“Hay que obligar al empresario a gastar plata como uno quiere. Esas son las ideas raras que se les ocurren a las personas hoy”.

Fernando Claro V.

Enrique Bunster, cronista del siglo pasado, dijo que el chincol era tan chileno que debería tener «el derecho a posarse sobre el Escudo Nacional, entre el cóndor y el huemul». Incluso ahondó sobre el intimidante gorrión europeo, invasor que amenazaba con erradicarlo, cuestión que no se cumplió. Se echan de menos estas crónicas que relevan a nuestros pájaros. Además, siempre es importante estar revisando el carácter de «ave nacional» de alguno de ellos. Puede que una solapada rebelión conservadora termine sacando al huemul del escudo, por promiscuo, y dejando a dos cóndores, por monógamos.

Quizás lo que falte es una revista de pájaros en Chile donde aparezcan estas reflexiones. Trile y Endémico son buenas, especialmente la última, pero generalistas. Mientras viví en Londres estuve suscrito a British Birds y Birdwatch, revistas de copuchas, polémicas, reseñas de libros y difusión científica acerca del mundo de los pájaros. Era emocionante verlas en el suelo, recién llegadas a casa (aunque incomparable con la ansiedad infantil de recibir a principios de los 90 las extintas Don Balón o Cazar & Pescar, que traía increíbles crónicas de la pesca de gigantes truchas en el Mapocho firmadas por un tal Amos Burn). Al llegar a Chile quise replicar las revistas británicas, pero fracasé. Quizás fue para mejor. Habría tenido que sufrir la inmisericordia del juicio público, las redes sociales y las buenas personas frente a un eventual y penoso cierre. ¿Habrá algo más insensible que cerrar una revista de pájaros? La fuga de lectores a internet, un mal manejo financiero o cualquier cosa que me obligase a cerrar me habría catalogado de mala persona, dañino, enfermo o inmoral.

Es otra consecuencia de la ambición de figuración moral, hoy tan de moda. Enojarse para sentirse bien. Tal como ocurrió con la revista Paula, cuyo lamentable cierre —o transformación— causó histeria en redes sociales. Qué más insensible que cerrar una revista femenina hoy en día. Hay que obligar al empresario a gastar plata como uno quiere. Esas son las ideas raras que se les ocurren a las personas hoy. Y ahora le tocó a Iansa, una empresa menos taquillera, ya que la planta que va a cerrar sólo procesa azúcar. Lo insólito es que exigen el salvataje del Gobierno y éste quiere ceder. ¿Están a favor entonces también del polémico subsidio a las forestales? ¿O quizás, para salvarla, de dejar la “comida sana” y volver a comer azúcar? Además de dejar el vino para que las glamorosas viñas de hoy vuelvan a ser los campos de remolacha de ayer. No voy a ser yo —no soy jesuita— quien explique desde un pedestal las angustias de la cesantía o los matices del cierre de una revista, pero no se puede andar con ira por el mundo exigiendo al resto perder plata ajena. Sí se puede alegar por tener botado el Bellas Artes, pero eso es porque es plata nuestra.

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Juan Enrique Guarachi

Fundación Belén Educa

De la desconfianza al encuentro

¿Cómo alcanzar los equilibrios en nuestra convivencia, como ciudadanos, especialmente en los liceos, colegios y escuelas? Nuestros padres y abuelos decían: “la letra con sangre entra”. La manera de convivir se sostenía verticalmente y el más fuerte ponía las reglas: el padre sobre el hijo, el profesor sobre el estudiante, el comerciante sobre el cliente, el sacerdote ante el penitente. En consecuencia, se producían abusos de poder expresados, en ocasiones, en actos repudiables ejecutados en niños o en los más vulnerables, y que hoy los estamos denunciando con todo el rigor de la ley. A buena hora.

Pero el péndulo se ha ido desplazando hacia el otro extremo. Los individuos están tomando la ley en sus manos. Expresan su indignación por años de sometimiento, ocupando las redes sociales. Hemos sido testigos de jarronazos de agua lanzados a la autoridad; de interrupción de sesiones parlamentarias por grupos violentos; de apoderados, incluso estudiantes, golpeando a profesores y directores de escuelas. Es una carga de violencia más allá del límite. Y lo que merece mucha atención es que hoy los padres prefieren ser amigos de sus hijos, que ser los papás que fijan límites, que están cerca, que orientan. Lo mismo sucede con muchos docentes, que tienen miedo de ser malinterpretados, de ser acusados, y por tanto no están dispuestos a comprometerse afectivamente en el desarrollo humano, emocional, espiritual, para formar integralmente a sus estudiantes, y sólo se centran en lo cognitivo. Sabemos a ciencia cierta que la magia del aprendizaje se logra en la relación de lo cognitivo con lo socioemocional. Cada vez nos alejamos más de aquella oportunidad, que muchos hemos tenido, de contar con ese papá o mamá, con ese profesor o sacerdote, que transformó nuestras vidas en seres con profunda humanidad, con valores y principios.

Los extremos generan las desconfianzas. Se rompen los afectos, se reprimen las emociones, las cercanías. Como sociedad, nos merecemos transformar la cultura en un ambiente armónico, para prepararnos a la escucha y a la tolerancia, disponibles a acoger genuinamente la solicitud de perdón del otro, para producir los encuentros y que tenga el mayor de los sentidos la buena convivencia entre los que conformamos este hermoso país.

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“Pese a lo que se ha hablado del votante rural, sólo el 20 por ciento de los 300 millones de habitantes de EE.UU. vive en zonas rurales. Y cada vez son menos”.

Gonzalo Baeza

Veo el letrero todas las mañanas, camino a la estación de tren. “Dado el aumento en el costo de las balas, ya no haremos disparos de advertencia”, dicen las letras negras, mayúsculas, sobre un fondo blanco. El cartel de aluminio está sujeto al portón de metal por un alambre oxidado y deja en claro que si uno entra a esa propiedad —un campo con varias hectáreas de maizales— lo hace bajo su propio riesgo. El letrero evoca una imagen popular de West Virginia, uno de los estados con las leyes de tenencia de armas más liberales del país.

Otra imagen representativa es la estación Duffields de ferrocarriles, desde donde tomo el tren a Washington D. C. Llamarla “estación” es generoso. Es más bien un estacionamiento de asfalto junto a los rieles y una pequeña plataforma de madera en la cual nos ubicamos las cerca de 30 personas que tomamos el tren de lunes a viernes.

Suelo ser el más joven de los pasajeros que abordan el tren en Duffields. La mayoría de ellos pareciera llevar años haciendo este trayecto. Los pueblos por los que pasa el tren tienen nombres pintorescos —Point of Rocks, Barnesville o Brunswick—, pero muchas veces son poco más que eso: un par de casas, una bencinera, un granero y una torre de agua con el nombre del lugar en letras grandes.

Cuesta creer que, en menos de una hora de viaje en dirección a Washington, las comunidades semivacías, los campos y los bosques son reemplazados por esos suburbios sin personalidad que se encuentran por todo el mapa de Estados Unidos. He visitado o vivido en 21 de los 50 estados del país y esos strip malls con los mismos restaurantes, las mismas tiendas y los cines con las mismas películas son virtualmente intercambiables. Nada en esos lugares te dice si estás en Alaska o en Florida.

Lo que sí cambia a medida que el tren se acerca a la ciudad es la gente. Los pasajeros se vuelven más diversos y jóvenes, y la gente mayor y habitualmente blanca que se subió en las estaciones rurales se convierte en minoría.

La radiografía del país que fue y en que se está convirtiendo EE.UU. no puede quedar más clara que en uno de estos viajes en tren. Pese a que en el último tiempo se ha hablado mucho del votante rural y su impacto político, sólo el 20 por ciento de los 300 millones de habitantes del país vive en zonas rurales. Y cada vez son menos.

Hace dos años el electorado rural de EE.UU. le recordó al mundo que aún existía, cuando votó mayoritariamente para llevar a Donald Trump a la Casa Blanca. Más allá del momento político actual, el cambio demográfico que vive el país, que no es nuevo pero aún es silencioso, puede generar una transformación aún más profunda.

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