“Sentía nostalgia de las comidas, de la música,

de las costumbres de allá. En cambio, me llamaba poderosamente la atención la libertad que aquí existía”.

“Me causó profunda extrañeza el hecho de que se me llamara a una reunión de familia para notificarme de que debía cambiar mi nombre árabe por otro que fuera más accesible a los clientes”.

Santiago de Chile

Nos vimos obligados a prolongar nuestra estadía en la gran metrópoli argentina, con motivo de un fuerte temporal que se desencadenó en la cordillera. El ferrocarril aún no estaba terminado y era necesario hacer una penosa jornada a lomo de mula.

Telegráficamente le avisaron al tío mayor nuestra partida, que efectuamos el 28 de septiembre de 1908. Íbamos ahora llegando a Chile, nombre que resonara tantas veces en nuestros oídos allá en la tierra natal. ¿Cómo recibiría este país a los pobres emigrantes que venían del otro lado de los mares, modelados por otras costumbres y sin idea de lo que era la vida americana?

No me puedo explicar mis impresiones de esos momentos, pero un grato optimismo comenzaba a afluir en mi pecho. Quién sabe si la primavera que empezaba nos infundía un intenso gozo de vivir y de esperar con fe el porvenir. Al comienzo de esta nueva etapa, echamos sinceramente de menos a nuestro famoso intérprete. Qué tremenda cosa era hablar y oír hablar sin entenderse, y a veces en las circunstancias más apremiantes. Noté con júbilo, al emprender el viaje, que ya no me temblaban el brazo ni la pierna. Por el contrario, me sentía fuerte y animoso. Sentimentalmente acariciaba la idea de que mis tíos al ver al hijo de su hermana, ahora muerta, me acogerían con palabras de cariño y de ternura. Ya tendríamos oportunidad de apreciar la realidad. En el telegrama de aviso a mis tíos en Santiago, les insinuábamos la conveniencia de venir a esperarnos a Los Andes.

En la tarde de un día triste y desapacible llegamos a Puente del Inca. Hacía un frío transminante, que atormentaba la carne, como un chuchillo despiadado que nos flagelaba sin tregua. Sabíamos que allí debíamos pernoctar, pues la recua de mulas en que seguiríamos hasta Los Andes no llegaría sino hasta la mañana siguiente. Sin lograr hacernos entender de nadie, no supimos si había dónde alojar. Vimos que algunas personas se acomodaban en el vagón, con trazas de pasar allí la noche. Nosotros hicimos otro tanto (…).

¡Oh, qué terrible noche fue aquélla! Era imposible dormir, pues, escasos de ropa, el frío nos acuchillaba por todos lados. Después, dos hombres, muy jóvenes, entraron con gran ruido y pusiéronse a desenvolver unos paquetes. Nuestros ojos vigilantes vieron en seguida que de esos paquetes sacaban unas botellas. Eran de coñac. Alegremente comenzaron a beber y a invitar a los demás, incluso a nosotros.

¡Qué escándalo! ¿Cómo era posible que esos hombres se atrevieran a ofrecer alcohol a las mujeres y a los niños? ¡Era una vergüenza! Una afrenta increíble. Con palabras dichas en voz baja, que casi era un susurro, nos pusimos de acuerdo para rechazar tal ofrecimiento. Nuestro aspecto y las frases que alguno dijo los impuso de nuestra nacionalidad y no insistieron.

Pero cuando ya habían vaciado varias botellas, volvieron a exigirnos que bebiéramos, ahora entre grandes risotadas burlescas. Sin entenderlos, nos dábamos cuenta de sus insultos y mofas. Debían decir groserías muy graciosas, porque a cada instante reían a reventar. El terror que se advertía en todos nosotros los divertía en extremo. Más atrevidos, entonces, quisieron pellizcar a mis tías y hacerles algunas torpes caricias.

Esto produjo un griterío espantoso. Las mujeres lloraban hasta desgañitarse y mi abuelo les hacía diversas consideraciones a los ebrios acerca de la piedad y ayuda que se debe al extranjero. Mas, como lo decía en árabe, no tomaban en cuenta sus palabras. Yo, por mi parte, sólo atinaba a murmurar el nombre de Dios, que aprendí a pronunciar en Buenos Aires. Lo hacía alzando las manos y los ojos al techo del vagón y eso excitaba más a los beodos a divertirse a costa de nosotros. Por fin la borrachera los venció y se quedaron dormidos.

Fue una noche trágica. No pudimos dormir de miedo y de frío. Amanecimos casi congelados y abatidos por la falta de sueño.

Un radioso amanecer reconfortó un poco nuestros pobres cuerpos. Sobre la majestad imponente de aquellas montañas, el sol ponía relampagueos enceguecedores. Las cumbres nevadas tenían una belleza que no sabría describir con toda su deslumbradora magnificencia. Nuestro ánimo no permitía tampoco ponernos a contemplar el paisaje.

Los sucesos de la noche nos tenían totalmente deprimidos. En lo íntimo de mi ser experimentaba un sentimiento de aversión, casi de odio, hacia aquellos hombres. ¡Qué mal comenzaban las cosas! Y no obstante, ¡cuánto cambiarían mis opiniones con respecto a las gentes de esta tierra!

Aguardábamos con impaciencia, casi con desesperación, el arribo de las mulas. Eran ya las nueve de la mañana y, aunque estaban anunciadas para las ocho, no llegaban. Mi abuelo hacía toda suerte de pesimistas conjeturas. Nos llenaba de espanto pensar en volver a pasar la noche ahí y soportar el frío y las groserías de aquellos borrachos.

Pero, cuando los relojes marcaban las diez, se oyó el grito de los arrieros, azuzando a las bestias, y en seguida nos dispusimos a iniciar la nueva jornada.

Pronto nos percatamos de que las mulas eran insuficientes. De acuerdo con el número de pasajes venían sólo siete animales, quedando los niños sin otro recurso que acomodarse con una persona grande. Yo, por quien nadie tenía especial interés, hube de arreglármelas en el caballo que llevaba los bultos.

Jamás había cabalgado y temblaba de miedo cuando uno de los arrieros me alzó sobre el animal. Me parecía que a cada tranco éste me arrojaría al suelo. A poco caminar, a una de las maletas se le rompió la manilla y rodó por el camino. Entonces grité, lloré y supliqué a grandes voces. Entre las montañas, mi voz tenía una extraña sonoridad. Sin embargo, nadie me oyó. Sentí de súbito que me invadía una especie de dolorosa lasitud. El hambre, el frío, la falta de sueño y, seguramente, el aire de la montaña, me emborracharon. No supe más de mí, sino cuando desperté de nuevo y me encontré con un hombre de grandes barbas ralas y rostro curtido, que me miraba con paternal sonrisa.

Miré inmediatamente hacia el sitio en que iba la maleta y la vi de nuevo, esta vez bien asegurada con una cuerda. El hombre me hablaba con voz áspera y, sin embargo, afectuosa. ¡Qué deseos tenía de comprender aquellas rudas palabras que me acariciaban el oído como un arrullo!

Comprendí entonces que aquel guía venía a la retaguardia de la caravana y en esta forma pudo recogerme. Sacó de sus alforjas un trozo de pan y un trozo de carne seca —charqui— que me ofreció, dándome un golpecito en el hombro. Nunca he gustado de un manjar más delicioso. Aquel hombre era chileno, seguramente, pues su manera de hablar era distinta de la de los argentinos. ¡Entonces había gente buena en Chile! No comprendí cómo, casi inmediatamente, comencé a sentir cariño por la gente de esta tierra que iba a ser mi patria.

Por la noche llegamos a Los Andes. Allí esperaban los tíos a sus mujeres y a sus chicos, a los cuales no se cansaban de besar. Los deudos que aguardaban la llegada de los viajeros se entregaron a las más efusivas muestras de cariño. Nadie reparó en mí. Apocado, tímido, en el fondo rebelde a hacerme presente, aquella indiferencia me causó una impresión dolorosa. Sólo más tarde, mientras esperábamos el tren, me saludaron.

¡Qué encontradas sensaciones! Aquel hombre, mi compañero de viaje en la cordillera, abrió una puerta de esperanzas a mis sueños. En cambio, mis parientes, las gentes de mi raza, me producían una honda decepción. Y es que yo aún no sabía nada de la vida. Juzgaba los hechos superficialmente, sin esa serenidad que sólo puede darnos la experiencia. Todo eso me sirvió de acicate, de poderosa energía para luchar hasta llegar a valerme por mis propios medios, sin pedirle nada a nadie.

Mi abuelo, ya instalado en Santiago, comenzó a pensar en establecer un negocio. Traía en un cinturón de tela, del cual no se desprendía jamás, varios cientos de libras. Su propósito era trabajar con sus hijos, pero muy pronto comprendió que esto era imposible, por muchas circunstancias largas de explicar.

Un buen día me dijo:

—Trabajaremos juntos. Sólo en ti tengo confianza.

Sin preguntarle nada le contesté:

—Está bien, abuelo.

Nos instalamos en la calle San Pablo, más allá de Matucana.

Mi nombre

A lo largo de estas cuartillas habré de ir explicando las numerosas incidencias, algunas de ellas muy divertidas, que se suscitaron con motivo de mi aprendizaje del español.

Yo ponía toda mi alma a este fin, tratando de grabar en mi mente cada palabra, aunque muchas veces sin comprender su verdadero alcance.

Fue por esta razón que me causó profunda extrañeza el hecho de que se me llamara a una reunión de familia para notificarme de que debía cambiar mi nombre árabe por otro que fuera más accesible a los clientes y a la gente que debía tratar.

Consideraban que era muy difícil que la gente se acostumbrara a llamarme Yamil.

Aquella notificación me produjo un profundo disgusto. Me parecía absurdo que hubiera necesidad de cambiar de nombre. Pero las personas que me aconsejaban esta medida tenían gran experiencia en las cosas de América y no era posible desoír sus advertencias sin exponerme a inesperadas y molestas consecuencias. Me citaron casos: Shucre, joven amigo de Homs, se llamaba ahora Alejandro. Abdul Karim tomó el de Juan. Bichara eligió el de Santiago. Y, así, me fueron enumerando una lista interminable.

“Bien —me dije— será por poco tiempo, muy luego volveré a Homs y nadie sabrá allá de esta odiosa circunstancia”. Barajando muchos nombres elegimos, por fin, el de Camilo, cuya pronunciación tenía cierta semejanza con la de Yamil”.

Así las cosas, me las ingenié para hacerles saber a los clientes que ya eran “caseros”, mi flamante nombre. Durante unos tres meses, aproximadamente, los vecinos de nuestro baratillo me conocieron por Camilo. Al principio olvidaba mi nombre, pero después me habitué completamente.

Mas, una circunstancia inesperada me hizo abandonar este nombre. Un día llegó al negocio mi tío, quien, demostrando una gran satisfacción, me dijo:

—¿Sabes que te he encontrado un nombre muy hermoso? Mejor, mucho mejor que el de Camilo. Es el de Benedicto. He leído en un libro que este nombre tiene, además, un significado muy grande. Debes adoptarlo.

—No puede ser —le repliqué—, ya todos me conocen por Camilo.

Me repuso que eso no tenía importancia. Y me habló con tal entusiasmo que me convenció.

—No te preocupes —aseguró—, pronto la gente olvidará esto y nadie recordará que te llamabas Camilo.

Fue de este modo como al otro día, a la primera persona que entró al baratillo y me saludó diciendo: “¿Cómo le va, Camilito?”, le contesté:

—No me llamo Camilo. Mi nombre es Benedicto.

Al decir esto, sentí que el rubor me invadía hasta la raíz de los cabellos. Maliciosa, la mujer insistió:

—Pero ¿cómo es eso, caserito? ¿No me dijo usted mismo que se llamaba Camilo?

—Sí. Pero, en realidad, mi nombre es Benedicto.

Primeros pasos

En una casa que tenía un amplio local a la calle, una pieza contigua y un patio a través del cual corría una acequia, instalamos nuestro negocio.

La pieza la destinamos para dormir y comer, aunque era muy oscura y húmeda por la vecindad de la acequia, de la cual escapaba toda la pestilencia de sus emanaciones.

En el patio había una verdadera montaña de basuras. Papeles, zapatos viejos, tarros vacíos y todos los desperdicios que los anteriores moradores dejaron allí. Al comienzo me causaba espanto contemplar aquel muladar.

Ese negocio nuestro fue una verdadera novedad en medio de ese barrio de cocinerías, depósitos de licores, almacenes de abarrotes, burdeles, etc.

A poco de habitar aquel cuartucho, la humedad y la fetidez se hicieron tan espantosas que mi abuelo y yo empezamos a sentir muy pronto sus efectos malsanos. Un día vino a comprar un español, dependiente de una agencia próxima, y nos aconsejó dormir en el mismo local del negocio.

Las camas se podían hacer encima del mostrador. En la agencia ellos lo hacían así.

Desde esa misma noche, después de cerrar, puse en práctica el consejo; pero, como el mostrador era muy angosto, al darme vuelta en una ocasión sufrí un feroz porrazo que me tuvo a mal traer durante varios días. Entonces resolví hacer mi cama en el suelo. Mi abuelo no quiso hacer lo mismo. Por su edad y su afección nerviosa, dormía muy poco. Pasaba gran parte de la noche trajinando o macerando tabaco para llenar su pipa. A veces leía lentamente algún periódico árabe que llegara a nuestras manos. Una de mis tías le ofreció una buena habitación en su casa que distaba sólo cinco cuadras de la nuestra. Pero él se empecinó en seguir durmiendo en aquel cuarto insalubre. No se resignaba a dejarme solo. El barrio era peligroso. Por él pululaban ladrones, asesinos, prostitutas y toda clase de gente de mal vivir.

El negocio daba muy poco. Las ganancias se invertían casi totalmente en los exiguos gastos de arriendo y alimentación: comíamos papas, pan y leche. A veces el abuelo guisaba las papas con tomates. ¡Qué ricas las encontraba yo!

Porque siempre estaba con un hambre de lobo. Era un hambre permanente que me hacía sufrir, aunque yo jamás se lo decía al abuelo. Por las mañanas, cuando llegaba el carretón panadero, yo sentía una especie de embriaguez.

(…) Sentía nostalgia de las comidas, de la música, de las costumbres de allá. En cambio, me llamaban poderosamente la atención la libertad que aquí existía. El hombre vivía como le daba la gana, sin sujeción a ninguna traba en sus derechos ciudadanos. Y allá teníamos la tiranía de los turcos, el fanatismo religioso y la triste opresión en que vivían las mujeres. Aquí cada cual era dueño de pensar como se le ocurría y de expresar en voz alta sus convicciones sin temor a nadie. La religión no era motivo de rencillas ni disgustos. Era agradable sentir a nuestro alrededor esa tranquilidad del hombre que hace lo que le gusta y le conviene.

Otra cualidad de los chilenos que me causó admiración fue su falta de rencor (…). Y así era en general la gente del pueblo. Sólo cuando estaban bebidos se sentían inclinados a fastidiar. A veces robaban una camiseta, haciéndola jirones al arrancarla de los clavos que la sujetaban. Una vez, persiguiendo a un pillo que huyó llevándose una ruma de cajas con cuellos de goma, me arrojó al suelo de una manotada en el momento de alcanzarlo (…).

Tenía motivos para repudiar a los chilenos y también para estimarlos, pues conocí gente bondadosa y caritativa en extremo. Mujeres que lloraban en presencia de un caballo herido y personas que perdían días enteros, dejando de trabajar, por acompañar a un forastero desconocido que no atinaba a orientarse en la ciudad.

Otras que se quedaban sin un centavo por auxiliar a un desgraciado.

Llegué de este modo a formarme la convicción de que este era el país donde había más gente caritativa.

Esto, muchas veces, conducía a extremos reprobables, como en los casos en que el público trataba de quitarle un delincuente al guardián, dificultando su labor. Insultando al cobrador tranviario porque obligaba a descender a un borracho que molestaba a los pasajeros. En distintos aspectos de la vida social podía verse este espíritu de exagerada conmiseración para con los bribones.

Un día, en un teatro, la mitad del programa quedó sin realizarse. El público vociferaba amenazadoramente. Pero uno de los empresarios dijo, con mucha gracia, una chuscada que fue calurosamente celebrada. Y todos se marcharon felices. Al contrario, agradecían la estafa que se les hacía.

“Memorias de

un emigrante”

Es el relato de Benedicto Chuaqui de cómo se instaló en nuestro país. Originalmente publicado en 1942, el libro permite entender a la sociedad chilena de principios de siglo, con la mirada de un extranjero.

Editorial: Ediciones Universidad Diego Portales.

Fecha de publicación:

Enero 2018.

Número de páginas: 325.

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