Maitencillo acomoda su historia entre las formas de lo moderno. Eso se produjo lentamente. Los viejos residentes-veraneantes, venidos desde Santiago, Quillota y La Ligua añoran los tiempos cuando en la caleta eran una sola familia junto a los campesinos y pescadores; sobre todo por la amistad entre sus hijos.

Ya no es así, pues la mayoría actual son afuerinos afincados y los lazos de cercanía se diluyeron; aunque algo de aquella sociedad bicultural haya quedado.

Por ejemplo, este invierno sorprende al viajero, pues en un pequeño espacio —entre el Sindicato de Pescadores y la congestionada Avenida del Mar—, una comparsa de músicos baila al son de sus flautas, una coreografía que ya tiene más de 500 años de ejercicio ritual. Es el Baile Chino de Pucalán, que está de visita con ocasión de celebrar el Día de San Pedro. Tras ellos, más modernos, danzantes de otros puntos del cercano litoral se suman a esta bulliciosa procesión cuya elocuencia exterioriza la raigambre y complejidad cultural del lugar.

Esta vez, venidos de Puchuncaví, bailan las cofradías Los Maitenes y Pluma de Oro. De Loncura, la Hermandad Femenina Lourdes. De Concón ha llegado la Familia de las Mercedes. Jaime Cisternas, chino alférez local, conmueve con sus versos de saludo a San Pedro pescador.

Con aires pueblerinos

Si se viaja a Maitencillo por la Ruta 5 Norte, para luego, en Nogales, desviarse hacia a la costa, primero se llegará al poblado prehispano de Puchuncaví. Desde aquí, mirando hacia el mar se ve el extenso litoral que acoge a Maitencillo en un balneario estrecho y largo, con casas al pie y sobre el acantilado. Se divisa una rocosa puntilla que avanza unos trescientos metros sobre el mar adentro, conformando pequeñas playas, pozones y roqueríos con muchos pelícanos posados o que se desplazan lentos sobre su costanera a ras de agua. Dos bellas playas hacen sus límites: al sur, la Playa Blanca; al norte, la Playa Maitencillo. El viento norte y el suroeste, según el tiempo, forman marejadas aptas para el surf y la navegación a vela.

A pesar de que Maitencillo se alza sobre un litoral tan construido y de edificios altos, aún mantiene una unidad expresiva y escala pueblerina, pues la mayoría de sus casas posee formas y una discreta altura común. También es visible la topografía original de quebradas y colinas suaves, y no está desarbolado; sobre la ladera, grandes pinos marítimos y eucaliptos disectan libremente las propiedades, orientando al habitante. Así, no son evidentes los deslindes de las casas sobre la ladera. La calle principal del borde —Avenida del Mar— semeja una de pueblo europeo y está flanqueada de algunas sencillas y hermosas residencias de los años 50 o 60 del siglo pasado.

Escondrijos para visitar

Asombrosas excursiones se pueden hacer desde Maitencillo hacia las cercanas colinas de su cordillera costina, inmediatamente a sus espaldas. Siguiendo los agrestes senderos (vehiculares) que orillan quebradas y lechos de esteros, se diseminan varios villorrios dispersos, de gran atractivo humano y cultural.

Inmediatamente al este, a la altura de El Rungue (un poblado/calle, con oferta gastronómica) nacen los caminos hacia El Potrerillo y La Quebrada. Rumbo al sur, hay otros que llevan hacia San Antonio, las Canelas (que son tres, la Baja, la Media y La Alta), El Rincón… De regreso, en la medianía y a la orilla de la carretera que va a Nogales, se encuentran Pucalán y Los Maquis. Todos, casi escondrijos, algunos con origen prehispano, en donde se mantiene una genuina manera de pensar, costumbres y, sobre todo, resabios de una culinaria criolla, medicina natural, religiosidad popular…

Para los más osados, desde Pucalán nace un enigmático camino hacia Valle Alegre. Se trata de un recorrido casi inédito, para ciclistas y caminantes que gusten de la naturaleza. Son alrededor de 15 kilómetros de gran visibilidad sobre el mar y mucha flora y fauna nativa. El sendero alguna vez fue “corrido” por los chasquis incas en pos de llegar al sagrado cerro del Mauco, en la desembocadura del río Aconcagua. El recorrido cruza los amables faldeos de los cerros Las Mulas, El Cobre, La Leona, Las Canchitas. Pasará por las pequeñas localidades y quebradas de Chilicauquén, San Pancracio y el misterioso estero de Malacara, hasta llegar a la aldea de Valle Alegre desde donde se puede bajar a Quintero o regresar a Maitencillo.

Un poco más al norte del balneario, caminando sin abandonar la costanera, se llega a La Laguna. Esta es un ensanche del Estero de Catapilco antes de su desembocadura en el mar. Un lugar que también ha sabido mantener algo de su magnitud cultural original y se ofrece amable, familiar, sobre todo a los niños. Allí hay arriendo de botes, de caballos, equipo para surfear, buceo… que lo hacen muy entretenido.

Hoteles, arriendo de cabañas y restaurantes terminan de conformar un entretenido panorama que también es un paseo de invierno.

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