Para conocer Guacarhue debe mediar la voluntad de ir hacia él. Es que está escondido entre cerros, canales y álamos… No se ofrece fácil a la vista; entonces, hay que insistir en encontrarlo.

Por la Ruta 5 Sur, a la altura de Rengo o Rosario, hay caminos que se desprenden hacia esa multitud de pequeños villorrios que se acomodan soberanos entre las márgenes de los ríos Cachapoal y Claro. Y no es lejos, bastan 30 minutos lentos, para que zigzagueando entre geométricos sembradíos de ajos, cebollas y los últimos tomates, se divise la cumbre del cerro la Puntilla de la Mocha, un cementerio recostado en una colina y el camino que baja y se aquieta, sorprendido, ante un magnífico templo colonial, cuyo atrio es también una sección de la plaza del poblado.

La primera impresión es de absoluto recogimiento, de silencio. Es que de inmediato el viajero se halla en medio de una expresiva intimidad. Es como si un exterior público de improviso se hiciera un recinto privado.

Desde la Historia, en 1787 Guacarhue ya figuraba como uno de los pueblos del antiguo Partido de San Fernando. Seguro que fueron la abolición del Sistema de Encomiendas y la concentración de habitantes en el lugar, más el acceso a pequeñas porciones de tierra adosadas a una capilla, los factores que aconsejaron la erección de un templo mayor (1796) —el actual— con jerarquía de parroquia y núcleo político de lo que sería el actual poblado.

Hasta hoy, claramente se puede ver que el pueblo se desarrolló en los alrededores del templo, rodeando su gran atrio y la orilla del vertiginoso estero La Gloria que aportó, cantarín, un vivaz elemento urbano que se hizo corazón del poblamiento. Al fin, sobre una especie de gran cruz trazada sobre el suelo, Guacarhue acomodó su planta en no más de cinco calles. Su claridad expresiva nace de la proporción compartida que tiene lo construido, su materialidad homogénea (adobes, maderas y colores) y principalmente por la contigüidad ininterrumpida de sus casas, principalmente en la Avenida Cardenal Caro, todas unidas por un holgado y largo corredor común, techado.

Lo más notable de Guacarhue es la reminiscencia y actualidad de una arquitectura que se proyectó desde valores tan humanos, afines al bien común y en donde desaparecen los afanes de individualizarse y la segregación. Al contrario, aquí todo es expresión de un construir solidario y absolutamente acorde a los materiales, al clima, a los actos cotidianos… logrando una expresión tan uniforme que no hace distingos sociales.

El valor de la vida simple

Tras las compactas fachadas están las chacras, que son la clave económica y espiritual de una colmada subsistencia. Basta detallar el contenido de una sola para describirlas todas. Por ejemplo, la de la familia Zúñiga López pareciera decir que no puede haber un hábitat humano sin mentas, melissas, cedrón, papas, pepinos, lechugas, frutales… En pequeños tablones de siembras, crecen y se cosechan todos los vegetales de la temporada, de los que se hace uso diario. Se venden, se secan, se guardan, sin interrumpir el ciclo agrícola. En la bodega, don Jaime Zúñiga Dinamarca, sobre una batea de roble que él mismo construyó, zarandea unas uvas cabernet con las que fabrica un espirituoso vino familiar. La señora Carmen cosecha higos y tomates de árbol, una exótica fruta llegada desde México.

Sin embargo, en unos meses más, todos los guacarhuinos se abocarán a la siembra de ajos y, sobre todo, melones. Esto, además, terminará en la “Fiesta del Melón y la Chacra”, a comienzos de diciembre, que celebra los primeros de la Zona Central, muestras de un atributo climático y de una sentida vocación agrícola.

En tres horas, reservando una para visitar los huertos, caminando, se puede recorrer Guacarhue. Este otoño es una buena ocasión, aunque aquí, salvo los álamos dorados y los liquidámbares enrojeciendo, pareciera que no ha llegado esa estación pues los árboles están vigorosos, verdes, y las flores de jardín siguen pintando el ambiente. El Callejón de los Baratillos, por ejemplo, semeja una clásica pintura romántica; no hay papeles botados y sólo crece una hilera de escalonias plantadas allí por puro cariño.

La Plaza de los Tilos es el mejor lugar para decantar las emociones que promueve Guacarhue: la nostalgia por la vida simple y el usufructo de una urbanidad que es común. No se ve mucha gente, casi nadie. “Están en los potreros”, dicen. También sabemos que están en los huertos, tras las fachadas de sus casas. Por ahora, los sillones de los corredores están vacíos, aunque el transeúnte los puede usar porque son, a la vez, parte de la casa y también de la calle pública.

A mediodía, un creciente transitar de bicicletas anuncia el regreso al almuerzo en los comedores familiares. Para el viajero será acertado visitar el restaurante “Sabores de Guacarhue” (Avenida Cardenal Caro 43). Para empezar, don Arturo recibe con unos timbales de atún con aceitunas o de chocolate con nueces. Sus truchas arcoíris al horno son de un criadero cercano y el cordero lo cría él mismo. Los niños estarán felices de corretear en un pequeño parque aledaño, casi selvático, de paltos y palmeras, en donde hay estacionado un insólito vagón de tren.

Si Guacarhue se llamó así porque los aborígenes le reconocieron sus muchos bienes y atributos, ahora es regalo para el viajero redescubrir la vigencia de tanta sacralidad.

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