—¿A qué edad empezaste a tocar el piano? —pregunta María Monvel al pianista genial.

—A los cuatro años. Mi madre era muy música, yo la oía encantado, atentamente, y un buen día me encontró sentado frente al teclado, repitiendo la pieza que ella acababa de tocar. A los cinco años di mi primer concierto en Chillán, mi ciudad natal, y a los siete me fui con mi madre a Alemania.

—¿Tu primer maestro fue Krause?

—No, antes tuve varios maestros que sólo me hicieron perder dos años, y si bien en esos dos años no aprendí nada, me sirvieron para desarrollarme, para hacer un niño fuerte de la enclenque criatura que yo era.

—Sí —digo yo—, mis recuerdos de esos años en que te marchaste a Alemania te muestran como un chiquillo flacuchento, paliducho, con unos grandes ojos ariscos, muy taciturno y al que era imposible hacerle tocar en cuanto uno le pedía que lo hiciera. Siempre ibas vestido con un traje marinero y una capa azul. Estos recuerdos se refieren a un verano durante el cual tú estabas con tu madre en Talcahuano y yo con la mía en San Vicente. Cuando ibas a la playa hacían que yo te cuidara y era una maravilla para mí, en el papel importantísimo de madrecita del “niño prodigio”.

Claudio da unas grandes carcajadas y termina diciendo:

—Has hecho un retrato exacto de lo que era: flacuchento, paliducho, taciturno y que no quería tocar el piano. Afortunadamente ya no correspondo a ese retrato. Lo único que me queda es la repugnancia a tocar cuando me lo piden. En cambio, si no me lo piden, me pongo al piano y cuesta hacerme callar.

—¿Entonces te será intolerable la obligación de tocar en público?

—No, en absoluto, eso es otra cosa muy distinta.

—¿Estudias mucho?

—Durante dos meses al año estudio ocho horas diarias para preparar mis conciertos. El resto del año sólo tengo media hora de estudio al día.

—¿Es verdad que vienes con un gran entusiasmo por Verdi?

—Pero claro… Estamos hasta aquí de modernismo. Todos sentimos una verdadera sed de melodía. Hasta los más avanzados se dejan nuevamente tomar por su encanto. Y esto no sólo pasa en música, sino en todas las artes. Hay un deseo intenso de volver a la sobriedad, a lo clásico.

—Sí —dice María Monvel—. Es como nosotros con la literatura. Yo leo a Apollinaire y voy escapada a darme un baño de Becquer. Marta sale de Joyce para caer nada menos que en Salgari. Probablemente cualquiera de ustedes siga con verdadero encanto, luego de una audición de música moderna, al organillero de la esquina que toca la trillada música de Verdi. Es el fenómeno que estamos experimentando todos.

—¿Cuáles son tus autores favoritos?

—Entre los antiguos Palestrina y Monteverdi. Luego Gluck, Bach y Mozart. En realidad, creo que lo mejor de todos los tiempos son Bach y Mozart. Me gustan Haydn, Schubert, Weber, Chopin. A Chopin lo adoro.

—Ya sabemos que te gusta Verdi, ¿y qué otros?

—Entre los de ahora Debussy, Satie, Ravel, Nabokoff, Sauguet, Stravinsky, Aurie, Well.

Hemos llegado a casa. Venimos desde el Club de la Unión, donde se aloja el artista. Hasta aquí, verdaderamente aprensados en el auto de María que maneja ella. Para no dejarla sola en el volante, nos sentamos juntos, muy apretados, tanto que apenas puede María mover los cambios. Claudio la observa con cierta desconfianza, sobre todo en las esquinas, cuando la gravedad de un carabinero la obliga a detenerse y el barro de las recientes lluvias hace que la frenada tenga un chillido desagradable.

Una vez en la casa, Claudio tiene una frase amable para el interior acogedor. Mira los retratos.

—Ahí tienes el tuyo —digo—, justamente en el sitio de honor.

—Lo habrás puesto antes de salir.

Se ríe con su risa de niño jovial. Curiosea otro poco. Al final se instala en el diván.

—¿Qué se hizo tu novia austríaca?

—Pues… la novia existe, pero el noviazgo terminó.

—¿Te enamoras mucho?

—Vivo enamorado.

—¿Y no piensas casarte?

—Cuando sea viejo, sí, tal vez…

—¿Qué mujeres te gustan más?

—Las polacas como raza. Las románticas como temperamento.

—¿Siempre sigues aficionado a la lectura?

—Sí, pero desgraciadamente no tengo tiempo para dedicarme a ella.

—¿Cuál es tu autor o cuáles son tus autores favoritos?

—Los rusos me parecen formidables. Dostoyevski entre ellos es mi predilecto. De los franceses me agrada Valéry.

—Cuéntanos alguna anécdota de tus viajes.

—Pues verás: tengo una memoria tan mala que a veces me dan verdaderas amnesias. Una vez, en un una ciudad del sur de Alemania, iba por una calle cuando me detuve sorprendido porque no podía saber en qué ciudad me encontraba. Estuve así largo rato. Otra vez me pasó que llegué a un hotel y al pedirme mi nombre, me quedé con el cerebro en blanco, sin poder recordar quién era yo. Me creyeron loco. Por suerte mis papeles me enseñaron a mí mismo quién era.

—¿Es verdad que te hospedas en casa de los reyes?

—Sí, he estado alojado en casa de los Coburgo-Gotha, en casa del gran duque Cyril, heredero del trono de Rusia, en casa del ex zar de Bulgaria. Tengo muchos regalos hechos por ellos. La reina María de Rumania me regaló este alfiler de corbata.

Lo muestra con aire de niño que enseña los premios de fin de curso. Es una pequeña corona hecha toda en chispas de diamantes.

Entre la charla de hombrecito de veinticinco años, extraordinariamente inteligente y culto, apunta a cada rato el niño con sus deliciosas notas ingenuas.

—¿Y tu madre, Claudio?

—Quedó en Berlín con mi hermana, ya no tiene años mi madre para poder seguirme en este ir y venir constante a que me obligan los conciertos.

—¡Que madre maravillosa has tenido tú!

—En realidad. Mi madre es un prodigio de comprensión y de bondad y de inteligencia. Siempre ha sido para mí la mejor y la más dulce de las amigas y de las madres.

—¿Llegas en este viaje hasta el sur?

—Sí. Iré a Talca, Chillán, Concepción, Temuco, Valdivia, Puerto Montt y Osorno. Un viaje rápido, porque para toda mi estadía en Chile dispongo de dos meses. En una fecha fija tengo que estar en Río de Janeiro.

—¿Estás contento con el éxito que acá tienes?

—¡Cómo no estarlo! El público se muestra entusiasta y la crítica, complacida.

Traen el té y ya la charla salta a temas de tan variada índole que es imposible recogerla para darla en una entrevista.

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