Al norte de Quellón existen tres notables poblados rurales que, aunque nacieron de la misma matriz cultural chilota, son muy distintos.

Auchac está cerca de la entrada del fiordo de Huildad; Curanué, al interior del mismo, y Chaiguao, a unos doce kilómetros de Quellón, costeando hacia el este. Armonía, diligencia y tranquilidad son el sentimiento que provocan, respectivamente.

Se sorprendieron los españoles a su llegada a Chiloé, de que los aborígenes (huilliches) vivieran a lo largo de su costa y de espaldas al bosque impenetrable. Alrededor de sus dispersas casas sólo había pequeños sembradíos de papas y, al frente, la playa que les permitía mariscar. Una ocupación litoral cuyos caminos eran los del mar. Los chonos, pueblo canoero anterior a los huilliches, habían nombrado cada piedra, cada bahía, corrientes y roqueríos… del bordemar.

Para afianzar la conquista, los jesuitas establecen la Misión Circular.

Una vez al año, el litoral era visitado allí en donde había más habitantes. En el lugar elegido alzaban una capilla, la que ponían al amparo de un Santo Patrono. Durante tres siglos regresó la Misión para celebrar misas, matrimonios, bautizos y enseñar el catecismo. Así la capilla se hizo un centro territorial, lo conocido, lo común a todos… y muchos de los habitantes dispersos comenzaron por habitar a su alrededor.

La trama inicial de las villas costeras se expresó desde el cementerio, la ocupación del borde y un sendero que bajaba del templo al embarcadero. Esta trama aún es nítida en estos tres poblados.

A mediados del siglo XVIII, el fiordo de Huildad ya estaba señalado por un templo y era el último centro “urbano” de un vasto territorio y maritorio. Era, junto a la isla Caylín, “el fin de la cristiandad”.

Hoy, Curanué, Auchac, Santa Rosa y Candelaria, nacidos al amparo de Huildad, ya no son los últimos; sin embargo, mantienen su primigenia magnitud urbana, además de la vocación agrícola y marítima que siempre tuvieron. Por estos días, las siembras de papas y granos, la pesca artesanal, la mitilicultura, las salmoneras… hacen su pilar económico.

Muchos de sus habitantes aún siguen navegando al sur de la isla, o se ocupan en la carpintería de ribera y en la artesanía en lana y fibras vegetales.

La armonía de Auchac

Bajando un acantilado con mucha vegetación y coloridas casas, ya se ve la larga calle que por unos 800 metros va a la par de la playa, muy limpia, y a la única hilera de casas que tiene Auchac. La continuidad de calle, playa y mar pareciera una voluntad urbana.

La vista se eleva hacia la lejanía de los volcanes continentales, vuelve y baja lenta hacia el horizonte cercano dibujado por las siluetas azules de la gran isla Tranqui y la pequeña de Chaullín.

A ratos, la imagen pueblerina no parece Chiloé y se asemeja a una pulcra calle de Llanquihue. Es que hasta las plantas silvestres, muy bien elegidas y acertado su matiz, se allegan ordenadas a las cercas y jardines: chilcones, siete camisas, varitas de San José y hortensias terminan de pintar el paisaje.

Aun cuando no se ven personas, aparecen sus oficios y actos. Hay botes bajo la sombra de un pelú, un picadero de leños rojos a la salida de una casa y sobre la calle se secan algas. Es decir, los oficios se ofrecen a lo público, tal como los cisnes de cuello negro y los chelles gritones, también plácidos habitantes del lugar.

De sus formas fundantes es rectora su pequeña iglesia verde, con cementerio aledaño y gran atrio/explanada para la procesión a San Francisco, en octubre. Un par de cabañas de hospedaje, sin ostentación, están avaladas por tanto silencio y tranquilidad.

Curanué, diligencia y aromas

La llegada a Curanué sorprende, pues se ve mucha gente y todos, muy dedicados, están haciendo algo. En su extensa y sucia playa, dos hombres recubren con fibra de vidrio el casco de una lancha. En una calle nacida desde el templo, José Ruperto Caipillán “cuece” una madera de ciprés con la que hará cuadernas para la embarcación que construye.

Curanué se emplaza en la medianía norte de Huildad. La torre naranja de su templo lo anuncia desde el mar. Desde su costa se ven Santa Rosa, Candelaria… salpicando el borde sur del fiordo.

La playa es muy extensa y basurero de la industria de choritos. Por sus orillas crece mucha vegetación y los tiuques se comen los desperdicios.

Como antaño, su templo palafítico y el intenso aroma del arrayán hacen que allí se viva como en el principio de los tiempos.

Chaiguao, tranquilidad

que gratifica

Desde la altura de la carretera, Chaiguao parece una litografía de antiguo calendario. Una iglesia, un cementerio, una escuela, un centro artesanal y un largo puente sobre el generoso curso de agua que sigue al mar.

Sus casas están entre el bosque. Este poblado no está a la orilla del mar, pero si se sigue el curso del río, en 10 minutos se estará en una playa espectacular. Dunales, pelú, arrayanes y extensos frutillares silvestres…

Todo se ve desde aquí. Quellón a la distancia y un “gato” huillín que mira hacia tierra y juguetea con las algas.

Chaiguao es famoso por su barra o “bajo” que causa naufragios. Tantos, que dio origen a una famosa cueca: “En la barra'e Chaiguao perdí mi bote / cinco almudes de papa, cinco chilotes…”. Exclusiva es su artesanía; aún se recuerda a doña Lastenia Chiguay y se recomienda a María Hortensia Raimapu, que comenzaron haciendo cuelgas de pajaritos y miniaturas en junquillo. En el cementerio, los apellidos Raimapu, Catelicán, Vera, Pairo, Raín… nos recuerdan a los fundadores, esos antiguos chilotes que perseveraron en el bordemar.

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