Dada la incipiente senectud de Luis Arteaga, el obsesivo ultramontanismo de Erasmo Escala, y las tácticas primitivas de Manuel Baquedano, uno podría preguntarse, ¿cómo Chile venció a Perú y Bolivia? Algunos cínicos podrían sugerir que las fuerzas de Aníbal Pinto y Domingo Santa María ganaron porque sus enemigos no eran aptos para la guerra, que el castillo de naipes militar de los aliados colapsó bajo el peso de la incompetencia acumulada de peruanos y bolivianos. Esa respuesta, sin embargo, pasa por alto la realidad.

No todas las unidades aliadas tuvieron un pobre desempeño en el campo de batalla. Dependiendo de la batalla, si bien algunos contingentes se dieron a la fuga, otros pelearon con tenacidad. Los batallones Victoria y Dalence de Bolivia resistieron con firmeza a los chilenos en Pisagua y Dolores, respectivamente. De igual forma, a mediados de 1880, los Colorados y los Amarillos de Bolivia prefirieron inmolarse en las llanuras de Campo de Alianza en vez de replegarse. Lo mismo hicieron el batallón Zepita y la columna de Artesanos de Perú, que defendieron Tacna, la guarnición de Arica, y muchos de los elementos que defendían Lima.

Dicho simplemente, algunas unidades peruanas y bolivianas a menudo se negaron a capitular. Entonces, ¿por qué fracasaron los ejércitos de Perú y Bolivia?

Por desgracia para ellos, los ejércitos aliados sufrieron de una escasez crónica de líderes idóneos. Este problema empezó a principios de 1879, cuando los altos mandos bolivianos y peruanos tuvieron que asignar a algunos de sus oficiales y suboficiales más experimentados para dotar de personal al recién formado Ejército del Sur peruano o, en el caso de Bolivia, los soldados reclutados para retomar su litoral. Desafortunadamente, el problema de personal empeoró: la fallida defensa de Pisagua, Tarapacá, Tacna y Arica consumió tantos oficiales superiores y suboficiales aliados que su pérdida degradó la calidad de las Fuerzas Armadas de Perú y Bolivia.

En resumen, casi desde el inicio del conflicto, los militares aliados empezaron a desangrarse hasta morir: cada derrota o, aun, su única victoria consumió tantos oficiales —un general y siete oficiales superiores peruanos murieron en Tarapacá— que los aliados cada vez dependían más de oficiales novatos, suboficiales y reclutas enrolados hace poco tiempo. Dada la falta de oficiales competentes, lo que sorprende no es que los recién creados contingentes aliados se dieran a la fuga, sino que tantos resistieran durante tanto tiempo. Independiente de que actuaran por orgullo, temor, rabia o patriotismo, algunas unidades continuaron resistiendo a los chilenos aun después de que era evidente que la guerra había terminado.

Por consiguiente, atribuir la victoria de Chile solo a la ineptitud de los aliados menosprecia de manera injusta la resistencia de héroes como el coronel Francisco Bolognesi, el general Andrés Cáceres y el almirante Miguel Grau, de innumerables oficiales y suboficiales desconocidos, y de miles de soldados rasos y montoneros que resistieron con tenacidad el poderío de Chile. También menosprecia los esfuerzos de Santiago por derrotar a estos hombres. Aun así, si ambos lados lucharon bien, ¿por qué triunfaron los chilenos?

Chile derrotó a sus enemigos gracias a su ubicación geográfica, su infraestructura civil superior y sus instituciones políticas –que lograron funcionar aun durante el estrés de la guerra– y, más importante, las habilidades intelectuales y la experiencia práctica de su cuerpo de oficiales. La ubicación geográfica de Chile contribuyó enormemente a su victoria. El acceso de Santiago al estrecho de Magallanes facilitó su importación de armamentos, vestuario y equipamiento militar. En 1879 y 1880 los ministros de Aníbal Pinto compraron más de cuarenta mil rifles, treinta y seis ametralladoras y setenta y ocho piezas de artillería, la mayoría de Krupp, material que Chile necesitaba para derrotar a los aliados. En cambio, cuando los buques de Miguel Grau dominaban las rutas marítimas, el proceso de abastecimiento de Perú no solo fue más complicado que el chileno sino que, también, dependía de la buena voluntad de las autoridades colombianas para enviar equipamiento bélico a través del istmo de Panamá. Por supuesto, después de la captura del Huáscar en Punta Angamos en octubre de 1879, el control de Santiago del Pacífico sur oriental obstaculizó drásticamente los esfuerzos de abastecimiento de Perú.

Al conectar Santiago con el sur del país y luego con Valparaíso, el sistema ferroviario chileno facilitó la concentración de hombres y suministros y su traslado a los campos de batalla en el norte. En cambio, la principal línea férrea de Perú terminaba en Chicla, lejos de algunas de las regiones más pobladas de la nación. Y, aunque la línea férrea de Mollendo a Arequipa llegaba a las regiones más pobladas de Arequipa y Puno, no necesariamente mejoraba los esfuerzos bélicos. El gobierno no tenía las instalaciones para entrenar o equipar a los oficiales, suboficiales y reclutas que llegaron a Mollendo, sobre todo cuando la flota chilena obtuvo la supremacía naval. Como observó con ingenio un autor peruano:

«La situación defensiva se tornó tan absurda, que militarmente quedábamos a merced del que dominara el mar, pues los ferrocarriles empezaban allí».

Está claro que la estabilidad interna de Chile contribuyó enormemente a su éxito militar. Y también la falta de orden perjudicó el esfuerzo aliado. De los aliados, Bolivia aparecía como el menos estable, con solo dieciocho años de calma política entre 1826 y 1879. El visitante inglés Edward Mathews observó:

«La mejor forma de describir la política en Bolivia es puramente personal, ya que los diferentes partidos políticos parecen surgir, cambiar y morir según corresponda a medida que un líder ambicioso pasa al frente y luego es reemplazado por un hombre más nuevo».

Bolivia vivía en tal estado de inestabilidad que su capital, observó un boliviano, «es el lomo del caballo que monta el Presidente de la República».

Perú sufría de la misma aflicción. Tan solo durante la presidencia de Manuel Pardo (1872-1876) Lima soportó nueve golpes de Estado. El sucesor del presidente Manuel Pardo, Mariano Prado (1876-1879), no solo no logró restaurar la tranquilidad sino que su imprevista renuncia sumergió a la nación en un torbellino de agitación durante el cual cinco hombres distintos se disputaron febrilmente el poder. En cambio, en los casi cincuenta años después de 1830, solo dos guerras civiles, la última en 1859, agitaron a Chile.

La misma falta de orden que impidió la creación y perpetuación de instituciones políticas estables, también dañó a las Fuerzas Armadas de los aliados. Solo en 1877, por primera vez en diez años, el Colegio Militar de Perú graduó algunos oficiales subalternos. Eliodoro Camacho, que había visto colegios militares europeos en operación, lamentó que Bolivia careciera de instituciones similares, condición que un oficial retirado atribuía a «el estado convulsivo en que vivió siempre el país, debido a las rencillas de ambición o de partido». De ahí que muchos bolivianos y peruanos, sin acceso a un entrenamiento formal llegaran a ser oficiales, tal como lo hacen muchos predicadores autoinvestidos: respondieron al llamado de una fuerza interior o divina. Además, al destruir la cadena de mando de las Fuerzas Armadas, los constantes pronunciamientos y la anarquía interna fracturaron la integridad de la jerarquía militar. Consecuentemente, las Fuerzas Armadas peruanas y bolivianas que emergieron de estos conflictos internos crónicos, parecían consistir en un caótico revoltijo de oficiales que obtuvieron sus cargos, nombramientos y promociones, no por antigüedad o mérito sino que por participar en los incontables golpes o guerras civiles de sus naciones. Estas luchas internas también consumieron los activos militares, lo que obligó a los ejércitos aliados a iniciar la guerra empleando armas rescatadas de los campos de batallas domésticos.

Debido a que Chile se libró en gran medida del torbellino de la agitación civil, sus Fuerzas Armadas no se transformaron en una fuerza que competía por la supremacía política. Esto no significa que el cuerpo de oficiales de Chile se abstuviera de solicitar favores a sus aliados políticos. Vimos, por ejemplo, que el almirante Williams Rebolledo utilizó sus conexiones políticas para conservar su mando. Pero los oficiales chilenos no ganaban sus rangos o promociones fomentando o aplastando los cuartelazos. En la década de 1870 la mayoría de los cuerpos de oficiales había estudiado en la Escuela Militar de Chile que, a pesar de sus limitaciones, proporcionaba a sus graduados por lo menos algún conocimiento de su oficio.

La graduación tampoco marcaba el final de la formación profesional. Y ya en la década de 1850, el alto mando del Ejército insistía en que sus oficiales asistieran a una serie de miniseminarios militares a nivel de unidades, donde practicaban juegos de guerra. Algunos oficiales de alto rango trataron de reformar el entrenamiento incorporando manuales técnicos nuevos, entre ellos algunos escritos por europeos. Además, los oficiales del Ejército tenían amplias oportunidades de ejercer su profesión en la frontera indígena. Luchar con los araucanos —que claramente no era una tarea para los pusilánimes— podía no educar a un oficial para dirigir una batalla convencional; sin embargo, daba experiencia en combates. Y en 1878 el Ejército había promulgado un conjunto de reglamentos que establecían los criterios para promoción basados en antigüedad y mérito.

En forma similar, la Armada chilena superó a la flota de Perú gracias a la calidad de su personal. La mayoría de los oficiales navales asistieron a la Escuela Naval; y no pocos sirvieron en flotillas extranjeras, entre ellas la famosa Royal Navy. Una vez que el gobierno extirpó la madera muerta, como el hipocondríaco Williams Rebolledo y el alcohólico Enrique Simpson, Galvarino Riveros y una hueste de oficiales subalternos bien entrenados sacaron rápidamente a los peruanos de las rutas marítimas. En cambio, en el lado peruano, la mayor parte de los oficiales navales del país, comandados por «viejos marineros», carecían de entrenamiento formal o, gracias a la miseria y temor del gobierno, de suficiente experiencia práctica.

A diferencia de Perú, el gobierno chileno podía confiar lo suficiente en su Armada como para no tener que esconder partes cruciales de las máquinas para prevenir que oficiales insubordinados usaran los buques para apoyar una rebelión. En síntesis, Chile comenzó la Guerra del Pacífico con un cuerpo de oficiales más pequeño, pero con mejor formación al mando de un cuadro de suboficiales profesionales, soldados rasos y marineros. Por supuesto, al final las Fuerzas Armadas superiores de Chile derrotaron a sus enemigos.

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