La oficial Erin Talbot y el entonces vicepresidente de Estados Unidos Joe Biden, durante el discurso de graduación en la Academia de la Guardia Costera de Estados Unidos en New London, Connecticut, en 2013 Credit Jessica Hill/Associated Press

El exvicepresidente de Estados Unidos y posible candidato demócrata a la presidencia Joe Biden dio a conocer un video el 3 de abril sobre la importancia del espacio personal. “Las normas sociales han comenzado a cambiar”, comentó.

Así, Biden intentó responder a las acusaciones hechas por dos mujeres a quienes hizo sentir incómodas al acercarse y tocar demasiado.

En la década de los 60, el antropólogo estadounidense Edward Hall explicó las bases del espacio social, a partir de trabajo de campo en Europa, Asia y otros lugares.

Todos reservamos a nuestro alrededor una zona de casi 46 centímetros —el científico lo llama “espacio íntimo”— para los amigos cercanos y la familia. “El espacio personal”, de 46 centímetros a poco más de 1 metro, es apto para los conocidos y los colegas. Por último, el “espacio social”, de 1 a casi 4 metros, es la órbita apropiada para los extraños o los nuevos colegas.

Estas zonas parecen estar integradas en el cerebro que marca la seguridad espacial. Algunas regiones cerebrales como la amígdala, que registra amenazas, se activan automáticamente cuando alguien cruza nuestros límites.

Esas zonas son promedios y varían con cada persona, cultura y, probablemente, en distintas generaciones. En algunos países sudamericanos, como Argentina y Perú, se permite que los extraños se acerquen más, y el espacio social se acerca más a los 60 centímetros. La experiencia personal también es relevante; alguien que ha sufrido acoso o violencia quizá vigile sus zonas límite de manera más precavida.

Tocar y ansiedad

Biden, un político afectuoso, invadió el espacio íntimo de las personas con las que se encontraba, durante el movimiento #MeToo, en el que el diálogo sobre el contacto inapropiado ha resonado en la sociedad y la necesidad de reconocer el consentimiento se ha vuelto crucial.

La gente que adopta un estilo de contacto directo, que no duda en abrazar y tocar, generalmente lo hace porque ha aprendido que la comunicación no verbal puede ser un mecanismo de creación de vínculos muy poderoso.

“El tacto es el lenguaje básico del afecto”, dice Dacher Keltner, psicólogo de la Universidad de California, Berkeley. “Que la persona adecuada te abrace o te dé una palmada de ánimo en el hombro es algo más significativo que las palabras para aliviar la ansiedad”.

Incluso los roces de nuestras parejas o amigos tienen un gran efecto en el cerebro y el cuerpo, pues de inmediato reducen las señales físicas del estrés y activan zonas cerebrales que pueden reducir el miedo y la ansiedad.

Quizá el ejemplo más drástico proviene del trabajo encabezado por James A. Coan, psicólogo de la Universidad de Virginia, que ha hecho pruebas sobre la manera en que tomarse de las manos afecta la previsión de una descarga eléctrica.

En un estudio de 2017, un equipo dirigido por Coan y Karen Hasselmo, de la Universidad de Arizona, reclutó a 110 hombres y mujeres de distintos estratos sociales.

El equipo de la investigación midió los niveles de estrés fisiológico y la actividad cerebral de cada persona en distintas situaciones, entre ellas sostener la mano de su amigo o pareja, sostener la mano de un extraño y recibir la descarga solos.

“El principal hallazgo acerca de tomar de la mano a un ser querido es que tu reacción a la amenaza de la descarga eléctrica es mucho más baja” que cuando estás solo, dice Coan. “Tomar de la mano a un extraño no tuvo efecto alguno”.

Los análisis interculturales han mostrado que casi cualquier contacto con una pareja es agradable, al igual que muchas expresiones de contacto físico por parte de un amigo. Sin embargo, universalmente, los extraños tienen permitido prácticamente solo tocar las manos de una persona. El contacto en cualquier otra parte del cuerpo no está permitido; el tacto se recibe con incertidumbre o como si fuera una invasión.

La cobertura noticiosa ha hecho que muchas mujeres recuerden masajes indeseados en los hombros, abrazos que no pidieron y personas que las rodearon con el brazo sin que ellas lo consintieran. Quienes las tocan no son extraños; son colegas conocidos, a menudo estimados, y no siempre se trata de hombres.

“Creo que la primera reacción de las mujeres que experimentan ese contacto no consensuado en el lugar de trabajo podría describirse con un término que utilizan los adolescentes en la actualidad: ‘perturbador'”, dice en un correo electrónico Laura Kray, profesora en la Facultad de Negocios de la Universidad de California, Berkeley. “No solo es incómodo, sino que genera algo de pánico porque empiezas a pensar qué pasará a continuación y cómo debes reaccionar a esa situación complicada”.

“Obviamente, tener una relación establecida de confianza otorga un significado más positivo a un abrazo agradecido o a una palmada en el hombro. Como regla general, rodear con el brazo la espalda baja o besar la frente son violaciones de esos límites”, agregó.

Pregunta primero

Una pregunta sin respuesta clara es la manera en que el tacto que demuestra apoyo gradualmente se vuelve más afectuoso y, para algunas personas, sexual y mutuo.

“Lo que no sabemos después de todo este tiempo es cómo se pasa de un nivel a otro”, dice Coan. “Nadie lo sabe. No hay una respuesta sencilla, ni en las investigaciones psicológicas ni en la vida. A medida que la gente explora el amor o el afecto, se equivoca todo el tiempo”.

Una mirada ausente, el trato frío o algunas palabras firmes pueden corregir muchos —quizá la mayoría— de estos errores. Sin embargo, esas actitudes están lejos de solucionar todas las situaciones posibles, en parte debido a grandes diferencias en la manera en que cada persona percibe el tacto de los colegas o colaboradores.

Algunas personas se repliegan si alguien no cercano las toca de manera afectuosa; en las mismas circunstancias, a otras les puede parecer reconfortante.

Una variabilidad similar probablemente existe entre las personas que tocan. Un estudio de 2012 dirigido por Paul Piff, de la Universidad de California, Irvine, y Amanda Purcell, de Yale, halló que a las personas que tienden a la hipomanía —tienen mucha energía y son muy sociales— les parece muy reconfortante el tacto que denota apoyo.

Pero hay una salvedad: también son insensibles al contacto invasivo o brusco. La investigación sugiere que ese tipo de personas, en consecuencia, quizá también son inconscientes respecto del efecto que tienen sus intentos de contacto físico y quizá no pueden captar que la persona a las que tocan se siente incómoda.

Rodear con el brazo los hombros del colega incorrecto puede provocar un empujón, una bofetada, un reclamo formal o un video viral.

Si no estás seguro, pregunta primero.

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