se atrevían a enfrentarlo. Sus infantes de marina desembarcaron en Patavilca, tomando 70.000 dólares del tesoro español. Cinco días después abordó la goleta Gazelle y tomó 60.000 dólares más. El 16 de junio el O´Higgins ancló en Valparaíso y Cochrane recibió la bienvenido de un héroe.

Las naves entraron a reparaciones luego del largo crucero. No fue hasta septiembre que Cochrane regresó al Callao. Desde su primer ataque los españoles construyeron una barrera defensiva cruzando la bahía, lo suficientemente robusta como para requerir un buque explosivo si se la quería destruir. Cochrane se limitó a atacar el puerto usando cohetes y naves incendiarias. Luego se concentró en el plan para su más formidable iniciativa.

Así como El Callao era la más grande base española al norte de Valparaíso, Valdivia constituía el más poderoso centro militar en el sur. Los ingleses que lo conocían pensaban que era el equivalente a Gibraltar en las costas del Pacífico Sudamericano. También estaba más cerca de Valparaíso que el mismo Callao. Si la naciente república de O'Higgins iba a ser destruida, los golpes sobre Santiago vendrían probablemente de un ejército español con base en Valdivia.

Existía una razón urgente para tomar medidas espectaculares contra España. Aunque la republica chilena compró una corbeta norteamericana de 28 cañones —la Independencia—, desde la llegada de Cochrane nada se estaba haciendo para equipar la flota. Cochrane había ofrecido entregar todas sus remuneraciones para que se invirtieran en cohetes de ataque contra los puertos españoles. La oferta se rechazó, pero se ahorró el dinero para la fabricación de cohetes usando la mano de obra de los prisioneros españoles. La consecuencia de esto —tal como lo descubrió Cochrane ante El Callao—, fue que muchos de los cohetes resultaron completamente inefectivos. En casi todos los aspectos la flota de la nueva república estaba mal equipada. Una victoria dramática sobre los españoles en el mar convencería a O'Higgins y San Martin del poder que les ofrecía la pequeña flota.

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(Continúa en la página 18)

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