En 1965, un artículo de Wolfe carizaturizó a la catedral de la buena escritura norteamericana y a su venerado editor”.

Felipe Edwards Del Río

La muerte de Tom Wolfe, el 15 de mayo pasado, fue noticia mundial. Artículos en The New York Times y The Washington Post, así como del Japan Times y una necrología de 2.700 palabras en el Times de Londres documentaron la vida de uno de los más influyentes escritores y puntal del establishment literario angloescribiente. No debe sorprender que la carrera de Wolfe —quien gozaba caricaturizando el esnobismo cultural— haya tomado vuelo en 1965, cuando satirizó a la catedral de la buena escritura norteamericana, The New Yorker, y a su venerado editor, William Shawn.

Wolfe trabajaba en New York, suplemento dominical del New York Herald Tribune, junto a Jimmy Breslin y a Clay Felker, su ex editor de la revista Esquire. Allí ganaron fama por la forma en que se sumergían en los temas y desarrollaron un estilo de relato escena por escena, desde el punto de vista de un protagonista, con diálogos y detalles característicos, en vez de apoyarse en el narrador anónimo y distante del periodismo tradicional. Fue el inicio del “nuevo periodismo”.

Con sólo cuatro empleados, dos de los cuales apenas hacían un pituto allí —Wolfe y Breslin reporteaban para un diario de lunes a viernes—, el suplemento llamó la atención, pese a que circulaba en un diario respetado pero marginal, que cerraría en menos de un año. La mismísima The New Yorker le rindió un tributo oblicuo, parodiando el estilo de Breslin y Wolfe en su sección “Talk of the Town”.

El pequeño equipo de Felker tomó nota. Admiraban la historia de la revista y a su fundador, Harold Ross, quien en 1925 le había inculcado una voz propia, de humor culto e irreverente. En 1936, Ross había publicado una tomadura de pelo a la revista más alabada de la época, Time, y a su fundador, Henry Luce. Cuando Ross le envió una copia del artículo, Luce lo enfrentó en su propio departamento y, según la leyenda, amenazó con lanzarlo por la ventana.

Los jóvenes y ambiciosos escritores del Herald Tribune lamentaban que The New Yorker hubiese perdido, en su opinión, el espíritu disruptivo de su origen. La encontraban aburrida y excesivamente idealizada, y culpaban de ello a Shawn, un editor reverenciado, pero que vivía recluido y de quien se sabía muy poco. En medio una serie de tributos a la trayectoria de la revista, próxima a cumplir 40 años, decidieron homenajearla con su propia receta: una imitación burlesca de la revista y del misterio en torno a su editor.

El resultado fueron dos artículos, el primero de ellos titulado: “¡Pequeñas momias! La verdadera historia del soberano de la Tierra de los Muertos Ambulantes de la Calle 43”. En ellos Wolfe aludió al supuesto silencio reverencial en torno a Shawn y ventiló sus fobias contra vivir en altura o quedar atrapado en un ascensor. Más grave, aparentemente, fue una mención efímera de la amistad entre Shawn y una respetada escritora de la revista. “Parece que nadie lo conoce —escribió Wolfe—, salvo algunos ‘intis' (íntimos) en The New Yorker, como Lillian Ross”.

La reacción fue inmediata. Repitiendo la historia de Luce, Shawn escribió a Jock Whitney, el acaudalado dueño del diario, acusando a Wolfe de “un ataque cruel y asesino en mí contra y contra la revista donde trabajo”. Estupefacto, Whitney preguntó a Jim Bellows, director del Herald Tribune, qué debía hacer.

Ante Whitney, Bellows llamó a periodistas de Time y Newsweek y les leyó la carta de Shawn. El diario publicó los artículos de Wolfe en domingos sucesivos, y las revistas cubrieron el alboroto en sus secciones de prensa. Posteriormente, Wolfe fue denunciado por J. D. Salinger, E. B. White y otros próceres de las letras de larga asociación con la revista.

Algo de razón tenía Wolfe. The New Yorker efectivamente parecía estancada. Uno de sus mejores escritores, Joe Mitchell, publicó sólo seis artículos entre 1950 y 1964, y desde entonces permaneció en la planilla de la revista sin escribir por treinta años más. Pero Shawn tampoco era sólo el curador de momias que escarneció Wolfe. Sólo meses después del aquel artículo, The New Yorker publicó, en cinco números consecutivos, la totalidad de “A sangre fría”, de Truman Capote, uno de los precursores del nuevo periodismo.

Shawn continuó como editor de The New Yorker por 35 años, período en que la revista jamás dejó de generar utilidades ni perdió su sitial de árbitro cultural. En 1985 fue vendida por 170 millones de dólares al conglomerado de medios de S. I. Newhouse, que despidió a Shawn en 1987.

En 1998, Lillian Ross publicó “Here but not here”, la historia de su amorío de 40 años con William Shawn, quien nunca dejó a su esposa. Fue Tina Brown, entonces editora de The New Yorker, la que convenció a Ross de escribir sus memorias.

Este 15 de mayo, Adam Gopnik, veterano de 30 años en The New Yorker, afirmó en el sitio web de la revista que ninguna historia creíble de la literatura estadounidense de la segunda mitad del siglo XX podía ignorar a Tom Wolfe. De tal forma, los méritos del ya consagrado rebelde fueron reconocidos por la revista que sigue vigente como referente literario del país.

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Más financiamiento para la ciencia

El nuevo Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación es un gran avance para incentivar a la ciencia como motor del desarrollo, esfuerzo que peligra al no haber referencia en el proyecto a un incremento del presupuesto, fundamental para una mejoría del sistema en su conjunto.

Un verdadero cambio debe estar acompañado por una estrategia que involucre un aumento significativo del porcentaje de PIB. Según la última Encuesta Nacional sobre Gasto y Personal en I+D, el año 2016 se invirtieron 613.475 millones de pesos, lo que corresponde al 0,37% del PIB. Cifra inferior al 2,38% promedio de la OCDE.

El gasto anual para el Ministerio de Ciencia será de 359.782 millones de pesos, pero ahora además habrá una estructura con oficinas regionales que financiar. Suma y resta: ¿Cómo se financiará esta nueva estructura? ¿Será la investigación la que la financie?

La investigación científica debe ser una política de Estado. Pedimos al gobierno un esfuerzo, más si consideramos que nuestros académicos están haciendo su tarea. El número de proyectos postulados ha crecido muy por sobre la disponibilidad presupuestaria y su consecuencia es que una gran cantidad de proyectos meritorios queden sin financiamiento, dejando un número importante de investigadores de primer nivel sin apoyo del Estado. Fondecyt, la principal fuente de financiamiento a la investigación, ha reducido en 45% la tasa de aprobación de proyectos en los últimos cinco años.

La U. de Santiago ha hecho esfuerzos por contrarrestar esta lamentable realidad; en el mismo período ha duplicado los recursos para proyectos de investigación internos, de 214 millones de pesos en 2012 a 526 millones de pesos en 2017 en sus principales concursos. A ello se suman otros fondos regulares y extraordinarios, como concursos para la contratación de postdoctorados, formación de redes, publicaciones y otros, en directo apoyo al trabajo en investigación de los académicos.

Desde las universidades públicas, entendemos que nuestro rol es liderar en las diversas áreas del conocimiento, para avanzar juntos hacia el futuro. Estamos orgullosos de lo que hacemos, pero no podemos seguir solos. Es necesario que las autoridades asuman que la investigación científica debe ser una política de Estado, y que veamos reflejado en acciones que hagan la diferencia.

Dr. Juan Manuel Zolezzi

Rector U. de Santiago de Chile

Dr. Claudio Martínez

Vicerrector de Investigación, Desarrollo e Innovación U. de Santiago de Chile

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