Los hermanos Pedro (30) y Alberto Heller (24), hijos de Carlos, empresario dueño de Bethia y principal accionista de la U. de Chile, hace rato que son protagonistas del Rally Mobil.

Debutaron el 2015 con su propia escudería, Joker, con Pedro ganando el título en la categoría R2 y “Beto” terminando tercero. Desde entonces se codean con el podio y ahora están exportando sus habilidades hacia la principal competencia tuerca del mundo, el World Rally Championship, que en mayo 2019 tendrá una fecha en Chile. El equipo tiene cuatro autos en competencia, dos camiones para transportar los coches y repuestos y 12 mecánicos.

A mediados de noviembre, Alberto dio el gran golpe, ganando la fecha de Australia del WRC 2 (segunda serie del circuito mundial), situándolo entre los logros más importantes conseguidos por un piloto chileno.

Y podría seguir celebrando este sábado, ya que disputará el título de la categoría R5 del Rally Mobil, donde su principal rival es, justamente, su hermano.

“Será algo muy especial pelear el campeonato con Pedro. Nuestra vida sigue normal fuera del auto, pero en competencia tratamos de mantener nuestros espacios. Hay tensión, cada uno se concentra en su propia estrategia”, comenta Alberto desde el taller de su equipo en uno de los galpones de Sotraser, una de las empresas de Bethia, ubicado en Quilicura. Entra y choca los puños con los mecánicos que trabajan en su Ford Fiesta R5.

Está más aliviado, porque por fin entregó su tesis para obtener el título de ingeniero comercial de la UNAB, en la que tuvo que elaborar un modelo de negocios para un hotel boutique en Puertecillo.

“No fue fácil. Entre las carreras y la tesis, apenas he podido descansar. Casi tiro la esponja con los estudios, pero logré entregar el trabajo”.

“Beto” está soltero, reconoce que no es fácil mantener una relación permanente con el agitado ritmo de vida que le impone el automovilismo. Pero se le nota feliz y orgulloso.

Vibra con los deportes outdoors y, obviamente, con la hípica, disciplina arraigada históricamente en su familia a través del Haras don Alberto.

El menor de los Heller Ancarola tiene dos caballos y, al menos una vez a la semana, almuerza con sus amigos en el Club Hípico, donde su papá es presidente del directorio.

Sin embargo, lo suyo siempre fueron los deportes tuerca. Admira al seis veces campeón de rally, el francés Sebastián Ogier y al campeón de la Fórmula 1, el inglés Lewis Hamilton. “Mi familia está relacionada con la hípica y para entrar en esto debía abrir el camino yo solo. Mis padres al principio no estaban muy de acuerdo porque les daba miedo que nos pasara algo”.

—Entiendo que te apoyaste en tu hermano para que aceptaran la idea.

—Mi estrategia fue convencer a Pedro para que corriera conmigo. Con él a bordo tendría mayor seguridad de que nos dejaran, ya que es el mayor y tiene más influencia. Levantamos el proyecto de un equipo de rally de manera independiente de mi papá, con nuestros recursos. Cuando les demostramos que todo era muy seguro, accedieron.

—Ustedes no tenían mayor experiencia como pilotos.

—Entramos en esto con la idea de aprender durante ese primer año. Sabíamos correr, pero no habíamos competido fuerte. Comenzamos a calcular cómo nos podía ir, sabíamos que no podríamos llegar a puestos de avanzada. La idea era no ser últimos, pero nos fue mejor de lo que pensábamos. Mi hermano salió campeón el 2015 y yo tercero, siendo considerado el piloto más joven y con proyección del campeonato. Al año siguiente, fui campeón de la categoría R2, mi hermano subió de categoría a la R3 y ahí comenzamos a transformar todo en algo más profesional.

—Pedro Heller dijo a La Segunda el 2015 que levantar este proyecto sin el alero familiar como soporte, era una “validación propia”.

—Fue un desafío importante, porque sabíamos que el automovilismo no es un deporte barato. Sacamos los costos y apechugamos, con la firme idea de no pedirle ayuda a ningún familiar y hasta el día de hoy Joker ha funcionado así. Tenemos algunos apoyos familiares, como ocupar estas instalaciones de Sotraser, empresa que también nos ayuda con los camiones para trasladar los autos. Pero, en general, funcionamos ciento por ciento con auspicios externos y con nuestro trabajo.

“Mamá, estás loca”

En mayo se corre una fecha del WRC en Concepción, cita que es vista por Alberto “como una gran oportunidad para acercarse a este deporte y verlo en vivo, no por la tele. En la fecha de Argentina son casi 600 mil personas las que van a la ruta a ver los autos”.

—¿Quién te sigue más, tu padre o tu madre?

—Son distintos fanatismos. Mi mamá (Paola Ancarola) a veces se va a la ruta a las 5 de la mañana, antes que la cierren para la carrera, para ubicarse con banderas y todo, para verme pasar. Debe esperar 40 autos antes de que pase el mío. En ocasiones le toca estar todo el día para verme un par de segundos. Yo le digo: “Mamá, estás loca”.

—¿Y a tu padre, le dan ganas de mandar o dirigir algo en tu opción deportiva?

—Le gusta aconsejar sobre las estrategias. Me pregunta qué me pasó si alguien me sobrepasa o me impulsa a atacar en alguna especial. Pero no lo hace en tono de autoridad, sino como comentarios. De todos modos, está cada vez más especialista, porque me ha acompañado a casi todas las competencias.

—¿Sufrieron prejuicios entre la gente de las carreras por ser los “hijos de...” que ingresaban a este mundo sin mayor experiencia?

—Fue así. Al principio nos criticaban mucho. Algunos decían: “Qué se vienen a meter acá, si no saben nada”. Nosotros callados no más. Hicimos la pega y hoy están con la boca más que tapada. Se me han acercado para decirme: “Al final, saliste bueno”. Lo que demuestra que estaban muy seguros de que éramos malos para esto (risas).

—Entiendo que trabajas con Gilson do Santos, ex sicólogo deportivo de Carlo de Gavardo y otros destacados deportistas. ¿De qué manera ayuda manejar el aspecto mental para el pilotaje?

—Mi navegante me lo recomendó, necesitaba calmar mis ansias e ímpetu en competencia. Antes quería conquistar todo, pero cometía muchos errores. A veces ganaba con gran diferencia y en otras chocaba y quedaba fuera. Necesitaba encontrar el equilibrio y lo he logrado. Con Gilson comencé a fines de 2015 y seguimos hasta hoy. De manera paralela, trabajo con neurociencia.

—¿Cómo ayuda la neurociencia?

—Voy regularmente a una empresa que se llama Andes Neurofeedback, donde te hacen un mapeo cerebral para establecer tus parámetros y compararlos con mapeos referenciales de grandes deportistas en el mundo. Me hacen estar muy concentrado en una pantalla cerca de 45 minutos. Si alejo la mirada, la imagen se pone oscura. Todo esto funciona con un sistema de puntuación y eso también te produce ansiedad. La idea es no perder el foco nunca. Logré un alto puntaje, pero me demoré un año. Me ha servido mucho. Cuando parto el recorrido me siento con mayor control de lo que hago y evito pasarme del límite, que es lo que me pasaba antes.

“Siempre he jugado a la pelota, pero soy muy malo”

—¿En el futuro te ves como un gran piloto o un gran hombre de negocios?

—Es una difícil pregunta. Lo que más me gusta en la vida es correr autos. Es lo que me hace despertar contento en las mañanas. Pero en la vida también hay que ser realistas y tener los pies en la tierra. Sé que tengo que trabajar. Mi sueño sería poder mantenerme con los autos, pero eso es imposible. La idea es, mientras sea joven, tratar de correr lo máximo que pueda, idealmente unos tres años a full, pero a medida que se me vaya pasando la micro, y dependiendo de los resultados, iré entrando en el mundo de la empresa. Lo que sí es claro es que nunca dejaré el automovilismo. Me llama la atención correr el Dakar más adelante, porque es una competencia que se hace una vez al año y podría perfectamente trabajar y planificarme para participar la primera quincena de enero.

—¿Seguirás los pasos de tu hermano, entrando al holding familiar o pretendes emprender o liderar tu propia ruta empresarial?

—Primero me gustaría ganar experiencia con un camino propio; hacer cancha, como se dice, y después entrar a la familia para ayudar con un poco más de autoridad. Uno no puede olvidar que hay que ser leal con la familia, con mi viejo y todos los que siempre han trabajado por nosotros.

—¿Qué área de negocios te gusta?

—Más que los números y la parte financiera dura, me gusta desarrollar las habilidades blandas del negocio, que son las relaciones directas, el contacto, las reuniones. Ya estuve ligado el año pasado a una de las empresas y este año también, pero no a horario completo.

—¿No te tincó jugar fútbol?

—Siempre he jugado a la pelota, pero soy muy malo. Soy un nueve frustrado. Más bien soy hincha de la U, voy al estadio y acompaño a mi papá en su pasión, así como él me acompaña en las carreras.

—¿Cómo vives los momentos complicados del equipo con tu padre en la tribuna recibiendo críticas?

—Ya estoy sobrepasado de paciencia. Nuestro único objetivo como familia en la U es aportar. Hay gente inepta que piensa que uno quiere hacer las cosas mal adrede. Es normal que a veces la gente lance alguna chuchada cuando se enoja, y si te llega un insulto hay que estar preparado para no responder.

—¿Preferirías que tu padre bajara su nivel de exposición?

—El raya con la U, yo soy su hijo y mi función es apoyarlo. Él tiene los mismos sueños que los hinchas, ganar la Libertadores, un estadio propio. Es difícil, pero me consta que lo da todo por la institución.

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