Sus ojos miran fijo y la mayoría de sus palabras las transmite con una sonrisa. “En una semana pueden morir tres pacientes; es duro, pero me motiva aliviar en algo el cáncer en estado avanzado. No es solo tratar síntomas como el dolor, que el paciente no esté todo el día dormido o no vomite, va mucho más allá; es contenerlo a él y a su familia”, comenta el médico Ronny Muñoz (58).

Viene de visitar a cinco enfermos de cáncer en la Clínica Alemana, donde es oncólogo. Egresado de la UC, es parte del equipo de cuidados integrales, unidad que trabaja para aliviar el sufrimiento de una enfermedad grave. “Muchos mueren, otros milagrosamente se salvan; mi rol es apoyarlos a tener una muerte más humana con los síntomas lo más controlados posibles. Es un desafío enfrentar el sufrimiento más que la muerte”, cree.

Muñoz se especializó en cirugía oncológica en el Instituto Nacional de Enfermedades Neoplásticas de Lima, donde fue parte de la fundación de la unidad de cuidados paliativos en 1995. A su llegada a Chile, en 2001, durante doce años integró la unidad de cuidados críticos intermedios y cuidados paliativos del Instituto Nacional del Cáncer. “Quise ser oncólogo por el sentido de prestar ayuda a otros, por el desafío que implicaba una enfermedad terminal”, cuenta.

Además, como miembro del directorio de la Asociación Chilena para el Estudio del Dolor (AChED), ha gestionado ante el Ministerio de Salud y el Congreso su apoyo a enfermedades con dolor crónico y al cuidado paliativo no oncológico. “La medicina paliativa del cáncer es la más conocida, pero enfermedades como las respiratorias, insuficiencias cardiacas o renales progresivas no están en el GES. Nadie las considera”, reclama.

Católico y creyente en la vida eterna, Muñoz creció en la calle San Ignacio, a un par de cuadras de la iglesia del mismo nombre en el centro de Santiago. En su casa de niño vio con “naturalidad” la partida de seres queridos. “El living era el epicentro de velorios de tíos, abuelos y otros familiares. La muerte era muy común, la veía como el paso natural a una vida mejor”, recuerda.

Por eso, cuando de adulto debió enfrentar sus propias pérdidas, tanto de pacientes como familiares, dice que estaba “más preparado”. En las últimas dos décadas, su madre, padre y hermano murieron a causa de distintos tipos de cáncer. “Sé que el cáncer, por mis antecedentes familiares, me ronda, lo tengo asumido”, dice con tono resignado.

—Estando cerca de la muerte, ¿qué piensa de ella?

—Para mí es un proceso donde todos llegaremos, no me resulta extraña ni lejana. La cantidad de personas que en semanas o meses que he visto han dejado de existir es tan grande, que debo tomarla así. Por ese motivo trato de que cada día sea intenso, hago lo que quiero hacer sin esperar, porque no sé si tengo un mañana.

—En 2015, la imagen de un médico estadounidense llorando arrodillado en las afueras de un hospital de California por la muerte de su paciente de 19 años dio la vuelta al mundo. ¿Ha vivido momentos como esos?

—Si tienes un paciente durante cinco años, ya es tu amigo. Pero como médico, no puedo involucrarme más allá, porque empiezas a actuar más con el sentimiento que con la razón, y puedes dejar de ayudar. Cuando pierdo a un paciente siento tristeza; inevitablemente se crea un lazo y hay una pérdida. Y aunque nunca voy al funeral de un paciente; como doctor, también vivo una especie de duelo. Pero esa ceremonia de despedida no está hecha para socorrer al médico, sino a la familia.

14 horas sosteniendo una herida

Muñoz cuenta que el caso más duro que ha tenido fue en Lima, en 1990, cuando trabajaba en el Instituto Nacional de Enfermedades Neoplásicas. Entonces, debió estar 14 horas sosteniendo con su dedo índice la herida en el cuello de un paciente de 62 años. Presentaba un cáncer de tiroides muy avanzado con una “gran” herida externa bajo su oreja izquierda. “Era una tremenda masa, como una coliflor hueca y mal oliente. Mientras lo observaba, le saltó un charquito de sangre y después salió más. Lo único que me quedó fue poner el dedo para contener el sangrado; lo puse en la carótida, la arteria principal del cuello; pero si sacaba mi dedo, se desangraba y lo mataba”, recuerda.

El tumor se había comido la carótida, y como la herida estaba llena de masa tumoral, el oncólogo relata que no había más técnicas para intervenirla. “Estuve toda la noche con el dedo puesto y a ratos me quedaba dormido. Finalmente, la carótida se rompió por otros dos lados y no hubo nada más que hacer. La sensación de ser el culpable de que alguien se muera es tremenda, es como el famoso tema de la eutanasia, donde no se sabe lo que pasará”, dice.

—Izkia Siches, presidenta del Colegio Médico, sostuvo en enero a El Ciudadano que hay que resolver algunas condiciones mínimas para acceder a la eutanasia; porque si no, los pacientes pueden tomar el camino más corto, el de la muerte ¿Qué opina al respecto?

—Si a mí me dicen que tengo un cáncer avanzado y me voy a morir de eso, podría ir al doctor y decirle que no quiero seguir viviendo; pero esa persona puede tener una expectativa de años o muchos meses con buena calidad de vida. Si a un moribundo no me atreví a sacarle el dedo, no podría practicar la eutanasia. Aunque mi especialidad gira en torno a pacientes que se mueren, se me hace imposible pensar en ayudarles a morir.

—¿Entonces no habría que apresurarse a crear una ley de eutanasia?

—El tema hay que discutirlo en forma global y no hay que apurarse en hacer una ley, pues lo más importante es que todavía el problema de los cuidados paliativos no oncológicos no está resuelto y las personas no pueden elegir. Estoy convencido de que si por lo menos un grupo de pacientes puede recibir tratamiento para el control de síntomas, tal vez ya no se querrán morir, y eso es muy gratificante para quienes luchamos por estos pacientes día a día.

Dar una mala noticia

El oncólogo no recuerda cuántas veces ha dado “malas noticias” sobre un diagnóstico poco alentador. Y mientras lo piensa, se detiene en su celular para mirar una foto que le acaba de llegar de uno de sus pacientes con un cáncer avanzado. “Está disfrutando con su familia en unas playas paradisíacas; no autorizaría viajar a alguien que no tenga la capacidad de hacerlo. Si los órganos importantes no están comprometidos, pueden ir donde quieran”, dice.

—Sobre la muerte, el doctor español Marcos Gómez Sancho, referente mundial en cuidados paliativos, publicó en 2016 el libro “Cómo dar una mala noticia en medicina”. Sostuvo que la muerte es un tabú mucho mayor que en épocas pasadas. ¿Qué cree usted?

—Así es. El mundo occidental es ganador y no tolera la frustración. Saber que hay algo que no se puede controlar es muy difícil y la enfermedad se ve como una debilidad. Antes, en décadas pasadas, la muerte era un concepto mucho más religioso y hoy se ha relativizado. Las personas no quieren morir y es muy común que me digan: “voy a ganarle la pelea al cáncer”. Ven su enfermedad como un problema personal y se angustian por vencer a algo que probable y lamentablemente no lograrán derrotar.

—Informar sobre un estado de salud irreversible no debe ser fácil, considerando que en las escuelas de medicina en los años 80 no se les enseñó a comunicar estos diagnósticos.

—Nadie nos mostró cómo hacerlo y, además, es muy complejo, porque los pacientes, aunque yo sea muy directo, no necesariamente entienden lo que les digo. Se ha estudiado que cuando por primera vez uno entrega un pronóstico, muy pocos se quedan con eso, la mayoría tiene una negación, incluso esto se ve en pacientes que son doctores. Por eso hay que acompañarlos en un proceso psicológico de varios pasos con un equipo de especialistas hasta que logran asumirlo.

—Algunos médicos son poco empáticos para informar un estado grave de salud.

—Y eso no sirve, crea un shock y una aversión contra el doctor. Las malas noticias sobre diagnósticos médicos no se pueden dar sin una esperanza, porque no sabemos lo que pasará; se puede tener un cáncer muy avanzado, pero algunos se podrían curar. No me atrevería a decirle a un paciente con una enfermedad terminal qué tiempo le queda, excepto en las etapas muy finales.

—Pero gracias a la ley de derechos y deberes del paciente, del año 2012, legalmente al paciente no se le puede negar su diagnóstico.

—Exacto. Antes se podía ocultar y poco menos que tenías que negociar con la familia. Con esta ley, el paciente debe saber su diagnóstico, a menos que tenga una enfermedad psiquiátrica o no esté preparado para recibirlo. Sería un gran problema moral y legal como médico no darle la noticia. Lo que sí, me he enfrentado a que el paciente no quiere que le contemos de su estado a su familia. Con esto, sus seres queridos quedan enojados con él, porque creen que sintió desconfianza hacia ellos y que podrían haber hecho mucho más por él.

—Imagino que probablemente hay quienes que en etapas finales de sus vidas tienden a reconciliarse con la religión.

—Los pacientes se conectan con su espiritualidad, independiente de su creencia. Algunos toman la religión como algo que los puede hacer transcender; porque les resulta angustiante saber que todo se acaba, que hay una cortina que se baja. Al creer que hay algo más allá, sienten que están dando un paso. En la etapa final les recomiendo la reconciliación familiar. Una vez, un hermano no quiso ir a ver a la clínica a su hermana que se estaba muriendo; ella nos había pedido verlo, para que se reconciliaran antes de irse. Una situación así jamás la he vuelto a ver.

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