Cumplir los 40 no ha significado para Juan Ignacio Latorre la llamada “crisis de la mediana edad”, a la que se ha referido tanto psicólogo, como es su profesión. Sí de mucho meditar qué cartas jugará durante los próximos ocho años y también sobre su vida personal, incluyendo su separación.

Su cumpleaños, el 24 de marzo, lo pilló en un escenario que los partidos no pensaron ni en sueños. Saltándose todos los ritos de una carrera política tradicional, dos semanas antes había jurado —es católico— como único senador del Frente Amplio, en la V Región.

Llegó ahí en noviembre, incluido en la planilla de candidatos casi por default, porque el nuevo bloque de 21 legisladores tenía que llevar postulantes y este militante de Revolución Democrática estaba dispuesto a aperrar por su partido donde fuera, en un contexto de escasas figuras con los mínimos 35 años para el reto. Y así, este académico que encontró su vocación en la política, con 30.528 votos (4,60%) desbancó a consagrados de la región, como Ignacio Walker y Lily Pérez. El segundo “sharpazo”, como se le llamó.

“Soy una persona muy de meditar, de espacios de silencio interior. Pucha, igual yo me casé joven”, comienza la reflexión de sus primeros 40.

—¿A qué edad?

—Tenía 30, o 29 años, por ahí. Mi hija nació en Barcelona (mientras cursaba un magíster, y un doctorado que tiene pocas intenciones de retomar). Tuve el proyecto de construir familia y también ahí hay un fracaso... No me arrepiento, para nada, al contrario, mi hija es muy importante en mi vida, pero ciertamente hubo un fracaso personal como del proyecto de familia —dice abiertamente. La conversación es tranquila, como él.

—¿Cuántos años de matrimonio?

—Siete. Es parte de mi evaluación de mis primeros cuarenta. De ahí, fui rehaciendo la vida. Obviamente mi hija es una prioridad y no renuncio a formar familia, pero claro, hay un aprendizaje de esa experiencia.

—¿Cómo se puede hacer de nuevo un proyecto familiar, como senador?

—No es fácil. De partida estando con alguien que comparta esto, que entienda, que haya complicidad. Ahora, sin apuros, no es una obsesión de “me quiero casar de nuevo y tener hijos”... llegará.

—¿Está en pareja?

—Sí, tengo una relación de pareja. Prefiero no hablar mucho de eso, pero tengo una relación de pareja.

Su nuevo rol le exigió al menos tres cosas: dejar el mundo académico (siete años en la Universidad Alberto Hurtado); un cambio de domicilio y ordenarse milimétricamente para ser un papá presente para Belén, de 8 años. “Mi hija vive en Santiago con la mamá, tenemos un régimen compartido, cada 15 días la tengo de viernes a lunes; va al colegio en Santiago. Me vine a vivir acá en la campaña, a tiempo completo, independiente del resultado; fue como una intuición. Mi hija lo resintió en la campaña, ella me acompañaba a algunas cosas, pero se aburría”. Entonces, habló con su equipo: “Los fines de semana que yo estoy con mi hija, bloqueamos agenda. Si no pongo ese límite, hay un costo de pérdida con mi hija y los años con los niños son irrecuperables. Si no cuidas tus vínculos, esta cuestión (ser senador) te pasa por encima”.

Casi sacerdote

Este verano Latorre fue a un retiro espiritual, que le sirvió para preparar su nueva etapa. Lo hace por años, desde que se insertó en la comunidad jesuita. Cuando tenía 20, descontento con su carrera, pensó en ser sacerdote: “Fui a una jornada vocacional. Finalmente descubrí que mi vocación era más bien laical”.

Pero ha dejado de ir a misa.

En su carrera, estuvo muy vinculado al Hogar de Cristo, como director de la Hospedería de Niños en situación de calle y en el Centro de Rehabilitación de la Fundación Paréntesis, donde trabajó con Pablo Egenau, quien había dirigido su tesis sobre modelo de reducción de daños en drogo-dependencia. Y entre 2006 y 2008, fue coordinador de Formación en la ONG Educación Popular Latinoamericana, de la red de escuelas y colegios emplazados en sectores populares Fe y Alegría.

“Antes iba a misa bien seguido. De algún tiempo, por todo lo que ha ocurrido de Karadima en adelante, como que me distancié del rito más institucional. Sí he mantenido espacios de retiro con Mariano Puga y comunidades de base. Trato de ir todos los años, es un espacio como de cinco días, nos instalamos en campamentos. Nos sirve mucho para evaluar el año y proyectar lo que viene”.

Su búsqueda espiritual fue sui géneris. Mientras los católicos llegan al bautismo de bebés, él lo hizo consciente a los 17 años. “Mis padres quisieron que decidiéramos de grandes. En la casa siempre se respiró libertad de conciencia”, dice. Latorre alude a que su padre, Dagoberto Latorre Aguayo (ex militante del MAPU, trabajó en los gobiernos de Frei Montalva y de Allende) es católico y su madre, Blanca Riveros Soto, psicóloga y agnóstica, la misma que lo contactó con los sacerdotes al observar su inquietud espiritual.

“Yo estaba en una búsqueda, me consideraba creyente. Mi hermana mayor, que nació en Argentina por el golpe (ahí se exiliaron tres años) nunca se bautizó, es agnóstica”, prosigue. “Conocí después el mundo de los jesuitas, e hice los rituales del bautismo saliendo del colegio, y ya en la universidad hice la confirmación. Empecé a participar en las comunidades de vida cristiana, el movimiento laical de los jesuitas, hice mi catequesis ya con otra perspectiva. Por eso todo el rollo de la teología de la liberación lo descubrí de grande, leyendo, escuchando teólogos”.

—¿Por qué le inspira la teología de la liberación?

—Por la síntesis entre el evangelio, el cristianismo y el marxismo, la denuncia del capitalismo como sistema injusto, pero no sólo desde la tradición así como el marxismo científico, como fue la construcción de los socialismos reales, sino de una perspectiva comunitaria, fraterna.

—¿No ve una contradicción entre el materialismo dialéctico ateo y el evangelio de Cristo?

—El marxismo propone una utopía, la sociedad sin clases, la igualdad, junto con criticar y denunciar las injusticias del capitalismo. Otra cosa es cómo se aplicó y el socialismo real en Europa, la revolución rusa, en Europa oriental, el siglo XX; hay que hacer una evaluación crítica de aquello. Yo conozco a muchos curas marxistas, no veo contradicción. Creo en un socialismo de corte democrático, donde no se cuestione a la gente por su creencia, porque la fe es una cuestión de libertad personal, el ser creyente, si yo soy cristiano, si otro es hindú, la espiritualidad indígena, es propio de la libertad de las personas.

—¿Cómo son los rezos de Juan Ignacio Latorre?

—Te mentiría si digo que lo hago diariamente, pero trato de tomarme tiempos de silencio personal, aunque sean 15, 20 minutos, en algunos casos media hora. Es meditación. A veces tomo algún pasaje del evangelio, en general leo el evangelio del día, por internet.

—¿Qué lectura lo ha inspirado?

—Las parábolas sobre el Reino (de Dios) me gustan mucho. El desprendimiento, la fraternidad, trabajar por el Reino y su justicia, y confiar en que lo demás vendrá...

—...por añadidura. Y ¿le pide a Dios sabiduría?

—No soy mucho de pedir; soy más como de tratar de escuchar el Espíritu, por dónde va, por dónde sopla.

—¿Cómo ve lo que está pasando en la Iglesia Católica chilena?

—Es doloroso lo que ha ocurrido, pero es necesario que haya salido a la luz pública. El análisis que hago es que desde que Juan Pablo II asume en 1978, en América Latina genera el castigo a la teología de la liberación, empieza a jubilar a todos los obispos progresistas que tenían vínculo con movimientos de izquierda. La iglesia católica es una institución muy política, Juan Pablo II fue metiendo a obispos del corte de Karadima. Muchos conservadores, gente del Opus Dei, de los Legionarios de Cristo crecieron a nivel global.

—Pero los abusos los podría haber cometido cualquiera, de hecho también hay entre los jesuitas.

—…Incluyendo a los jesuitas y muchas congregaciones, pero a lo que voy es que llegó al nivel más alto de la iglesia y con ese perfil.

—¿Fue esto lo que lo afectó en lo personal? Cuando dice que antes iba a misa.

—Sí, pero creo que también fue mi proceso de separación. Hubo varias cosas que me alejaron un poco del espacio institucional en el que solía estar. Pero no dejé de ser creyente, y no soy quién para juzgar a quien deje de creer.

—En sus cartas, el Papa Francisco interpela a los laicos a tener una fe más madura. ¿Cómo toma ese llamado?

—Todos en conciencia estamos llamados a discernir, de alguna manera el Espíritu te va diciendo y eres tú el que tiene que ir viendo “por aquí va, o por acá no; esto es contradictorio, esto es coherente”, individualmente y comunitariamente. Siento que aprendí eso con los jesuitas, que son de promover el pensamiento crítico, como una fe más adulta. El laicado tiene que crecer en autonomía.

—El Papa también llamó a poner a Jesús en el centro. ¿Lo es para usted?

—Sí, lo admiro, un referente, rompió paradigmas.

—Francisco también criticó los elitismos.

—Si basta ver los colegios privados, son católicos, es una élite endogámica, van a los mismos colegios, los mismos barrios, se casan entre ellos. En la izquierda hay más diversidad.

—Pero ser parlamentario claramente es pertenecer a la élite de este país.

—Sí.

La “ansiedad” de los senadores

—¿Qué observa en el Senado, como psicólogo?

—Ansiedad. Me llama la atención la ansiedad por el protagonismo, veo a varios híper eléctricos... y eso es transversal. La lucha por el liderazgo político. En la derecha tienes dos precandidatos presidenciales, Ossandón y Kast; en la UDI, Jacqueline van Rysselberghe; Navarro, Guillier.

—Con Navarro y Guillier usted comparte piso.

—Sí —Y continúa: “Gente que ha dado peleas muy personales, mucho codazo para estar arriba. Y otros de bajo perfil, como Nani (Adriana) Muñoz, habla bajito, una señora que pasa piola, pero va adelante con sus agendas”.

—¿Encontró algún partner en el Senado?

—He tenido más cercanía humanamente con Alfonso de Urresti, me siento al lado de Alvaro Elizalde, con ellos he tenido buen feeling. Con Yasna Provoste, que estamos trabajando en Educación, con Nani en Derechos Humanos.

—No menciona a nadie del oficialismo.

—Con Felipe Kast también participamos juntos en DD.HH., veo que con él va a tener que haber un entendimiento, porque va a ser como la contraparte a futuro en la derecha. Pero me llaman la atención esos códigos de buen trato, a diferencia de la Cámara. Tal vez estoy cometiendo una infidencia, pero los mismos senadores socialistas le dicen a la Cámara de Diputados la calle 14, porque es como en la cárcel, las peleas son a sablazos. Acá en el Senado es todo más políticamente correcto, lo cual tiene sus pros y sus contras. A mí el tono me acomoda, porque no soy de andar descalificando personalmente a nadie, pero la contracara es la hipocresía y la defensa corporativa, como pasó con los copy paste de los informes.

—¿Si usted tuviera que hablarle sobre la fe a diputados agnósticos, como Vlado Mirosevic, qué les diría?

—Uf, difícil… es que también por perfil yo no ando predicando. Con Gabriel Boric conversamos una vez un ratito, pero más que de la fe, él estaba leyendo el último libro de la Carmen Hertz y hablaba de Pepe Aldunate y Mariano Puga. Me preguntó si los conocía; le dije que sí, que con Mariano soy amigo, con Pepe Aldunate no tan amigo, además es viejito, tiene 101 años, pero compartí harto con él, son referentes. Y ahí me empezó a preguntar un poquito. Pero no ando diciéndole al mundo “soy católico”, cada uno con sus creencias, con mucho respeto, tengo amigos de otras religiones, del oriente, me interesa el diálogo interreligioso.

—¿Y ha hablado con los parlamentarios evangélicos?

—Con ellos me cuesta un poquito, por su posición conservadora. También me cuesta con el catolicismo conservador.

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