Prólogo

Escribe el rector de la Universidad de Chile, Ennio Vivaldi: “Amanda Labarca representa y ejemplifica de manera excepcional el concepto de liderazgo académico. La aptitud para entender puntos de convergencia y bifurcación en momentos a la vez críticos y situados del devenir de saberes y disciplinas. La inteligencia para mostrar caminos y asumir conducciones. En retrospectiva, resultan notables la capacidad anticipatoria y el modo preclaro de apostar a un determinado porvenir que caracterizan a Amanda Labarca.

Son tres temas emblemáticos y esenciales, que, desde luego, tienen en común el asumir la prolongada condición desfavorecida de, respectivamente, el pueblo que no puede pagar una educación privada, las mujeres que se ven restringidas tanto en su desarrollo personal como en su aporte social por prejuicios absurdos, y las provincias, a las que se les extrae siempre más de lo que se les otorga.

Son todas instancias en las que el punto de partida es la constatación de un potencial humano enorme que se pierde. O, si se pone el énfasis al revés, de una sociedad incapaz de integrar y aprovechar lo que los individuos que la componen pueden contribuir.

Amanda Labarca se preocupa de la enseñanza pública en general, de promover la enseñanza parvularia, de participar en la creación del Liceo Experimental Manuel de Salas, de exigir una toma de conciencia respecto a los estragos de la desnutrición infantil. Luchará por el voto femenino. Impulsará las sedes provinciales de la Universidad de Chile y, estando a cargo del Departamento de Extensión Cultural, instaurará las Escuelas de Temporada, un hito en la relación entre Universidad y sociedad”.

Hogar, dulce hogar (1947)

Esta Lucinda de que vamos a hablar, bordea los treinta años. Creció en un hogar normal en que se le concedió rango e importancia idénticos al de sus hermanos. A decir verdad, quién sabe si un tantico superior, porque si bien mamá tenía debilidad por sus muchachos, en cambio el padre adoraba a la hija y resplandecía cada vez que ella demostraba su personalidad, inteligencia y buen gusto.

Llegó el momento en que se enamoró y se empeñó en casarse. De buena gana, sus progenitores lo habrían diferido, a pesar de que no había reparo serio que hacerle al novio, un hombre ya formado que la había visto crecer y que le rendía un homenaje caluroso.

Y pasaron unos pocos, muy pocos años. En la casa antigua, que les ha quedado grande desde que los hijos han partido a formar cada uno su hogar, los padres comentan con penosa inquietud, las trizaduras que advierten en los jóvenes matrimonios.

Como si la hubiesen llamado telepáticamente, Lucinda aparece. Los padres se miran. La conocen tanto y tan bien, que presienten una desgracia. A poco de conversar, la hija interroga como no dando importancia a la pregunta.

—¿Padre, me permites venir a pasar una temporada aquí?

—Naturalmente, pero ¿tu marido, qué pasa?

Llanto, palabras entrecortadas, frases de consuelo… total: que ella explica que ha decido divorciarse.

—¿Cómo es posible? ¿Y tu niñita?

—Precisamente por mi hija. Está en edad en que ya principia a comprender.

Después de una conversación difícil, preñada de párrafos ininteligibles, van apareciendo las causas.

—Somos incompatible. Esa mujer a quien él quiere por esposa no soy yo. Cuando me casé fui su niña adorable, y ¡claro! a mí me encantaba que me tratase con tanto mimo; pero fueron pasando los años y acaso dejé de ser adorable, pero continué siendo para él la niña de la que se dispone, que se trae y se lleva sin consultar, la que debe obediencia a un varón superior.

Ustedes —añade— me educaron como una persona y jamás se les pasó por la mente que obedeciera a mis hermanos por el solo hecho de ser hombres. Ustedes me enseñaron a ir a los conciertos, a cultivar amistades, a gustar de los trapos lindos. Pues mi marido cree que todo eso está de más en una mujer casada y que deben bastarme la cocina, la costura y la crianza de la niña. Sin duda que me gustan, pero no me bastan, y ya no puedo soportar que todos los días y a todo momento me eche en cara que falto a mis deberes tal como él los concibe. Asegura que la dicha del hogar es obra de la mujer; pero él no pone nada de su parte; debo ser yo siempre la que ceda, la que se sacrifique, la que tuerza mis inclinaciones; quiere que yo le respete su personalidad, pero a mí no me concede ninguna, y cuando suplico se irrita, pierde el control, me ofende, incluso delante de la niña y las empleadas.

—Pero esas no son causales de separación —aduce la madre—. ¿Cuándo se ha oído jamás de que alguien rompa un matrimonio por eso? Nada serio e irrevocable ha ocurrido entre ustedes.

—¿Cómo que no? —arguye Lucinda—. Si para él, no soy una compañera, sino una mal ama de casa. Si no me respeta, y me humilla por cualquier pequeñez. ¿Cree usted que yo no estoy al borde de convertirme en lo que usted llamaría una mala mujer? Y tampoco mi hijita saldría indemne, porque inconscientemente concluiría yo por verter esta irritación mía en ella, tal como ya lo hace mi marido…

En un intento de conciliación, los padres van en busca del yerno. Las quejas de éste son de otro tenor.

—Lucinda es soberbia, voluntariosa, porfiada y no hay quién la haga variar cuando se le ha ocurrido tomar una decisión. Es intrusa, quiere saber qué hago con mis horas, con mi dinero y hasta pretende inmiscuirse en mis negocios. Es frívola, mundana y coqueta… amigas, tés, conciertos, pretextos para salir a lucirse… quién sabe a quién intenta parecerle bien. ¿Y de qué se queja? ¿No le doy el dinero que necesita para su casa? ¿No trabajo para ella? Si Lucinda vuelve, ha de ser con la condición de que una vez por todas se acomode a que en la casa mando yo. Su obligación es obedecerme.

Ya de retorno, los padres comentan sus tristezas.

—Yo recuerdo —dice él— el hogar de los abuelos, en donde los niños no podían hablar en la mesa si no se les dirigía previamente la palabra, en donde la mujer trataba a su marido de usted y por el apellido, en donde enseñaba a las muchachas a servir obedientemente a los hermanos. Nosotros superamos esa etapa y creímos que era mejor que los niños crecieran en un ambiente de compañerismo, de igualdad, consideración y ayuda mutua. Y nuestras hijas lo llevan en la sangre, porque así han vivido desde que nacieron. Más, la ley, los códigos y la tradición quieren todavía que sea el hombre quien ordene y la mujer obedezca. En un mundo de democracia creciente, se conserva un matrimonio que legalmente es autocrático en lo que se refiere a marido y mujer, democrático en el concepto de educación de los niños. La democracia ampara la evolución de la mujer y ella se ha adaptado rápidamente, porque la favorecía; en cambio, por regla general, el hombre ha conservado su antigua actitud, porque lo apoya la fuerza de la tradición secular y porque le resulta más cómoda y satisfactoria. Ya maduro, con la ley y la costumbre de su parte, se necesita de mucha inteligencia o de mucho amor para abandonar voluntariamente sus privilegios, dejar de ser el amo y pasar al rango de igual.

Si existe hoy tanta disatisfacción en el matrimonio es porque algo falla en la institución misma. El divorcio es la operación quirúrgica a la que se recurre cuando los tratamientos han fallado. Es un resultado y no una causa. Si nos oponemos al divorcio de Lucinda, no vamos a hacerla más feliz a ella ni a su hija, porque ¿cómo podrá educarla sanamente si se considera una desgraciada y una fracasada sin remedio? Y si su marido no abandona su pugna de principios, ¿cómo esperar que exista esa paz indispensable a la amable convivencia? ¿No irá cualquiera de los dos y pronto, a buscar en otra parte la dicha que no encuentra en casa?

—El hogar en unión, comprensión y paz, ese es el ideal —dice la madre.

—Sin duda, responde él. El hogar es como una orquesta sinfónica; cada cual desempeña un papel acordado con el de los otros, diferente en sí mismo, armonioso con el resto. Y todos obedecen al director y a la partitura que en este caso se confunden en el anhelo de dicha, compartida en bien del sano desarrollo de la personalidad de los cónyuges y de los hijos.

¡Hogar, dulce hogar! ¿A qué precio se logra su dicha? No es obra del azar ni de la improvisación. Es un edificio construido en el tiempo, con la ayuda de materiales sutiles, delicados, casi imperceptibles. Es obra de conjunto de él y de ella, de sacrificios y de concesiones mutuas, de paciencia, comprensión y discreción; de perdones en silencio, de benevolencia inalterable, realizado sin amarguras, porque el cónyuge ofrece la compensación en moneda de amor o de afectuosa solidaridad.

Precisa, sin duda, educar a la niña para la vida doméstica. Igualmente importante es preparar al muchacho, y de esto muy pocos se acuerdan.

La mal tratada (1947)

Hoy llama a tu puerta la mal tratada. ¿Quién? La mal tratada. Tú la conoces, la ves todos los días, mas la costumbre de su espectáculo cuotidiano nubló tu compasión.

Es, en primer lugar, la mal tratada por el alcohol: tu lavandera, tu cocinera, la mujer que habita barrio por medio, en el conventillo. Su marido es obrero, o comerciante ambulante, o vendedor del mercado, y cuando se pone a trabajar no lo hace mal. Por desgracia, la tajada más ancha de sus ingresos desaparece en la voracidad de la cantina, en las francachelas con amigos o el lupanar. Sábado y domingo son sus días de olvido, de saberse dueño y señor de su dinero. ¡Para eso trabaja! ¿La esposa, los hijos? Que se avengan como puedan. La casa está desnuda de muebles y del más elemental bienestar. No le hacen falta, porque su esparcimiento lo encuentra afuera. La mujer, rasguña de aquí y de allá para que la prole no muera de hambre ni de frío. Apura sus escasas fuerzas. Con eso y todo son sus hijos los que pululan en el arroyo sin más porvenir que la miseria, o si logran ir al colegio, son sus hijos los que requieren la asistencia escolar: el desayuno, el ropero misericordioso, la colonia de vacaciones.

Cuando ella se queja, el marido se ofende, vocifera y amenaza golpearla. Son insufrible carga la mujer y los hijos. La increpa como si el tenerlos fuera un delito exclusivo de ella. Ese resentimiento, fermentado por el alcohol, concluye por cegarlo y, alguna vez, cuando al regresar a casa se enfrenta con la familia imploradora, su furia no conoce límites. La mujer corre a esconderse a casa de una vecina. Mas, el borracho la encuentra y la abofetea hasta quedar agotado.

Muchas veces me he preguntado si es el alcohol el que vuelve al individuo irresponsable a sus deberes familiares o si aquel de suyo irresponsable acude con más facilidad al alcohol. Sea como fuere, su estéril llamarada esfuma los ingresos económicos, disuelve la familia y tortura a hijos y mujer.

Esta es la casada; la madre soltera no sufre menos. Tanto a una como a la otra el hombre la abandona cuando le viene en gana. Se marcha al norte, al sur, a donde le lleva el espejismo de una vida más fácil o una faena mejor remunerada. Y no sabe más de él. ¿La hembra y los críos? ¡Qué importa! La madre los cuidará. Y allí queda la infeliz, sin más armas que su ardiente voluntad, bregando sola, sin amparo y sin oficio que le valga mucho. ¿Cómo consigue sustentarlos? A fuerza de sacrificios sin cuento.

No es sólo la mujer del pueblo la mal tratada en nuestros países derivados del mestizaje indígena y de la prepotencia varonil del español. Es así mismo la de algunos hogares de la clase media. En una repartición pública de Santiago de Chile, cuyos empleados, de acuerdo con la ley, gozan de asignación familiar, es fama que el día en que la perciben van todos juntos a servirse un opíparo banquete. Consumen en un instante lo que la ley da a la familia por el mes. No son obreros, no son incultos; son faltos de responsabilidad doméstica.

La mal tratada se halla también entre los más linajudos. Son esas mujeres infatigables como hormigas que vemos a diario vendiendo trajes, ejerciendo el corretaje de seguros o de avisos, improvisando en profesiones en que han tenido que sacar fuerzas de flaqueza, sabiduría de la ignorancia, porque el marido las abandonó o porque se disolvió el matrimonio y el padre de los hijos acude a toda clase de subterfugios legales o de amenazas cuando se le solicita auxilio para su educación y vestuario.

En otra esfera, también es mal tratada la funcionaria de no pocas reparticiones públicas. Se le exige igual o mejor trabajo que a sus compañeros y se la pospone en cada ascenso. Se le cierran los más altos puestos del escalafón. Es mujer. No cuenta aún con voto ni influencias políticas.

Sobre débiles y maltratados hombros femeninos, gravita hoy el peso de una porción más y más vasta de la familia chilena. En la clase popular, sin ellas, perecerían los hijos. No faltan escritores que principian a dolerse de que la mujer esté invadiendo todos los campos. No recuerdan que es la irresponsabilidad de muchos hombres la que las empuja al trabajo y a una desesperada lucha. En ellas está la especie defendiendo su supervivencia.

No abogo por un feminismo de superioridad, sino de equivalencia; no pretendo afirmar que todas las mujeres sean víctimas inocentes, ni que todos los hombres olviden o ignoren sus responsabilidades. Tampoco es mi ánimo concluir que la miseria de niños y mujeres obreras se deba siempre al despilfarro masculino. No. El objeto de mis palabras es crear una atmósfera de comprensión hacia la mujer mal tratada, a la que Chile le está debiendo hoy la vida de muchos hijos. Nuestro punto de mira es el porvenir de estos. Es muy difícil que mañana sean normales, bien quietos con la vida, animosos y alegres, si ha fallado el hogar. Los sindicatos y los partidos políticos que trabajan por el bienestar de las grandes masas populares deberían ocuparse de este problema.

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