Entre centenares de caminos, aldeas y villorrios mayores diseminados por el valle del Cachapoal, sorprende e interroga la existencia de una ciudad tan bien relacionada al agro, al tiempo que tiene una magnitud urbana mucho más notoria que todos los poblados insertos en lo rural.

Y está en el centro del valle, equidistante del mar y la montaña.

¿Cómo pudo ser esto? La respuesta podría darla un geógrafo o un economista de los territorios…

Felizmente, la poesía y las sorpresas que aparecen a cada trecho de sus alrededores y planta urbana bastan para que la razón no interfiera y el viaje se viva desde un asombro que no se detiene.

Todo está concatenado. Es que viniendo por la Ruta 5 Sur, a la altura de Santa Rosa de Pelequén ya se puede tomar el desvío hacia San Vicente de Tagua Tagua. Un primer letrero, con flechas hacia todos los puntos cardinales, promete: San Vicente, Malloa, Roquehua, Corcolén, La Puntilla, Pueblo de Indios… y ya se está en irreversible camino con curvas y otros letreros clavados en algún portón. “Están abiertas las inscripciones para la próxima temporada de frutas”, informa uno. No es todo, otro letrero chico dice: “Hacia Canta Rana”. De pronto, un aroma profundo inunda todo. Es el de la alfalfa más unos troncos de álamos que están siendo aserrados.

A estas alturas, ya no es tan exótico el que un lugar se llame Tagua Tagua, nombre de un pato que vive en el Estero Zamorano que aquí aparece después de nacer en otros cursos de agua: el Antivero, el Rigolemo y el Huinico. En 20 minutos se llega a una sencilla rotonda que de improviso anuncia una ciudad en medio de apacibles campos.

Como si fuese un clásico poblado medieval, circunvalado por un foso, a esta hay que entrar guiados por un largo camino flanqueado de palmeras. Lo que se encuentra es insólito: una urbe bullente y de una dinámica que nada tiene que ver con el ritmo cansino e introvertido que proponía el tramo anterior. Sin embargo, no hay contradicciones pues San Vicente de Tagua Tagua, en su vitalidad, supo concentrar lo más verdadero del campo y las aspiraciones ciudadanas.

Del ferrocarril a la Carretera de la Fruta

Es una ciudad contundente, que impacta. Su planta, concentrada y densa alrededor de la plaza, no se “desparrama” en callejuelas. Allí se aglutinan los servicios públicos y el comercio. Un jueves, tras varios días de fiestas, la ciudad está activa, sobre todo en la calle Germán Riesco, la Plaza de Armas y sus dos terminales de buses. Negocios de insumos agrícolas, ferreterías, tiendas de vestuario con las telas a la vista, nos recuerdan que este es un centro de intercambio y que alguna vez un ferrocarril (1894) que corría entre Pelequén y Las Cabras se encargaba de cargar aquí (Estación de Roquehua) los productos agrícolas de gran parte del valle. La trocha férrea sería reemplazada por la Ruta H-66 y la actual y peligrosa Carretera de la Fruta que lleva los productos vallinos hasta San Antonio o Valparaíso.

Toda la historia de San Vicente de Tagua Tagua, sin interrupciones, decantó en el actual momento histórico. Hubo incas en el siglo XV.

Dejaron la lección del riego y las siembras de maíz y ají. En el cerro La Muralla dejaron un pucará. Al comenzar el período hispano (1546), los indios le fueron encomendados a Juan Bautista Pastene. Tras 1650 y debido a la destrucción —por los mapuches— de las ciudades del sur, llega mucha gente que se asienta, sobre todo en los alrededores de la laguna de Tagua Tagua.

Hubo muchas subdivisiones de terrenos antes de que don Bartolomé Gallegos y doña Concepción del Campo fuesen los mayores propietarios durante el siglo XVIII. Una de sus descendientes, la señora Carmen Gallegos del Campo, donó, en 1845, un gran terreno para que sirviera de solar para la Iglesia y la casa del cura. Todo, al frente de la actual plaza y cuando en ella estaban los corralones y bodegas del fundo. Para consolidar la geometría del pueblo bastó la división de un gran potrero por medio de una calle recta que nacía del camino del inca y el sendero del mapuche.

Lo moderno desde lo antiguo

Desde el recuerdo y con nuevas formas, los sanvicentinos han sido respetuosos de su pasado. Dos horas en el centro cívico bastan para admirar la fachada e interior de su aseado Teatro Municipal (1938).

También la mantención de las formas coloniales, la existencia de galerías cubiertas con doble o triple salida; y reconocer que muchos de sus edificios modernos, sobre todo en la plaza, mantuvieron la altura original y en armonía con sus vecinos. Otros reprodujeron el alero, reutilizaron materiales y, sobre todo, algunos reciclaron las tejas y mantuvieron balcones, lo que hace de la ciudad una continuidad histórica, moderna, sin acudir a las soluciones folclóricas que son caricatura en otros pueblos vallinos.

La arquitectura tiene ejemplos magistrales. Uno, la Casa García, notable edificio esquina con mínimas alteraciones en su fachada desde 1900. Dos, remodelaciones y construcciones de edificios públicos desde el pattern colonial, que a comienzos de los 80 lideró el arquitecto patrimonialista Raúl Irarrázaval. Por último, la notable fachada del templo parroquial, asociada a intervención moderna que respetó la alzada, la espacialidad y los espacios contiguos del templo original, todo con gran cuidado en los detalles.

Mucho de San Vicente se nos queda afuera. La historia de su laguna, alguna vez desecada y que dejó al descubierto mastodontes y megafauna prehistórica; al hombre de Cuchipuy, uno de los más antiguos de América (unos 8 mil años) y al famoso Monstruo de la Laguna, hoy monumentalizado en una acera frente de la plaza.

¿Cómo pudo ser que en medio de los campos cachapoalinos surgiera ciudad tan grande y fiel a su pasado? Así mismo, con respeto hacia su suelo y a sus raíces históricas.

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