Entre quienes conocen al arzobispo de Santiago, varios concuerdan en que su caída comenzó el mismo año en que asumió (2011), luego de visitar al condenado Fernando Karadima y llevarle un libro y chocolates en víspera de Navidad.

“Esa imagen fue grotesca. Muchos de quienes pensamos que Ezzati venía a reformar y cambiar la Iglesia nos dimos cuenta en ese momento de que eso no iba a pasar”, afirma un sacerdote al interior del arzobispado.

Luego, en marzo de 2012, falleció Daniel Zamudio. Según colaboradores de la época se le recomendó a Ezzati que asistiera al funeral del joven asesinado, pero él envió a un vicario.

A su vez Ezzati tenía que hacer frente a las consecuencias que desencadenó el caso Karadima.

Una de las víctimas del ex párroco, el periodista Juan Carlos Cruz, cuenta que en la primera reunión con el nuevo arzobispo, se notaba incómodo. “Estaba rojo, era obvio que no quería estar ahí. Negaba cosas que nosotros decíamos y tuvo cero empatía con nosotros, eludiendo su responsabilidad”, dice.

Como un secreto a voces, era sabido que Errázuriz mantenía contacto frecuente con el salesiano. Aquello fue ampliamente difundido luego de que “El Mostrador” publicara una serie de correos electrónicos entre ambos.

La sombra del vicario

Durante sus siete años al mando del Arzobispado de Santiago, Ezzati ha tenido que ejecutar seis sentencias canónicas, casi una por año.

Pero una de las que más le pesan es la del ex vicario de la Solidaridad, Cristián Precht. El mismo que le dio la bienvenida cuando llegó a la Catedral Metropolitana en 2011.

Luego de que la Congregación para la Doctrina de la Fe mandató al cardenal Ezzati definir la pena del ex vicario, se abrumó y delegó la tarea en su vicario judicial, Jaime Ortiz de Lazcano. La condena ordenaba una vida perpetua de penitencia y oración, pero el arzobispo rebajó esa condición a sólo 5 años. Hubo una discusión y finalmente la condena quedó en lo que Ezzati dispuso (del libro “Precht, las culpas del vicario”).

“Esas decisiones han articulado que Ezzati se vaya quedando solo en su labor pastoral. Hoy, sin la mayoría de sus obispos auxiliares junto a él (quienes han sido nombrados administradores apostólicos en otras diócesis), la tarea está más complicada”, comenta el doctor en Historia y experto de la Iglesia Marcial Sánchez.

Visitó a Fernando Karadima, ya condenado, en víspera de Navidad. Le llevó un libro y chocolates.

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En 1991, Francisco Javier Errázuriz buscaba un colaborador que lo acompañara en Roma en la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica. No dominaba el italiano del todo y necesitaba un secretario. Pensó que la congregación de Don Bosco era un lugar donde encontrar a alguien con experiencia y devoción mariana. El escogido fue Ezzati, por las buenas referencias de Egidio Viganó, rector mayor de los Salesianos.

Cinco años estuvieron juntos en el Vaticano. Hasta que el Papa Juan Pablo II cambió los planes de ambos: en 1996, el pontífice designó a Ezzati como obispo de Valdivia y a Errázuriz a cargo de la diócesis de Valparaíso.

Valdivia era un lugar familiar. Había estado en el Instituto Salesiano de la ciudad en 1972 y su toma de posesión fue de alta convocatoria de fieles, en el recinto más grande de la zona: el Coliseo Arturo Azurmendi.

Desde ahí todo fue rápido: en 2001 sería trasladado a Santiago como obispo auxiliar, a petición de Errázuriz. Un párroco de la zona oriente y antiguo colaborador del arzobispado comenta que no es normal que un obispo titular pase a ser auxiliar. En esos años Ezzati se convertiría en la mano derecha absoluta del cardenal emérito; también en ese tiempo se vería involucrado en el caso Karadima. En 2005, el sacerdote jesuita Rodrigo García le explicó la situación de abusos sufrida por José Andrés Murillo en la Parroquia de El Bosque y el italiano le respondió: “Aquí hay una víctima y debe ser escuchada” (de acuerdo a investigación de Ciper) y se reunió con el filósofo. Murillo salió esperanzado del encuentro, pero nada ocurrió.

Ezzati diría después en Informe Especial que su rol no fue más que el de entregar esa información al cardenal Errázuriz.

Un sucesor para Santiago

Un nuevo líder de la Iglesia Católica, Benedicto XVI, designó a Ezzati como arzobispo de Concepción, la segunda diócesis más importante de Chile, que asumió en 2006. Posteriormente, el italiano se llevaría al ex vicario Pedro Ossandón a esa ciudad.

“Su regreso a la zona era una evidente preparación para algo más grande, como tomar la posta de Errázuriz”, afirma el vocero de Voces Católicas, Roberto Ríos.

Hacia finales de 2010, Benedicto XVI debía informar quién sucedería a Errázuriz en Santiago, quien había renunciado por edad dos años antes. En el clero local se hablaba de Alejandro Goic, Fernando Chomalí o Juan Ignacio González. Pero, de acuerdo a fuentes del arzobispado, el Papa tenía en mente a Felipe Bacarreza.

Y un religioso que ha colaborado durante años en la arquidiócesis dice que Errázuriz tenía dos candidatos para sucederlo: Goic y Ezzati.

“La Segunda” informó en esa época que el cardenal Errázuriz viajó a Roma para trabajar en “asuntos que son de vital importancia” en lo que fue el nombramiento de su sucesor. Uno de esos temas era zanjar el caso Karadima.

Dos meses después, todos quedarían sorprendidos con el nombramiento de Ezzati, incluso éste. Pues antes, y debido a su labor como investigador vaticano a los Legionarios de Cristo en 2009, estaba considerado para secretario en la Congregación de Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica.

Al interior del palacio arzobispal recuerdan este episodio. Otro sacerdote miembro de una de las vicarías cree que “era natural que Errázuriz buscara a alguien con quien él pudiera influir. Se iba con muchos cabos sueltos desde el arzobispado por el caso Karadima; era lo lógico que Ezzati lo viniera a suceder”.

Aunque la impresión de que el salesiano podría reencarnar al fallecido Silva Henríquez fue compartida inicialmente por sacerdotes y laicos, el tiempo diluyó esa idea.

Desde ahí Ricardo Ezzati viviría un periodo marcado por la influencia de su antecesor. “A medida que el cardenal Ezzati va subiendo en responsabilidad dentro de la jerarquía, se le fue olvidando su espíritu salesiano y de poner a las personas primero”, afirma Ríos.

El ascenso continuó. Y esta vez el Papa Francisco anunció el 12 de enero de 2014 que Ezzati sería cardenal, convirtiéndose en el séptimo de la Iglesia chilena.

Así viviría Ezzati hasta el 8 de diciembre de 2016, fecha en que presentó su renuncia —con miras a que el 7 de enero cumpliría los 75 años—, ante el mismo pontífice con quien compartió en la Conferencia del CELAM en Aparecida y ante el mismo que lo ungió como cardenal.

Había llegado a lo más alto de la jerarquía.

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Nació bajo la sombra de la Italia fascista, cuando los ecos de la Segunda Guerra Mundial aún se sentían en el Viejo Continente. En enero de 1942, Ricardo Ezzati Andrello llegó como el último de cinco hermanos. Al alero de una familia que vivía en el norte del país mediterráneo, en la región del Véneto, en el pueblo de Campiglia dei Berici: un lugar de origen medieval, marcado por el calendario agrícola, donde su población fluctúa entre los períodos de siembra y cosecha.

En ese lugar —extendido en el medio de campos de trigo y arroz— Ezzati empezó a reflejar de pequeño su vocación por el sacerdocio. En una entrevista a “El Mercurio” en 2010, su ex vecino Bruno Cesarin decía que convocaba a sus amigos para jugar a hacer misa. Su lugar preferido, agregó, era frente a una ermita que habían construido para agradecerle a la Virgen el fin de la guerra y él siempre hacía de cura.

Ezzati quedó huérfano de padre a los tres años. Tras la muerte de Mario —quien trabajaba como albañil—, fue su madre, Asunta, la que tuvo que hacerse cargo de la familia. La ex alcaldesa de Campiglia dei Berici y amiga del actual arzobispo de Santiago, Marisa Gonella, recordó en 2010 que ellos pasaron por varias dificultades económicas. Pero que esos problemas le brindaron a su amigo “una fortaleza espiritual y moral indestructible y que lo llevó a ser sacerdote”.

Fue a los 13 años que Ezzati decidió dar el primer paso hacia su vocación. Entró al Colegio Salesiano de Penango, provincia de Asti. Giovanni Carraro, ex párroco de la Parroquia “Jesús, El Señor” de La Florida y quien lo conoció en Asti, dijo a La Segunda que el cardenal “era un joven muy disciplinado, reservado, de mucha piedad, de visitas a la iglesia para la adoración. Era muy dedicado a los estudios”.

Presencia salesiana

La obra ligada a Don Bosco, el fundador de la Congregación, había tenido un fervoroso crecimiento en Europa y el mundo. Tanto así, que los jóvenes italianos que decidían entrar al noviciado debían irse como misioneros a otros continentes.

Al terminar sus estudios superiores, Ezzati tuvo dos alternativas: América o Asia. Junto a otros dos compañeros abordaron un barco con rumbo a Buenos Aires. Tras 18 días en el mar, el viaje continuó en un vuelo de Aerolíneas Argentinas con destino a Santiago. Luis Verdecchia, compañero de Ezzati en esa travesía, recuerda que ese viaje que hizo el Comet 4 que los trajo sería de los últimos, ya que la aeronave se desplomaría, meses después, antes de llegar a Paraguay.

Llegaron al noviciado de Quilpué a finales de 1959, pero las clases comenzaron al año siguiente. Eran nueve aspirantes: tres italianos y seis chilenos. Ezzati y sus amigos eran reconocidos por los demás estudiantes, ya que siempre vestían sus largas sotanas negras, como si ya fueran sacerdotes.

Hugo Strahsburger, ex compañero y sacerdote salesiano, escribió en 2011 para la revista Mensaje que los paisajes de la región de Valparaíso y el contacto con los jóvenes y niños pobres de la zona fueron “los primeros escenarios chilenos de Ricardo Ezzati”.

Todos ellos formaban parte de una congregación que cada vez empezaba a tomar mayor importancia dentro del país.

Los salesianos llegaron en 1887 a Chile y arribaron a Concepción. Encabezados por el sacerdote Santiago Costamagna y guiados por la línea de Don Bosco: evangelizar mediante la educación. Actualmente, la congregación tiene 22 colegios y la Universidad Católica Silva Henríquez.

Pero su mayor auge en el país vino a partir de la década de los 60, de la mano del nombramiento de Raúl Silva Henríquez como arzobispo de Santiago. Y luego con la marcada lucha de éste por los derechos humanos en los 70 y 80.

Durante esta misma etapa, Ricardo Ezzati viajaba constantemente entre Quilpué y el puerto, donde estudiaba Teología en la Universidad Católica de Valparaíso.

Terminados los cuatro años de estudio básicos (dos de aspirantado y dos de noviciado), Ezzati ejerció su práctica pastoral en el Liceo Camilo Ortúzar Montt de la comuna de Macul donde estuvo hasta mediados de 1966. No dejó Chile, ni siquiera para ir a los funerales de su madre que falleció en esa época.

El profesor Ezzati

Ezzati retornó a Italia a finales de 1966. Fue a estudiar Teología en la Universidad Pontificia Salesiana en Roma.

En esos años, Ezzati tuvo de profesores a eminencias de la congregación, como el ex secretario de Estado Vaticano Tarcisio Bertone (investigado por mal uso de dineros pontificios durante su período).

Estudió justo en los años que el Concilio Vaticano II, impulsado por el Papa Juan XXIII, comenzaba a sentirse entre quienes aspiraban al sacerdocio. “El mundo estaba cambiando y la Iglesia estaba viviendo momentos excepcionales de efervescencia (…) Se discutía lo que significa ser cristiano en la sociedad (…) en medio del mundo de la pobreza. Fue una época muy viva, que me ayudó a formarme como sacerdote”, dijo a revista Nos en 2008.

En 1970 se ordenó como sacerdote, en manos de José Cognata. La ceremonia fue celebrada en la parroquia de su natal Campiglia dei Berici, junto a sus hermanos, vecinos y amigos.

Luego estudio Catequística en la Universidad de Estrasburgo (Francia) y regresó a Chile en 1972.

Desde su retorno todo avanzó rápido: fue encargado pastoral del Instituto Salesiano de Valdivia y en 1973 asumió como rector del colegio de la orden en Concepción, donde también fue profesor de francés y filosofía.

El cardenal diría, mientras era arzobispo de Concepción, que esa decisión sería “una imprudencia de los superiores, pero fue una experiencia muy hermosa”.

Hacia 1978 retornó a Santiago. Primero como director del filosofado y del teológico salesiano en el sector de Lo Cañas. Eso, hasta que en 1984 fue nombrado inspector provincial, cargo que ocupó hasta 1990.

Un año más tarde, dejaría Chile nuevamente, esta vez para asistir a Francisco Javier Errázuriz en la Santa Sede.

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