Sebastián Errázuriz (41) desafía los 32 grados de un martes de noviembre y con bototos de cuero pide un expreso cargado en una cafetería de Rosario Norte, a pasos de CorpArtes. En esta fundación presentará “El principio del fin” (del 28 de noviembre al 27 de enero), donde discute los límites de la tecnología y retrata a los más destacados “héroes y villanos” de los imperios tecnológicos como Steve Jobs (Profeta) y Mark Zuckerberg (Nuevo Opio). “Esta exposición es una excusa para hablar de la tecnología en mi Chilito. Es el primer punto de testeo para una exposición internacional”, comenta.

Radicado en Nueva York hace una década, su última muestra en Santiago la realizó hace quince años. Errázuriz, quien estudió Diseño en la UC y tiene un máster en Bellas Artes de la Universidad de Nueva York, se ha convertido en un reconocido artista internacional con un sello provocador, innovador y activista. Una de sus intervenciones urbanas más recordadas fue en 2015, cuando apareció en pleno Times Square bostezando en 50 pantallas simultáneas.

Millonarios y museos como el MoMA han adquirido obras suyas, que pueden superar los 200 mil dólares. “Quien compra mi trabajo es alguien que ya tiene el Picasso, esto y lo otro; hoy quiere un mobiliario escultórico único, que nadie más tenga en el mundo”, cuenta.

Si antes las obras físicas acaparaban su mente, ahora son las intangibles. Así, con un equipo de diseñadores e ingenieros creó una aplicación (funcionará en 2019) que permitirá que millones vean sus obras y la de todos los artistas. “Yo decidí que Sebastián Errázuriz sea el dueño del arte del futuro y que ponga las reglas antes que otro lo haga”, afirma.

Para explicar su propuesta toma su celular, escanea hacía el cielo y aparece uno de sus trabajos: un perro en forma de globo. “Acerco la imagen y la obra existe. Si los dos vemos la misma obra, no necesitamos que CorpArtes pague una escultura gigante que se instale por 50 años. Además, el arte no se puede tocar. Quiero salirme de la obra física, me interesa que el arte sea masivo; me encantaría que en la casa de todos los chilenos pudiese haber una de mis obras”, comenta.

Bach sí, no Mozart

Como su papá era fanático de Bach, lo nombraron Juan Sebastián. “Por suerte que no le gustaba Mozart, o me habría llamado Wolfgang Amadeus; me habrían sacado la cresta en el colegio”, ríe.

Su padre, profesor, realizó un doctorado en Londres, y Errázuriz vivió en la capital inglesa de los 5 a los 14 años, y regresó a Santiago. De niño, sintió que tenía una mirada distinta. “Recorría museos, leía un libro al día y escuchaba música clásica”, recuerda.

En su estudio de Brooklyn “todo está perfectamente ordenado”, asegura. Se levanta a las 6:00 y hace 300 abdominales diarios. “Tengo eight pack”, dice orgulloso. “Trato de ser el mejor artista; para eso necesito estar mental y físicamente impecable; como nadie en el arte hace lo que yo hago y no sigo gurús, estoy siempre autoeducándome. Un artista debe ser igualmente profesional que un científico o un empresario; un hipón que se fuma un caño para buscar inspiración no va conmigo”, comenta.

En el espejo del baño de su departamento neoyorquino escribe frases motivacionales (que deja seis meses) y que repite constantemente. Ahora es: “puedo financiar proyectos”. “Me lavo los dientes, veo la frase y pienso ‘nunca me han interesado las lucas, pero ahora que soy empresario, debo preocuparme de conseguir fondos'”, reconoce.

—Vives solo, estás separado, no tienes hijos. ¿Eso te permite concentrarte totalmente en tu carrera?

—Tener más tiempo me da el lujo de estructurar mi mañana, no tengo que ayudar a niños a vestirse, puedo escuchar tres charlas TED y prepararme un superdesayuno. A veces me encantaría tener hijos para salirme de mí y enfocarme en querer a alguien. Pero no sé si lo necesito para ser feliz, para no estar solo o por miedo a la muerte. Además, hay suficientes niños en el mundo.

“Es lógico que me ataquen”

—Tus obras desafían los tópicos sociales, pero se han vuelto populares. ¿A qué se debe esa fascinación que provocan?

—Cuando mi expertise se convierte en entender cómo las cosas están construidas y cómo podrían estar armadas, me convierto en un experto en desestructurar estructuras. Parte de mi rol es presentar preguntas y realidades paralelas.

—En 2006 plantaste un magnolio en medio de la cancha del Estadio Nacional intentando, según tus críticos, hacer olvidar la función como centro de detención que tuvo ese lugar dictadura.

—Cuando piensas libremente, haces un acto irreverente. Es lógico que me ataquen cuando el cuestionador se siente más vulnerable en su capacidad. Hoy, dicen: “estoy en desacuerdo con Sebastián, es un bicho raro”. Pero, reconocen que me saco la cresta trabajando, que tengo reconocimiento internacional y que logro proyectos imposibles.

—En una entrevista de 2016 dijiste que te equivocabas mucho. ¿Te sigue pasando?

—Sí, todo el tiempo. Quizás, soy el mejor artista a nivel mundial de mi generación y tenga un coeficiente intelectual superior, pero eso no implica que salgan tres “pendex” increíbles mañana. Soy muy competitivo, pero primero conmigo, porque la vida es corta.

—En 2009 representaste un avión que voló por Miami con un letrero que decía: “La muerte es la única certeza en la vida”. ¿Por qué es un tema recurrente en tu trabajo?

—Saber que morirás permite ver más claramente y la conciencia de la muerte pasa a ser un lujo. Eso comenzó cuando tenía cuatro años. Mi mamá recuerda que me cargaban los cumpleaños porque para mí significaban un año menos de vida. Me parecía doloroso, no divertido. Hoy no me angustia. Si me muero mañana, he sido lo más valiente que he podido.

—¿Hay que tener coraje para ser artista?

—Hacer una escultura no tiene mayor valor, excepto el trabajo, lo valiente es hacerla en Nueva York, la ciudad más competitiva del mundo. Mi valentía es dedicarme a competir en múltiples espacios al mismo tiempo sin recursos; en tirarme contra el sistema y en seguir abriendo áreas como la tecnología; todo eso requiere de mucho aguante.

—Hoy eres reconocido, pero debe haber sido difícil ganarse la vida al principio.

—Sigue así, porque siempre apuesto todas mis fichas. No soy dueño de nada, no tengo departamento, ni casa, ni auto, prefiero invertir en mis proyectos que en bienes tangibles. Asimismo, puedo almorzar con uno de mis maestros que no sabe leer ni escribir y en la noche estar en una gala de un museo con billonarios.

—Una de tus creaciones es una chimenea de mármol con figuras de madera donde invitas al coleccionista a quemarlas. ¿Eso podría verse como un capricho?

—Esa obra desafía al coleccionista a sentirse tan suciamente rico que es capaz de quemar figuras por el placer de verlas quemarse. Lo que hago es morderle la mano a quien me da de comer. Donde el más ostentoso es capaz de quemar el trabajo de otro, sintiendo lo que es, mientras yo les repongo las figuras de madera.

—En XL Bird Chandelier, otra de tus piezas, cubres una lámpara de lágrimas con 50 pájaros embalsamados.

—Vuelvo a mis millonarios: hay que morder la mano que te dio de comer. Les presento una obra a quienes, precisamente, dedican su vida al plumaje, a mostrarse en su máximo esplendor. Les doy la posibilidad de tener una gran cantidad de animales preciosos muertos para decorar coloridamente su lobby y que se jacten de esa obra.

—En 2006 creaste un singular bote ataúd. ¿Has pensado cómo será el tuyo?

—Hace tiempo pensé que mi tumba deberían subirla a una catapulta, un instrumento militar que se usaba antiguamente para lanzar grandes objetos. Al mismo tiempo tendría una pequeña orquesta y cuando la música llegara al máximo la catapulta se suelta; manda a volar mi ataúd, se estrella haciéndose pedazos y cae en un hoyo.

Época de guerra

En la exposición “El principio del fin”, donde Errázuriz trabajó los últimos cinco años, el artista hace alusión al crecimiento exponencial de la tecnología y a problemáticas como la pérdida de trabajos debido a los robots. “La humanidad avanzará en los próximos cien años lo que avanzó en mil”, opina.

Para la muestra recurre a formatos como esculturas en 3D, teléfonos inteligentes y aplicaciones donde el público interactúa con sus obras. Compuesta por diez temáticas, explica que junto a su equipo crearon un nuevo panteón con figuras como Edward Snowden. “Cada uno de estos personajes es un tema que va desde la biotecnología a la inteligencia artificial. Usamos la estética griega y romana para hablar del fin de la civilización occidental”, dice.

—¿Eres pesimista ante los efectos futuros de la tecnología?

—Sí, demasiado, habrá cambios muy radicales en muy poco tiempo. Es algo bien dramático; para mí es como estar en una época de guerra.

—Sin embargo, el Banco Mundial en su último informe, “Los empleos del mañana”, dice que las nuevas tecnologías traerán también más trabajos.

—Si bien la tecnología creará nuevos puestos, nunca se harán a la misma velocidad que las máquinas. (Stephen) Hawking antes de morir habló de los peligros de la inteligencia artificial; no es una locura mía.

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