ALEJANDRO BALART

Germán Carrasco (1971) es el mayor poeta chileno vivo según el escritor argentino Washington Cucurto y el narrador mexicano Julián Herbert lo conceptuó como el poeta latinoamericano que más admira de su generación.

La lista de elogios sobre la obra de Carrasco da para rato, pero, para hacerla cortita y al pie, nos remitiremos a una breve semblanza biográfica sobre el ruiseñor proletario de la poesía nacional.

Géminis, nacido y criado en la comuna de Independencia, padre de un hijo de 11 años que vive en Argentina junto a su madre (la escritora Cecilia Pavón), nómade, admirador de las artes marciales, emparejado hace años con la documentalista Tiziana Panizza con la que comparte casa en La Reina, poeta de la generación del 90, profesor de literatura, traductor, mistraliano hasta los huesos, cronista cultural, flaco, alto y estrábico, Carrasco ha creado una obra poética insoslayable a lo largo de más de dos décadas —desde “La insidia del Sol sobre las cosas” hasta “Mantra de remos”— documentando cosas vistas y combinando ironía, política y placer, pero sobre todo ha articulado el testimonio vital de un hombre que escribe versos de alto oficio literario.

El autor tiene tres libros en lista de espera: una colección de ensayos sobre poesía chilena que editará UDP, un conjunto de crónicas que publicará Random y un libro de poesía titulado “Metraje encontrado” (Hueders), que construyó a partir del hallazgo que hizo de cintas analógicas en los mercados persas.

Dice que los textos de su nuevo poemario explorarán lecturas sobre cintas caseras desechadas, dejando entrever vidas ajenas a través de documentos fílmicos como nacimientos, bautismos, cumpleaños y bodas. “Yo mismo soy medio ciego y veo todo en impresionista, como en imágenes de superocho”.

A través de la revisión y el diálogo con esas imágenes y con la tradición poética, Carrasco dice que registró la memoria perdida de un país y realizó una operación que denomina como “un acto de saqueo y resurrección”. “Son amigos imaginarios, recuerdos ajenos. Les doy vida, como a un Frankestein”.

—El cine está muy presente en tu poesía y en tu prosa. ¿Cómo armas el montaje de tus textos?

—Aspiro siempre a transmitir una imagen con precisión y que el poema salga de un tirón. Lo que Denise Levertov llamaba el poema dado, es decir, donde no haya mediación; poemas que salen y a los que no hay que corregirles nada, aunque casi siempre hay que enmendar el material y efectuar un montaje del poema en pro de su efecto. Hay montaje en mis poemas, si es que eso significa artificio. Me interesa emocionar. Hay que retratar sin alharaca, con honestidad. No esa cosa chilena de querer reventarla.

—¿Rehúyes de la pirotecnia verbal?

—Me interesa que haya un encuadre honesto. Ahora todos quieren dialogar con Barthes, llenar los poemas con transparencias a lo Juan Luis Martínez, o mezclarlo con cosas de índole tecnológica, pero esas operaciones rara vez funcionan y por lo general terminan por dar risa. Las cosas de “La escena de avanzada” tampoco me interesan, esas mezclas de poemas con cosas de índole tecnológica o instalaciones. La gente habla de tecno-poesía y no sé cuántos chamullos más y no saben lo que es un clavo de 4 pulgadas. La literatura tiene que hablar del trabajo y el mundo. ¿Te acuerdas de ese cuento de Paulina Flores sobre la cesantía del padre? ¿O del retrato que Pablo D. Sheng hace de los inmigrantes peruanos? ¿O de Lihn desmontando los operativos comunicacionales de la dictadura en “La aparición de la virgen”? Eso me interesa.

—¿Valoras la utilización de un lenguaje más llano?

—No soy de buscar la opacidad y el lector sí me importa, por eso hay un flirteo con la prosa en los poemas, y viceversa. Siempre hay algo de artificio y exploración.

—¿Qué hacer para evitar la impostación a la hora de escribir?

—Hablar como la gente normal. ¿Has visto cómo leen algunos poetas? Parece que estuvieran anunciando el apocalipsis como pastores evangélicos. No, yo prefiero el susurro. Así como el cine debe fundirse con la realidad, el poema debe fundirse en el lenguaje cotidiano. Sales de una película de [Yasujirô] Ozu en su tempo y eso continúa fuera de la sala de cine. Lo mismo sucede cuando lees a T.S. Eliot o Sor Juana. Quedas en ese estado, viendo y hablando como en esos poemas.

—Estás atento al lenguaje de la calle y posees un oído fino que aparece siempre en tus libros. ¿Eres consciente de eso?

—Primero déjame tomar cierta distancia del elogio, pero me parece que no se te puede pasar la vida de largo. Uno debe recolectar imágenes y tratar de transmitirlas con emoción para que alguien las vea de la misma manera en que las viste tú, y eso no es fácil.

—Para captar esas imágenes debes poner mucha atención, ¿o no?

—Es un lugar común decir que ahora andan todos mirando sus celulares y todo bien con eso, pero la gente ya no conoce su ciudad, y menos su país. No salen de su sitio de confort. Tengo amigos que conocí en Independencia que niegan su origen y ahora trabajan para el gobierno. Es terrible; la gente no conoce su ciudad o reniega de ella. Menos van a conocer las provincias o a los inmigrantes. Darse una vuelta por Estación Central, o Recoleta, La Dehesa, Las Condes o La Pintana, no estaría mal. El país ya es pequeño y lleno de cercos, no hay que achicarlo más aún. Hay que ampliarlo, conocerlo. Entonces es importante hacer un registro de lo que no está documentado, porque si las cosas no están registradas o no tienen nombre se puede arrasar con ellas. Una comunidad sin nombre ni cultura no importa, se la puede aniquilar.

—¿Te gusta trabajar con materiales fuera de circulación?

—Yo creo que esas imágenes captadas en Super 8 por familias ajenas son nuestros amigos imaginarios y conforman una vida social. Además, las puedo manipular en el montaje. En el caso de las Super 8, eran cámaras que tenía solo alguna gente, la clase media, entonces hay algo que no está registrado. Hay que imaginarse un fuera de cuadro de la historia y tratar de reconstruirlo, es lo que hizo en parte el cine chileno durante los sesenta y algunos autores actuales.

—¿Qué buscas en las cintas de los mercados persa?

—Me pregunto muchas veces qué ocurrió con esa chica que aparecía celebrando la primera comunión o tirando el ramo de novia. ¿Qué pasó luego con ella? Entonces brindo por ella y hago un salud por su futuro, que no sabemos si fue súper próspero o terminó en una clínica de rehabilitación de drogas. Es vertiginoso pensar en esas imágenes y lo que ocurrió con esa gente. Es un acto de resurrección.

—¿Cómo te sitúas frente a la tradición poética?

—Yo creo que a la tradición hay que mirarla para saquearla, para leerla, no para enmarcarla y canonizarla. Cuando tú lees a Wordsworth o cualquier autor del canon de la literatura lo debes renovar, samplear, parafrasear, armando tu propia versión. Una vez le hice una observación a un traductor chileno, y me dijo: “Yo no le pongo de mi cosecha”. Y la verdad lo único que me interesa en una traducción es lo de su cosecha. Lo literal se puede hacer fácilmente, todo el mundo es bilingüe. Me interesa ver qué operaciones hizo, cómo leyó él ese poema que tradujo.

—¿Qué te gustaría conseguir con tus libros?

—Ojalá que estén a la altura de “Tala”, de Mistral; “Escritura de Raimundo Contreras”, de Pablo de Rokha; “La visión comunicable”, de Rosamel del Valle, o “Estravagario”, de Neruda.

—¿Qué pasa en Chile cuando dices la palabra poesía?

—Mucha gente se pone en guardia. Pasa algo raro, como si se hablara de algo esotérico. Hay que hablar de los poemas como si fueran una serie de televisión, como si fueran una noticia leída por ahí. No darle ni darse tanto color.

—¿Crees que existe una obsesión de los narradores hacia la poesía en Chile?

—Es cosa de pensar en Bolaño. Él parasita mucho de la poesía para escribir su prosa. O Lihn que aparece en los libros de Jorge Edwards. Aparte de que los poetas son vistos como bichos raros, con carácter difícil y por eso los mitifican. Por supuesto, sin leerlos. Ahora por ejemplo prima esta figura del loco, muy adorada en Chile. Yo valoro la normalidad porque es más difícil.

—Ir de poeta maldito no cuesta nada.

—Es no afeitarse dos semanas y ponerse a beber y a perder el sentido de la realidad. Por algún motivo en Chile la gente tiene una adoración extraña por Stella Díaz Varín, Rodrigo Lira o Paulo de Jolly. La adoración por ese tipo de personajes es curiosa, por no decir absurda. La normalidad es lo más difícil. Crear sentido. No deprimirse. Resistir.

—¿Qué te parece el colectivo de Pueblos Abandonados?

—Es sólo una etiqueta que se pusieron ellos, pero me parece que están renovando la lectura de la provincia. Me interesa lo que está haciendo Américo Reyes, que es un poeta gay talquino. Él hace una poesía muy formal, exquisita, desde un gay de provincia, y una especie de porno de matorral. Nadie lo estudia y la imagen del mundo gay está estereotipada porque se estudian siempre los mismos autores. Por ejemplo, ahora Lemebel ha perdido su condición de brasa política en manos de quienes lo explotan hasta reventarlo.

—Una especie de extractivismo literario.

—Claro. Revientan a los autores, a las influencias, les da con una cosa hasta dejarla seca, vacía, y sin leerla. Eso pasa con Nicanor Parra, por ejemplo. Yo hablaría de su poesía más lírica, la primera parte de su obra.

—¿Hay temas poéticos tabús para ti al momento de escribir?

—Yo escribo poemas de amor, poemas a mi hijo, poemas sobre jardines, y sobre escenas urbanas, y eso significa trabajar con lugares comunes y renovarlos.

—¿Qué te parece el auge actual de la figura de Lihn a 30 años de su muerte?

—Me parecer genial mientras no hablen cualquier cabeza de pescado sobre su obra. Ojalá siga pasando con Lihn y que también pase con Elvira Hernández y con todos los grandes a quienes se adora sólo con adjetivazos y no con análisis. A mí me parece que Lihn es el autor que inaugura la figura del poeta charlatán y que se ríe de su propio discurso; la ventriloquía que te boicotea el poema. Aparecen varias voces dentro del mismo poema que es tu propia culpa que interrumpe.

—Tu también haces ese tipo de operaciones.

—Es boicotear el poema por pudor. Lihn es mistraliano y ese elemento también aparece en la Mistral, donde el poema no es digno del oído de Dios y el poema tiene que ser pedregoso, como una piedra rodando en el Elqui, no tiene que tener la belleza de un cisne y toda esa imaginería modernista. Hay una línea directa entre Lihn y la Mistral.

—¿Te interesa el tono áspero de la Mistral?

—Me interesa la voz baja. En Chile hay una tradición muy inmensista, alharaca, terriblista. Parecen canutos gritando en la plaza, hablando de portaaviones, de reyes, de catedrales europeas. Es para la risa. Entonces prefiero esa cosa medio de voz en off, de susurro, las palabras pronunciadas en una situación de luto o en la cama. Porque en la muerte y en el amor, siempre se habla en voz baja.

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