Pamela Zenteno luce orgullosa. Su hijo, Joaquín Niemann, de apenas 19 años, se ha transformado en la nueva estrella del deporte chileno, con una sorpresiva irrupción en la escena del golf mundial.

El parece no dimensionar aún lo que está logrando, pero ella sí. Ya está recopilando los artículos que hablan de su “Joaco”. “Le haré un álbum y se lo daré en su momento. Algún día sus hijos o nietos lo valorarán mucho”, dice.

Pamela fue seleccionada nacional de hockey y hasta jugó un Mundial en 1989. Su esposo, Jorge Niemann, fue seleccionado de básquetbol. “Sin duda Joaquín tuvo una herencia genética por el deporte”, apunta la mamá.

Hace un mes le entregaron a Joaquín el departamento en Miami en el que actualmente vive y desde donde se trasladará a los torneos profesionales del PGA. “Yo tuve que ver todas las cosas de su casa —cuenta Pamela—, porque él se aburría viendo vajillas y esas cosas. Sólo me acompañó a ver la cama, a comprar la tele y el PlayStation”.

Los autos, su placer culpable

“Con su papá nos hicimos socios del club de ex alumnos del Grange en Peñalolén alto. Ahí construyeron una cancha de golf de nueve hoyos y comenzamos a tomar clases. Joaquín tenía menos de un año. Después nos fuimos a vivir al club de golf Las Palmas en Talagante. A Lukas (5) y Joaquín (3) les comenzó a gustar este deporte, pero fue Joaco quien mostró un mayor fanatismo y se notó cuando le compramos unos palos de plástico. No los soltaba nunca”.

—A esa edad todos los niños se entusiasman con el juego de turno.

—A los cinco años ganaba campeonatos y en lugar de ir a la premiación, prefería seguir jugando. Tenía una autoexigencia notoria. Imagínate que a esa edad se preocupaba de ordenar su ropa la noche anterior para ir a algún campeonato y me preguntaba si le combinaba.

—Eso sí es extraño

—Era maduro pese a su corta edad. Ponía su despertador y se levantaba solito. Nunca hizo pataletas. Siempre fue tempranero, hasta hoy. Cuando está en Chile se levanta a las 7:00 de la mañana, entrena, corre en el Club de Polo (San Cristóbal), va al gimnasio y sigue entrenando.

—¿Y el colegio?

—Le iba bien, pero no le llamaba la atención. Sufría. No soportaba estar tanto rato dentro de una sala de clases. Quería estar moviéndose, jugando.

—¿Les complicaba como padres que Joaquín no quisiera ir al colegio?

—Al principio uno piensa que el camino más tradicional era estudiar, sacar una carrera y después tener un hobby. Pero con Joaquín fue distinto. Fue tal su determinación para jugar golf, y de tan niño, que de verdad nos hizo fácil la pega para poder apoyarlo. Cuando nos separamos con su padre, con Joaco y sus hermanos nos quedamos en Talagante. Dos años después, él ya había salido a jugar al extranjero, ganando grandes torneos, como el amateur de San Diego. Ahí dijimos: vamos con todo. Decidimos que debería venirse a Santiago y entrar a un colegio de deportistas (Athletic Study Center). Nunca nos cuestionamos si debería estudiar primero y después jugar. Nos convenció con su actitud.

—¿Cómo enfrentó la separación de sus padres?

—Tenía 12 años en ese momento. Fue triste y desalentador para todos. Hubo que apoyarlo y contenerlo, pero tuvo la capacidad de escaparse más aún, metiéndose con mayor fuerza en su deporte. Si bien se peleaba un poco más con su hermano, su refugio fue el golf. Lo bueno es que ha tenido a su padre muy presente. Al principio expresaba su pena, pero la mayor parte de la tristeza no la verbalizó, la pudo botar a través del golf.

—¿Sufrió los clásicos problemas de la preadolescencia?

—Su actual polola es la primera que tiene. Pese a ser un joven de mentalidad madura, sigue siendo un cabro chico en ese sentido. A los 15 años, si tenía un cumpleaños y al mismo tiempo tenía que entrenar para un campeonato, el decidía no ir a esa fiesta.

—Entiendo que en algún momento lo llevó a un psicólogo.

—Así es. Conocí a Eugenio Lizama, experto en neurociencia y que ha trabajado con deportistas en Europa. Yo quería saber si esta capacidad de enfriar sus emociones era algo positivo o si debíamos poner atención. Midieron sus reacciones mostrándole imágenes que lo llevaban situaciones de estrés, como números o colores que pasaban rápidamente. El resultado fue el mismo que alcanzaba con grandes deportistas después de un año de trabajo. Joaquín lo logró en dos o tres sesiones. Tenía 17 años. Eugenio quedó impresionado. Le dijo a Joaco: tienes el don de controlar el estrés.

—¿Esto le afecta en su vida social?

—Es introvertido. Se lleva muy bien con sus pares golfistas, tiene una cofradía con un grupo de ellos como desde los seis años, pero no es de una vida social que lo lleve a hablar con todo el mundo. Le gusta estar en espacios solo, compartir con su familia, jugar juegos de fútbol en el PlayStation con sus hermanos. Hoy lo hace de manera online. No le gusta hablar de golf en la casa.

—¿De qué habla?

—De autos. Son su placer culpable. Se sabía todas las marcas. Le encanta la velocidad, su película favorita es “Rápido y Furioso” y cuando era más chico vio como veinte mil veces “Cars”, con el Rayo McQueen. Yo le enseñé manejar en auto mecánico, maneja muy bien. Cuando puede, le gusta correr, adelantar y se le escapa el escorpión que lleva dentro.

“Admira al Chino”

—¿Le gusta que comparen a su hijo con el Chino Ríos?

—Me cae bien el Chino. Es bien francote y directo. Me gustó lo que publicó sobre que hay que ser especial para ser el mejor en deportes individuales.

—Me imagino que espera que la comparación se limite a lo deportivo.

—Idealmente. Joaco tampoco es muy abierto a la prensa y de repente puede caer un poquito duro, pero por lo general no es así, no ha salido con ninguna palabrota hasta el momento y ojalá no lo haga.

—En una entrevista con la ministra Pauline Kantor, Joaquín reconoció al Chino Ríos cómo el mejor deportista chileno de todos los tiempos.

—Sí, admira al Chino Ríos porque salió adelante en un deporte individual. No es muy de tener ídolos. De chico era Tiger Woods, pero en general no se mete con los otros deportes. En el fútbol le gusta el Real Madrid y en Chile, si tiene que elegir un equipo, es de la Católica.

—¿Por qué no aceptó las ofertas de becas en Estados Unidos, como la de la Universidad de South Florida?

—La desechó porque si aceptaba no podría jugar las competencias en las que está hoy. Lo hablaron con su equipo: su padre, su coach, Eduardo Miquel y Carlos Rodíguez, su agente, el mismo que representa a Sergio García, el gran golfista español. No le convenía deportivamente.

—¿Cómo se relaja cuando no está compitiendo?

—Despeja la mente, se desordena, no piensa en nada. Juega cacho con amigos. Claro que una vez, cuando tenía 12 años, vi a Joaquín haciendo un golpe de golf dormido. Al día siguiente le dije: “Joaco, te pasaste, estás rayando la papa. Te despertaste y estabas haciendo un swing”.

—¿Es sonámbulo?

—No, no lo es. Fue esa una situación puntual no más. Pero fue muy divertido: Dormía conmigo después de la separación. De repente, lo vi hincado en la cama haciendo el golpe de golf. Estaba con los ojos abiertos y hablaba cosas. Lo observé, me dije: ¡Qué onda! Le hablé, pero él como que se rió y se acostó. Al día siguiente no se acordaba de nada, pensaba que le estaba mintiendo.

—¿Está preparado para administrar los millones que está ganando?

—Aún no es un tema que hayamos hablado. El sólo quiere jugar golf. Tiene un equipo que lo maneja y ellos velarán por sus intereses, pero con nosotros de cerca como sus padres, obviamente.

Joaquín Niemann en los brazos de su madre con apenas dos años de edad.

Sus padres, sus cinco hermanos y hasta su sobrina, lo recibieron tras coronarse campeón mundial juvenil el 2016.

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