Fue a los 11 años que César Morales llegó a probarse al Teatro Municipal. Improvisó algunos pasos y quedó. “Estás seguro de que no habías bailado nunca antes?”, le preguntaron.

Su padre es carnicero y su madre aún trabaja con él, es el menor de cuatro hermanos, nació en Rancagua y muy pequeño aterrizó en Quinta Normal. Allí comenzó a tomar cada curso de arte con el que se cruzó. “En el colegio tomé pintura, folclor, ¡hasta coro! No sé cómo, en el grupo pasaba piola. El profesor nos llevó al Municipal por primera vez, a ver «Anna Karenina»”, recuerda Morales en un café aledaño en Providencia. Su vida cambió con esa función. Alucinó y llegó bailando a casa.

A los 16 años, consiguió su primer contrato y a los 18 ya era primer bailarín del Ballet de Santiago. Hoy, a los 39 años, es el chileno más importante en la escena de danza internacional, instalado hace 13 años en Europa, actualmente como primer bailarín del Birmingham Royal Ballet. Estuvo de paso en Chile para preparar su próximo debut en el Teatro Oriente, en la Gala Internacional del Ballet de Providencia, el 30 y 31 de agosto, que incluirá a 15 primeras figuras de ocho importantes compañías del mundo.

Vuelve a hacer dupla con Natalia Berríos, primera figura del Municipal, con quien protagonizó el año pasado “El Lago de los Cisnes” y con quien bailó a los 15 años en su primera competencia en China.

“Es mi primera gala fuera del Municipal, y mi primera vez con «El espectro de la rosa» en Chile, una pieza muy antigua que bailaba Nijinsky. Volver a Santiago para mí siempre es importante”, dice.

Acaba de terminar una intensa gira por el mundo con “Romeo y Julieta”, con la exigente coreografía de Kenneth MacMillan. “El Romeo de César Morales, amistosamente engreído, irremediablemente enamorado, empeñado en la venganza, fue uno de los mejores que he visto”, escribió Mark Monahan en el Telegraph, en junio pasado.

Regresa al país en pleno debate por la exclusión de la ópera y el ballet de la nueva Ley de Artes Escénicas.

“Siempre se ha pensado que el ballet es para la alta clase. Hemos mejorado con los años, esta gala es un ejemplo, porque atrae a un público distinto al del Municipal. Con bailarines internacionales que les abren la visión de lo que está pasando en el mundo”, dice. “No puedes separar la ópera, el ballet o la pintura del arte. Quienes excluyen el ballet quieren que sea elitista, no los artistas. En Chile nunca me enseñaron nada al respecto, pero en Europa hay muchas charlas de ballet en los colegios, fui a hablar de «Romeo y Julieta» hace algunos días a uno. La educación no es sólo aprender a sumar y restar”.

“Todo lo que la gente no ve es lo más duro”

Morales tiene un leve acento británico, camina bien erguido y sus pasos lo delatan como un bailarín de élite. En Chile, fue siete años primer bailarín del Municipal. Se fue a competir a Nueva York donde ganó medalla de oro y con ese dinero partió a Francia. “Mi primer año en Europa fue muy difícil. Siempre hay que probarse de nuevo, porque nadie te conoce. «¿Chile, dónde queda eso?». Me pasó mucho que me decían: ¡¿Hay ballet en Chile?! Muchos creen que en Chile todavía vivimos en ruca. Hasta ahora me encuentro con algunos que creen que el país se llama Chile por el ají. Les suena la política o los mineros”.

Llegó a la Opera de París en su primer año, mientras viajaba como invitado a Praga y Eslovenia. Entró al English National Ballet y se quedó en Londres por cinco años. Se trasladó a Birmingham y ahí se quedó.

En todo este tiempo, ha sabido brillar en los escenarios más importantes del planeta. “En Japón la gente se vuelve loca, apenas entras al escenario aplauden. En Inglaterra son más calmados. En Chile son geniales conmigo, pero la gente tiene miedo a aplaudir. Pienso que hay que aplaudir si uno hace una variación buena, porque es mucho trabajo para nosotros. Me pasó en mi última función en el Municipal, que salió súper, los bailarines estaban impactados, pero nadie me aplaudió. Yo me quedé esperando”.

—Esta es una vida de muchas luces, flores...

—¿Glamour? No hay nada de eso. Son sólo momentos. Todo lo que la gente no ve es lo más duro. Hacemos una clase diaria para preparar el cuerpo para bailar, antes de empezar los ensayos. Mi horario es de 10:30 a 7 de la tarde, sin función. Si no, terminamos 11 y media de la noche. Y a veces ensayo dos o tres ballet a la semana.

—¿Además vas al gimnasio?

—Sí (risas). Me ayuda a mantenerme fuerte y a trabajar con una lesión que tengo en mi hombro, me tuve que operar. Dieta no tengo, me gusta comer sano y no tomo bebidas con gas, pero es por gusto.

—¿Es realista la película “El Cisne Negro”, sobre el mundo del ballet, de Darren Aronofsky y protagonizada por Natalie Portman?

—¡Una exageración! Por eso a casi nadie le gustó. Ningún bailarín trata de matar al otro. Hay luchas de ego, pero es natural. El público no se llega a imaginar lo que es trabajar con cientos de bailarines, con miles de compañías, unas contra otras tratando de vender más tickets. Hay mucha competencia.

—¿Sentiste esa envidia personalmente?

—Sentí que mucha gente me juzgó antes de verme bailar. Sólo porque no era del Royal Ballet School. Muy injusto. Hasta que me empezaron a conocer. Hoy me respetan mucho, los mismos bailarines. Vivimos una competencia bien sana. Si ves cuando termina la clase, los bailarines principales siguen ahí, trabajando duro.

—¿Es la soledad la parte más difícil?

—Oooh sí. Me he sentido muy solo. Extraño mucho a mis amigos de mi infancia, con quienes hablo siempre. Cuando nos vemos es como si no nos hubiéramos separado. A veces, después de una función, me va a ver algún amigo, pero por lo general me voy a mi casa solo. En Praga me invitaron a bailar para la Pascua, yo ni siquiera hablaba el idioma, pero nadie se dio cuenta de que terminó la función y se fueron cada uno para su casa. Pasé una Navidad completamente solo en una habitación pequeñita con un queque. La tele prendida con la “Blanca Nieves” en checo. Salí, fui a buscar a un teléfono público y llamé a mi mamá. Esa vez fue triste, pero me ha pasado muchas veces.

“Sentí el susto a la palabra cáncer”

Morales sueña con que sus padres, que viven en Santiago, puedan viajar y conocer la casa victoriana que compró en Bearwood, Inglaterra, con un hermoso jardín y rodeada de parques para pasear a sus dos perros.

“Recuerdo que yo salía corriendo del colegio para volar al teatro, pero nunca pensé que me iba a dedicar a esto. Como tenía tantos intereses, mi mamá me decía: «Seguro en dos semanas más vas a querer hacer otra cosa». Supongo que mi papá hubiera preferido un hijo futbolista. Nunca me lo ha dicho, pero le encanta el fútbol. Hasta que me vieron bailar por primera vez, fue «Cascanueces» arriba de un camión con el que recorríamos comunas. Se dieron cuenta de que esto era súper serio para mí, estaban muy orgullosos”.

—¿Fue difícil con tus compañeros en el colegio?

—Sí. Hay niños que dicen cosas súper crueles, pero eso viene de la casa. Mucho machismo, me decían que el baile no es para un chico. Cuando teníamos que jugar fútbol yo le rogaba al profesor para no entrar, me hacía correr no sé cuántas veces alrededor de la cancha mientras todos jugaban. ¡No me gustaba! Además, nadie me quería en el equipo.

—¿Cómo superaste esos episodios?

—Me decían cosas, hacían ruiditos cuando yo aparecía, pero no me importaba. Empezaron a verme de a poco, empecé a aparecer en las noticias, hablaban de mi talento. Y como me sacaban más temprano de la sala de clases para llevarme a ensayar, todos querían hacer ballet (risas). Dejé el colegio a los 15 porque me fui con una beca a Houston, EE.UU. Cuando volví, ya estaba en la compañía y terminé de estudiar de noche.

—¿Perdiste situaciones importantes en tu juventud? Ni hablar de emborracharte con tus amigos.

—Lo pasaba bien, pero evidentemente no podía salir a bailar con la caña ante miles de personas (se ríe a carcajadas). Me salté esa etapa de la adolescencia, en ese tiempo era full trabajo y estudios. Me he perdido de todas las fechas importantes: cumpleaños, navidades; para mis sobrinos obviamente soy el tío lejano. Claro, ahora puedo emborracharme, pero en esa época era todo trabajo por ser el primer bailarín.

—Te detectaron un cáncer testicular en 2010. ¿Cómo pudiste superarlo?

—Me asusté mucho. Esa fue una de las cosas difíciles que me tocó vivir solo. No quise contarles a mis papás, porque si les digo que me duele la cabeza me mandan al hospital. Hablé con mi hermana y le dije: “Tú, si quieres les cuentas, yo no puedo”. Sentí el susto a la palabra cáncer, uno nunca piensa que le puede pasar. Fui a ver un miércoles al doctor de la compañía y ese mismo viernes me estaban operando. Apenas me mandaron a la casa, dos bailarines me fueron a buscar. Un amigo vino de Francia para acompañarme, nunca voy a olvidar que él estuvo ahí. Estuve solo hasta que llegaron mis hermanos, que me ayudaron con las comidas y la quimioterapia. Ahora que lo pienso, lo más feo fue ver a todos los enfermos que estuvieron al lado mío, tan tan mal. Yo era el más joven.

—¿Viste en peligro tu carrera?

—Pensé que me iba a morir, obviamente. Me decían que estuviera atento a los dolores de la espalda, ¡pero el cuerpo me duele todos los días! No sé cómo diferenciar los dolores. Hablé con el sicólogo, el mismo día del diagnóstico el hospital te pone uno a cargo. El mío era un cáncer muy común. Me chequeaban todos los meses. Hasta que pasaron cinco años y me dijeron que ya estaba limpio. La verdad, tuve suerte de estar allá. En Chile mi mamá necesitaba una operación y entró a una lista de espera eterna. Le mandé plata y la operaron en una clínica privada. Después de dos años y medio la llamaron por su turno.

—En noviembre cumples 40.

—No quiero. ¡Es que no me siento de 40! Te lo juro. Estoy igual que a los 25. Salgo, me gusta bailar y pasarlo bien. Nadie adivina mi edad. Hasta me han pedido el carnet en Europa (risas). Todos me preguntan: «¿Y cuándo vas a parar de bailar?» Piensan que los 40 son la muerte total para un bailarín. Pero no.

—Luis Ortigoza se retiró a los 47 y Mijail Barýshnikov ha sabido mantenerse con 70 arriba de los escenarios.

—Y mi ídola, Sylvie Gillem, dejó de bailar después de los 50. Mejor que nunca. Obviamente depende de cada físico, por eso no se puede hablar de una edad. Estoy feliz en mi compañía, disfrutando. He aprendido de todas las cosas malas que me han pasado. Y de lo bueno. Nunca he sido un robacámaras, siempre estoy en una esquina. Siempre he creído que si bailas bien y tienes calidad, puedes estar en el fondo y los ojos se van a ir para allá.

CESAR SILVA

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